miércoles, 23 de octubre de 2013

¿Debe restringirse la inmigración?



            En el aeropuerto de Madrid hay ahora más de cuarenta ciudadanos venezolanos esperando ser deportados de regreso a Venezuela. España les ha negado la entrada, porque estos viajeros no demuestran tener suficientes recursos. Esto, aunado a la bochornosa actitud de las autoridades italianas frente a la tragedia humanitaria suscitada por el hundimiento de las barcas de inmigrantes procedentes de África, obliga a considerar la moralidad de las restricciones a la inmigración.

            Vale advertir que este tema se presta para suma hipocresía en muchos sectores de la izquierda. Hugo Chávez, por ejemplo, continuamente reprochaba el acoso de las autoridades norteamericanas contra los indocumentados hispanoamericanos en EE.UU. Pero, en mis viajes por tierra de Venezuela a Colombia, vi muchísimos abusos por parte de las autoridades venezolanas contra los indocumentados colombianos.
            Hecha esta advertencia, me parece que es muy difícil aceptar la moralidad de las restricciones migratorias. Las fronteras son construcciones humanas arbitrarias (muchas veces hechas a sangre y fuego, sin consultar a los pueblos que habitan esos territorios), y es muy dudoso que se cuente con la autoridad moral para impedir a un ser humano desplazarse de un lugar a otro. Así, desde la perspectiva libertaria hacia la cual me inclino (al menos en este tema), exhorto a los gobiernos del mundo a relajar sus restricciones migratorias. Los libertarios tradicionalmente han defendido el libre flujo de mercancías. No hay motivo por el cual, esta misma defensa no deba extenderse al libre flujo de personas.
            La izquierda suele defender la causa de los inmigrantes, pero lo hace incoherentemente. En primer lugar, defiende el libre tránsito de personas de un país a otro, pero rehúsa aceptar el libre flujo de mercancías, imponiendo aranceles, tarifas, impuestos, y demás restricciones al comercio internacional.
Además, la izquierda es muy dada a defender a toda costa la ‘soberanía’ de los países: pide a la comunidad internacional que no se inmiscuya en los asuntos internos de cada país. Pero, esta izquierda no cae en cuenta que, si se cacarea la soberanía a toda costa, entonces no hay motivo para oponerse a que un país rechace la entrada de inmigrantes. Pues, cada país estaría en su soberano derecho de aceptar dentro de sus fronteras a quien le venga en gana.
La globalización ha hecho caduco el sistema de Westfalia (originario del siglo XVII), en el cual cada país, al menos en principio, debía estar inmune a la presión internacional, y podía tomar sus decisiones autónomamente. Hoy, la interconexión e interdependencia de países exige que los gobiernos ya no tengan la capacidad de rehusar la entrada sin un criterio muy firme y justificado. El hecho de que los inmigrantes sean pobres no es suficiente argumento para rechazarles la entrada. Pues, desde la misma lógica libertaria, los inmigrantes bailan al son del libre mercado, y acuden a donde hay mayor demanda de trabajo. Y, si llegan a un país para quitar el trabajo a los nativos, pues entonces los nativos tendrán que ajustarse para enfrentar esta competencia, y con esto, el sistema se hará más eficiente y productivo. La intervención del Estado prohibiendo la entrada de estos competidores en el mercado laboral, es una forma de proteccionismo que distorsiona la libre competencia.
Pero, por supuesto, hay dificultades. Los nativos han pagado impuestos por varias generaciones, y hay alto riesgo de que los inmigrantes se conviertan en parásitos que llegan a disfrutar de los servicios que han sido financiados por los nativos. Este problema se resolvería, por supuesto, con una alternativa libertaria más radical: eliminar los servicios públicos, y de esa forma, no habría ninguna relación de parasitismo. Esta solución es temeraria (yo no me atrevo a avalarla del todo), pero amerita discutirla.
Pienso también en otro problema: ¿dónde trazamos el límite entre una ola migratoria y una invasión? Tradicionalmente, las invasiones son violentas, y en ese sentido, podemos establecer una diferencia clara: las olas migratorias son pacíficas, las invasiones son violentas. Pero, no es difícil imaginar una ola migratoria tan vasta, que si bien no arrastra violencia, vulnera la autoridad local, y a efectos prácticos, es una invasión. De nuevo, el problema podría solucionarse con una alternativa libertaria radical: a la manera anárquica, se eliminarían los gobiernos, y así, no habría mayor problema con vastas olas migratorias (siempre y cuando no atenten contra los derechos individuales de los nativos), pues no habría ningún gobierno cuya autoridad se viese perjudicada  Nuevamente, es una alternativa temeraria (y, una vez más, yo no me atrevo a avalarla), pero también amerita discutirla.
En el entretiempo, estimo justo y necesario que todos los gobiernos del mundo relajen sus restricciones migratorias. Aún no estamos preparados (y quizás nunca lo estemos) para un gobierno mundial libre de fronteras. Pero, ya no vivimos en el aislamiento soberano que propició el tratado de Westfalia. Vivimos en un mundo cada vez más globalizado, y eso exige una mayor apertura de fronteras. Por ello, extiendo mi solidaridad a mis compatriotas que están siendo vapuleados en el aeropuerto de Barajas en Madrid.

