sábado, 5 de enero de 2013

El profeta Isaías: un loco peligroso



De todos los profetas del antiguo Israel, Isaías es quizás el más enigmático, por varios motivos. Fue un personaje sumamente excéntrico. Durante tres años caminó desnudo por las calles de Jerusalén. En una visita al templo de esa ciudad, tuvo una serie de visiones (alucinaciones, en realidad) que, si bien no fueron propiamente terroríficas, sí fueron avasallantes, y según él mismo relata en el libro que lleva su nombre, estas visiones lo condujeron a convertirse en profeta, aun a su pesar.
            Es tentador aventurarse a intentar elaborar algún diagnóstico psiquiátrico de Isaías. El caminar desnudo podría ser síntoma de algún desorden exhibicionista (tal como es tipificado en el DSM-IV actualmente). Con seguridad, el exhibicionismo de Isaías debió causarle problemas en aquella sociedad de gente vestida (a diferencia, por ejemplo, de un yanomami que vaya desnudo en su aldea), y esto califica como un ‘desorden’. Pero, lo interesante de Isaías es que su acto de exhibicionismo perseguía una función retórica: utilizó su desnudez como un acto metafórico para advertir a los habitantes de Jerusalén que, de seguir la depravación moral, Dios castigaría a los israelitas mediante un invasor extranjero, el cual se llevaría prisioneros desnudos. Quizás la excentricidad de Isaías rayaba en enfermedad mental, pero debe reconocerse que su exhibicionismo es un ingenioso recurso retórico.
            No simpatizo con la idea relativista, repetida insaciablemente, de que “no podemos juzgar hechos pasados con nuestros patrones morales”. Opino más bien que la moral es absoluta y trascendente, y que lo que fue moral hace tres mil años, sigue siendo moral hoy. Por ello, creo perfectamente viable juzgar a un personaje del pasado, como Isaías, con nuestros patrones de pensamiento moderno.
Con todo, a la hora de elaborar diagnósticos psiquiátricos sobre personajes del pasado, vendría bien un poco de cautela, y sí veo más viable relativizar nuestro juicio psiquiátrico (pero no moral). Sería fácil postular que la visión de Isaías narradas en el capítulo 6 de su libro es delirante. Pero, como bien formuló Karl Jaspers (uno de los más elocuentes forjadores del concepto de ‘delirio’), para que un conjunto de creencias sean consideradas ‘delirantes’, deben estar al margen de la normalidad de su contexto. Y, en este caso, Isaías no estaba al margen de lo normal en el antiguo Israel.
No todos los antiguos israelitas tenían las visiones que tuvo Isaías, pero sí había una tradición de profetas que tenían disposiciones similares. En un principio, incluso los profetas formaban un gremio, y un sector de la sociedad israelita estaba compuesto por estos videntes que alegaban comunicarse con Dios. Isaías no era propiamente parte de este gremio (ya en su época la actividad profética estaba más individualizada), pero con todo, sus experiencias no eran enteramente anómalas en su contexto. En ese sentido, no me siento autorizado para llamar ‘loco’ a Isaías.
Con todo, podemos dejar de lado la psiquiatría retrospectiva, e intentar juzgar a Isaías moralmente. Como he sostenido, a diferencia de las apreciaciones psiquiátricas, las apreciaciones morales no son tan fácilmente matizadas por el relativismo. Y, en ese sentido, sí veo viable juzgar las acciones y enseñanzas de Isaías, y evaluar si hoy resultan pertinentes o no.
Isaías probablemente procedía de una familia noble que se codeaba con reyes y aristócratas. Era común en el mundo mediterráneo antiguo, que hubiera adivinos y profetas aduladores y complacientes con las autoridades, a quienes les decían lo que querían escuchar. Los profetas hebreos rompieron con esta tendencia: con suma valentía, se atrevieron a reprochar a los reyes en su cara la inmoralidad de la sociedad, y a anunciar futuras catástrofes.
Isaías perteneció a esta tradición de profetas, y en ese sentido, no sólo es estimable su coraje, sino también el mismo contenido de su mensaje social. En concordancia con Amós, el profeta del reino del norte algunos años mayor que Isaías, éste denunció la corrupción moral de su pueblo. Previsiblemente, esto no lo hizo popular entre su gente, pero con todo, Isaías persistió en su propósito.
Junto a Amós, Isaías forma parte de la estirpe de profetas que denuncia la injusticia social. Isaías empezó sus apariciones públicas durante el reinado de Ozías, un monarca que había conseguido prosperidad para Judá. Pero, esa prosperidad hacía crecer la opulencia de las clases acomodadas, mientras que el grueso de la población seguía desamparada. Isaías vehementemente se indignaba con esto, y en este aspecto, es un pionero de los críticos del capitalismo que sostienen que la salud de una sociedad no se mide tanto por el incremento de su PIB, sino por los altos niveles de igualdad y justicia social.
En asuntos religiosos, Isaías también denunció la corrupción de la religión popular israelita. Junto a otros profetas que le siguieron, Isaías es uno de los primeros en promover una reforma espiritual de la antigua religión israelita, al despojar de importancia al sacrificio y los asuntos rituales, y concentrarse más en la relación directa con Dios y la pureza de corazón. Ante sacerdotes corruptos y ritualmente obsesivos, que crecían en opulencia a expensas de las ofrendas del pueblo común, la denuncia de Isaías es sumamente loable.
 
