domingo, 11 de octubre de 2015

Pío XII, ¿el Papa de Hitler?

            Hace algunas semanas el Papa Francisco estuvo de visita en Cuba. Se reunió con Raúl Castro, pero no aceptó una entrevista con miembros de la disidencia. No hizo mención de los presos políticos, ni de los crímenes que la dictadura sigue cometiendo. Y, para colmo, en un discurso de claro coqueteo con el comunismo cubano, dijo que debemos amar a la pobreza como si fuera nuestra madre. Si la pobreza es mi madre, ¡ya quisiera yo ser Orestes!

            Los aduladores católicos de siempre, han saltado a tratar de excusar a Francisco, alegando que la diplomacia requiere movidas finas, que más logró el Papa conciliando que confrontando a Raúl Castro, etc. Quizás. Juan Pablo II no tuvo reparos en llamar a los crímenes comunistas por su nombre, pero en fin, está abierto al debate si la actuación de Francisco fue prudente o no.
            Ahora bien, esta ocasión debería servir también para considerar la gestión de un Papa que, a diferencia de Francisco, se enfrentó a un dictador que cometió crímenes abismalmente más monstruosos que los de los hermanos Castro, pero que con todo, calló. Se trata de Pío XII.
            Desde la Segunda Guerra Mundial, ha corrido la acusación de que Pío XII fue cómplice de los crímenes nazi. La Iglesia nunca confrontó directamente esta acusación, y más bien trató de disimularla, promoviendo el proceso de canonización del pontífice. Pero, en un intento por despejar dudas, invitó a un periodista católico, John Cornwell, a revisar la documentación, con la esperanza de limpiar el nombre Eugenio Pacelli (Pío XII). Cornwell había investigado la muerte de Juan Pablo I, y había desmentido los rumores sobre un complot dentro del mismo Vaticano para matar al pontífice. Se esperaba que Cornwell, un católico de buena fe, también desmintiera las simpatías nazi de Pío XII. El tiro salió por la culata. Al tener acceso a los archivos, Cornwell formuló la hipótesis de que Pío XII era, como lo expone en el título de su libro, El Papa de Hitler.
            Cornwell menciona varias cosas que merecen ser destacadas. Antes de ser electo Papa en 1939, Pacelli fue el encargado de negociar con la Alemania nazi la firma del concordato. Bajo los términos de este concordato, Alemania garantizaba la educación católica en las escuelas públicas, pero a cambio, la Iglesia se comprometía a mantenerse fuera de la política alemana, en vista de lo cual, varios partidos políticos de base católica quedaban fuera de la contienda. A juicio de Cornwell, esto allanaba el camino a Hitler.
            Pero, tal como lo presenta Cornwell, Pacelli no fue un simple burócrata que, inadvertidamente, facilitó las cosas al Fuhrer. El propio Pacelli, parece, compartía el antisemitismo de Hitler. En una carta que Cornwell saca a la luz pública, Pacelli narra sus impresiones sobre un evento sucedido en 1919, cuando unos bolcheviques intentaron tomar el poder en Bavaria. En sus descripciones, Pacelli describe a los revolucionarios en términos tremendamente negativos y continuamente hace énfasis en que son judíos, en obvia señal de desprecio.
            La gran obsesión de Pacelli fue siempre combatir el comunismo. Y, muchos sectores conservadores de Europa (entre ellos, buena parte del clero) vieron en Hitler (quien siempre fue católico, al menos nominalmente) la oportunidad para poner freno a la gran amenaza roja atea. Aunado a eso, desde un inicio, en la mente de estos conservadores, se había establecido un vínculo entre los judíos y los bolcheviques. Y, por supuesto, la Iglesia Católica llevaba en sus espaldas casi dos mil años de antisemitismo.
            En ese sentido, no sorprende mucho que Pío XII tuviera animadversión a los judíos. Ahora bien, ¿fue el Papa de Hitler? ¿Hasta dónde llegó su complicidad? En el retrato de Cornwell, Pío XII sí estuvo bastante embarrado, no con acciones, pero sí con una tremenda omisión, y todo esto obedeció a sus antipatías (conscientes o no) contra los judíos. A medida que la guerra progresaba, y se iban conociendo mejor los detalles de las atrocidades nazis y la disposición de Hitler a ejecutar la “solución final”, Pío XII se rehusaba a hacer condenas públicas. Al final, cuando ya las atrocidades eran demasiadas, el Papa accedió a hacer algunos reproches públicos, pero sin jamás mencionar explícitamente a Alemania, a Hitler, o a los judíos.

            Los intentos de los sucesivos Papas (en especial Juan Pablo II) por canonizar a Pío XII son asquerosos. A pesar de que la Iglesia habla de la necesidad de que haya milagros, y se atraviesa un proceso de indagación con un “abogado del Diablo”, lo cierto es que, sobre todo en épocas más recientes, la canonización es una herramienta clarísimamente política de la cual se vale el Vaticano para salir de aprietos.
            Pero, tampoco me parece justo llegar al extremo de Cornwell. Sí, el Papa tenía un geniecillo antisemita en su carácter, y pecó por omisión. Seguramente, como a veces postulan sus defensores, una condena explícita del Papa no iba a cambiar las cosas, pues Hitler estaba decidido. Y, dejar de condenar crímenes en un momento de gran incertidumbre, no es lo mismo que ser cómplice de estos juicios. Pero, a mi juicio, tampoco esa condena iba a empeorar el asunto, y al menos, con esa condena Pío XII habría dado más dignidad al sufrimiento judío.

            En todo caso, existe la lamentable tendencia de exagerar la culpabilidad de todo aquel que, en algún momento, se haya entrevistado con Hitler. Ha ocurrido así con Neville Chamberlain o con Amin El Husseini (el muftí de Jerusalén que, si bien se entrevistó con Hitler y organizó tropas musulmanas bosnias en su apoyo, su participación en crímenes fue muy limitada). Pío XII no fue un monstruo excepcional; fue sencillamente un mortal que, inmerso en una cultura antisemita, erró en no utilizar su autoridad para condenar crímenes atroces. La historia no lo absolverá, pero tampoco lo acusará como “el Papa de Hitler”. Con todo, Francisco debería aprender esta lección, de forma tal que cuando vuelva a visitar una dictadura, no olvide a las víctimas del régimen.

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