viernes, 4 de enero de 2013

Los disparates en torno al Espíritu Santo



 Entre las funciones atribuidas al Espíritu Santo por los teólogos, está la de conceder una serie de regalos a los hombres. Según las enseñanzas de los teólogos, el Espíritu Santo derrama siete regalos sobre nosotros, los cuales son enumerados en el libro bíblico de Isaías: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, conocimiento, reverencia y temor de Dios. También los teólogos enseñan, en concordancia con Gálatas, una carta escrita por Pablo e incluida en el Nuevo testamento, que el Espíritu Santo concede doce frutos: caridad, gozo, paz, paciencia, mansedumbre, bondad, benignidad, longanimidad, fe, modestia, templanza y castidad. Así, bajo el entendimiento de los teólogos, cada vez que una persona comprende o conoce algo, o es paciente, o tiene fortaleza ante una situación, está haciendo uso de un regalo o fruto que ha sido concedido por el Espíritu Santo.
Algunos de estos regalos y frutos coinciden con aquello que los psicólogos llaman ‘facultades cognitivas’. Y, cada vez más, la neurociencia explica cómo, mediante la iluminación de determinadas regiones del cerebro, y la actividad neuronal, las personas logran desarrollar inteligencia, conocimientos, fortalezas mentales, miedos, etc. Con todo, los teólogos pretenden que estas disposiciones mentales procedan, no propiamente de eventos neuronales, sino de una misteriosa entidad inmaterial ajena al sujeto.
Hoy, por ejemplo, conocemos bastante bien la bioquímica del amor. Cuando una persona siente amor, sus niveles hormonales se alteran, en el cerebro se iluminan algunas zonas en específico, etc. Antes de que los científicos supieran eso, los romanos creían que el amor era ocasionado por un flechazo dirigido por el dios Cupido. Hoy nos reiríamos de una persona que, al estar enamorada, cree que ese hermoso sentimiento procede de un dios que le dispara flechas.
Pues bien, es igualmente risible la postura según la cual, la inteligencia, la capacidad para dar y seguir consejos, los conocimientos, etc., proceden de un fantasma divino. Las religiones antiguas tenían la tendencia a atribuir los fenómenos mentales a la acción de ánimas y espíritus. De hecho, ésta ha sido el fundamento de las religiones llamadas ‘animistas’: invocan la existencia de espíritus para explicar todo tipo de fenómenos.
Las enseñanzas teológicas respecto al Espíritu Santo tienen un fuerte remanente animista. Las creencias sobre el Espíritu Santo son una variante más de los ritos y cultos de posesión, y de las creencias que atribuyen agencia a fenómenos naturales. Son, por así decirlo, una derivación de explicaciones arcaicas respecto al funcionamiento de la mente humana, las cuales no tienen ningún asidero frente a las explicaciones que ofrece la ciencia moderna.
En el libro bíblico de Hechos de los apóstoles se narra una historia sumamente curiosa respecto al Espíritu Santo. Después de que Jesús supuestamente ascendió al cielo, los apóstoles estaban reunidos en la fiesta judía de Pentecostés. Esta fiesta se celebraba cincuenta días después de la Pascua, y se conmemoraba la entrega de la ley de Dios al pueblo de Israel. Según se narra, hubo un gran ruido y ráfagas de viento. De repente, aparecieron lenguas de fuego encima de cada uno de los apóstoles. Se trataba del Espíritu Santo. Supuestamente, el Espíritu Santo propició que los apóstoles empezaran a hablar en lenguas no conocidas. Pero, los extranjeros que en aquella época se encontraban en Jerusalén los escuchaban, y se asombraban de que los apóstoles pudieran hablar fluidamente sus lenguas.
Frente a una historia como ésta, claramente milagrosa, debemos mantener la misma suspicacia que mantuvimos respecto a las curas milagrosas, exorcismos y demás prodigios narrados en los evangelios. ¿Es más probable que esos eventos ocurrieron tal cual se narran, o que el autor del texto, de forma deliberada o no, ofrece un falso testimonio? Como bien nos recuerda el filósofo David Hume, la segunda opción siempre será más probable.
 
