viernes, 11 de enero de 2013

¿Curanderos en los hospitales?



            Junto a Mario Bunge, J.M. Mulet, James Randi, Richard Dawkins, Michael Shermer y tantos otros arduos defensores de la ciencia, opino que la medicina alternativa es una basura. No ofrece soluciones más allá del efecto placebo, y si bien tampoco sus técnicas son tremendamente perjudiciales (a pesar de que la medicina ayurvédica puede conducir a intoxicación con plomo, o la acupuntura a lesiones graves), sí llevan el riesgo de que los pacientes abandonen tratamientos efectivos, y opten por asumir las terapias alternativas.
            Contrario a la vorágine de relativistas culturales muchas veces auspiciados por los antropólogos, me parece que la aproximación científica biomédica a las enfermedades es superior a cualquier otra aproximación. Los relativistas culturales quieren hacer creer que la medicina occidental de la ciencia es apenas “una versión” que debe dialogar con las otras versiones de la medicina. Discrepo, por supuesto. La medicina occidental no es una “mera versión entre varias”; es, a diferencia de las otras, la versión que correctamente describe y analiza los hechos, y si bien los médicos occidentales pueden intentar dialogar con los curanderos y chamanes de otras culturas, nunca deben aceptar que sus procedimientos son beneficiosos, a no ser que sean corroborados por el método científico.
            En función de esto, es natural, entonces, que me oponga a la incorporación de curanderos, chamanes y demás practicantes de la medicina alternativa en los hospitales. Pero, quisiera matizar mi juicio.
Vivo en Maracaibo (Venezuela), una ciudad en la cual un considerable sector de la población pertenece a grupos étnicos (wayúu, barís, entre otros) con explicaciones folklóricas de la enfermedad, ajenas al entendimiento científico. En ocasiones, en los hospitales regionales se dan situaciones en las cuales, los miembros de estos grupos étnicos rechazan los tratamientos médicos científicos, y optan por seguir sus técnicas de medicina folklórica. Como consecuencia, muchas veces empeoran su estado de salud. ¿Qué hacer en situaciones como éstas?
Anne Faidman, una escritora norteamericana, publicó en 1997 un célebre libro, The Spirit Catches You and You Fall Down ("El espíritu te atrapa y te caes"). En este libro, se planteaba una situación similar. Una familia del grupo étnico hmong (originarios de Laos), residentes en EE.UU., tuvo una hija con ataques de epilepsia. Atendieron a la niña en el hospital, y le prescribieron un tratamiento. No obstante, en el hospital nadie hablaba la lengua de los hmong, de forma tal que la familia no entendía bien cómo debía proceder el tratamiento. Pero, más grave aún, los hmong pronto interpretaron la enfermedad de su hijita como el ataque de un espíritu, el cual podría ser aplacado con sacrificios de animales e intervenciones chamánicas. Eventualmente, los padres abandonaron el tratamiento científico, y recurrieron exclusivamente a tratamientos tradicionales de su cultura. Los médicos del hospital se enteraron de eso y solicitaron que el Estado despojara a los padres de la custodia de la hija. Así sucedió por un período de tiempo. Pero, al final, estas querellas terminaron afectando la salud de la propia niña, quien quedó terriblemente afligida por los ataques de epilepsia, y finalmente murió.
Faidman cuidadosamente evita representar ‘malos’ o ‘buenos’ en su libro. Sencillamente presenta esta historia como una tragedia de choques culturales que, opina ella, pudo haberse evitado si ambas partes trataban de entenderse un poco mejor mutuamente. La familia debió estar más abierta a los tratamientos científicos, y los médicos debieron abrirse más a los tratamientos tradicionales. Esa mutua cooperación habría salvado la vida de la niña.
En su libro, Faidman a veces se impregna de la apestosa retórica relativista. Dice, por ejemplo, que ninguna de las partes se dio cuenta de que “su visión de la realidad es apenas una visión, no la realidad en sí misma”. Discrepo, y para ello me rasgo las vestiduras. Insisto, la visión de la ciencia no es una mera versión entre otras; es más bien la descripción de la realidad en sí misma. El neurocientífico nunca debe admitir que su explicación etiológica de la epilepsia es tan válida como la de un chamán. El médico tiene motivos legítimos de sobra para advertir que los procedimientos de un chamán son absurdos.
Pero, a pesar de su tufo relativista, Faidman tiene razón en varios puntos. Muchas veces, la medicina requiere cooperación por parte del paciente o su entorno más cercano. Las curas son rara vez impuestas con éxito. Y, por ello, el médico debe tratar de persuadir al paciente de que acepte el tratamiento. En situaciones de vida o muerte, como la del caso de la niñita hmong, probablemente no habrá suficiente tiempo para explicar con detalle científico las razones del tratamiento. Si la familia quiere realizar sacrificios e incorporar chamanes, y con eso se facilitará que acepten los tratamientos biomédicos, bienvenido sea. De hecho, es ésta una lección que Faidman explícitamente abstrae en su libro: el chamanismo es mayormente inofensivo. Poco perdían los médicos con permitir su intervención en este caso, y mucho ganaban. Pues, al permitir a los chamanes, la familia hmong podría haber estado más abierta a seguir el tratamiento biomédico.
Así pues, por cuestión de principio, el médico no debe dar su brazo a torcer frente al curandero o chamán. Jamás, en un congreso de medicina o en la facultad, debe aceptar el médico que la versión de los brujos es tan válida como la versión de los médicos científicos. Pero, podemos en ocasiones asumir más utilitarismo en la ética médica: el objetivo de los médicos en los hospitales es salvar vidas, y si eso a veces exige “seguir la corriente” a quienes proponen métodos ineficientes de curación, habrá que tragar grueso y aceptarlos.
Por supuesto, lo ideal es tratar de erradicar en la población las creencias tradicionales y precientíficas sobre la salud y la enfermedad. Pero, éste es un objetivo a largo plazo. Salvar vidas es el objetivo a corto plazo. En las facultades de medicina debe enseñarse exclusivamente medicina científica; por ello, los curanderos no tienen cabida en las aulas de clase, como tampoco tienen cabida los negacionistas del holocausto en las facultades de historia, o los creacionistas en las facultades de biología.
Pero, en los hospitales, serían aceptables los curanderos siempre y cuando haya una extrema necesidad utilitaria. Todo esto implicaría alguna forma de engaño por parte del médico. Pues, aun si el médico sabe que el origen de la epilepsia no es la acción de un espíritu maligno, debe hacer creer al paciente que él mismo (el médico) acepta la versión de la medicina folklórica. “Seguir la corriente” siempre supone una forma de engaño. Pero, contrario a los moralistas deontológicos como Kant (quien opinaba que nunca debería mentirse, ni siquiera a un asesino que busca matar a mi madre), me parece que, en ocasiones, la mentira puede tener justificación ética, y casos como los de la niñita hmong parecen ser uno de esos casos.
Con todo, vale una advertencia. En el caso de la niñita hmong, el chamanismo seguramente no habría sido perjudicial, siempre y cuando se hubiese empleado como complemento, pero no sustituto, del tratamiento científico. Pero, no todos los casos son así. En ocasiones, algunos curanderos querrán sustituir indefinidamente el tratamiento médico. Y, peor aún, algunos procedimientos tradicionales sí contribuyen directamente al empeoramiento de la condición de los pacientes, como por ejemplo, suele ocurrir con los exorcismos. Casos como éstos ya no admiten “seguirle la corriente” a los curanderos.
   

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