jueves, 1 de marzo de 2012

Hacia una nueva historia universal

Desde hace varias décadas, se ha criticado en América Latina el contenido curricular de la asignatura (o su equivalente) “Historia universal”. La principal objeción, formulada enfáticamente por autores como Enrique Dussel y Walter Mignolo, entre otros, es que aquello que se pretende pasar por ‘universal’, en realidad no es más que la imposición de las pretensiones de superioridad de Europa. El contenido de esta ‘historia universal’ es bastante conocido: la Edad Antigua, en la cual se reseñan los principales acontecimientos de Grecia y Roma; la Edad Media, en la cual se reseña el auge de la Iglesia como poder político dominante, y la aparición del feudalismo; la Edad Moderna, en la cual se reseña la consolidación de los Estados-nación, el Renacimiento, la Reforma, la Ilustración y la revolución francesa; la Edad Contemporánea, en la cual se reseña la aparición del nuevo orden mundial tras las dos grandes guerras mundiales.

Esto, opinan Dussel, Mignolo y sus seguidores, es mucho más que una distorsión de una historia verdaderamente universal. Pues, a su juicio, este modo de presentar la historia en realidad persigue el objetivo de reproducir la distinción ideológica entre el centro y la periferia. Mediante la ‘historia universal’, se convence a aquellos que no forman parte de la civilización occidental, de que sus ancestros no han hecho ningún aporte al desarrollo de la humanidad. Así, se siembra una especie de complejo de inferioridad que permite preservar las relaciones de dominio colonial. El colonialismo, postulan estos autores, no sólo consiste en que la metrópolis deprede las riquezas de las colonias. También consiste en imponer su ideología de pretensiones de superioridad, y convencer a los colonizados de que ellos son inferiores, y a partir de eso legitimar el dominio colonial.

El antídoto, por supuesto, es revertir este modo de presentar la historia. En especial, Dussel propone que, si realmente nos proponemos narrar una historia universal, los aportes de Occidente deben empequeñecerse, y debe empezarse a ofrecer mayor espacio a los aportes de las civilizaciones alternativas: India, Egipto, China, el Islam, los incas, los aztecas, las civilizaciones subsaharianas, etc. Esto no sólo propiciará mayor justicia historiográfica, sino que también permitirá revertir las condiciones coloniales de dominio y explotación.

Así pues, la descolonización, opinan estos autores, debería llevarse al aula de clase. Ya no basta con declarar la independencia política o sustituir importaciones. Es necesario, en palabras de Walter Mignolo, propiciar una ‘desobediencia epistémica’, la cual consistiría en rechazar las categorías conceptuales del pensamiento procedente de Europa (el cual pretende respaldar la idea de superioridad cultural europea).

Comparto la preocupación de Mignolo, Dussel y sus seguidores. Aquello que muchas veces quiere pasarse como ‘historia universal’ en realidad concierne a un sector minoritario de la población mundial. Dividir la historia en los períodos antiguo, medieval, moderno y contemporáneo apenas refleja la división de la historia europea. Demográficamente, Europa nunca ha sido mayoría a escala planetaria. El país más poblado del mundo, China, seguramente no encaja en las divisiones de la supuesta ‘historia universal’. Y, en virtud de eso, no podemos pretender pasar por universal aquellas categorías historiográficas que sólo tienen aplicación a un pequeño porcentaje de la humanidad.

Pero, debemos tener presente que, como en muchas cosas, la calidad muchas veces es preferible a la cantidad. Y, en este sentido, es plausible sostener que, si bien la división tradicional de la historia universal no encaja en la historia de los subsaharianos (o los mesoamericanos, o cualquier otro pueblo excluido de la ‘historia universal’), los aportes europeos a la aparición de grandes avances (tanto materiales como ideológicos) les concede justamente un lugar protagónico a la hora de narrar la historia.

