jueves, 15 de marzo de 2012

Joseph Smith: ¿estafador o profeta?

Mitt Romney tiene la aspiración de ser el candidato del Partido Republicano en EE.UU. No creo que logre su objetivo, entre otras cosas, porque es mormón. En sus inicios como movimiento a mediados del siglo XIX, los mormones fueron uno de los grupos más odiados en EE.UU. No obstante, a principios del siglo XX, supieron ajustarse a las exigencias de la vida cultural americana: abandonaron la poligamia, y alcanzaron posiciones de poder. Con todo, es muy difícil que un mormón llegue a la Casa Blanca, pues aun si el pueblo norteamericano tolera a los mormones como movimiento, no está preparado para aceptar a un presidente que no sea un cristiano convencional.
El mismo Joseph Smith, el fundador de los mormones, tuvo las aspiraciones de ser presidente de EE.UU. en 1844. Joseph Smith fue un personaje fascinante. Su habilidad para la manipulación y el fraude fue suprema, al punto de que cualquier historiador de la religión debe quedar estupefacto ante su historia: ¿cómo un hombre aparentemente simple pudo engañar a tanta gente, y ejercer tal influencia que, hasta el día de hoy, sus seguidores (inteligentísimos en muchos aspectos) sostienen creencias sumamente absurdas? Hoy, los mormones se extienden por el mundo entero. Con frecuencia, en Maracaibo veo a parejitas de misioneros con sus camisas blancas y sus corbatas, predicando una montaña de estupideces.
Desde hace varios siglos, los historiadores y filósofos se han preguntado cuál fue el origen de la religión. Unos opinan que la religión surgió para explicar el mundo natural, otros opinan que surgió para asegurar la cohesión social. En el siglo XVIII, los ilustrados opinaban que la religión surgió como parte de una conspiración de sacerdotes para aprovecharse y explotar al vulgo. Esta teoría siempre ha parecido un poco tosca y simplista, pero en el caso de los mormones, parece ajustarse perfectamente: la Iglesia de los Santos de los Últimos Días surgió como un masivo fraude para complacencia mundana de su fundador.
Joseph Smith nació en Vermont, EE.UU., en 1805. En 1817, su familia se mudó al estado de Nueva York, al pueblo de Palmyra. Por aquella época, había una gran excitación religiosa en la región: reinaba una insatisfacción con las religiones instituidas, pero había el intenso deseo de una reforma religiosa, de forma tal que había cierta facilidad para que surgieran nuevos líderes religiosos cismáticos.
También había en aquella época sumo interés por la caza de tesoros escondidos. Se rumoreaba que los indígenas, españoles e ingleses habían enterrado tesoros. Smith ganó la reputación de ubicar tesoros con métodos adivinatorios. Tenía una piedra vidente que, supuestamente, al observarla, detectaba la ubicación de tesoros. Smith colocaba la piedra en un sombrero, y colocaba su cabeza dentro del sombrero, de forma tal que no entrara la luz. Según parece, Smith sometió al engaño a mucha gente con sus supuestas habilidades, pero finalmente fue llevado a un tribunal por fraude, aunque no fue condenado.
A partir de la década de 1820, Smith empezó a alegar que, en 1820, recibió la visita de dos seres celestiales. Éstos le dijeron que no se adhiriera a ninguna religión de ese momento, pues todas eran corruptas. Luego, en 1823, alegó que recibió la visita de un ángel llamado Moroni. Este ángel, supuestamente, le informó sobre la existencia de un libro escrito sobre unas planchas doradas. Según Smith, Moroni lo visitó en varias ocasiones hasta que, en 1827, le señaló la ubicación exacta de las planchas, junto a unos espéculos con dos piedras que Smith llamó ‘Urim y Tumim’ (una frase bíblica que hace referencia a parte del atuendo ritual de los sacerdotes en el Antiguo Israel), y una espada de un supuesto patriarca. Con los espéculos, Smith podría leer las planchas, y así traducirlas. Supuestamente, Smith encontró las planchas, y obedeciendo el mandato del ángel, se propuso traducirlas.
Smith empezó a divulgar esta historia, y se corrió la voz de que el buscador de tesoros había encontrado unas planchas doradas. Un granjero próspero, Martin Harris, se ofreció a financiar la publicación del libro, y ayudó económicamente a Smith. Éste, aprovechó para casarse, y se mudó con su esposa, Emma, al pueblo de Harmony, en Pensilvania, a vivir cerca de los parientes de Emma. Harris acompañó frecuentemente a Smith, y empezaron la ‘traducción’ de las supuestas planchas doradas.
