jueves, 15 de octubre de 2015

Los nazis y el ocultismo

Uno de los clichés del posmodernismo es la idea de que la racionalidad y la Ilustración trajeron consigo la tragedia del nazismo. Este mantra ha sido repetido hasta la saciedad por gente como Adorno, Horkheimer y Baumann. Pues bien, es necesario rebatir esto una y otra vez. No fueron la racionalidad y la Ilustración las responsables del nazismo, sino más bien la falta de racionalidad y la contrailustración.
Podemos formarnos esta idea, especialmente al tener en cuenta el significativo peso que el ocultismo tuvo en el proyecto nazi. Sobre este tema, vale admitir, hay mucha especulación. Algunos escépticos dudan de que hubiera una firme conexión entre la tradición ocultista y el nazismo. Ciertamente, muchos de los alegatos sobre las raíces ocultistas del nazismo parecen sacados de teorías conspiranoicas y de películas fantasiosas como En busca del arca perdida. Pero, algunas teorías conspiranoicas sí resultan ser verdaderas, y me inclino a pensar que, en este caso, sí hay bastante evidencia de que, tras el nazismo, había todo un entramado de sociedades secretas y extrañas ideas mágicas y religiosas. Los libros de los historiadores Peter Lavenda y Nicholas Goodrick-Clarke me han convencido de esta tesis.

Son muchos los datos que se cubren en esos libros, pero señalaré los más relevantes. La formación ideológica de Hitler debió mucho a tres ocultistas que ejercieron mucha influencia sobre él. La primera fue Madame Blavatsky, la fundadora del movimiento teosófico en el siglo XIX. Blavatsky dio continuidad al mito de la Atlántida, y postuló que la raza que logró escapar de aquella mítica isla, fue la raza aria. Luego, en las dos primeras décadas del siglo XX, Guido Von List, un misterioso filósofo, empezó a enseñar la doctrina según la cual, estos arios eran los antiguos germanos descritos por Tácito. Un poco tiempo después, ya en tiempos de Hitler, un ex-monje católico, Jorg Van Liebenfels, formuló la teoría según la cual, los arios eran descendientes de deidades interestelares, mientras que las otras razas eran descendientes de cruces entre monos y hombres. Liebenfels empezó a postular que los judíos eran los máximos representantes de esa raza producto de cruces entre monos y humanos, y continuamente publicó estas ideas en Ostara, una revista que el joven Hitler leía con frecuencia. Según el testimonio de Liebenfels, Hitler acudió a él solicitando más información sobre sus teorías.
Después de la I Guerra Mundial (durante la cual, Hitler supuestamente oyó una voz divina que le indicó alejarse de un pelotón que fue inmediatamente bombardeado, con lo cual logró salvar su vida), Hitler fue asignado como agente para espiar un partido de trabajadores, que supuestamente tenía inclinaciones comunistas. En realidad, el partido resultó ser de extrema derecha, tanto así que Hitler terminó convirtiéndose en su líder, y eventualmente este partido pasaría a ser el partido nazi. En sus orígenes, este partido tuvo bastante conexión con un grupo de ocultistas, la “Sociedad Thule”, la cual se nutría de las enseñanzas de List y Liebenfels.
No sabemos bien cuán imbuido estaba Hitler en el ocultismo del partido que él empezó a liderar, pero lo cierto es que una de las figuras que lo acogió en el partido, y que lo introdujo a personajes influyentes que sirvieron para desarrollar su carrera política, fue Dietrich Eckart. Eckart, a quien está dedicado el libro de Hitler, Mi lucha, tenía mucho interés en el ocultismo.
Esto no es evidencia concluyente de que Hitler participaba en círculos ocultistas, pero sí es un hecho histórico que, después de su fracaso inicial como político tras un fallido intento de golpe de Estado, Hitler fue acogido por un astrólogo, Erik Jan Hanussen. Este astrólogo entrenó a Hitler en el desarrollo de los gestos teatrales que luego le serían muy provechosos en su carrera política, y le formuló una profecía: en cuestión de poco tiempo, la suerte de Hitler le cambiaría. Hanussen recomendó a Hitler ir a su pueblo natal y extraer una raíz de mandrake (una planta con forma humana, muy favorecida por los alquimistas), pues eso serviría en talismán para lograr el hechizo que le permitiría acceder al poder. Según parece, no fue Hitler, sino el propio Hanussen quien hizo el ritual con la mandrake, pero hay algunos indicios de que Hanussen luego enseñó a Hitler cómo utilizar esa planta con propósitos mágicos.
La historia que se narra en En busca del arca perdida (la primera película de Indiana Jones), sobre las expediciones nazis para encontrar el arca de la alianza, es falsa. Pero, sí  hay indicios de que, una vez en el poder, los nazis tuvieron interés en recuperar el santo grial (la copa de la cual supuestamente Jesús bebió vino en la última cena), y que dirigieron expediciones en su búsqueda, sobre todo en los lugares de Francia en los que los cátaros tuvieron influencia, y posiblemente también en España (pues algunas tradiciones remontan el grial a ese país).
Hay más seguridad en la hipótesis de que Hitler creyese en los poderes mágicos de la lanza con la cual supuestamente el soldado romano hirió el costado de Jesús en la crucifixión. Esta lanza estaba exhibida en un museo de Viena, y cuando Hitler ocupó esta ciudad, se apoderó de ella.
Se ha explorado también la hipótesis de que los nazis creían que la Tierra es un planeta hueco, y que podría haber inframundos, poblados por civilizaciones perdidas que tuvieran alguna conexión con la original raza aria. También, aparentemente, algunos nazis tenían la creencia de que la Tierra es en sí misma el interior de un planeta aún más grande, y que sobre nosotros hay un firmamento:, de forma tal que si se envían señales hacia el cielo, éstas podrían rebotar y ser detectadas.
Sabemos con plena seguridad que, antes del inicio de la guerra, los nazis enviaron una expedición científica al Tíbet. Según Peter Lavenda, parte del objetivo de esa expedición era buscar vestigios de civilizaciones perdidas y evaluar cuán cercanos eran los tibetanos a la raza aria original. Se ha manejado también la hipótesis de que los nazis enviaron expediciones a la Antártida buscando civilizaciones perdidas, bajo la teoría de que, en algún momento, ese continente era apto para las civilizaciones, e incluso, que podría haber cráteres que comunicaran con los inframundos.

