martes, 12 de enero de 2016

El Chapo Guzmán y Sean Penn

            Dicen Andrew Potter y Joseph Heath en Rebelarse vende (un libro que no me canso de citar), que la contracultura siempre enfrenta una paradoja: cuando prospera, se convierte en mainstream. Un rebelde asume alguna moda, otros rebeldes lo imitan. Pero, precisamente, al cabo de cierto tiempo, en tanto esa moda pasa ahora a ser multitud, ya deja de ser rebelde, y pasa a formar parte del sistema. Es necesario, entonces, buscar algún nuevo símbolo de rebeldía, y así empieza un nuevo ciclo.
            La izquierda internacional es muy proclive a esto. Los izquierdistas necesitan iconos. Están continuamente buscando figuras cuyo carisma sirva como eje para oponerse al sistema. En una época, lo encontraron en el Che Guevara. El combativo guerrillero flechó con sus encantos a Sartre, Debray, y tantos otros intelectuales revolucionarios.

Según casi todos los testimonios biográficos, al Che no le interesaba demasiado la publicidad. Pero, sí tenía una leve intención en cultivar su imagen. Luego, su trágica muerte fue el evento perfecto para hacer de su martirio un espectáculo propio de la cultura pop. Y, así, el Che eventualmente se convirtió en una franquicia, la inconfundible marca de los rebeles anti-sistema.
El Che no ha dejado de ser el icono de la contracultura. Pero, en tanto ya se ha vuelto mainstream, ha perdido el atractivo entre los rebeldes. La tesis de Heath y Potter habría hecho la predicción de que los progres buscarían nuevas figuras icónicas. Y, así ocurrió. En América Latina, la encontraron en el Subcomandante Marcos.
Según cuentan Bertrand LaGrange y Maite Rico en Marcos, la genial impostura, Marcos desde un principio quiso emular al Che, no sólo con la pipa, sino también haciéndose pasar por médico e intentando respirar como el mítico comandante. Pero, como todo rebelde contracultural, Marcos tuvo que innovar con algo (pues, de lo contrario, habría sido mera copia de algo anterior, y en la contracultura, las copias son detestables), y así, añadió el toque artístico que se convirtió en su patente: el pasamontañas.
La izquierda internacional, falta de entusiasmo desde hacía algunos años debido a la caída del muro de Berlín, fue seducida por la imagen del nuevo guerrillero en 1994. Saramago, Tariq Ali, Wallerstein, Chomsky, y tantas otras vacas sagradas izquierdistas, quedaron fascinadas ante el nuevo rebelde. A pesar de que Marcos explícitamente lo negaba, incluso se convertía en un símbolo sexual.
Pero, como cabría esperar en estos ciclos de contracultura, Marcos también fue perdiendo el fuelle: naturalmente, el cincuentón ya no tenía el atractivo de antes. Hasta ahora, no hay quien lo reemplace. Pero, ya pronto aparecerá alguna nueva figura pop de la revolución.
En el entretiempo, desde la izquierda, los reclutadores de talento están en su búsqueda. Sean Penn, aparentemente, se ha interesado por un nuevo candidato: un tipo antisistema, mexicano como Marcos, y lo mismo que el Subcomandante y el Che, adentrado en la selva viviendo bajo la clandestinidad. Me refiero, por supuesto, al Chapo Guzmán. Como se sabe, Penn, una de las voces izquierdistas de Hollywood, se entrevistó con el criminal, para explorar la posibilidad de hacer una película sobre su vida.
Tanto el Che como Marcos tenían un discurso con alguna claridad ideológica (más el Che que Marcos, quien en realidad, como muchas veces ha señalado Enrique Krauze, improvisó mucho de un día para otro). El Chapo, en cambio, es un criminal puro y duro: su único interés es enriquecerse. Pero,  a esta izquierda desgastada, desorientada y desesperada por encontrar a un nuevo ícono, no le importa. Basta que el Chapo se haya presentado como un Robin Hood (otro bandolero anti-sistema que vive clandestinamente en la selva), para que incautos como Sean Penn, vean en él algún atractivo. O, si no, es suficiente que el Chapo sea el adversario de la corrupta DEA (y, no cabe duda de que sí es corrupta) y la hipocresía norteamericana respecto a las drogas, para que consiga algún atractivo entre los rebeldes anti-sistema.
Quizás Penn se entrevistó con el Chapo, sencillamente para hacer una película, como un cineasta haría una película sobre cualquier otro personaje relevante de la actualidad. Pero, yo lo dudo. Si el Chapo accedió a la entrevista, seguramente colocó como condición que su retrato fuese más o menos condescendiente. Después de todo, los bandoleros mexicanos han sabido muy bien tomar a cineastas ingenuos o inescrupulosos de Hollywood para hacer películas que glorifiquen sus hazañas: Pancho Villa perfeccionó esta táctica.

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