Harris se ofreció como secretario para la traducción de las planchas, pues Smith no sabía escribir bien. Harris pidió varias veces ver las planchas doradas, pero Smith se negaba a mostrárselas. No sabemos bien cómo Smith dictaba a Harris, pero parecía seguir dos métodos. A veces, como había hecho en sus búsquedas de tesoros, colocaba una piedra en el sombrero, impedía la entrada de la luz, y observaba la piedra, a medida que iba dictando. En otras ocasiones, dividía la habitación en dos con una sábana: Harris de un lado y Smith del otro, y así empezaba a dictar. Sea como fuera, el hecho es que, durante este proceso de traducción, Harris nunca vio ni las planchas, ni la espada, ni los espéculos.
Harris tenía fama de ser un hombre sumamente sugestionable y supersticioso: había cambiado de religión seis veces antes de encontrarse con Smith. Con todo, según parece, quería asegurarse de la veracidad del alegato de Smith, y pidió a éste que trascribiera parte del contenido de las planchas. Supuestamente, las planchas estaban escritas en la lengua ‘egipcia reformada’, y Smith las traducía al inglés en su dictado. Smith accedió a transcribir parte de los supuestos caracteres de las planchas, y Harris llevó la transcripción a un profesor de filología en la Universidad de Columbia, Charles Anthon.
Según Harris, Anthon validó que, en efecto, la transcripción estaba en ‘egipcio reformado’. Anthon iba a firmar una certificación académica que validaba la transcripción, pero cuando Harris le informó que esos caracteres procedían de unas planchas otorgadas por un ángel, Anthon rompió la certificación.
La versión de Anthon, no obstante, fue muy distinta. Él alegó que, desde el principio, advirtió a Harris que era víctima de un fraude. Hoy sabemos, por supuesto, que la lengua ‘reformada egipcia’ nunca ha existido. Sobrevive la transcripción hecha por Smith (ver foto), y los filólogos que la han estudiado convienen en que se trata de caracteres ininteligibles que no guardan ninguna relación con ninguna lengua.
La esposa de Harris, no obstante, era más perspicaz, y temía que Smith estuviese estafando a su marido. Así, Harris empezó a sentirse presionado, y pidió a Smith que, si no lo dejaba ver las planchas, al menos le permitiera llevar parte del manuscrito a su esposa, como prueba de que el proyecto avanzaba.
Al principio, Smith era renuente, pero finalmente, aceptó que Harris llevase el manuscrito de más de cien páginas a su esposa en Palmyra. Estando allá, Harris perdió el manuscrito. Cuando se enteró, Smith naturalmente se enfureció, pues tendría que empezar de nuevo la traducción de las planchas. Pero además, se le presentó un dilema: si el manuscrito aparecía después, habría oportunidad para comparar el manuscrito nuevo con el manuscrito viejo, y así, sería evidente que todo procedía de la imaginación de Smith, y no existían ningunas planchas. Previendo esto, hábilmente Smith convenció a Harris de que el manuscrito perdido no era propiamente una traducción, sino apenas un resumen. En cambio, a partir de ahora, dictaría una traducción literal. El pobre diablo Harris aceptó esta explicación, y así, empezaron nuevamente la traducción.
Después de cierto tiempo, apareció un tal Oliver Cowdery, y se ofreció como secretario, e incorporó a un amigo, David Whitmer, quien era pariente lejano de Smith. El proceso de dictado fue el mismo, y ni Cowdery ni Whitmer vieron las planchas doradas o los espéculos. No obstante, Cowdery era mucho más eficiente como secretario, y ya en 1829, habían escrito el libro.
La ‘traducción’ de las planchas vino a ser el Libro de Mormón. Este libro presenta la crónica de antiguos habitantes del continente americano. Primero, los jareditas, procedentes de la Torre de Babel, llegaron a América, un continente despoblado, pero por guerras intestinas, se extinguieron. Luego, durante la época del exilio babilónico, un patriarca judío llamado Nefí salió de Jerusalén y llegó a América (un continente despoblado). Sus descendientes formaron civilizaciones, y se dividieron en dos grupos: los perversos lamanitas, y los virtuosos nefitas. Los lamanitas, por su perversidad, se les oscureció la piel, y terminaron por ejecutar a los nefitas. Los indígenas de América son descendientes de los lamanitas.
Pero, Smith seguía sin mostrar las planchas. Entonces, en 1830 Smith llevó a Harris, Whitmer y Cowdery a una colina. Ahí, rezaron intensamente por algunas horas. Harris se separó del grupo, pero en medio de la excitación religiosa, supuestamente se les apareció un ángel con las planchas doradas. El ángel pasaba las planchas, de forma tal que los tres las pudieron observar. Luego, Smith fue a buscar a Harris, y éste también pudo ver al ángel y las planchas.
