martes, 5 de mayo de 2015

¿Puede un blanco criticar a Mayweather?



            El boxeo es uno de esos deportes que más saca a relucir la garra nacionalista de los espectadores: el aficionado apoya a su connacional, para bien o para mal. Quizás la naturaleza del boxeo tiene mucho que ver con esto: puesto que no es un mero intercambio de pelotas (como el tenis, el fútbol o el béisbol), sino una pelea con puñetazos, sale a relucir nuestro lado más irracional, y aupamos al “nuestro”, sin importar de quién se trate en realidad.

            En la pasada pelea entre Mayweather y Pacquiao, ocurrió algo así. La abrumadora mayoría del público negro norteamericano apoyó a Mayweather. Este boxeador tiene un estilo defensivo que hace las peleas terriblemente aburridas. Es, además, escandalosamente arrogante. Y, para colmo de males, cobró infamia al golpear a su mujer. Pero, ¿por qué lo apoya la mayoría del público negro norteamericano? Sencillamente, porque comparte su color de piel. Es uno de los suyos. Es aquello de “mi raza (o mi país), para bien o para mal”; la política de la identidad llevada a su nivel más embrutecedor. Apoyar a Mayweather, aun si golpea a su esposa, es una forma de apoyar al oprimido negro frente a la sociedad blanca opresora.
            Mucha gente sensata (incluyendo a críticos negros), ha postulado que esto es muy preocupante. La violencia doméstica debe ser censurada, independientemente de quién sea el agresor. Aun si al agresor forma parte de una minoría marginada y excluida, dejar de reprochar su conducta implica excusar el abuso de una minoría (las mujeres negras golpeadas por sus maridos) aun más marginada y oprimida.
            Pero, en realidad, los intelectuales posmodernos y poscoloniales siempre han hecho algo muy parecido a lo que hace el público negro que apoya a Mayweather. En el Tercer Mundo, la mujer ha sido oprimida. Las potencias coloniales europeas aprovecharon estas circunstancias, para extender su dominio en Asia y África, bajo la excusa de que era necesaria la autoridad europea para poner fin a la degradación de la mujer. Pero, muchos intelectuales poscoloniales, con tal de no ceder ningún punto a las potencias coloniales, están dispuestos a defender la opresión patriarcal de las sociedades nativas, todo en nombre de la lucha contra el colonialismo.
            Por ejemplo, en el siglo XIX, ocurría en India la práctica del sati: las viudas eran arrojadas vivas al fuego, a ser incineradas junto a sus maridos. En parte, los británicos quisieron justificar su presencia colonial, alegando que era necesaria para erradicar esa (y otras) práctica tan bárbara. Hoy, hay autores poscoloniales que están dispuestos a excusar el sati, bajo la idea de que los británicos practicaban una forma de imperialismo cultural al imponer a los indios su desagrado por esta antigua práctica. Y, dicen estos autores, si apoyamos a los británicos en su crítica al sati, estamos legitimando su colonialismo. La posmoderna Gayatri Spivak destaca por esta infame postura.
O, en todo caso, gente como Spivak postula que, si ha de criticarse el sati, sólo los propios indios pueden hacerlo; nunca el británico. Pues, cuando el occidental critica el sati, lo hace con el motivo de justificar su dominio sobre el Oriente. Así pues, para superar el colonialismo, en la defensa de las mujeres de color sólo puede intervenir gente de color. Es algo muy parecido a lo que el público negro dice respecto a Mayweather: está bien criticar que el boxeador golpee a su esposa, pero sólo si esa crítica la hace alguna persona negra. Si un blanco critica a Mayweather por violencia doméstica, está incurriendo en una forma de racismo.
Esto, por supuesto, es absurdo. Pero, lamentablemente, es así como piensan los críticos posmodernos y poscoloniales que tanto abundan en los departamentos de “estudios culturales” en las universidades occidentales. Y, esta mentalidad emblemática del “mi país, para bien o para mal”, se ha extendido al mundo del boxeo.

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