martes, 16 de septiembre de 2014

Reseña de "2016", de Dinesh D'Souza



            Frente a la legión de autores que quieren culpar al colonialismo por todos los males del Tercer Mundo, siempre es provechoso leer a un autor como Dinesh D’Souza, un indio emigrado a EE.UU., quien sabe muy bien que no todo lo del colonialismo fue malo, y que amerita hacer algún revisionismo histórico. Pero, lamentablemente, D’Souza se ha dejado atrapar por las ridiculeces que defienden los ultraconservadores de EE.UU. Y, su filme, 2016, es una disparatada teoría de conspiración sobre Barack Obama. D’Souza defiende la tesis de que Obama tiene el deseo secreto de destruir los EE.UU., para darle cumplimiento al sueño anticolonialista de su padre keniano resentido en su lucha contra los británicos.

            La premisa de plano ya es ridícula. Con todo, D’Souza logra defender dos o tres puntos que sí son interesantes. Admiré a D’Souza por un libro que él escribió hace dos décadas sobre las relaciones raciales en EE.UU. En ese libro, D’Souza adelantaba la provocativa tesis de que los medios de comunicación, y los líderes negros, exageran notoriamente el racismo que hoy se vive en EE.UU., y que es la propia cultura negra la responsable de muchos de sus problemas. D’Souza defiende brevemente esta tesis en el filme.
            D’Souza tiene también una muy elocuente entrevista con el comentarista Shelby Steele. En su análisis, Steele dice que Obama ganó la presidencia de EE.UU. precisamente por ser negro. El hecho de ser negro no fue un obstáculo, sino una ventaja. El pueblo blanco norteamericano estaba desesperado por quitarse de los hombros su culpa por el pasado de esclavitud y racismo, y abrazó la causa de Obama por ese motivo. Había habido otros candidatos negros en el pasado, pero éstos no supieron deslastrarse de la retórica revanchista; Obama, en cambio, construyó una retórica de unión y reconciliación, y eso caló bien en los votantes blancos.
            Pero, más allá de esos acertados análisis sobre las relaciones raciales en los EE.UU., D’Souza empieza a defender auténticos disparates a lo largo de su película. Reprocha a Obama por ser anticolonialista. Esto es sencillamente absurdo. Obama no ha movido un solo dedo para contraer el poder militar y la influencia global de EE.UU. Pero, en todo caso, suponiendo que Obama sí fuese un anticolonialista, ¿dónde estaría lo objetable en eso? D’Souza reseña y entrevista a luchadores anticolonialistas que supuestamente han tenido influencia sobre Obama. Las cosas que estos luchadores anticolonialistas alegan (por ejemplo, que EE.UU. injustamente anexó Hawaii o que los británicos cometieron abusos en Kenia) son, simple y llanamente, verdaderas. Pero, con todo, D’Souza los presenta como si estuvieran diciendo barbaridades, y como si el hecho de que tengan una asociación con Obama (la cual, en realidad, es muy tenue) fuese algo preocupante.
            Yo concuerdo con D’Souza en que no todo lo del colonialismo fue malo. Pero, de ahí, a postular que cualquier reclamo anticolonialista es injusto y peligroso, es un largo trecho. Por ejemplo, D’Souza reprocha a Obama el no apoyar lo suficiente a Israel. Yo soy el primero en defender el derecho de Israel a existir y reprochar a Hamas, pero es terriblemente insensato negar que Israel cometa atrocidades en su ocupación de Gaza y Cisjordania, y que en buena medida lo hace, porque se siente respaldado por EE.UU.
D’Souza critica a Obama por, supuestamente, apoyar a Argentina en su reclamo de las Malvinas (¿cuándo diablos ha expresado Obama este apoyo?). Yo, como D’Souza, creo que el reclamo argentino no tiene lugar, pero el problema es que D’Souza asume que un líder norteamericano jamás debe apoyar ningún reclamo procedente del Tercer Mundo. Incluso, D’Souza abala a Churchill precisamente por ser un gran colonialista. Yo puedo admirar muchas cosas en Churchill, pero al contrario de D’Souza, más bien creo que su vocación colonialista fue un defecto en su carrera estadista. Para D’Souza, un buen presidente de EE.UU. es aquel que busque el bienestar de su país, independientemente del daño que haga al resto del mundo. D’Souza se ha convertido en patriotero yanqui que emula las terribles palabras, “Mi país, para bien o para mal”.
Hay un segmento del filme que es patético. D’Souza entrevista a un hermano keniano de Obama. Supuestamente, este hermano vive en un barrio miserable, y Barack Obama lo ha abandonado en su pobreza. Este hermano escribió un libro, y en un pasaje de ese libro, postula que el retraso de Kenia no se debe exclusivamente al imperialismo británico. Esto suena como música a D’Souza, y se empeña en hacer que el propio hermano de Obama hable mal de Barack, pero no logra hacerlo. Lo que D’Souza quiere destacar es que Obama es un hipócrita: quiere acabar con el colonialismo del mundo, pero no es capaz de ayudar a su propio hermano. He hecho una breve búsqueda en internet, y me he dado cuenta de que este hermano más bien ha encontrado inspiración en Obama y habla muy bien de Barack, y ha elegido voluntariamente vivir en el barrio miserable, a fin de hacer labores sociales; por supuesto, nada de esto se presenta en la película.
En definitiva, D’Souza pudo haber hecho un valioso filme de revisionismo histórico sobre el colonialismo, en el cual, aun admitiendo su terrible legado, pudo haber destacado sus virtudes (como sí ha hecho Niall Ferguson en sus series televisivas). En vez, D’Souza ha producido una pieza demagógica y propagandística, en la cual defiende dos cosas absurdas: 1) que Barcak Obama es un anticolonialista; 2) que no hay ningún motivo justo para ser anticolonialista. D’Souza es un hombre talentoso, pero me temo que se ha dejado arrastrar por el estilo conspiranoico de la extrema derecha norteamericana, y su talento ha sido enormemente desperdiciado.

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