domingo, 20 de octubre de 2013

¡Gracias a Dios que la religión es un negocio!



No hay religión que no sea negocio. De esto están muy conscientes los gurús del mercadeo que hoy asesoran a las grandes iglesias protestantes norteamericanas en su búsqueda de almas. El fenómeno de las ‘mega-iglesias’ (megachurches) en EE.UU. es revelador: proliferan ahora grandes templos que asimilan el ritual religioso a la experiencia de ir de shopping. Las mega-iglesias tienen una gran semblanza con centros comerciales; en muchas de estas congregaciones, puede alabarse a Dios, e inmediatamente, ¡ir a comer a McDonalds en la propia iglesia! Y, por supuesto, el mercado se ha inundado con una enorme cantidad de artículos de consumo que tienen como branding temas religiosos. Ya hay muñecos de Jesucristo como si se tratase de un superhéroe.

            Las iglesias protestantes son las más prominentes en esto, pero otras manifestaciones religiosas las empiezan a imitar. Juan Pablo II tuvo una visión empresarial, y vendió discos rezando el rosario, lo cual batió récords de venta. Varias agencias de viaje en países musulmanes preparan paquetes turísticos para el peregrinaje a La Meca. Maestros hindúes como Osho y Ravi Shankar venden masivamente sus libros de auto-ayuda.
            En alguna época, la antropología quiso establecer una diferencia entre la magia y la religión. Y, una de esas diferencias, supuestamente, radica en el carácter comercial de la actividad. El mago cobra por sus servicios, el sacerdote no. Esto, obviamente, es una farsa. Hoy, afortunadamente, la antropología ha rectificado, y admite que no es tan fácil distinguir entre magia y religión. Y, en lo que concierne al negocio, ¡es obvio que el brujo participa tanto como el cura!
            La Iglesia Católica fue probablemente la más dada al negocio de la fe en las épocas previas a la Reforma Protestante en el siglo XVI. Infamemente, el dominico Johann Tetzel alegaba que, en las ventas de indulgencias, tan pronto como sonara la moneda en el cofre, el alma saldría del purgatorio; incluso, quien hubiera violado a la madre Dios, podría salir del purgatorio comprando la indulgencia. Sin duda, Tetzel fue un genio del mercadeo religioso.
            Comprensiblemente, los reformadores protestantes se indignaron ante todo eso, y quisieron devolver al cristianismo la dimensión espiritual que, a su juicio, el comercialismo de la Iglesia Católica había corrompido. Yo, en cambio, en este aspecto prefiero defender a la Iglesia Católica, y a todos los mercaderes de la fe.
No soy religioso, y por ello, me importa un comino que la espiritualidad de la religión se corrompa. En cambio, sí simpatizo con el materialismo y la consecución de la prosperidad económica, y en ese sentido, opino que el negocio de la fe puede contribuir a la producción de riquezas en una sociedad. La mentalidad anti-capitalista teme los negocios; yo no comparto ese temor. Yo opto más bien por la mentalidad emprendedora que favorece el comercio. Y, si la religión promueve el comercio, entonces, por transitividad, debo simpatizar con esa faceta de la religión.
Max Weber hizo célebre la tesis de que el calvinismo promovió el espíritu del capitalismo (según esta tesis, la idea calvinista de la predestinación hizo que los comerciantes acumularan riquezas, como signo de que se encontraban entre los salvados), mientras que el catolicismo fue reacio a la mentalidad capitalista. Hay seguramente un germen de verdad en esta tesis. Pero, me parece que es un poco injusta con el catolicismo. Pues, ¿qué más gesto capitalista puede haber que la venta de una indulgencia?