Empleemos alguna analogía de sentido común para ilustrar este punto. Supongamos que se nos encomienda escribir la historia universal del fútbol. Hoy, este deporte ha alcanzado ya escala planetaria. Pero, aun si se trata de un deporte universal, no todos los pueblos del mundo tendrán cabida en el relato sobre la historia del fútbol. Brasil, Uruguay, Argentina, Alemania, Inglaterra e Italia desplazarán a China o India en los capítulos de esta historia. Seguramente el número de personas que juegan fútbol en EE.UU. excede abrumadoramente al número de personas que juega fútbol en Uruguay. Pero, el historiador debe guiarse también por un criterio de calidad, por encima de cantidad: los logros futbolísticos de Uruguay exceden los logros futbolísticos de EE.UU. Y, es sensato que el historiador del fútbol dedique capítulos separados al fútbol en Uruguay y Argentina, mientras que apenas haga una escueta mención del fútbol en EE.UU.

Este hipotético historiador del fútbol no hará su labor con la intención de acomplejar a EE.UU. en este deporte, ni tampoco para mantener a esa nación en el sótano del ranking de la FIFA. De hecho, este historiador podría desear que EE.UU. mejore y se convierta en potencia futbolística. Pero, a la vez, este historiador deseará mantener la objetividad. Y, por más que sea deseable que en EE.UU. surja el fútbol, es sencillamente contrario a la verdad histórica (y al sentido común) conceder el mismo espacio a Uruguay que a EE.UU, en los anales de la historia del fútbol. No es sensato auto-engañarnos, con el solo propósito de que aquellos que no han tenido gran participación en la historia, no se sientan acomplejados. La verdad podrá doler, pero es la verdad.

¿Es el historiador que privilegia a Brasil por encima de la India en la historia del fútbol, un ‘brasilio-céntrico’? En cierto sentido, sí lo es. Pero, tiene una perfecta justificación para serlo: objetivamente, Brasil ha sido el país que más glorias ha aportado a la historia del fútbol. Ese hipotético historiador no participa de una conspiración colonialista para que Brasil continúe su posición de dominio en el fútbol internacional; sencillamente cuenta la historia como realmente es. Si a los norteamericanos les duele no ser protagonistas en los anales del fútbol, tanto peor para ellos. El modo de entrar en los anales del fútbol no es inventar un pasado glorioso falso, sino aprender de las grandes potencias futbolísticas, e intentar emular su disciplina, técnica, etc.

Pues bien, Dussel, Mignolo y tantos otros, acusan vehemente a los promotores de la ‘historia universal’ de ser ‘eurocéntricos’, como si se tratara de una grave falta. Es cierto que esta ‘historia universal’ en realidad es fundamentalmente una historia de Europa y su expansión por el mundo. Pero, al realizar una investigación objetiva de los hechos históricos, debemos concluir que aquellos acontecimientos que realmente han tenido una trascendencia en las transformaciones que afectan a la humanidad entera, proceden en su mayoría de Europa. La historia universal debe ser objetiva; pero precisamente por ser objetiva, termina siendo etnocéntrica. El eurocentrismo, mucho más que un prejuicio colonialista, es la conclusión a la que el historiador objetivo debe llegar. Nada impide que China, India o Brasil ocupen un papel protagónico en los próximos siglos. Pero, eso no cambiará el pasado.

Hay, por supuesto, un eurocentrismo no objetivo que obedece a los procesos de colonización que tanto denuncian Mignolo, Dussel y sus seguidores. En efecto, en casi todos los sistemas educativos latinoamericanos se ha ofrecido una versión bastante sesgada de la historia universal, concentrándose exclusivamente en la historia europea y su expansión por el mundo. Por ello, opino que es urgente replantearse el modo en que se presenta la historia universal, y hacer una comparación objetiva del desarrollo histórico de las grandes civilizaciones que han poblado el planeta.

En el siglo XX, ha habido varios historiadores que han intentado hacer estos estudios comparativos de civilizaciones. Los resultados de estos estudios han sido variados, pero por regla general, podemos admitir que un estudio comparativo riguroso y objetivo de las distintas civilizaciones no sustenta la visión sesgada eurocéntrica que tradicionalmente se presenta en las aulas de clase.

