domingo, 11 de marzo de 2012

Reseña de "The Uniqueness of Western Civilization", de Ricardo Duchesne

DUCHESNE, Ricardo. The Uniqueness of Western Civilization. Boston: Leiden. 2011, 527 pp.

Personalmente, me hubiese gustado que este libro fuese escrito en castellano. Duchesne nació en Puerto Rico, pero estudió en EE.UU., y según me confiesa, es mucho más fluido en inglés que en español. Con todo, yo hubiera preferido que Duchesne escribiera en castellano, no por motivos de orgullo étnico o lingüístico, sino porque es urgente que alguien, desde Hispanoamérica, defienda la postura adelantada por Duchesne; a saber, que la civilización occidental ocupa un papel protagónico en la historia universal.

Hay una legión de autores hispanoparlantes que pretenden minimizar el protagonismo de Occidente en la historia universal. Enrique Dussel, Walter Mignolo, Boaventura de Sousa Santos, entre otros, se han convertido en vacas sagradas en las universidades latinoamericanas. Y, sus posturas básicamente son una resonancia de los llamados ‘estudios postcolonialistas’ que, fundamentalmente, pretenden inyectar una alta dosis de relativismo cultural y postmodernismo en la historiografía universal. Estos autores insisten en que la idea de que la civilización occidental es la cuna de la mayor parte de los aportes que han contribuido al bienestar de la humanidad, es en realidad un mito colonialista inventado para sembrar un complejo de inferioridad en los habitantes del Tercer Mundo, y así asegurar el dominio cultural.

En el siglo XIX, hubo plenitud de autores hispanoamericanos que sí reconocían la primacía de la civilización occidental por encima de cualquier otra. Domingo Sarmiento y Juan Bautista Alberdi, por ejemplo, escribieron monumentales tratados en los cuales se contrastaba la civilización y la barbarie como modos de organización social, y concedían a Europa un lugar protagónico en la formación de la civilización. Lamentablemente, estos tratados estaban impregnados de nociones metafísicas, e incluso llegaron a explorar causas raciales para explicar la divergencia entre el rendimiento de Europa y el resto del mundo.

Así pues, desde entonces, la defensa de la primacía de la civilización occidental quedó enterrada entre los autores hispanoamericanos. Hasta donde tengo conocimiento, sólo el genial Juan José Sebreli, en la última década del siglo XX, se propuso una defensa de la civilización occidental en El asedio a la modernidad, una obra que enfáticamente recomiendo, no sólo por su contenido, sino por el estilo tan afable que Sebreli empleó en su redacción.

Por su parte, en lengua inglesa ha habido plenitud de defensas de la primacía de la civilización occidental frente a los ataques relativistas y postmodernistas. The Uniqueness of Western Civilization es una de las más recientes. El libro es monumental y está ampliamente documentado. Duchesne empieza en el capítulo 1 por referir cómo, hasta mediados del siglo XX, la mayor parte de la historiografía reconocía que, en efecto, la civilización occidental era superior a las demás en sus aportes, y que los tratados y cursos de ‘historia universal’ se concentraban mayoritariamente en los acontecimientos de Occidente. Pero, a partir de mediados del siglo XX, el influjo de ideas postmodernistas, el crecimiento del relativismo cultural, y los procesos de descolonización, propició que todo esto fuera sometido a un revisionismo histórico.

Como alternativa, se plantearon varias posturas que, agrego yo, no son del todo coherentes entre sí. Por un parte, se empezó a postular que han sido mayores los aspectos negativos que los positivos en la civilización occidental. También prosperó la idea de que muchas de los supuestos aportes de Occidente, en realidad proceden de otras civilizaciones (China y el Islam, fundamentalmente), y que, hasta el siglo XIX, China estaba más avanzada que Europa. El avance de las potencias europeas se debió fundamentalmente a su capacidad para saquear y depredar a las colonias. Y, también, se arrojó la doctrina relativista, según la cual, no es posible comparar el rendimiento de las civilizaciones, pues cada una tiene su propia singularidad, y cada una debe ser juzgada en sus propios términos.

Duchesne correctamente rechaza todo esto. En primer lugar, sí es posible hacer comparaciones entre civilizaciones, y hay criterios objetivos y firmes que permiten sostener que una cultura ha contribuido más a la felicidad humana que otra. En segundo lugar, si bien Occidente pudo haber incorporado innovaciones positivas procedentes de otras civilizaciones, la mayoría son originarias de Europa. Y, por último, es demasiado simplista suponer que la prosperidad europea se deba exclusivamente a la depredación: hay plenitud de casos que colocan en jaque a esta hipótesis (los países escandinavos no fueron poderes coloniales, y hoy tienen un elevado nivel de vida; Etiopía no fue colonia, y es uno de los países más pobres del mundo).

Duchesne dedica el capítulo 2 a una comparación entre el rendimiento de la civilización china y el de Occidente. Aquellos que cuestionan la singularidad de Occidente señalan que, hasta el siglo XIX, China tenía más avances tecnológicos y mayor producción económica que las potencias europeas. Con plenitud de datos, Duchesne coloca esto en duda, y defiende la hipótesis de que, ya para el siglo XVI, Europa tenía la delantera. El capítulo 3 es un análisis sobre cómo Europa logró sobreponer los frenos al desarrollo. En especial, Duchesne destaca cómo las potencias europeas, en particular Inglaterra, lograron vencer la condena maltusiana que desemboca en altas tasas de natalidad, pero a la vez, altas tasas de mortalidad para mantener a raya a la población frente a la escasez de recursos. Entre otras cosas, los ingleses lograron expandir la producción agrícola, de forma tal que ya no enfrentarían tan recurrentemente las amenazas maltusianas de enfermedades, hambrunas y guerras.