La comercialización de lo sagrado activa la economía. Ciertamente la venta de indulgencias fue una actividad fraudulenta, y promovió el enriquecimiento del clero a expensas del trabajo del vulgo. Pero, al final, el capitalismo no es un juego de suma cero, y el supuestamente explotado, puede salir también beneficiado. Las ventas de indulgencias tuvieron consecuencias económicas positivas para todos. Con la venta de indulgencias, hubo mayor motivación para que el vulgo buscase producir más riquezas para sacar a los familiares del purgatorio. Creció el incentivo al trabajo.
Con la venta de indulgencias, se construyó la basílica de San Pedro. Es tentador ver esto como una forma de explotación: con sus engaños, la Iglesia Católica creció en patrimonio, mientras el pueblo trabajaba. Pero, la construcción de la basílica de San Pedro propició un conjunto agregado de actividades económicas que, a la larga, activa la economía y beneficia a todos. En torno a la basílica de San Pedro empezaron a proliferar vendedores, artesanos, etc., que seguramente, no habrían podido comenzar sus negocios, si no hubiese sido por la atracción popular al templo.
Los cristianos más puristas se rasgarán las vestiduras al contemplar que, en las mega-iglesias de EE.UU., hay McDonalds. Después de todo, Jesús expulsó a los mercaderes del templo. Yo, en cambio, no favorezco la expulsión de los mercaderes del templo. Los McDonalds en las mega-iglesias abren oportunidades de empleo, incentivan a los consumidores a producir más para pagar sus comidas, y así, propician la actividad económica. Por parafrasear a Adam Smith, gracias al interés de esos mercaderes en el templo (y no propiamente gracias a su caridad), nosotros tenemos nuestra cena todas las noches. La actividad comercial favorece a todos.
La religión es una gran máquina de decir mentiras; en eso, estoy de acuerdo con los paladines del nuevo ateísmo (Dawkins, Harris, Dennett, Hitchens, etc.). Pero, no comparto con estos paladines la idea de que la religión no cumple ninguna función social, y que no tuvo gran ventaja adaptativa en la evolución de la especie humana.
La religión sí sirvió para dirimir conflictos y mantener la cohesión social en los albores de nuestra especie. Pero, mucho más que la religión (la cual puede propiciar intolerancia que se manifiesta en tremenda violencia), el comercio ha servido para suspender la violencia. La mejor forma de garantizar la paz entre distintos grupos, es asegurando el comercio entre ellos. Frederic Bastiat elocuentemente advertía que, si las mercancías no cruzan las fronteras, los ejércitos sí lo harán. En función de esto, me parece muy razonable postular que, uno de los mecanismos de los cuales se ha valido la religión para mantener la cohesión social y la suspensión de la violencia, es a través de la comercialización de lo sagrado.

El negocio de la fe es, a simple vista, una estafa. Las indulgencias no sacan a nadie del purgatorio (¡el purgatorio no existe!); las aguas del Jordán no tienen poderes curativos; los libros del gurú Shankar no alegrarán al depresivo clínico. Pero, en un nivel más profundo, el negocio de la fe es una columna de la sociedad comercial. Y, la sociedad comercial no sólo propicia la prosperidad económica, sino también la paz mundial.
  

sábado, 19 de octubre de 2013

¿Debe haber sanidad pública universal?

El cierre temporal del gobierno de EE.UU. debería generar vergüenza a los ciudadanos de ese país. Y, si ha de repartirse culpas, me parece sensato postular que los republicanos deben llevarse la mayor porción. Se trata de una vulgar maniobra política: frente al desacuerdo por una reforma sanitaria promovida por Barack Obama, se boicotea la aprobación del presupuesto. Es un truco sucio y un golpe muy bajo.
 
