miércoles, 23 de enero de 2013

La antropología y la traducción



Hoy está muy en boga la idea de que no hay culturas superiores a otras. En muchas ocasiones he disputado esto. Es sentido común aceptar que no están al mismo nivel moral, una cultura que practica sacrificios humanos, y una cultura que organiza ayudas humanitarias a las víctimas de un tsunami en otra región del mundo. No están al mismo nivel intelectual, una cultura que no conciba la relación entre el coito y el parto, y una cultura que haya descubierto la existencia del ADN.
            Pero, a la hora de jerarquizar el nivel intelectual de las distintas culturas, los antropólogos culturales inclinados hacia el relativismo advierten que debemos asegurarnos de que hemos traducido correctamente los alegatos de los pueblos aparentemente en inferioridad intelectual.
           Si, como Noam Chomsky, aceptamos que existe una gramática universal inscrita en el cerebro de todos los seres humanos, entonces no deberíamos tener mayor dificultad en admitir que todas las lenguas son perfectamente traducibles entre sí. A simple vista, parece que Chomsky efectivamente tiene razón. Pero, desde hace mucho tiempo, varios lingüistas, antropólogos y filósofos han señalado las dificultades de la traducción.
            El filósofo W.O. Quine, por ejemplo, planteaba un famoso caso: un antropólogo vive con una tribu y está intentado aprender su lengua. De repente, pasa un conejo, y un miembro de la tribu grita “¡gavagai!”. La primera inclinación del antropólogo es postular que esa palabra significa “conejo”. Pero, quizás, podría significar “objeto que pasa rápido”, o “nuestra cena”, o “vayamos de cacería”.
            Estas dificultades son más comunes de lo que parecen. Para intentar resolverlas, los lingüistas recomendarían incorporar una dimensión pragmática en el estudio de las lenguas: analizar no sólo qué denotan las palabras, sino cómo se usan en determinados contextos. El antropólogo tendrá que vivir mucho tiempo en la tribu, para poder descifrar qué significa exactamente ‘gavagai’.
            Los antropólogos que disputan la superioridad intelectual de nosotros los modernos occidentales sostienen que, esta jerarquización entre mente ‘moderna’ y mente ‘primitiva’ muchas veces se basa en errores de traducción y confusiones lingüísticas. Y, alegan los antropólogos, en plenitud de ocasiones, muchas conductas y creencias supuestamente irracionales entre los no occidentales, tienen su correspondencia analógica entre los occidentales modernos, pero existe un sesgo a considerarlas ‘primitivas’ si forman parte de otra cultura.
            Por ejemplo, tengo un amigo firmemente católico que se burla de que los hindúes tienen 330 millones de dioses, y que son una religión politeísta. En respuesta, yo le he señalado que el catolicismo tiene miles de santos, vírgenes, ángeles, querubines, demonios, etc., de forma tal que él también es un politeísta. Su respuesta (típica entre católicos) es que ellos veneran a los santos y vírgenes, pero sólo adoran a Dios, el cual es uno. Por ello, son monoteístas.
            Esto, me parece, es jugar con palabras. Pues, las 330 millones de entidades a las cuales los hindúes les rinden culto, han sido catalogadas como ‘dioses’ por los occidentales. Pero, el término sánscrito para esas entidades es deva. Si, en vez de atenernos a la traducción tradicional, traducimos ‘deva’ por ‘entidad espiritual’, y Brahman por ‘Dios’, entonces el hinduismo es una religión tan monoteísta como el catolicismo, con una única deidad suprema, y miles de entidades espirituales subalternas.
            Pero, los problemas no sólo se limitan a la traducción de palabras, sino al entendimiento de algunas prácticas aparentemente irracionales. En muchas sociedades existe alguna forma de totemismo. En estos sistemas religiosos, la gente afirma ser un animal. Es fácil para un psiquiatra alegar que esto es un delirio psicótico. O, en todo caso, algunos antropólogos de antaño (como Lucien Levy Bruhl) interpretan esto como evidencia de una ‘participación mística’: los primitivos no piensan lógicamente, y creen que pueden ser humanos y no-humanos a la vez.