Estos tres testigos firmaron una declaración de testimonio de haber visto las planchas, la cual se incluye en el Libro de Mormón. Años más tarde, estos tres testigos rompieron con Smith, pero no se retractaron de su testimonio sobre el encuentro con el ángel. Luego, ese mismo año de 1830, Smith convocó a ocho personas más, familiares suyos y de Whitmer, para mostrarles las planchas. A éstos no se les apareció ningún ángel, pero Smith les mostró una caja. Al principio, esta caja estaba vacía, pero luego de oraciones intensas, estas ocho personas alegaron haber visto las planchas, y también firmaron una declaración testimonial. Así, el Libro de Mormón contaba con el respaldo de once testigos que alegaban haber visto las planchas doradas. Convenientemente, Smith alegó que, después de mostrar las planchas a estos testigos, el ángel Moroni se las llevó para siempre; de forma tal que la única evidencia a favor de la existencia de esas planchas, es el testimonio de esas once personas.
A partir de entonces, Smith fue acumulando seguidores, y organizó una comunidad religiosa que devotamente seguía sus directrices. Si bien había completado el Libro de Mormón, alegaba seguir recibiendo revelaciones, lo cual le permitía ejercer gran autoridad sobre sus seguidores.
En aquella época de excitación religiosa, había grandes expectativas apocalípticas. El movimiento de Smith no fue excepción, y como muchas otras sectas, tuvo la intención de crear una nueva Jerusalén. Smith tenía la idea de construir esta nueva Jerusalén en el estado de Missouri (Smith tenía la curiosa enseñanza de que el jardín del Edén había estado ubicado ahí). Smith envío una comisión a Missouri, pero ésta se detuvo en el pueblo de Kirtland, en Ohio, y logró convertir a centenares de miembros pertenecientes a otras sectas apocalípticas. En vista de este éxito, Smith decidió más bien asentarse en Kirtland en 1831.
La comunidad asentada por Smith fue cosechando éxitos. Sus miembros eran disciplinados y emprendedores. Pero, como consecuencia de esos éxitos, fue creciendo la envidia en torno a ellos, y así aparecieron las semillas del sentimiento de odiosidad hacia los mormones, el cual se prolongaría por varias décadas. Smith quería construir un templo para su nueva religión, y organizó un banco que recogía fondos de contribuyentes locales. El banco colapsó, e inmerso en las deudas, Smith tuvo que abandonar Kirtland en 1838. Una vez más, este hombre era acusado por estafa.
Smith decidió mudarse a Missouri, en 1838. Desde hacía algunos años, algunos misioneros mormones habían intentado establecerse ahí, pero habían enfrentado suplicios por parte de la población local. Para proteger a sus seguidores, Smith organizó unos comandos paramilitares. Después de algunos enfrentamientos, Smith logró establecerse, e impuso una mano de hierro sobre su comunidad, valiéndose de sus comandos paramilitares. Desde ese momento, Smith aplastó toda disidencia interna en su comunidad. Y, los enfrentamientos entre los comandos paramilitares mormones y los opositores a los mormones continuaron, dejando varios muertos.
En vista del caos generado por estos enfrentamientos, el gobernador de Missouri decidió encarcelar a Smith, y ordenó la expulsión de los mormones en 1839. Sus seguidores tuvieron que emigrar nuevamente, esta vez se dirigieron al estado de Illinois. Pero, Smith eventualmente logró escapar de la cárcel, y se reunió con sus seguidores en Illinois, para fundar una nueva comunidad.
Así, cerca de doce mil mormones fundaron la ciudad de Nauvoo, cuyo nombre fue seleccionado por Smith, pues es la palabra hebrea para ‘bello’. En Nauvoo, la comunidad prosperó nuevamente. Smith envió misioneros a Inglaterra, y recibió un considerable contingente de ingleses convertidos al mormonismo.
Pero, siguieron las disputas internas. Ya la oposición a Smith no se debía tanto a su autoritarismo y el uso de grupos paramilitares para aplastar la disidencia interna; ahora el principal motivo de oposición era la práctica de la poligamia. Incluso desde su estadía en Ohio, Smith tenía relaciones sexuales extramaritales. La conducta de Smith resultó incómoda a muchas personas, no sólo porque consideraban inmoral la promiscuidad, sino porque muchas de las mujeres con las que Smith tenía relaciones sexuales, estaban casadas.
Para acallar las críticas, Smith recurrió al viejo truco: en 1843, alegó recibir revelaciones divinas que hacían lícita la poligamia. Sostenía que, así como los patriarcas del Antiguo Testamento tenían varias esposas, Dios le había comunicado que los hombres mormones podían ser polígamos. Desde el principio, Smith había alegado que la religión que él estaba fundando en realidad era una restauración del cristianismo original que había sido abandonado durante los primeros siglos de la Iglesia; naturalmente, se valió de esta excusa para defender la poligamia como una restauración del cristianismo original. Al final, según se estima, Smith llegó a acumular veintisiete esposas.