Pero, como casi todos los profetas, Isaías fue intransigente en su monoteísmo. Los reyes de Judá con los cuales coexistió Isaías introdujeron cultos a ídolos foráneos. Como Amós, Isaías advertía que esta idolatría violaba los términos de la alianza que los israelitas habían establecido con Dios, y que por ello, Dios pronto enviaría un terrible castigo. Isaías defendía así una teocracia, un monoteísmo de Estado, en el cual el monarca se asegurara de promover el culto exclusivo a Yahvé.
Algunos de los cultos a ídolos foráneos incorporaban sacrificios humanos infantiles. Por ejemplo, el rey Ajaz, nieto de Ozías, arrojó a su hijo a una pira sacrificial como parte del culto a los ídolos, y seguramente Isaías tuvo noticias de esto. En función de eso, es comprensible que Isaías se indignase con la incorporación de cultos foráneos. Pero, el problema es que, Isaías (y toda la tradición profética) no se limita a censurar prácticas rituales criminales, sino que exige usar el poder político para erradicar el culto de los ídolos intrínsecamente, sin importar si son o no cultos pacíficos. Así pues, Isaías da continuidad a una tradición despótica propia de las religiones monoteístas, en la cual se promueve la intolerancia religiosa, y se persigue a quien rinda culto a un dios distinto. Esta promoción de la intolerancia religiosa es inmoral, y merece nuestro reproche.
Pero, quizás el aspecto más objetable de la vida de Isaías es su manejo de las circunstancias políticas de su época. En aquel tiempo (siglo VIII a.C.), el imperio asirio crecía en poder, y preparaba una expansión que amenazaba tanto a los reinos de Israel como el reino de Judá (el hogar de Isaías). Los reinos de Israel y Aram conformaron una alianza, y presionaron a Judá para que se uniera. Isaías le advirtió al rey del momento, Ajaz, que no se uniera a esa alianza, pues en cuestión de pocos años, esos reinos serían destruidos. Para proteger a Judá, alegaba Isaías, Aram más bien confiar en la protección de Dios, y asegurarse de que el pueblo obedeciera los términos de la alianza que los israelitas habían conformado con Dios, en la cual el culto exclusivo a Yahvé era fundamental.
Aram no se unió a esa alianza, pero en vez, buscó refugio en el propio imperio asirio, al cual le rindió tributo, a pesar de las advertencias de Isaías. Tal como había profetizado Isaías, los reinos de Israel y Aram fueron destruidos por el imperio asirio. Con todo, los asirios no invadieron Jerusalén, pero sí mantuvo una relación de dominio sobre Judá.
Años después, el imperio asirio nuevamente amenazaba a Judá, esta vez su rey era Ezequías. Egipto y Babilonia, los otros grandes imperios de la zona en aquel tiempo, estaban induciendo a Ezequías, para que conformaran una alianza con ellos, y así enfrentar a la amenaza asiria.
Isaías anunció que Dios le había comunicado que no entrara en esa alianza, y que confiara plenamente en el poder de Dios para salvar a Judá de una invasión foránea (en este contexto fue cómo Isaías deambuló desnudo por Jerusalén, para advertir los peligros de esa alianza). Ezequías resistió unirse a la alianza, y eventualmente llegaron las tropas asirias. Sitiaron Jerusalén, pero Isaías le aconsejó a Ezequías que no se rindiera, pues Yahvé salvaría a Judá. Después de una campaña militar, los asirios quedaron exhaustos y se marcharon. Jerusalén quedó a salvo. La profecía de Isaías dio frutos: mientras los judaítas confiaran en el poder de Dios, no tenían necesidad de formar alianzas con poderes humanos, y esta confianza en el poder divino los salvó del invasor.
