miércoles, 28 de diciembre de 2016

La traición a Miranda y el narcisismo de Bolívar

Dice la patética canción de Un Solo Pueblo que, “cuando Bolívar nació/ Venezuela pegó un grito/ diciendo que había nacido/ un segundo Jesucristo”. Vale preguntarse si, más bien, Bolívar debería ser comparado con Judas, en vista de su traición a Miranda.
Como en muchas religiones, el culto a Bolívar quiere limar las asperezas entre sus santos. Del mismo modo en que la tradición cristiana quiso presentar a Pedro y Pablo como grandes amigos y colaboradores (cuando, en realidad, se odiaban), el culto nacionalista en Venezuela quiere presentar a Miranda como el precursor con sus ideas, y a Bolívar como el héroe que concretó esas ideas. Cualquier persona mediamente culta en Venezuela sabe que ambos personajes se terminaron odiando, y que Bolívar traicionó a Miranda. La imaginación popular, no obstante, sigue creyendo que el par fue algo así como el dúo dinámico.

Tras algunos intentos fallidos (y, por lo demás, tácticamente demenciales) de invadir Venezuela y organizar una rebelión en contra del imperio español, Miranda se retiró a Londres, y desistió de sus proyectos. Pero, en vista de que en 1810 se formó en Caracas una junta que declaraba la independencia de Venezuela, Bolívar viajó a Inglaterra a solicitar apoyo británico, y aprovechó la ocasión para entrevistarse con Miranda y pedirle que volviese a Venezuela a dirigir la naciente república.
Miranda había hecho renombre con sus aventuras militares en EE.UU. y Francia, así como con sus recorridos por salones y cortes reales europeas. Había cosechado varias destacadas victorias militares para la Francia revolucionaria, y presumiblemente Bolívar veía en Miranda a un hombre experimentado, ideal para ejercer el liderazgo en Venezuela.
El culto bolivariano quiere hacer creer que la guerra de independencia fue entre España y Venezuela. Pero, en realidad, fue una guerra civil entre partidarios del rey, y partidarios de la república. Por ello, cuando Miranda llegó, la república no controlaba todo el territorio venezolano, y pronto, hubo de enfrentarse a focos realistas en todo el país.
En aquel caos, la relación entre Miranda y Bolívar se empezó a deteriorar. Bolívar empezó a cuestionar algunas de las decisiones militares de Miranda, y éste, bastante mayor, empezó a ver en Bolívar a un jovencito altanero indisciplinado. El punto crítico ocurrió en julio de 1812 cuando Bolívar, encargado de resguardar el fortín de Puerto Cabello, permitió que los prisioneros realistas tomaran el control. Bolívar desesperadamente pidió refuerzos a Miranda, pero éstos no llegaron (quizás porque el mensaje no llegó a tiempo).
Bolívar tuvo que escapar y refugiarse en sus propiedades de Caracas. Las cartas que escribió en aquellos días indican que se encontraba en un estado mental muy alterado. Le escribía a Miranda (en un estilo típicamente adulador de los militares venezolanos, que perdura hasta nuestros días) tratando de justificar su fracaso, y sin admitir su responsabilidad. Miranda nunca respondió.
            No me agradan mucho las especulaciones psicológicas, pero creo que, en este caso, podemos hacer alguna. En sus años posteriores, Bolívar demostró ser un tipo muy narcisista, al punto de que él mismo propició el enfermizo culto a su persona que perdura hasta nuestros días. Y, como bien nos recuerdan los psicólogos, cuando un narcisista se siente fracasado, se vuelve muy peligroso. Así pues, ante su fracaso en Puerto Cabello, Bolívar jamás admitió su responsabilidad. Trató de justificarse ante Miranda, pero en vista de que éste no hacía más que ignorarlo, cabe presumir que en la mente de Bolívar se empezó a formar la idea de que el verdadero responsable de aquella catástrofe había sido el propio Miranda, pues no había enviado los refuerzos.