Al principio, el asunto de la poligamia trató de mantenerse en secreto. Pero, pronto, se corrió la voz. Varios de los colaboradores más cercanos de Smith rompieron con él (entre ésos, los tres primeros testigos de las planchas doradas). Pero, además, las comunidades vecinas a Nauvoo también se enteraron, y una vez más, se abrió espacio a un profundo sentimiento de antipatía hacia los mormones.
Surgió así una campaña mediática en contra de los mormones, con periódicos que incitaban al odio en contra de Smith y su comunidad. Pero, en la misma Nauvoo, algunos disidentes que rompieron con el mormonismo, crearon un periódico que criticaban duramente a Smith y su movimiento. Smith y el cuerpo de gobierno de Nauvoo movilizaron a la comunidad para destruir las instalaciones del periódico, y lo lograron. Era el año de 1844.
Pero, las comunidades vecinas estaban enardecidas, y el gobernador de Illinois persuadió a Smith para que se entregara a la justicia, pues bajo su custodia, podría ofrecerle mejor protección. No obstante, una muchedumbre enardecida atacó la cárcel donde Smith estaba recluido, y fue lanzado por una ventana. A los ojos de sus seguidores, murió como un mártir.
Smith merece un lugar destacado como genio de la manipulación religiosa. Muchas de las características psicológicas de Smith han estado presentes en otros personajes históricos, pero Smith es singular en la combinación de estas características.
En primer lugar, el despliegue de la imaginación de Smith es asombroso. El mito de las tribus perdidas de Israel es muy antiguo, y ya en el siglo XVI, autores como Bartolomé de las Casas defendía la idea de que los indígenas de América eran una de esas tribus perdidas. Pero, Smith le dio mucho más colorido a este mito: el Libro de Mormón tiene narrativas muy entretenidas, en clara imitación del estilo bíblico. Pero, aunado a eso, Smith se valió de este mito para afirmar sus prejuicios raciales y colonialistas: la gente de piel oscura (los lamanitas) son perversos, y son los ancestros de los indígenas contemporáneos.
Las suposiciones históricas de Smith, obviamente, no tienen la menor correspondencia con la realidad. Se sabe que América fue poblada muchísimo antes del exilio babilónico en el siglo VI a.C., y los estudios genéticos no arrojan parentesco entre los indígenas y las poblaciones judías. Además, el Libro de Mormón hace mención de detalles incompatibles con hechos muy conocidos en la historia precolombina de América (por ejemplo, la mención de herramientas de metales).
Smith merece reconocimiento como un hombre con un don para la narrativa, a pesar de su obre educación. Pero, insólitamente, hoy sus narrativas son asumidas como históricas, incluso por profesores universitarios que se empeñan en querer desvirtuar la evidencia arqueológica, lingüística y genética, para forzar una verificación de unas historias procedentes de la imaginación de un estafador del siglo XIX.
Desde el principio, Smith dio muestras de ser un estafador. En aquel ambiente lleno de gente crédula, resultó fácil para este hombre dar rienda suelta a su imaginación. En vista de que lograba ver que cautivaba a las audiencias con sus historias fascinantes y con su innegable carisma, supo aprovecharse de eso para su satisfacción personal.
Ha habido, por supuesto, plenitud de personajes en la historia de las religiones, que han alegado recibir comunicaciones directas de Dios. La gran pregunta acá es: ¿son estos personajes estafadores cínicos, o más bien psicóticos? En el caso de Smith, pareciera que, al principio, empezó siendo un estafador cínico, pero al final, creyó en su propia estafa, y perdió parcialmente contacto con la realidad.
En sus primeras fases como líder religioso, es evidente que Smith era un hombre hábil para engañar. Decía que tenía unas planchas, pero no se las mostraba a nadie. Cuando sus secretarios pedían ver las planchas, los acusaba de ser malvados y reprochados por Dios. Ideó la colocación de una sábana para dividir la habitación mientras dictaba, de forma tal que los secretarios creyeran que Smith leía directamente de las planchas, pero sin verlas.
Cuando Harris perdió el manuscrito, Smith hábilmente previó el riesgo que suponía que apareciera el manuscrito antiguo y éste fuera contrastado con el nuevo; de forma tal que advirtió que el antiguo manuscrito era apenas un resumen, pero que el nuevo sería una traducción literal. Tenía talento para manipular a sus primeros seguidores y ejercer poderes sugestivos sobre ellos, al punto de inducir en ellos visiones del ángel Moroni y las planchas doradas. Todo esto presupone una habilidad para engañar y manipular, un rasgo más común a un estafador que a un psicótico.