En realidad, esta historia es distorsionada por la propaganda religiosa de la tradición profética. Sabemos por fuentes asirias, y por el propio libro de II Reyes en la Biblia, que las tropas asirias arrasaron con las poblaciones de Judá, y que el rey Ezequías tuvo que refugiarse en Jerusalén. El rey negoció la paz con los asirios, al ofrecerles un tributo. Judá quedó reducido a un muy pequeño reino.
Las enseñanzas políticas de Isaías son peligrosísimas, y de ser aplicadas hoy, fácilmente conducirían a la destrucción de cualquier nación que las implemente. Ciertamente, Judá corría el riesgo de ser aplastado si entraba en una alianza con los débiles reinos de Israel y Aram. Pero, en la segunda amenaza del imperio asirio, Judá pudo haber evitado su humillación si buscaba protección con Egipto y Babilonia. La insistencia de Isaías para oponerse a estas alianzas no estuvo conducido por un análisis racional estratégico, sino por un destello de fanatismo religioso: en vez de elaborar un minucioso cálculo de las ventajas y desventajas políticas de una alianza con los poderes imperiales de la zona, prefirió abandonarlo todo a la fe. Isaías asumió la disparatada teoría de que, si Israel mantenía el culto exclusivo a Yahvé y confiaba en su poder, estaría a salvo de los poderes imperiales. Nunca sometió a consideración factores económicos, políticos, geográficos o militares, que le permitieran decidir si era conveniente o no aliarse con Egipto y Babilonia. Su arrebato de locura lo condujo a prescindir de todo esto, y sencillamente, confiar en que los mensajes de una voz que escuchaba, era suficiente garantía de que Judá estaría a salvo.
¿Qué habríamos dicho si Churchill, en vez de buscar una alianza con EE.UU., la Unión Soviética y Francia, hubiese decidido quedarse aislado, porque algún predicador religioso inglés le habría indicado que no confiara en naciones extranjeras, sino exclusivamente en el poder de Dios? ¡Obviamente habríamos reprochado a Churchill, o en el mejor de los casos, habríamos dicho que se volvió loco!
Pues bien, quizás no podamos etiquetar de ‘delirante’ a Isaías, pues la psiquiatría postula que los delirios van al margen de lo que cree la mayoría de la sociedad. Pero, sí es obviamente reprochable: Isaías no debió haber promovido el abandono de las decisiones políticas a los arrebatos de la fe religiosa. Las enseñanzas políticas de Isaías fueron suicidas en su tiempo, y lo siguen siendo hoy. El caso de Isaías es emblemático de cómo la fe puede fácilmente interferir en el ejercicio de la razón.
Por último, Isaías inauguró aún otra enseñanza política que también ha resultado sumamente perjudicial para quienes se la han tomado en serio. En su insistencia de que Judá no abrazara ninguna alianza, anunció que, en un tiempo futuro, vendrá un redentor del pueblo, el mesías. Durante esa época mesiánica, no habrá guerras y el león dormirá junto al cordero. Los pueblos del Tercer Mundo hemos vivido este mesianismo muy de cerca: en medio de calamidades, en vez de analizar racionalmente nuestros problemas, hemos preferido depositar nuestra esperanza en una figura que, con alguna varita mágica, resolverá todo abruptamente. Isaías es un remoto responsable de haber sembrado esta mentalidad. Su libro tiene gran valor literario, pero tomarse en serio sus enseñanzas conduce a la más atroz irresponsabilidad.   