            Con todo, cuando escuchamos a José Luis Rodríguez decir “yo soy el Puma”, nadie opina que este cantante es psicótico o que no tiene la capacidad de razonar a partir del elemental principio lógico de la no contradicción. El antropólogo Claude Levi-Strauss fue célebre, entre otras cosas, por postular que las creencias del totemismo no son propiamente aseveraciones de una identificación mística con animales, sino formas metafóricas de expresar relaciones sociales entre clanes representados por animales. De nuevo, todo esto sugiere que muchos juicios que jerarquizan intelectualmente a las culturas proceden de erróneas traducciones, y que antes de apresurarse a decir “cultura X es irracional por creer tal cosa”, es necesario indagar bien el contexto en el cual se enuncian las creencias.
            Del mismo modo, algunas prácticas pueden ser erróneamente interpretadas. Es fácil, por ejemplo, burlarse de un practicante de la religión vudú por creer que, al colocar alfileres sobre la figurilla de una persona, ésta será perjudicada. El antropólogo J.G. Frazer, postulaba que esto era típico de una mentalidad primitiva que acude a principios de magia basada en simpatía (asumir que las cosas que se parecen, o que alguna vez estuvieron en contacto, mantienen alguna conexión). Pero, en una feroz crítica a Frazer, el filósofo Ludwig Wittgenstein advertía que nosotros los modernos besamos las fotos de nuestros seres queridos: ¿acaso eso es evidencia de que persiste la creencia de que ese beso se extenderá a la persona fotografiada, y por ello somos irracionales? De nuevo, es necesario indagar con mayor profundidad contextual para saber si el sacerdote vudú que inserta agujas sobre la figurilla espera realmente un efecto mágico instantáneo, o si más bien se trata de un simple gesto de odio, algo similar a un psicodrama terapéutico.
            Yo dudo mucha de la existencia de Dios. No creo, por tanto, que exista una entidad sobrenatural que derrame sus bendiciones sobre los seres humanos. Pero, diariamente, yo pido la bendición a mis padres. Cuando me ven hacer esto, muchos amigos inmediatamente saltan a preguntarme: “si no crees en Dios, ¿por qué pides la bendición?”. En América Latina, por supuesto, pedir la bendición es una forma de mostrar cariño y respeto, independientemente de la creencia en poderes carismáticos sobrenaturales.
Quizás un antropólogo procedente de otra cultura, a la manera de Frazer, habría saltado a denunciar que, diariamente, un profesor universitario en Maracaibo (es decir, yo), solicita poderes sobrenaturales procedentes de sus padres. Ese mismo antropólogo sostendría que en las modernas fiestas de Halloween, los adolescentes masivamente creen que las calabazas se convierten en objetos animados en medio de danzas y disfraces que invocan espíritus malignos.
De esa forma, estoy dispuesto a conceder a los antropólogos relativistas que, antes de jerarquizar intelectualmente a distintas culturas, debemos hacerlo con más cautela. Frazer y la primera generación de antropólogos no tuvieron la suficiente cautela como para evaluar rigurosamente en su contexto, cada práctica y creencia aparentemente irracional. Hoy, afortunadamente, la antropología exige trabajo de campo para evitar incurrir ese tipo de confusiones.
Con todo, el hecho de que hoy los antropólogos son más cuidadosos a la hora de traducir y describir, no implica que no podamos intentar jerarquizar intelectualmente a las culturas en función de su desempeño intelectual. Aun si los antropólogos han indagado más y han ubicado más cuidadosamente las creencias y prácticas en cada contexto, siguen reportando que, por ejemplo, el sacerdote vudú que coloca alfileres sobre un muñequito no sólo ejerce catarsis en un psicodrama; antes bien, cree realmente en la eficacia de su magia, y pretende que su acción directamente perjudique al enemigo. Una práctica como ésa, tiene que seguirse considerando intelectualmente inferior al oficio de un científico en su laboratorio.

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