sábado, 12 de enero de 2013

Los límites de la antropología médica



            Entre los antropólogos culturales, el peor pecado que se puede cometer es el ‘etnocentrismo’. Y, el remedio, es una dosis de relativismo cultural. Esto tiene mucho sentido. Debemos evitar pensar que otras culturas son como la nuestra. No todas las culturas valoran lo que nosotros valoramos, entienden el mundo como nosotros lo entendemos, etc.
            No tengo nada que objetar a este relativismo, pues es meramente descriptivo. El problema, no obstante, es cuando el relativismo se torna normativo. Bajo esta variante del relativismo, no sólo debemos reconocer que otras culturas tienen otros valores, costumbres y modos de entender el mundo, sino que no debemos interferir sobre esos valores distintos. El relativismo cultural descriptivo se limita a sostener que las otras culturas son diferentes a nosotros. El relativismo cultural normativo, en cambio, da un paso más y sostiene que las otras culturas deben ser diferentes a nosotros.
            En la antropología médica, ocurren estas dos variantes de relativismo. Los antropólogos de la medicina buscan describir las maneras de entender los procesos de enfermedad y salud en las distintas culturas. Documentan creencias de todo tipo sobre las enfermedades y los remedios. Oportunamente, estos antropólogos advierten que no todos los pueblos del mundo creen que las infecciones son causadas por gérmenes; algunos pueblos creen que la epilepsia es causada por espíritus malignos, etc. La labor de estos antropólogos es sumamente loable, pues con gran espíritu enciclopédico, han buscado documentar las diversísimas concepciones de la salud y la enfermedad entre los seres humanos, la gran mayoría de ellas ajenas al entendimiento científico de la enfermedad.
            No obstante, la antropología médica se empieza a convertir en un problema cuando los antropólogos no sólo documentan prácticas medicinales ajenas a la medicina científica, sino que también las promueven. Y así, una vez más, dan el salto del relativismo descriptivo al relativismo normativo. Los antropólogos médicos son los principales culpables de la difusión de la terapia alternativa y folklórica. No se limitan a documentar que tal cultura cree que la gripe es causada por la influencia de espíritus malignos, sino que alientan a esa cultura a seguir con esas creencias irracionales.
            La medicina científica occidental es abrumadoramente superior a la medicina folklórica de otras culturas, y a la llamada ‘medicina alternativa’ que lamentablemente prospera en las mismas sociedades occidentales. Los avances medicinales, basados en el método científico, han mejorado dramáticamente las condiciones de vida y salud de los países que han sustentado sus sistemas sanitarios en la medicina científica moderna.
            Con todo, lo antropólogos de la medicina se empeñan en querer salvaguardar la importancia de conservar brujos, curanderos y chamanes. Algunos antropólogos en extremo relativistas, sostienen que sencillamente la verdad no existe, y que las teorías científicas son tan válidas como las teorías folklóricas y alternativas sobre la salud y la enfermedad. Otros antropólogos moderan su relativismo, pero sostienen que, aun si las teorías de la medicina folklórica son erradas, sirven un propósito loable, y por ello, cumplen una función muy importante.
En opinión de estos antropólogos, la enfermedad no es estrictamente una condición biomédica. También intervienen factores socio-culturales. Y, para lograr una óptima cura, no deben atenderse sólo los factores biomédicos que generan enfermedad, sino también aquellos factores socio-culturales que, desde el contexto del paciente, facilitan el proceso de curación. Los chamanes no atacan propiamente a los microorganismos que generan las infecciones, pero organizan un performance teatral que ofrece confort a los pacientes, y esto contribuye a la mejoría. Como alguna vez señaló el antropólogo Claude Levi-Strauss, el chamán no es biomédicamente eficiente, pero sí provee una ‘eficiencia simbólica’ que propicia un estado de bienestar en el paciente y su entorno social, el cual juega un papel importante en la cura.
            Muchas veces envuelto en una verborrea innecesaria (muy típica de los postmodernistas), básicamente el argumento de los antropólogos médicos es éste: en las enfermedades hay un gran componente psicosomático, y la medicina folklórica y alternativa puede servir como un importante placebo que sirve de gran ayuda en los procesos de curación. Además, sostienen estos antropólogos, muchas enfermedades son ‘socialmente construidas’ (es decir, no existen propiamente en la realidad, sino que son un producto de la sociedad donde aparecen), y para ello, es más eficiente un remedio que proceda de la misma sociedad que ‘construyó’ la enfermedad en cuestión.
