domingo, 2 de noviembre de 2014

¿Por qué es tan agresivo el tráfico en Maracaibo?



            El tráfico en la ciudad que vivo, Maracaibo, no es muy pesado, pero sí es muy agresivo: hay una cantidad desproporcionada de accidentes. Puede haber varias explicaciones de este fenómeno, y me guiaré por algunas de las hipótesis que Tom Vanderbilt maneja en su muy lúcido libro, Tráfico.

            El hecho de que Maracaibo no sea una ciudad especialmente congestionada (es una ciudad no densamente poblada; es muy extensa, pero comparativamente con otras ciudades de su misma dimensión territorial, tiene menos población) puede ser parte del problema: Vanderbilt señala que los accidentes ocurren más en zonas despejadas que en las zonas congestionadas, pues el conductor adquiere una confianza que suele ser fatal (los accidentes ocurren más habitualmente los domingos en la tarde que los martes en el mediodía, y Maracaibo no es la excepción), y eso reduce su concentración y estado de alerta.
            Pero, para los países del Tercer Mundo, Vanderbilt maneja también algunas variables interesantes. Los países con menor desarrollo económico tienen menos accidentes automovilísticos, pues sencillamente, tienen menos carros. A medida que se va produciendo más y aumenta el parque automotor, también aumentan los accidentes. Pero, como el estudioso R.J. Smeed postuló en algún momento, llega un momento en que un país desarrollado logra reducir su cantidad de accidentes automovilísticos, pues cuando esto se convierte en una epidemia con niveles alarmantes, se activa una suerte de mecanismo psicológico colectivo que hace que la población entera sea más cautelosa, y el gobierno, habiendo ya resuelto problemas más inmediatos, dirija recursos a solucionar los problemas de vialidad. Así pues, Venezuela seguramente tendrá más proporción de accidentes automovilísticos que Haití (un país menos desarrollado), pero también más proporción que Canadá (un país más desarrollado).
            Interesantemente, Vanderbilt también maneja como hipótesis la correspondencia con la corrupción: cuanto más corrupto es un país, menos seguro es su tráfico. Me parece que, en el caso de Maracaibo, esto sirve como mejor explicación que cualquier otra variable. La corrupción no es sólo una actividad en un área específica de la interacción social; antes bien, es una actitud que se extiende a todos los espacios de la vida pública. Quien esté dispuesto a cometer peculados públicos, será más proclive a tragarse una luz roja. Y, en el caso de Maracaibo, es tal el nivel de desorden y corrupción en todas las instituciones públicas, que el motorista ya está condicionado a irrespetar la ley, aun si ésta apenas requiere un mínimo esfuerzo. Hay corrupción por doquier a tal nivel (se paga mordida para cosas tan elementales como comprar un kilo de harina, pero también para cosas más complejas como solicitar un puesto en la administración pública), que la violación de las leyes más elementales de tránsito sirven como una suerte de dignificación psicológica: el motorista, en su violación de la ley, siente que él no es el único idiota que es víctima de la corrupción, y en cierto sentido, viola las leyes del tránsito para sentirse bien consigo mismo. Así, al menos, lo he sentido yo, así me lo han comunicado muchos amigos y familiares, y presumo que, efectivamente, se trata de una tendencia psicológica común en Maracaibo, aunque me gustaría ver alguna confirmación estadística mediante entrevistas o algún experimento psicológico.
            Hay aún otra variable que Vanderbilt no contempla, pero que yo amerito considerable, al menos en el caso de Maracaibo: el resentimiento social y la conflictividad entre clases sociales. El automóvil es emblemático de aquello que Thorstein Veblen llamó el “consumo conspicuo”; a saber, la exhibición de artículos para demostrar a los demás que se tiene una cómoda posición social. Por distintos motivos históricos, en Maracaibo persiste un considerable número de carros viejos y en mal estado que coexisten junto a carros de último modelo. En ese sentido, hay en Maracaibo una cierta conflictividad social entre los propietarios de carros destartalados, y los propietarios de carros en buen estado.

            Desde su posición social desventajosa, el propietario del carro destartalado ve a la violación de las leyes de tráfico como una oportunidad para equipararse con el propietario del Mustang último modelo, de la misma forma en que el delincuente suele ver el delito como una forma de colocarse a la par socialmente con aquellos que él percibe como superiores en la jerarquía socio-económica. Bajo el razonamiento del violador de las leyes de tráfico, podrá haber desigualdad entre los modelos de carros, pero todos somos iguales ante el caos y la ausencia de ley. En una sociedad en la cual los ricos y poderosos consiguen privilegios con sus influencias, el pobre sabe que no tiene poder para desplazar al rico en otras esferas, pero las carreteras son los únicos espacios donde puede ejercer el poco poder que tiene. No ha de sorprender, entonces, que quienes más abusan las leyes de tráfico son precisamente personas de estratos sociales más bajos: conductores de transportes colectivos, taxistas y motorizados.
            Pero, por supuesto, esto no hace más que dar inicio a un ciclo nocivo. Pues, las clases más acomodadas buscan reafirmar el poder que sienten se les es despojado en las calles, y acuden a carros cada vez más poderosos (Hummers, camionetas grandes, etc.), para restablecer su poder en detrimento de los demás. Con semejantes corazas, sienten más poder para violar las leyes de tránsito, y dejar claro a sus inferiores quiénes realmente tienen el poder en la sociedad.
            En su libro, Vanderbilt insiste en que encontraremos soluciones a los problemas de tránsito, sólo en la medida en que comprendamos sus raíces psicológicas. Me parece que esto es especialmente verdadero en el caso de Maracaibo. Nuestra ciudad no necesita tanto urbanistas o ingenieros que diseñen planes de vialidad, sino políticos y reformadores que traten de apaciguar el nivel de conflictividad y resentimiento social que terminan por ser los verdaderos causantes de la agresividad en el tránsito.

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