Pero, la divergencia entre Europa y el resto del mundo a partir del siglo XVI no fue sólo en productos materiales, sino también intelectuales. La difusión de la imprenta (cabe admitir que los chinos se adelantaron en su invención, pero pronto abandonaron interés en ella), el refinamiento del método científico, el crecimiento de la curiosidad en los viajes de exploración, la expansión de un sistema de producción industrial, entre otros, aseguraron que Europa tomase la batuta en el desarrollo civilizacional. De eso se ocupa Duchesne en el capítulo 4.

El capítulo 5 es un análisis en mayor profundidad, de la singularidad intelectual de Occidente. Y, para ello, Duchesne dedica especial atención a la obra del gran Max Weber. El libro de Duchesne es en buena medida una actualización del pensamiento weberiano. Weber es conocido, entre otras cosas, por analizar aquellos aspectos ideológicos (y no meramente materiales, en oposición a Marx) que han moldeado el transcurrir histórico. Y, el grueso de la obra weberiana consiste en destacar la singularidad occidental en el desencantamiento y racionalización del mundo. Weber célebremente estudió cómo la reforma protestante contribuyó a este proceso, pero Duchesne hace énfasis también en cómo Weber apreció el desencantamiento occidental, incluso desde la época de los profetas del antiguo Israel.

No obstante, hay un aspecto de la obra de Weber que Duchesne no explora suficientemente. Si bien Weber sentó las bases para defender la singularidad de Occidente en el desencantamiento y la racionalización, no fue tan optimista respecto a estos procesos. Weber advirtió que la burocratización de la sociedad moderna conduciría a estados de malestar que, en sus propias palabras, colocaría al hombre moderno en una jaula. De forma tal que Weber es el gran campeón de la defensa de la singularidad occidental, pero no propiamente un defensor incondicional de Occidente, pues reconocía que la racionalización y el desencanto podría conducir a consecuencias negativas.

Además de Weber, Duchesne toma inspiración del pensamiento de Hegel, y de esto se ocupa en el capítulo 6. Lo mismo que Weber, Hegel defendió la singularidad de la civilización occidental, pero a diferencia de Weber, fue mucho más optimista. Por mi parte, desde hace tiempo comparto la opinión de Mario Bunge, según la cual, Hegel es un filósofo obscurantista que es mejor enterrar en el olvido. Los estudios de Weber están bien documentados, son claros y precisos. En cambio, los textos de Hegel están impregnados de especulaciones metafísicas, muchas de ellas de difícil comprensión. Me parece que al apelar a autores como Hegel, los defensores de la singularidad de la civilización occidental perjudican su causa. Pues, dan pie a que los autores relativistas acusen a los historiadores eurocéntricos de invocar motivos metafísicos o cuasi-divinos para justificar la superioridad occidental. Opino que, para defender la singularidad de la civilización occidental, conviene mucho más apelar a categorías claras como ‘desencanto’ o ‘racionalización’ (procedentes de Weber), que a categorías obscuras como ‘espíritu del mundo’ (procedentes de Hegel).

El capítulo 7 es quizás el más controvertido. Ahí, Duchesne defiende la idea de que las bases ideológicas para la prosperidad europea se iniciaron en las olas migratorias de los jinetes indo-europeos, a partir del cuarto mileno antes de la era común. Los jinetes y guerreros indo-europeos aportaron un ethos de autonomía individual, valores aristocráticos, libertad y emprendimiento, que en buena medida sirvió de motor para los grandes avances de la civilización occidental.

Tengo algunas reservas respecto a esta hipótesis. No estoy seguro de que la mentalidad que pudieran haber incorporado los jinetes indoeuropeos perdurara hasta los tiempos modernos. Pero, en todo caso, no me inclino mucho por la admiración del ethos militar de los invasores indo-europeos. En clara continuidad de Nietzsche (otra de las grandes inspiraciones de Duchesne, y del cual se ocupa extensamente en el capítulo 8), Duchesne concede gran importancia al influjo de vitalidad, autonomía individual e, implícitamente, la ‘moral de amos’ tan aplaudida por Nietzsche. Ciertamente estos valores me parecen estimables, pero el modo en que Nietzsche los planteó me parece peligroso, pues llevan implícitos la defensa del militarismo que desembocó en las grandes atrocidades del siglo XX, ocurridas en el seno de la civilización occidental.

Hubiese sido deseable que Duchesne incorporara alguna defensa de la civilización occidental frente a los ataques recurrentes de sus críticos. Por una parte, los críticos acusan a Occidente de ser una civilización etnocéntrica, al considerarse singular en la historia de la humanidad. Muy eficientemente, Duchesne defiende que, en efecto, hay motivos suficientes para postular que Occidente ha sido singular. Pero, aunada a ese ataque, está también la crítica que postula que Occidente ha sido una civilización totalitaria y, más recientemente, destructora del medio ambiente. Duchesne defiende a Occidente sólo tenuemente de estos ataques.

Con todo, el libro de Duchesne es una muy bienvenida contribución para frenar la ofensiva de intelectuales que, bajo la inspiración postcolonialista, creen que hacen justicia a los pueblos colonizados, distorsionando los hechos de la historia. Ciertamente, podemos reprochar a Occidente muchos crímenes colonialistas, y defender el derecho de autodeterminación de los pueblos colonizados. Pero, eso no debería conducirnos a alterar los libros de historia, por el mero afán de que los pueblos que han sido víctimas del colonialismo, no se sientan acomplejados.

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