 El mismo libro de Hechos de los apóstoles narra que la gente se burlaba de los apóstoles cuando éstos supuestamente hablaban en otras lenguas, alegando que en realidad estaban borrachos. No me parece una opción descabellada. O, en todo caso, si no estaban borrachos, quizás sí estaban inmersos en una suerte de histeria colectiva que propiciaba en ellos la emisión de sonidos que, a algún testigo, podría parecer hablar en otras lenguas, pero en realidad es sencillamente sonidos con alguna entonación que da la impresión de ser otra lengua, pero en realidad no tiene ningún significado.
Por supuesto, el autor de Hechos de los apóstoles narra que esos sonidos sí tenían significado, pues los extranjeros se quedaban sorprendidos de que los apóstoles pudieran hablar sus lenguas. Pero, considero más probable que esto se trate de un embellecimiento posterior por parte del autor de este texto. También debe ser un embellecimiento, por supuesto, la aparición de las lenguas de fuego. El fuego es una imagen típicamente apocalíptica, y entre los primeros cristianos se manejaba la idea de que, así como Juan el Bautista bautizó con agua, Jesús vendría a bautizar con fuego. Así, no resultó demasiado difícil que se incorporara el fuego como adorno literario a esta historia.
Desde entonces, ha habido entre los cristianos la creencia de que el Espíritu Santo puede de vez en cuando irrumpir y derramar sobre los fieles sus dones y carisma. Pero, tal como se narra en Hechos de los apóstoles, estas ocasiones suelen ser motivo de éxtasis. Y, los teólogos, acostumbrados a la vida de reclusión monástica y ‘estudio’, frecuentemente han visto con sospecha el don de las lenguas, pues propicia una exaltación que puede incluso colocar en peligro la autoridad eclesial. Así pues, desde incluso el mismo Pablo, los teólogos han advertido que, si bien los apóstoles recibieron el don de las lenguas en aquella festividad de Pentecostés, es prudente no abusar de estos dones. E, incluso, la mayoría de los teólogos suscribe la idea de que  esta actividad del Espíritu Santo ha cesado desde la era apostólica. Así, los teólogos han alentado más la oración y la obediencia, y han desaconsejado la exaltación derivada del don de las lenguas.
Pero, como ha de esperarse, ha habido rebeldes frente a la sobriedad de los teólogos. Desde el siglo II, prosperó una secta que eventualmente fue declarada herética por los teólogos: los montanistas. Los miembros de esta secta, seguidora de un tal Montano, prescindían de la estructura organizacional eclesiástica, y se aferraban a una suerte de cristianismo más libre que hacía énfasis en el frenesí profético y, sobre todo, enaltecían la recepción del Espíritu Santo y el don de las lenguas. Así, lo mismo que los apóstoles en el primer Pentecostés cristiano, los montanistas  participaban de rituales extáticos en los cuales pronunciaban sonidos que pretendían ser otras lenguas. Los montanistas también exaltaron una rigurosa moralidad (al punto de que desalentaban el matrimonio), como preparación para la recepción del Espíritu Santo. Además de eso, los montanistas creían que los pecadores no podían ser redimidos. Tertuliano, el autor que formuló por primera vez en términos explícitos la doctrina de la Trinidad, terminó por adherirse a esta secta, y por eso, es visto con cierto recelo por los cristianos contemporáneos.
La supresión de los montanistas aplacó un poco el potencial extático de muchas corrientes en el seno del cristianismo, y por casi dieciocho siglos, la recepción del Espíritu Santo mediante el don de las lenguas, y el carisma para la curación, quedó en suspenso. Pero, en el siglo XX, surgió del seno del protestantismo una secta que se ha propuesto revivir muchas de las tendencias de los montanistas. Se trata de la secta de los pentecostales.