Pero, curiosamente, la opinión pública no reprocha tanto a los republicanos por su sabotaje en la aprobación del presupuesto, sino por su negativa a aceptar un plan más expansivo de cobertura médica. Y, en esto, me parece, los republicanos no merecen tanto reproche. De hecho, vale preguntarse: ¿hay justificación moral para un sistema de salud pública universal?
En países socialistas, la propaganda oficialista suele proclamar que el Estado ofrece a sus ciudadanos atención médica gratuita. Esto, por supuesto, en una gran mentira. No hay nada gratis. Alguien tiene que pagar. Puede ser gratis para el paciente, pero obviamente no es gratis para el contribuyente de impuestos que debe financiar los costos del mantenimiento de la salud pública. En algunas ocasiones, el paciente que disfruta de la atención médica es un contribuyente significativo de impuestos; pero, en muchos otros casos, no lo es. Y, éste es el motivo de queja de los republicanos en EE.UU.
Y, cuando unos aportan riquezas para que otros la disfruten sin contribuir nada, se da un sistema de explotación. Ésta es la denuncia de los republicanos. La sanidad pública universal es una forma de socialismo: se hace una gran colecta, y se destinan las riquezas, no en función de cuánto se ha contribuido o cuánto se merece, sino en función de cuánto necesita. La vieja consigna de Marx, “de cada quien según su capacidad, a cada quien según su necesidad”, se cumple cabalmente en un sistema de salud pública.
En una situación como ésta, es muy fácil que surjan relaciones de parasitismo. El paciente que no aporta nada se beneficia de quienes sí aportan, e incluso, muchas veces se beneficia más quien deliberadamente trata de destruir a la sociedad. Frecuentemente veo situaciones como éstas en Venezuela: en los hospitales públicos, suele ocurrir que se niega atención a los pacientes honestos y trabajadores, porque los delincuentes heridos de bala acaparan los recursos, y se les da privilegio porque llegaron primero a la sala de urgencia.
Los republicanos en EE.UU. comprensiblemente se indignan ante el llamado ‘problema del polizón’; a saber, cuando en una sociedad se colectivizan los bienes (en este caso la sanidad), siempre surge oportunidad para que el parásito se beneficie del trabajo de los demás, sin él aportar nada.
Entiendo la indignación de los republicanos frente al parasitismo, pero con todo, estimo necesario un sistema de sanidad pública. La razón de esto la encuentro en la filosofía de John Rawls. Rawls señalaba la necesidad de organizar una sociedad bajo el ‘velo de la ignorancia’; a saber, ¿cómo desearíamos que fuera la sociedad, en caso de que nosotros ocupásemos el lugar más bajo en la jerarquía social? Si bien las desigualdades son necesarias para mantener el incentivo al trabajo, es menester garantizar un mínimo de bienestar social para todos los ciudadanos.
Uno de los grandes méritos de la filosofía de Rawls, me parece, radica en señalar el rol significativo que desempeña la suerte a la hora de establecerse jerarquías sociales. Cualquiera de nosotros es susceptible de sufrir alguna tragedia o condición adversa no prevista, y a partir de eso, no contar con los suficientes recursos para garantizar un mínimo de bienestar. Por ello, como medida preventiva frente a la mala suerte, es sensato establecer aquello que los anglófonos llaman una “social safety net”, un fondo para cubrir las necesidades básicas de los más desamparados.
En la sanidad, algunas enfermedades no son fortuitas. Comprensiblemente, los republicanos sienten coraje cuando deben pagar impuestos para financiar la quimioterapia de un fumador empedernido. Debido a los excesos y abusos del fumador, ahora la sociedad entera debe pagar por sus irresponsabilidades; no es justo. Pero, muchas otras enfermedades son meramente fortuitas. Y, en casos como éstos, el concepto de ‘suerte’ delineado por Rawls, justifica un sistema estatal de redistribución económica para garantizar un mínimo de bienestar social. Quizás, podría hacerse un inventario de enfermedades no fortuitas causadas por hábitos destructivos controlables, las cuales pudieran ser no cubiertas por la sanidad pública. Esto sería un procedimiento muy complejo y delicado, pero no imposible.
Y, así como hay mucha suerte en las enfermedades, hay también mucha suerte en las condiciones para la contribución al fisco. Cualquiera de nosotros es susceptible de sufrir adversidades que nos impidan contribuir a los fondos del Estado. El velo de la ignorancia propuesto por Rawls, exigiría mantener un respaldo para que, en casos como éstos, el Estado pueda garantizarnos un mínimo de seguridad.

viernes, 18 de octubre de 2013

Big Brother conoce tu cerebro: a propósito de Martin Lindstrom



            Martin Lindstrom, un gurú de la mercadotecnia, revela en su libro Compradicción, un dato sorprendente: las campañas publicitarias contra el tabaco no sólo no sirven, sino que además, incentivan aún más el consumo.


