miércoles, 7 de octubre de 2015

¿Cuál es el verdadero costo de la moda?

            La película The True Cost (El verdadero costo), dirigida por Andrew Morgan, muestra con bastante crudeza y realismo los tras bastidores del mundo de la moda. Se expone la forma en que los diseñadores continuamente lanzan nuevas modas, dejando ya obsoletas a aquellas que tienen poquísimo tiempo de existencia. Se muestra la forma en que la publicidad y el glamour manipulan a los consumidores. Aparecen en la película las terribles condiciones de las fábricas del Tercer Mundo, en las cuales se manufactura la ropa fashion. Se documentan los daños ecológicos que la industria de la moda genera en los países que albergan estas fábricas.

            Si bien es admirable la forma en que la película dirige atención a estos graves problemas, no es tan admirable por la forma tan romanticona en que los presenta, así como por su ausencia de propuesta de soluciones verdaderamente prácticas.
            En la película, hay hechos indiscutibles. La publicidad manipula y estimula un materialismo que, psicológicamente, puede ser perjudicial (como padre de una niña de cuatro años, veo ya con preocupación que mi hija esté expuesta a videos de Youtube, en los cuales las adolescentes se jactan de las ropas que han comprado). Y, por supuesto, es indiscutible las terribles condiciones de trabajo en las que se manufacturan estos productos: la película dedica bastante atención al colapso de una fábrica en Bangladesh en 2013, así como el sufrimiento humano de trabajadores en Haití, Camboya e India.
            Pero, la película presenta muchos otros datos cuya veracidad son bastante más cuestionables. Se le da mucha atención a las opiniones de Vandana Shiva, una activista ecologista de la India. Esta mujer ha sido infame por presentar falsa información para alegar que los transgénicos y los químicos que se utilizan para su cultivo, son ecológicamente perjudiciales. Sobre los transgénicos hay mucho debate, pero el consenso entre científicos es que no perjudican el medioambiente.
En la película, se critica el uso de transgénicos para el cultivo del algodón, destinado a la industria de la moda. Podemos convenir en que el algodón destinado a la moda no salva vidas. Pero, los transgénicos tienen mucha posibilidad de salvar vidas al aplicarse en la agricultura y la medicina (¡de ellos obtenemos la insulina para diabéticos!, entre otras cosas). La película defiende el argumento de que debemos regresar al consumo de productos orgánicos. Pues bien, la mayoría de los científicos ha advertido que, no solamente la agricultura orgánica es insuficiente para satisfacer la demanda mundial de calorías, sino que también incurre en muchísimos riesgos bacteriológicos que la agricultura transgénica evita. Los transgénicos también previenen en contra de la deforestación, pues al hacer más intensa la producción agrícola, menos necesidad hay de expandir los sembradíos.
La película muestra todo el horror de las fábricas de Bangladesh y otros países, pero no es lo suficientemente analítica, pues no se detiene a considerar el argumento liberal: esas fábricas ofrecen mejores condiciones de trabajo que se le ofrecerían a esos trabajadores, si esas compañías se retiraran de esos países. Dolerá admitirlo, pero es un hecho indiscutible que el capitalismo, aún con su innegable explotación, ha mejorado el estándar de vida a nivel planetario en los últimos tres siglos; Marx habría estado de acuerdo. Un trabajador en una fábrica de Bangladesh en el siglo XXI vive mejor que un campesino súbito del imperio mogol en el siglo XVI (y, precisamente por esta razón, Marx veía con buenos ojos la presencia británica en la India).
La película concede un brevísimo espacio a Benjamin Powell, un autor que defiende estos argumentos. Pero, no se hace suficiente justicia a lo que él expone. Se han hecho múltiples estudios (reseñados en los libros de Powell), por ejemplo, en los cuales se concluye que, en Bangladesh, aquellas zonas en las cuales se han colocado obstáculos a la producción de trasnacionales en fábricas locales, la prostitución infantil ha aumentado significativamente.
Es muy fácil sentir coraje frente a las imágenes de trabajadores asiáticos siendo explotados por capitalistas codiciosos, pero como bien señala Thomas Sowell, ante una política, siempre hay que hacerse la pregunta, ¿comparado con qué? ¿Mejora la situación si se le exige a las trasnacionales más regulaciones y mejores salarios? Si las trasnacionales no quedan contentas con lo que se les exige, se marchan de esos países a otros en los cuales sí se acepten sus condiciones. Y, al marcharse, esas zonas quedan sin oportunidades de trabajo y de generación de riqueza. Esos desempleados terminan prostituyéndose. Es muy fácil jugar a ser Don Quijote y querer salvar el planeta. Pero, los problemas deben analizarse con mucho rigor, y debe evaluarse si las alternativas románticas son realmente las más eficaces.
Lo ideal sería, por supuesto, que Nike, Zara, Adidas, y el resto de los villanos, sean menos codiciosos, y ofrezcan más dignidad a sus trabajadores de ultramar. Lamentablemente, no tenemos una varita mágica para lograr estas cosas. La única forma en que esos villanos ganen menos y permitan ganar más a los trabajadores, es forzándolos. Pero, si los forzamos, dejarán de producir, cerrarán sus fábricas y emigrarán a otro país, y la situación será aún peor.

Por supuesto, algo hay que hacer. Las cosas no pueden quedarse como están. Pero, me temo que The True Cost, como suele hacer la izquierda, es muy hábil en presentar críticas, pero torpe en presentar soluciones. Yo tampoco tengo una solución mágica. Pero, así como The True Cost y su legión de progres, señalan las barbaridades del capitalismo, nosotros los críticos estamos en la obligación de señalar las barbaridades que las alternativas al capitalismo traen consigo. Será necesario encontrar algún balance, y eso lo lograremos, no sólo produciendo películas como The True Cost, sino también analizando los verdaderos costos y beneficios del capitalismo.

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