Mi amigo David Osorio opina que la famosa frase ‘choque de civilizaciones’ es un oxímoron, porque sólo ha habido civilización en Occidente. Yo discrepo. Creo que perfectamente podemos admitir que China, India o el Islam se constituyeron como civilizaciones que han hecho aportes a las mejoras en las condiciones de vida de la humanidad. Por ello, comparto con Mignolo y Dussel la reforma de los contenidos curriculares de las asignaturas en torno a la ‘historia universal’. En vez de dividir la historia de la humanidad en los períodos antiguo, medieval, moderno y contemporáneo, propongo más bien ofrecer la siguiente panorámica: los orígenes de la humanidad en África; el poblamiento del mundo entero; la aparición de la agricultura; las primeras ciudades en Mesopotamia; y las principales civilizaciones (China, India, Occidente, el Islam, los incas, los aztecas, etc.).

Ahora bien, aun si creo urgente replantearse la historia universal, y ofrecer cabida a civilizaciones cuyo aporte no ha sido tradicionalmente tomado en cuenta en la visión sesgada eurocéntrica de la historia, también me parece igualmente urgente no perder de vista el papel protagónico que Occidente ha tenido por encima de cualquier otra civilización en la historia de la humanidad. En otras palabras, al enseñar la historia universal, debemos moderar el eurocentrismo, pero no despojarnos completamente de él.

Pues, así como una investigación rigurosa de los hechos históricos permite concluir que China, la India o el Islam han hecho aportes civilizatorios que habitualmente no han sido tomados en cuenta por los historiadores occidentales, asimismo esa investigación conduce a la conclusión de que la mayor parte de las instituciones que han propiciado una mejora dramática en las condiciones de vida de la humanidad durante los últimos cuatro siglos, proceden de Europa.

Varios han sido los historiadores que, con un método riguroso y objetivo, sin ninguna intención colonialista, han comparado el desempeño histórico de distintas civilizaciones, y han llegado a la conclusión de que Occidente ocupa un lugar protagónico por encima de las demás. Por ahora, prefiero reseñar sólo los estudios adelantados recientemente por el eminente historiador de las civilizaciones Niall Ferguson en su reciente libro, Civilization: The West and the Rest, para tomar en cuenta por qué puede considerarse que la civilización occidental ocupa un lugar protagónico.

Ferguson destaca seis grandes aplicaciones adelantadas por las sociedades europeas modernas, e inexistentes en las otras civilizaciones. Y, comparados con los aportes de las otras civilizaciones, estas seis grandes aplicaciones han tenido mayor en impacto en el forjamiento de un estilo de vida que ha procurado mayor bienestar a la humanidad.

La primera de ellas es la competencia. La fragmentación política de Europa, a diferencia del imperio chino con su tendencia aglutinante, permitió que hubiera en Europa mayor ímpetu en las actividades comerciales y en la innovación. Esto, a la larga, abrió espacio para mayores niveles de producción económica. Además, por encima de cualquier otra región del mundo, fue en la Europa moderna donde se cultivó la autonomía individual que permitió a las personas tener la confianza de que podría disfrutarse del esfuerzo y la dedicación.

La segunda es la ciencia. El método científico, tal como lo conocemos hoy, con sus premisas racionalistas y su desencanto del mundo, es originario de la Europa moderna. Los aztecas y mayas pudieron tener calendarios más o menos acertados, pero eso no califica propiamente como ‘ciencia’, entendida ésta como una actividad que busca investigar rigurosamente el funcionamiento del mundo. La ciencia es, a mi juicio, el mayor aporte de Occidente al mundo, y este aporte supera abrumadoramente cualquier otro aporte que el resto de las civilizaciones haya podido hacer. Ciertamente la ciencia occidental pudo nutrirse de proto-científicos musulmanes, chinos e indios, pero el grueso procede de la Europa moderna.