            Las campañas publicitarias contra el tabaco suelen acudir a imágenes que inspiran temor. Se presentan pulmones deteriorados, pacientes enfermos de cáncer, dientes corroídos, etc. Lindstrom puso a prueba la eficiencia de estas técnicas. Hizo un estudio con más de treinta fumadores. Les mostró las imágenes perturbadoras, y todos, a nivel consciente, admitieron que estas imágenes sí despiertan en ellos preocupación, es una estrategia persuasiva para abandonar el consumo, y a partir de eso consideraron el dejar de fumar.
            Pero, Lindstrom también sometió a los sujetos del estudio a una resonancia magnética para evaluar el estado de su actividad cerebral a medida que les mostraba las imágenes, y descubrió que se iluminaban aquellas zonas del cerebro que suelen iluminarse cuando hay estados de ansiedad y deseo por algo. Lindstrom llegó a la conclusión de que, muy probablemente, las imágenes perturbadoras en la publicidad contra el tabaco, incentivan la ansiedad en el fumador, lo cual lo conduce a un mayor consumo. Y, Lindstrom respalda su hipótesis con los datos que confirman que, desde que se han implementado esas campañas publicitarias, el consumo de tabaco ha aumentado.
            El estudio de Lindstrom puede ser muy útil para la mercadotecnia, pero además, tiene grandes implicaciones en la filosofía de la mente y la política. Desde mucho antes de Freud, se ha sabido que la mente tiene una dimensión inconsciente, y que aquello que reporta un individuo respecto a su estado mental, no es necesariamente lo más confiable, o en todo caso, no es el único aspecto de su experiencia.
            Ahora bien, una vez que se ha admitido la existencia del inconsciente, aparece la dificultad: ¿quién decide cuáles son los contenidos de la mente inconsciente de una persona? Los psicoanalistas infamemente abusaron de sus posturas, y dieron opiniones cuando nadie las solicitaba. De repente, los psicoanalistas empezaron a alegar que Fulanito tiene un deseo reprimido de copular con su madre y matar a su padre, aun si no lo reconoce a nivel consciente. Y, así, el psicoanálisis fue adquiriendo un cierto matiz totalitario: Big Brother ya decidió por ti, si eres un homosexual reprimido o no, si secretamente deseas a tu madre, etc., ¡aun si tú ni siquiera te has enterado, o si ni siquiera remotamente lo sientes así!
            El materialismo en filosofía de la mente, presume que cada estado mental tiene una correspondencia con un estado neuronal. Quienes llevan más lejos esta tesis, postulan que no sólo se trata de una correspondencia, sino de una identidad; y así, en rigor, podría llegar el día cuando, con tan sólo observar el cerebro, se pueda identificar los contenidos mentales de una persona, tanto los conscientes como los inconscientes.
            Las tesis de la postura materialista en filosofía de la mente tienen muchísimo más respaldo empírico que las especulaciones psicoanalíticas. Pero, precisamente por ello, deberían generar más alarma en el ámbito político. Con una resonancia magnética, Big Brother podría determinar que tú perteneces a este o aquel tipo de personalidad, y en un nivel más avanzado de control y opresión política, que tú tienes esta o aquella tendencia perturbadora del orden público, aun si ni siquiera tú has tenido la menor predisposición conductual que materialicen estos rasgos mentales. Con una resonancia magnética, se podría finalmente dar cumplimiento a la vigilancia de los “crímenes de pensamiento” descritos por Orwell. Orwell imaginaba fundamentalmente crímenes de pensamiento consciente, pero su distopía perfectamente puede extenderse a la vigilancia y castigo de crímenes de pensamientos inconscientes.
            Estudios como el de Lindstrom pueden ser muy eficientes, pero tienen el enorme peligro de ser inmoralmente invasivos. Si un fumador reporta su estado mental, quizás esto sea suficiente para creerle. Ir más allá y observar su cerebro, para llegar a una conclusión opuesta a lo que está reportando, abre un dilema. ¿Tenemos nosotros la suficiente autoridad como para decirle a un sujeto: “Ud. está equivocado: Ud reporta X, pero su cerebro dice lo contrario?”.
 