El genio manipulador de Smith quedó más en evidencia cuando invocaba convenientemente las revelaciones para satisfacer sus propias ansias de poder y sus deseos carnales. En esto, Smith es nítidamente comparable con Mahoma. El profeta del Islam tuvo lujuria por Zaynab, la esposa de Zayd, un cercano colaborador de Mahoma. Mahoma convenientemente alegó que recibió una revelación divina que autorizaba que Zaynab se divorciase de Zayd, y Mahoma la tomara como esposa.
Tanto en el caso de Mahoma como en el de Smith, es evidente que, frente a una comunidad de devotos seguidores, se les hizo fácil acudir al viejo truco de invocar revelaciones para satisfacer deseos mundanos. Es claro que, en esto, estos profetas tenían los pies sobre la tierra y sabían muy bien la naturaleza de su engaño. Muy distintos son los casos de profetas que, más cercanos a los brotes psicóticos que a las estafas, alegan recibir revelaciones pero que, en realidad, no se usan en beneficio propio.
No obstante, es plausible que, a medida que Smith iba cosechando seguidores, y crecía en poder y satisfacción lujuriosa con sus revelaciones convenientes, terminara por creer genuinamente en ellas. Pues, así como al principio de su carrera, se aprecia a un Smith como un hábil manipulador, al final, tuvo episodios más afines a un psicótico que a un estafador.
Por ejemplo, en 1835, Smith compró unos papiros egipcios. Lo mismo que con las supuestas planchas doradas, ‘tradujo’ estos papiros, y escribió así el Libro de Abraham. Este libro es particularmente racista, pues degrada a la gente de piel oscura, repitiendo el tema de la maldición a Cam en la Biblia. Pues bien, en el siglo XX, estos papiros originalmente en posesión de Smith aparecieron, y fueron traducidos por egiptólogos profesionales. La traducción de estos especialistas no era ni remotamente cercana al Libro de Abraham.
Si Smith hubiese sido más cuidadoso en su estafa, no se habría lanzado a ‘traducir’ un texto para el cual se corría el riesgo de que algún egiptólogo profesional ofreciese una traducción muy distinta. Quizás, Smith sí creía genuinamente en su habilidad para traducir textos egipcios antiguos. Pero, en aquella época, la egiptología aún estaba en una fase embrionaria, y es plausible pensar que Smith sabía que su ‘traducción’ era fraudulenta, pero no veía gran riesgo en ella, pues pensaba que sencillamente nadie sabía cómo traducir jeroglíficos.
Con todo, hubo otro episodio que sí permite pensar que llegó un punto en el cual Smith perdió parcialmente contacto con la realidad, y creyó sus propias mentiras. Durante la estadía de Smith en Illinois, en 1843, se encontraron enterradas en la localidad de Kinderhook, unas planchas metálicas con unos caracteres extraños. Se las llevaron a Smith, y éste, nuevamente, procedió a ‘traducirlas’, nuevamente usando su piedra visionaria. Muchos años después, en 1879, un hombre llamado Wilbur Fugate alegó que todo aquello había sido un truco, y él mismo había fabricado y enterrado esas planchas, para poner a prueba la fiabilidad de Smith.
Este episodio hace pensar que Smith empezaba a creer en sus propias dotes visionarias. Pues, contrario a la historia de las planchas doradas, estas planchas no fueron enterradas por él mismo. Un estafador se hubiese percatado de que alguien trataba de someterlo a prueba, y habría renunciado a intentar traducirlas. Pero, con todo, Smith se lanzó a traducirlas. Esto abre el compás de sospecha de que Smith finalmente sí creía sus propias mentiras.
La historia de Smith es fascinante porque, a diferencia de Jesús, Pablo o Mahoma, ocurrió apenas hace ciento cincuenta años. La distancia entre los profetas y adivinos de la antigüedad y nosotros es demasiado amplia como para saber qué realmente ocurría. Pero, la historia de Smith está ampliamente documentada. Y, su análisis nos ilustra bien sobre cómo operan las mentes de los profetas. La historia de las planchas doradas resulta absurda a mucha gente. Pero, precisamente, su carácter absurdo debería colocarnos en alerta, y obligarnos a considerar si los mismos mecanismos de los cuales se valió Smith, han sido también empleados por otros profetas. La historia de Smith presta un servicio al historiador de las religiones, pues ilustra cómo puede surgir una religión. Pues bien, la misma suspicacia e incredulidad que aplicamos al origen del mormonismo, deberíamos también aplicarla al origen de todas las otras religiones que se han fundado sobre las experiencias de personajes que alegan recibir revelaciones divinas.