Los pentecostales creen, lo mismo que los montanistas, que la aparición espontánea del Espíritu Santo, y su derramamiento de dones y carisma, no ha cesado, sino que continúa. Y, en este sentido, los miembros de la secta pentecostal son alentados a recibir el don de las lenguas. Las sesiones de los pentecostales son dignas de observación, pues el nivel de efervescencia que se alcanza en ellas es inigualable en otras ramas del cristianismo (especialmente al compararlas con la solemnidad del rito católico y, más aún, del ortodoxo).
Como sus antecesores montanistas, los pentecostales tienen la firme creencia de que el Espíritu Santo se hace inmanente y puede derramar sus dones sobre los fieles. En estas ocasiones, los pentecostales emiten sonidos que dan la apariencia de ser lenguas extrañas. Los científicos tienen un nombre para este fenómeno tan extraño: glosolalia.  Los científicos que han observado este fenómeno aseguran que, por lo general, los pentecostales emiten sonidos con una entonación que ellos creen que caracteriza a una lengua, pero que, en realidad, no pasan de ser ruidos sin ningún significado. En alguna ocasión, algunos pentecostales han pronunciado palabras de otros idiomas que, supuestamente, ellos no conocían. Pero, es probable que estos pentecostales hayan alguna vez escuchado estas palabras y las hayan olvidado a nivel consciente, pero con todo, permanecen registradas en el inconsciente, y en medio del éxtasis, salgan a relucir. Se trata de lo que los psicólogos llaman ‘criptomnesia’, a saber, memorias escondidas.
En el caso de que algún feligrés de repente hable una lengua a la que jamás ha estado expuesto, estaríamos en presencia de una ‘xenoglosia’. Pero, hasta ahora, jamás se ha documentado un caso de xenoglosia claro y libre de ambigüedades. Ningún pentecostal, en una de estas sesiones rituales, ha empezado a hablar fluidamente una lengua muy ajena a la suya y previamente desconocida (como, por ejemplo, que un campesino colombiano empiece a hablar japonés fluidamente). Lo más frecuente es, de nuevo, sonidos sin ningún significado.
Los mismos pentecostales reconocen esto, pero insólitamente, advierten que cuando emiten sonidos aparentemente sin significado, sí están hablando un idioma. Ciertamente se trata de un idioma que nadie entiende,  alegan los pentecostales, pero eso es debido al hecho de que, probablemente, los feligreses están hablando la lengua empleada por los ángeles, o alguna lengua histórica que ya desapareció. Este tipo de razonamiento es emblemático de cómo los teólogos, cuando aceptan por fe alguna creencia absurda, tratan de racionalizarla a toda costa.
Lo que ocurre en estas sesiones es, desde un punto de vista científico, relativamente sencillo. Es fundamentalmente lo mismo que ocurre en los ritos animistas de posesión espiritual. Mediante el éxtasis, se puede propiciar que una persona sea ‘invadida’ por otra personalidad. Los ritos chamánicos proceden de esa manera, y la incorporación del Espíritu Santo no es muy distinta. En el caso de los pentecostales, éstos son ‘invadidos’ por una personalidad que supuestamente habla otra lengua.
 
Desde una perspectiva psiquiátrica, esto obedece a una variante de aquello que ha venido a ser diagnosticado como ‘trastorno de identidad disociativo’. En sus variantes más extremas (y, vale agregar, algunos psiquiatras han colocado en duda que este trastorno realmente exista, o en todo caso, es inducido por su representación en los medios de comunicación), los pacientes asumen varias personalidades. Pues bien, las sesiones pentecostales son una forma incipiente de este trastorno. En medio de la efervescencia colectiva, las personas renuncian momentáneamente a su personalidad, y asumen otra personalidad que, supuestamente, se ha apoderado del cuerpo. No se trata, por supuesto, de que el Espíritu Santo derrama sus frutos y dones; antes bien, los feligreses sufren algún desajuste mental.

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