            No todos los filósofos de la mente son materialistas. Algunos filósofos opinan que hay en la mente una experiencia subjetiva (los qualia) que no puede ser reducida a la mera actividad neuronal (por ejemplo, podemos saber cómo opera el cerebro de un murciélago cuando emite ondas sonoras, pero no sabemos qué se siente ser un murciélago). Hay argumentos a favor y en contra de esta postura (y yo, personalmente, me inclino más por el materialismo). Pero, si los filósofos que se oponen el materialismo tienen razón, entonces la única forma de realmente saber qué está en la mente de otras personas, es mediante su propio testimonio. Bajo esta postura, podremos tener acceso a la actividad neuronal de otras personas, pero no a su experiencia subjetiva. Y, en ese sentido, cuando a los fumadores se les muestra imágenes de pulmones dañados, ciertas áreas del cerebro se pueden iluminar, pero no es del todo claro que eso sea más revelador sobre su estado mental, que la propia experiencia subjetiva reportada por el fumador, cuando alega que esto sí lo disuade para dejar de fumar.    

miércoles, 16 de octubre de 2013

El vaquero de Marlboro y el glamour de Camus

En su célebre libro No logo, la periodista Naomi Klein documentó el fenómeno del ‘viernes de Marlboro’. Como se sabe, la base la industria tabacalera en las últimas décadas, es el mercadeo. ¿Cómo persuadir a la gente de que adquiera un hábito tan destructivo como el cigarrillo? A través del glamour. Se presentan imágenes de personajes atractivos, libres, independientes, audaces. Estos consumen el producto promocionado, y la audiencia, en su deseo por parecerse a esos modelos, por extensión consumen el producto en cuestión. Es un viejo y conocidísimo truco (aun para quienes caen en él), pero sigue funcionando.
 