            El narcisista, además, no tiene paciencia para otros más grandes que él. Si bien fue el propio Bolívar quien invitó a Miranda a Caracas, a la larga, su narcicismo venció a la admiración por Miranda. Si, desde el Monte Sacro, Bolívar ya tenía la idea de liberar a América, en su mente no cabía la idea de que hubiera alguien por encima de él en ese proyecto. Esto, aunado al acontecimiento en Puerto Cabello, se convirtió en una combinación explosiva.
            Cuando las tropas del realista Monteverde se acercaban a Caracas (en parte debido al ímpetu que los realistas obtuvieron tras apoderarse del fortín de Puerto Cabello), Miranda supo comprender que todo estaba perdido, y que era necesario capitular y marchar al exilio, para acaso plantearse una nueva estrategia. Para ello, se aseguró de recoger tesoros en Caracas, a fin de financiar nuevas expediciones en un futuro. Así pues, Miranda se dirigió al puerto de La Guaria, en espera de un barco que zarparía al exilio.
            Éste fue el momento clave para la venganza de Bolívar. En un intento por congraciarse con Monteverde, dos funcionarios de la república, Peña y Las Casas, plantearon a Bolívar arrestar a Miranda y entregarlo al caudillo español. Bolívar accedió, pero a diferencia de los otros dos conspiradores, no pareció tener motivaciones pragmáticas: Bolívar no tenía ningún interés en congraciarse con Monteverde. La motivación de Bolívar pareció ser puramente personal, y derivaba de su odio a Miranda. Veía a Miranda como un traidor (quien, además, como tantos dictadores latinoamericanos del siglo XX, salía corriendo con los tesoros públicos), y propuso, no entregarlo a Monteverde, sino fusilarlo sumariamente. Peña y Las Casas, que sí querían sacar provecho a la conspiración, objetaron el plan de Bolívar, y al final, prevalecieron en entregar a Miranda, el 31 de julio de 1812.
            Aquel acontecimiento, pues, fue un capricho narcisista de Bolívar, en parte manipulado por Peña y Las Casas. Podemos discutir si la decisión de Miranda fue o no la correcta, pero de ningún modo podría considerarse una traición. Miranda, que tenía mucha más experiencia militar, conocía bien cuándo sería prudente replegarse y reorganizar. Quizás aún había alguna oportunidad para vencer al enemigo, pero a lo sumo, se puede acusar a Miranda de un error de cálculo militar, nunca de traición. El verdadero traidor, en cambio, fue Bolívar. Entregando a Miranda, se quitaba de encima el peso de la culpa por la derrota en Puerto Cabello, y allanaba el camino para, ahora sí, plantearse como el gran caudillo en su proyecto de independencia.
            Dos años después, en 1814, a Bolívar le tocaría vivir en carne propia algo muy parecido a lo que le sucedió a Miranda. Después de haber reconquistado Caracas, Bolívar ordenó la evacuación de la ciudad, pues se acercaban las hordas de Boves a arrasar con todo. Bolívar había acusado a Miranda de no haber luchado hasta el final, pero él mismo ahora era el “traidor” que, como Miranda, recogía los tesoros de las iglesias, y se los llevaba hacia el oriente del país huyendo. En esa evacuación, encomendó los tesoros a un pirata italiano, Bianchi, para poderlos evacuar, pero éste, en una maniobra, llegó a un acuerdo, y marchó con parte de las riquezas.
Como había hecho Bolívar con Miranda, dos caudillos, Ribas y Piar, hacían ahora con Bolívar: en Carúpano lo arrestaron, acusándolo de robar los tesoros de la nación, y traicionar la patria. Pero, a diferencia de lo que Bolívar hizo con Miranda, Ribas y Piar no lo entregaron al enemigo. Bianchi eventualmente amenazó con bombardear Carúpano si no se liberaba a Bolívar, y así, nuevamente el Libertador quedaría libre. Bolívar, en vez de reconocer que el tratamiento que Piar le dio fue mucho más benevolente que el que él mismo le dio a Miranda, tres años después, en una nueva artimaña, hizo fusilar a Piar, en buena medida porque temía su popularidad. Una vez más, el narcisismo del Libertador lo conducía a cometer otro grave error moral.

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