            Quizás estos argumentos tengan un peso relevante en la psiquiatría. Se han documentado varios ‘síndromes culturales’, a saber, desórdenes mentales que aparecen en contextos culturales muy específicos (malayos que creen que su pene va a desaparecer, indígenas que creen que un espíritu se apodera de ellos y practican canibalismo, etc.). En vista de que estos desórdenes tienen un origen cultural específico, quizás las terapias de la psiquiatría no sean muy efectivas, y convendría usar la medicina de las propias culturas en las cuales surgen esos desórdenes.
            También es cierto que existen enfermedades psicosomáticas, o en todo caso, que varias enfermedades son condicionadas por niveles de estrés y ánimo, especialmente aquellas relacionadas con el sistema inmunológico. Cabe, entonces, la recomendación de los antropólogos médicos de emplear medicina folklórica a aquellos pacientes procedentes de contextos culturales los cuales, al recibir estos tratamientos, activarán el efecto placebo, y se podrán curar enfermedades psicosomáticas y contribuir a la mejora de las condiciones mentales que favorecen los procesos de curación somática. Por supuesto, debe haber una congruencia entre las expectativas del paciente y la medicina folklórica empleada: de poco servirá realizar un pequeño exorcismo católico con agua bendita a un paciente musulmán, o practicar gua sha a un enfermo yanomami. Pero, sí ayudará realizar acupuntura sobre un paciente chino, o  un ritual chamánico a un siberiano.
            No obstante, me parece que estos argumentos tienen sus límites. Existe una tendencia a exagerar el alcance de los componentes psicosomáticos en las enfermedades. Y, en parte, eso se debe a la influencia de un antiguo idealismo originario del pensamiento hindú, pero popularizado recientemente por la espiritualidad New Age: todo está en nuestra mente. Muchas terapias alternativas parten de ese supuesto: nos enfermamos porque deseamos enfermarnos. Si encontramos una armonía mental de buenos pensamientos, no habrá más enfermedades. Básicamente, la culpa es del mismo paciente por tener malos pensamientos.
            Las palmaditas en la espalda pueden ayudar, pero urge reconocer que su efecto es muy limitado. El grueso de las enfermedades se cura con la aproximación biomédica de los científicos, no con las performances de brujos, chamanes y curanderos. En el siglo XIV, un paciente que sufría de peste bubónica quizás se pudo sentir mejor al ver a los flagelantes darse sendos latigazos en su espalda, pues apreciaba en un ello una muestra de amor hacia los enfermos. Pero, por supuesto, los flagelantes no salvaron a los setenta y cinco millones de personas que murieron en esa terrible epidemia.
            No es intrínsecamente objetable la promoción de medicinas folklóricas y alternativas por parte de la antropología médica. Pero, deben mantenerse presente tres advertencias. La primera, es que el antropólogo nunca debe aceptar las explicaciones ofrecidas por los practicantes de la medicina folklórica (en la jerga antropológica, nunca debe aceptarse la perspectiva emic de la enfermedad). La antropología es en sí misma una disciplina científica, y eso debería impedir al antropólogo aceptar la existencia de espíritus, demonios o fuerzas vitales.
            La segunda advertencia es que, si bien el antropólogo puede admitir el efecto placebo de algunas prácticas medicinales folklóricas, nunca debe exagerar (como frecuentemente ocurre) su poder. El efecto placebo ciertamente existe, pero no todas las enfermedades son psicosomáticas, ni tampoco todas dependen de la condición mental del paciente.
           La tercera advertencia, quizás la más importante, es que la medicina folklórica se vuelve muy problemática cuando, en vez de complementar a la medicina científica, la sustituye, o peor aún, resulta perjudicial para la salud del individuo. Muchas terapias folklóricas y alternativas son inoperantes, pero también inofensivas (por ejemplo, la homeopatía). El daño aparece, no obstante, cuando el paciente, por confiar en la terapia folklórica, deja de acudir a la terapia alternativa. Y, el daño se potencia aún más, cuando la misma terapia folklórica resulta directamente perjudicial. La homeopatía es mayormente inofensiva (consiste básicamente en beber agua); pero la acupuntura puede generar lesiones graves, y se han documentado casos de exorcismos que han generado muertes.    

No hay comentarios:

Publicar un comentario