La tercera es la garantía de los derechos de propiedad. Quizás los comunistas no vean los derechos de propiedad como un aporte, sino más bien como uno de los grandes daños que Occidente ha hecho al mundo. Pero, la garantía de la propiedad privada ha sido en buena medida la promotora de la industrialización, la cual ha contribuido significativamente a la mejora de las condiciones de vida de los seres humanos. Y, de nuevo, fue en la Europa moderna (en buena medida gracias a los escritos de Locke) donde con mayor tesón aparecieron las bases conceptuales para defender la propiedad privada.

La cuarta es la medicina. Junto a la ciencia, considero que el aporte occidental a la medicina ha sido inigualable por otras civilizaciones, y que la revolución de la medicina en Occidente ha sido uno de los más grandes avances hacia la consecución del bienestar de la especie humana. No hubo medicina científica ni en China, ni en la India, mucho menos entre los subsaharianos, los aztecas o los incas (quizás algunos médicos musulmanes como Avicena hicieron algún aporte significativo, pero son pálidos comparados con el despegue de la medicina científica).

La quinta es, a juicio de Ferguson, la sociedad consumo. Lo mismo que respecto a la propiedad privada, quizás haya espacio para postular que esto, en vez de ser un aporte positivo, ha sido un aporte dañino por parte de Occidente, especialmente en vista del deterioro del planeta. Pero, la mayoría de los economistas y sociólogos están de acuerdo en que, para alcanzar óptimos niveles de productividad que permitan un mínimo de bienestar, es necesaria una sociedad de consumo que estimule la producción.

La sexta es la ética del trabajo. Ya a principios del siglo XX Max Weber advertía que, a diferencia de los países católicos, musulmanes, taoístas o budistas, los países protestantes tenían una elevada ética del trabajo. Pues bien, Ferguson señala que esto es otro aporte significativo que separa al Occidente moderno del resto de las civilizaciones. Pues, gracias a esa ética del trabajo, los países modernos han logrado desarrollar niveles sin precedentes de productividad y bienestar.

Así pues, si el análisis de Ferguson es correcto (y, su libro está ampliamente documentado), entonces debemos mantener presente que los aportes civilizatorios occidentales modernos superan a los de otras civilizaciones. Ferguson reconoce que, hasta el siglo XVI, China había hecho más aportes civilizatorios que Occidente; pero a partir de la modernidad occidental, estos aportes otorgaron a Occidente un lugar protagónico en la historia universal.

Por ello, reitero, comparto con Dussel y Mignolo la exhortación a reformar la enseñanza de la historia universal, y ofrecer mayor consideración a los aportes que, hasta el siglo XVI, otras civilizaciones hicieron al bienestar de la humanidad. Pero, sería sencillamente una injusticia histórica sostener que los aportes de Occidente están al mismo nivel que los de otras culturas. De nuevo, no pretendamos que un historiador sostenga que el aporte de Brasil al fútbol está al mismo nivel que el aporte de EE.UU. a este deporte.

Una preocupación recurrente de Dussel es que el eurocentrismo es un obstáculo al diálogo intercultural: en la medida en que se siga presentando a la civilización europea como la culminación del progreso, las otras culturas quedan suprimidas, y en esas condiciones no es posible conformar un diálogo.

A esto, yo respondo que el primer requisito para entablar un diálogo es tener un compromiso con la búsqueda de la verdad. Y, si la búsqueda de la verdad conduce al historiador a sostener que Occidente ha tenido más protagonismo que las otras civilizaciones, entonces sencillamente este hecho debe asumirse. Eso no elimina la posibilidad de diálogo ni deteriora los lazos de amistad. Yo puedo ser amigo e interlocutor de un miembro de otra cultura, aun si creo firmemente que mi cultura ha hecho más aportes beneficiosos que la cultura de mi amigo. Uruguay y EE.UU. pueden perfectamente competir sanamente en un juego de fútbol, o participar en un diálogo futbolístico, pero para ello, no es necesario que tanto los jugadores (o comentaristas) uruguayos como los norteamericanos asuman que Uruguay no ha hecho más aportes a la historia del fútbol.