            Ha habido varios vaqueros de Marlboro. Algunos han muerto de cáncer. Pero, prácticamente se han convertido en mártires que murieron por la causa de la compañía: gracias a su glamour, Marlboro ha sido el rey de los tabacos. No obstante, esto fue puesto en duda en 1993, cuando aconteció el llamado ‘viernes de Marlboro’. El consorcio Philip Morris (propietarios de Marlboro), anunció que reduciría el precio del paquete de Marlboro, a fin de hacerlo más competitivo con las marcas genéricas. Aquella iniciativa fue interpretada como la muerte del mercadeo publicitario: Marlboro, ni siquiera con su vaquero glamoroso, podía ganarle la competencia a marcas que no apelaban a los trucos publicitarios, y esto lo obligaba a bajar sus precios. Según esta interpretación, los publicistas enfrentarían ahora a unos consumidores que no se dejarían manipular por el glamour y lo ‘cool’ de la publicidad, sino que tomarían decisiones más racionales, basadas en otros factores.
            Con el tiempo, se hizo evidente que esta interpretación fue errada, y que quizás como nunca antes, las imágenes publicitarias que apelan al glamour siguen siendo la punta de lanza de las estrategias de mercadeo, no sólo de la industria tabacalera, sino de una amplia gama de productos.
            Desde la academia (y en especial desde el sector izquierdista y anticapitalista de la intelectualidad), se ve esto con mucha preocupación. Pues, con justa razón, se ha advertido que el glamour de la publicidad aliena a las masas, al punto de conducirlas a decisiones irracionales y peligrosas. Pero, antes de anticiparse a arrojar la primera piedra, yo invito a los académicos a preguntar quién está libre de pecado.
            En las preferencias intelectuales hay también una fuerte dosis de glamour. Y, las decisiones intelectuales que se toman, muchas veces están conducidas por lo ‘cool’ que es este o aquel representante de esa doctrina, y no por el examen riguroso de sus tesis. Hay, por supuesto, modas intelectuales más glamorosas que otras.
            El positivismo lógico o la filosofía analítica, por ejemplo, tienen poco atractivo glamoroso. Estas corrientes intelectuales tienen fuertes vinculaciones con las matemáticas, la lógica y el pensamiento analítico. En otras palabras, son más afines a los nerds. Si bien hay un mercado para los nerds en la publicidad, éstos nunca han sido una mina del mercadeo, y no son los mejores representantes del glamour.
            En cambio, el existencialismo (y en menor medida el posmodernismo) es de lo más cool. Y, si bien es notoriamente difícil definir lo cool, una de sus características consiste en marcar una distinción respecto a los demás; en otras palabras, lo cool suele estar pautado por una forma de aquello que Thorstein Veblen llamó ‘consumo conspicuo’, a saber, proclamar a los demás que yo no soy como el resto, sino que sobresalgo por encima de la mediocridad y el populacho. El existencialismo fue notorio por su rechazo a dejarse conducir por las masas, y por exhortar a vivir una vida ‘auténtica’. Esto es bastante afín a la moda hipster. El existencialismo promueve el cultivo del estilo, que permite al existencialista anunciar que él no es como el resto del rebaño.
            En ese sentido, no es causal que el existencialismo atraiga a muchos jóvenes (el público más cautivo de los trucos publicitarios). Para ellos, el valor del existencialismo está, no propiamente en la profundidad o incluso veracidad de sus tesis, sino en el glamour que hay en torno a esta corriente filosófica y literaria. Los simpatizantes del positivismo lógico o la filosofía analítica se expresan con textos que, francamente, son muy aburridos, propios de los nerds. En cambio, los simpatizantes del existencialismo se expresan en imágenes glamorosas que, pueden no decir gran cosa, pero generan un impacto estético considerable.
            Y, el recurso del fumador glamoroso ha sido un arma considerable en la atracción estética del existencialismo. Al fumador no le interesa saber que el tabaco causa cáncer; fuma sencillamente porque, al ver al atractivo vaquero de Marlboro, hay algo que lo cautiva. Pues bien, me parece que muchos entusiastas del existencialismo (sobre todo los más jóvenes), sienten atracción por esos libros a partir de imágenes glamorosas de autores existencialistas. Lo mismo que con el fumador, le interesa poco si los libros son buenos o malos, lo que realmente cautiva es todo el glamour que el movimiento lleva consigo.
 
            Y, así como el vaquero de Marlboro seduce con su cigarro, lo mismo hace Albert Camus en sus imágenes de fumador. Mucha gente prestará poca atención a evaluar las virtudes y defectos de un libro como El extranjero, pero, ¡qué bien se ve Camus en su imagen de renegado fumador! En particular, a mí sí me parecen muy meritorios los libros de Camus. Pero, veo con preocupación que la popularidad del movimiento existencialista en general, y de otros autores existencialistas por los cuales no tengo admiración (como Heidegger), proceda no propiamente del examen crítico, sino de la misma dinámica publicitaria irracional sobre la cual reposa la mercadotecnia capitalista.
            De hecho, me preocupa que esto ocurra especialmente con el movimiento llamado el ‘nuevo ateísmo’. Los nuevos ateos tienen inclinaciones ultra-racionalistas, y acertadamente invitan a no dejarse cautivar por las emociones a la hora de emitir juicios; antes bien, a la hora de pronunciarse sobre el mundo, debe evaluarse acordemente la evidencia (esto, según estos autores, prevendría los arrebatos emocionales que muchas veces conducen a la fe religiosa). Pero, ello no ha impedido que los propios promotores del nuevo movimiento ateo apelen a los trucos publicitarios para ganar audiencias. 
 
Recientemente ha habido una campaña que sacó al mercado objetos publicitarios con logos y consignas del ateísmo. Esto, me parece, pretende ganar adeptos, no sobre las bases de la racionalidad, sino sobre las bases de la manipulación emocional. Si bien me parece un fino argumentador, Richard Dawkins es un derroche de carisma, y temo que un importante sector de sus seguidores se ve más atraído por lo cool que es, que por la veracidad de sus afirmaciones. Más emblemático de esto fue Christopher Hitchens, quien no pudo evitar, lo mismo que Camus, fumar un cigarro al estilo renegado de James Dean, y divulgar así la versión atea del vaquero de Marlboro.