Los historiadores no están muy seguros si Hitler en realidad participaba de todas estas cosas. Quizás los ocultistas eran algunos nazis de menor rango, y Hitler se mantuvo al margen de todo esto. Pero, hay mucha más seguridad en que dos personajes de alto rango en la jerarquía nazi, sí tenían sumo interés en el ocultismo. Se trata de Rudolf Hess y Heinrich Himmler.
Hess es de por sí un personaje que se presta a todo tipo de teorías conspiranoicas, pues en 1941 viajó en avión solo hasta Escocia, pidiendo hablar con Churchill para intentar negociar la paz. Hess permaneció prisionero durante el resto de su vida. Hitler siempre dijo que desautorizó aquella operación, y alegó que Hess estaba loco. Las teorías conspiranoicas dicen que Hitler en realidad sí había autorizado aquella operación, pero que fracasó, en vista de que Churchill no lo quiso recibir. En todo caso, hay algunos indicios de que Hess emprendió su viaje siguiendo designios astrológicos.
Sobre Himmler, sí sabemos plenamente que estuvo inmerso en el ocultismo. Se creía la reencarnación de Enrique I el pajarero, un rey alemán del siglo X. Himmler se encargó de organizar la SS, la unidad de tropas élites del III Reich. Himmler tomó un selecto grupo de soldados de este cuerpo, y los inició en rituales ocultistas en el castillo de Wewelsburg; el más significativo de esos rituales fue la exhumación de los restos mortales de Enrique I. Su idea era conformar una organización similar a la del rey Arturo con los caballeros de la mesa redonda.

¿Está el exceso de racionalidad detrás de todo esto? ¿Promovería la Ilustración la creencia en el poder de reliquias antiguas, razas de hombres en islas mitológicas y designios astrológicos? Por supuesto que no. Contrariamente a lo que postula el cliché posmoderno, el nazismo no es atribuible a la Ilustración, el positivismo y la racionalidad. El nazismo es más bien producto de la irracionalidad y la larga tradición contrailustrada, en buena medida promovida por el romanticismo alemán de inicios del siglo XIX que, a finales de ese mismo siglo, derivó hacia el ocultismo, del cual se nutrió el nazismo.

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