8 comentarios:

  1. Épale Gabriel, que tal..., en relación a tu trabajo de opinión, he encontrado un reciente texto de Dussel con el que quizás coincidas. te dejo en enlace: http://www.redalyc.org/redalyc/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=27911653004&iCveNum=11653

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    1. Gracias Gendrik, estuve viendo el artículo. Sólo estoy parcialmente de acuerdo con Dussel en esto. Creo que tiene razón cuando dice que es necesario considerar más los aportes filosóficos de otras culturas, pero sencillamente me parece una insensatez decir que la filosofía europea no ha logrado más que la filosofía maya o azteca. No creo que podamos decir que Bertrand Russel está al mismo nivel filosófico que el Popol Vuh. Por eso, yo creo que hay que moderar el eurocentrismo, pero no renunciar a él.

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  2. Saludos Dr. Leo su entrada y recuerdo a mi profesor de Sociología en pregrado, quien alguna vez me pidiera más "etnocentrísmo". Una semana duré pensando esa vez si de verdad yo era venezolano nacionalista o un norteamericano atrapado en el cuerpo de un coriano. Desde luego muy errado estaba ese profesor.
    Muy ilustrativo su punto de vista, me fui hasta 8vo grado (1998)Ya lo ví todo.

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  3. Concuerdo contigo en varias de tus tesis, y me parece muy acertada tu propuesta de enseñar la historia desde el origen del hombre en África y luego las grandes civilizaciones de cercano oriente y Asia, con criterios como los del desarrollo de la agricultura, los metales, las estructuras sociales (comercio, religión, etc.)

    Lo que sí me parece un poco problemático es la cuestión de la definición -así sea una definición funcional- del término 'civilización'. Y aquí sí quisiera dar un toque que parecerá extraño, pero un toque contra ciertos excesos de eurocentrismo.

    Me refiero a por ejemplo, cómo la Historia del Arte editada por Larousse (en los años sesenta del siglo pasado) se preguntaba, seriamente, si en verdad hubo civilización en centroamérica, entre Olmecas, Toltecas, Mayas y Mexicas.

    La duda y la pregunta no están mal: se puede preguntar y se puede discutir. Eso no es tanto problema (aunque para multitud de personas razonables, sí hubo civilización en esas y otras culturas de Centroamérica). El problema venía cuando trataba del arte rupestre antiguo de Europa. Ahí hablaba de "Civilización Auriñaciense", "Civilización magdaleniense" y otras. Eso me soliviantó, y casi agarro el libro (que era bien grande y pesaba sus kilos) y lo estrello contra la pared de la biblioteca de la UNICA de ese tiempo.

    ¿¡Cómo es posible que esos investigadores, historiadores, intelectuales franceses de criterio no tuvieran empacho en hablar de "civilización" con respecto a las piedras que levantaron unos tipos peludos que solo dejaron ese testimonio de su obra, y tuvieran tales escrúpulos y resquemores de llamar "civilización" a lo que hicieron nuestros antepasados centroamericanos, que aún desde el aire revela un profundo conocimiento técnico y científico, un magistral dominio de las ciencias astronómicas y matemáticas que en algunos aspectos Europa solo vino adquiriendo en los siglos XIX y XX (El cálculo calendárico maya, por ejemplo). Cómo es posible tal despropósito!?

    Es en ese tipo de calificaciones y descalificaciones, en ese tipo de miopías y exageraciones, en las cuales me parece que el eurocentrismo es dañino, estúpido, injusto y erróneo.

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  4. Estamos absolutamente de acuerdo. Su observación sobre las supuestas civilizaciones auriñacienses, etc., me hizo acordar de Obelix (el amigo de Asterix), y su empeño en tallar menhires...

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  5. Hola Gabriel!

    Muy buen artículo! Me has hecho pensar lo del oxímoron. Tienes razón, las ha habido civilizaciones no-occidentales, pero ¿podrías señalarme una que coexista hoy en día con nuestra civilización occidental?

    Un saludo,

    -D

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  6. Hola David, yo diría que China es una civilización que coexiste con Occidente. Quizás estén más occidentalizados de lo que nosotros creemos, pero no deja de ser cierto que preservan muchas instituciones antiguas de su civilización.

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