10 comentarios:

  1. La moralidad de hace tres mil años no tiene nada que ver con la moralidad actual, incluso me atrevería a decir que la moralidad actual no tiene nada que ver con la moralidad de hace tan poco tiempo, y si no recuerde la Berlín de los años 20 del siglo pasado como la capital mundial de la libertad sexual y de la diversión. Si aceptamos que la moralidad es la cualidad que hace que las acciones humanas se ajusten a ciertas normas de conducta socialmente aceptadas, entenderemos que mi afirmación es dificilmente rebatible, y si la aplicamos a un mismo lugar determinado, en este caso Jerusalén, veremos que a dío de hoya nadie podría pasearse desnudo por sus calles y menos durante tres años sin ser arrestado, por lo tanto, la moralidad en aquellos tiempos era cosa distinta a la actual en tanto en cuanto hoy no se aceptaría tal acción ni de broma

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    1. En el blog dejo claro que la acción immoral de Isaías no radica en caminar desnudo, sino en buscar fundamentar decisiones políticas apelando a la religión. A diferencia de lo que tú aparentemente opinas, yo no suscribo el relativismo moral. Aquello que fue moral hace dos mil quinientos años, sigue siendo moral hoy.

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    2. Yo creo que usted no lee, la verdad, ¿Qué tiene que ver lo que yo le contesto a lo que usted me dice? Si usted defiende esto:"...Aquello que fue moral hace dos mil quinientos años, sigue siendo moral hoy..." y yo le contesto con mi comentario de arriba: "...La moralidad de hace tres mil años no tiene nada que ver con la moralidad actual, incluso me atrevería a decir que la moralidad actual no tiene nada que ver con la moralidad de hace tan poco tiempo, y si no recuerde la Berlín de los años 20 del siglo pasado como la capital mundial de la libertad sexual y de la diversión. Si aceptamos que la moralidad es la cualidad que hace que las acciones humanas se ajusten a ciertas normas de conducta socialmente aceptadas, entenderemos que mi afirmación es dificilmente rebatible, y si la aplicamos a un mismo lugar determinado, en este caso Jerusalén, veremos que a día de hoy nadie podría pasearse desnudo por sus calles y menos durante tres años sin ser arrestado, por lo tanto, la moralidad en aquellos tiempos era cosa distinta a la actual en tanto en cuanto hoy no se aceptaría tal acción ni de broma..."

      Le hablo también de Berlín, y si la acción inmoral de Isaías no radicaba en caminar desnudo, por descarte podemos decir que caminar desnudo no constituía tal acción un hecho inmoral por aquella época, pero a día de hoy sí es inmoral hacerlo. Por lo tanto su argumento se cae por su propio peso. Pero es que además se contradice en esto también:"...Quizás la excentricidad de Isaías rayaba en enfermedad mental, pero debe reconocerse que su exhibicionismo es un ingenioso recurso retórico..."
      ¿Recurso retórico o buscar fundamentar decisiones políticas apelando a la religión?
      En todo el cuerpo del artículo se contradice, como a la hora de titularlo:"...El profeta Isaías: un loco peligroso..." y luego, empero, escribir lo siguiente:"...Isaías perteneció a esta tradición de profetas, y en ese sentido, no sólo es estimable su coraje, sino también el mismo contenido de su mensaje social. En concordancia con Amós, el profeta del reino del norte algunos años mayor que Isaías, éste denunció la corrupción moral de su pueblo. Previsiblemente, esto no lo hizo popular entre su gente, pero con todo, Isaías persistió en su propósito..."

      Leerlo se hace un ejercicio de interpretación debido a la bipolaridad de los argumentos.

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  2. Estupendo artículo, Gabriel, por vigente, objetivo y bien escrito. La posición refractaria del comentarista "misnoticiasdehoy" me recuerda un poco la intransigencia de Isaías y me reafirma en mi posición de librepensador, a la hora de ponerme en un ángulo amplio de visión al analizar cualquier caso. Sin embargo, hay algunas situaciones que no admiten relativismos, en eso concuerdo plenamente contigo. Y añado que me gustó el "reportaje casi entrevista" que le hiciste al profeta de tu texto, el cual lleva a pensar en muchos casos de figuras públicas vivas cuyo fanatismo acarrea grandes costos a la humanidad, sin que los excuse su nivel de miedo personal o de codicia, ni el sistema de creencias que egoístamente defienden, muchas veces violando drechos humanos fundamentales. La Venezuela actual abunda en ejemplos de personajes claramente incongruentes entre su discurso y su modo de vida y de conducta, o fanáticos que arrasan desde su miedo inconsciente con toda oposición o crítica, repitiendo errores tipificados en la historia de todos los tiempos. Gracias por tu aporte a un mundo mejor! :)

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    1. La etiqueta de librepensador se la puede poner cualquiera, pero me resulta curioso que me tache de intransigente sin conocerme. Yo al menos cuando lanzo una crítica la fundamento, usted no, usted directamente etiqueta sin argumentar nada

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    2. Gracias Gustavo. Yo no iría que Nicolás Maduro y Diosdado Cabello son como los profetas de la Biblia. ¡Yo diría más bien que son Gog y Magog, del libro del Apocalipsis! Ya debes saber quién es el Anticristo. Un abrazo, y gracias por escribir acá. Desde hoy soy lector de tu blog.

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  3. otro loco neofito que se cree que sbe algo

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  4. AHORA HE VISTO EN MI PUEBLO DOCTORES TRATANDO BURROS LO QUE NO HABÍA VISTO ERAN UN DOCTOR TRATAR DE SER UN BURRO

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