9 comentarios:

  1. Por lo visto Smith ignoraba que los estudios de traducción de los jeroglíficos egipcios ya estaban en un avanzado estado de desarrollo ya en 1822. Y si lo sabía, en verdad que era un estafador con un sentido del riesgo muy alto.

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    1. Gracias por tu comentario, Luciano (sospecho que ése no es tu nombre real, pues obviamente se trata del humorista griego). Es muy difícil saber si Smith era loco, mentiroso, ambos o ninguno. Sospecho que, al traducir los jeroglíficos, Smith no pensaba que hubiera mucho riesgo de ser descubierto como un fraude porque, en su ambiente rural, la egiptología aún no llegaba. Pero, en el caso de las planchas de Kinderhook, ya tenía el delirio de creerse traductor de jeroglíficos, pues ahí obviamente el riesgo era mucho mayor.

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  2. Pienso que la culpa no es de los mercaderes de la fe, mas bien es culpa de tanto incauto que cae en sus garras y los explotan y utilizan.

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    1. Pues sí, en el caso de Smith, agarró incautos a muchos...

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    2. Todas las religiones fueron creadas para manipular a los mas ignorantes y si que hay un montón empezando por los mormones.

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  3. Bueno...! que te puedo decir, en algún momento tendrás que retractarte de muchas cosas, creo que te crees tu propio Dios, yo se lo que se y si tu u otro tengan razón, se que hay un Dios que sera quien diga cual es la verdad absoluta, bueno, aunque no estoy seguro si quiera que creas en Dios, gracias por hacerme reír un poco, jaja, hasta pronto...

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  4. Estas contando la historia desde tu punto de vista,es lo que tu formación académica y el contexto en el que te has formado como individuo han hecho de ti. Oyes una historia y la interpretas basado en tu forma de ver el mundo,las personas,la religión etc. En el caso de una persona cuya formación haya sido religiosa seguramente dará otra interpretación a lo ocurrido con jose,en mi caso particular debo decir que soy mormón y que creo firmemente en la palabra de jose, desde mi punto de vista todos tus argumentos son simplente tu interpretación de una historia que facilmente puede ser interpretada de muchas maneras. De hecho DAS todo un perfil psicológico de un personaje que existió hace mas de un siglo, estas emitiendo un juicio demaciado leve a mi parecer, DAS como una certesa hechos que son practicamente imposible saber su veracidad. Estas en todo tu derecho cada quien es dueño de su verdad, cada quien interpreta lo que persive como lo quiere, somos libres. He leído muchos artículos con referencia a jo se y la historia de la iglesia y creo que esta es la mas irresponsable y arbitraria.

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    1. Hola, ciertamente hay muchas maneras de interpretar la vida de Smith, pero la forma en que yo lo hago es la más racional y la más ajustada a la evidencia. Si bien es cierto que algunos aspectos de la vida de Smith son oscuros, sí contamos con suficiente información para hacer una reconstrucción como la que yo hago acá. lamentablemente, ustedes los creyentes quieren evadir la evidencia de que Smith estaba ya en delirios, como atestigua el caso de las plachas de Kinderhook.

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  5. ud es libre de creer o no exitos...yo si creo en jose smith

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