lunes, 10 de noviembre de 2014

En defensa del trueque



            Hugo Chávez fue infame por proponer disparates de toda índole. Sugirió que el hombre nunca llegó a la luna, y también que en Marte había existido una civilización que se extinguió por culpa del capitalismo. Otro de esos disparates que resultaron de antología, fue la propuesta de regresar al trueque: en vez de hacer circular dinero, Chávez propuso el intercambio de bienes y servicios.

            Predeciblemente, fue el hazmerreír de muchísima gente. Fue visto como otro de sus ingenuos arrebatos primitivistas. Pero, deseo reivindicar a Chávez en este punto. Venezuela, como todos los otros países del planeta, tiene una economía controlada por el Estado, a través de un banco central. El banco central tiene el control de la moneda, impone tasas de interés, regula precios, y más importante aún, decide el volumen de la masa monetaria, mediante la impresión de billetes.
            A mediados del siglo XX, los países del mundo acordaron en el tratado de Bretton Woods que la masa monetaria de cada país necesitaría tener una correspondencia con las reservas de oro. De esa manera, se adquiría el compromiso de limitar la impresión de billetes. Pero, el sistema de Bretton Woods fue suprimido por Richard Nixon en la década de 1970, y hoy, no hay correspondencia entre el oro y los billetes, en vista de lo cual, cada banco central básicamente tiene la libertad de imprimir la cantidad de billetes que le plazca.
            Cuando los Estados tienen un déficit y necesitan recaudar fondos, imprimen billetes, y así saldan sus cuentas. Pero, por supuesto, con el aumento de la masa monetaria sin el respaldo de la producción, los billetes pierden su valor, y se genera una tremenda inflación. Es la tragedia que vivió Alemania durante el período de la república de Weimar, y es la dificultad por la cual ahora atravesamos los venezolanos. Al controlar la circulación de billetes, el Estado tiene facilidad para depredar riquezas a los ciudadanos: basta con imprimir billetes, para que el Estado se enriquezca con los billetes que ahora tiene, pero como contraparte, los ahorros de los ciudadanos pierden su valor, y así, la población se empobrece.
            En vista de que esto es muy ventajoso para los Estados (pero no para la población), éstos se han asegurado, no sólo de controlar la economía, sino también de que no haya monedas privadas. En muchos países del mundo, es delito comerciar con una moneda que no sea la nacional: dos personas no pueden hacer una transacción privada notoria con, supongamos, fichas de póker.
Pero, precisamente, ha habido grupos promotores del capitalismo liberal que, para combatir el monopolio estatal de la moneda (y, especialmente, su corolario: la inflación), se han aventurado a desafiar esas regulaciones y han generado monedas privadas. Con esto, los productores de moneda privada pretenden ganarse la confianza de sus usuarios, al asegurarles de que, a diferencia del banco central, se puede confiar en que ellos no imprimirán billetes sin control, y así, la inflación se mantendrá limitada, y el dinero no perderá su valor. El caso más reciente de estos desafíos fue el del “dólar de la libertad”, una moneda alterna producida por Bernard Von Nothaus; hoy, este señor está tras las rejas.

La propuesta de trueque de Chávez es (seguramente sin que el propio Chávez se percatara) suficientemente cercana a la idea de una moneda privada, propuesta por los ultraliberales. Obviamente, hay dificultades prácticas, que justamente han sido criticadas: ¿cómo intercambiar el valor de media vaca?, ¿cómo transportar la riqueza para una transacción?, etc. Pero, hay algo atractivo en la propuesta, por los mismos motivos que exponen los liberales: permite que haya transacciones privadas sin la mediación del Estado, y protege el valor de las mercancías frente a la inflación que ocasiona el control que el banco central ejerce sobre la moneda.
El trueque, tal como lo planteó Chávez es, por supuesto, una memez. Pero, sí es atractivo el principio que subyace: la oportunidad de hacer transacciones privadas sin que la intervención depredadora de un tercero afecte el valor de las mercancías intercambiadas. Vivimos tiempos de crisis en Venezuela, en buena medida por la inflación que atravesamos, producto de la producción desmedida de masa monetaria a cargo de nuestro banco central. Quizás, frente a esta crisis, debamos plantearnos asumir los principios del trueque y la moneda privada. Quizás no necesitemos ser tan radicales y plantearnos la aparición de monedas privadas, pero al menos sí proponer en las relaciones internacionales un regreso al patrón oro. Ésta sería una empresa muy a largo plazo. Pero, en el entretiempo, podemos intentar presionar a los políticos para que pongan freno a la impresión de billetes, y el Estado asuma con austeridad el déficit que enfrenta.

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