miércoles, 9 de abril de 2014

Reseña a "La teología ¡vaya timo!". Autor invitado: José Antonio Castilla Gómez




Ya era hora. Como el propio autor señala en la introducción, la valentía que muchos han mostrado a la hora de atacar a las pseudociencias y supercherías en general ha faltado por sistema cuando se trataba de denunciar los disparates de la Teología. Esa renuencia reside, según creo, en el hecho de que la creencia en Dios y, por ende, los asuntos de la Teología han constituido una parte fundamental de la cultura occidental y en especial de su sistema educativo, sin solución de continuidad hasta nuestros días. Meterse con creencias de nuevo cuño que en nuestra cultura nunca han gozado de prestigio (el reiki, el feng shui, la homeopatía, etc.) o con otras más añejas pero nunca incorporadas a la "oficialidad" (la astrología, las distintas mancias) resulta ser una tarea tolerable y hasta desapercibida, pero atacar a quienes forman parte de aquel sistema sociocultural y de todo su entramado institucional puede equivaler a caer en desgracia. Dicho de otro modo: ridiculizar el horóscopo no importa nadie, pero mofarse de la Biblia o del Papa es una blasfemia.


Una consecuencia inevitable de ese miedo reverencial a ofender las sensibilidades de nuestros parientes, amigos, colegas y jefes creyentes ha sido la absurda idea de que el Conocimiento (la Ciencia) y las creencias (la Teología) pueden convivir pacíficamente si uno y otras se mantienen confinadas en sus límites de actuación, como defendió Stephen Jay Gould. Muy pocos, como Gabriel Andrade, han dictaminado con la contundencia necesaria lo erróneo de ese pensamiento inerte: "Esto es ingenuo en el mejor de los casos; y en el peor, incoherente. Es ingenuo porque es sencillamente falso que la teología se ocupe sólo de lo que está más allá del mundo natural. La teología nos habla de nacimientos, vírgenes, resurrecciones, apocalipsis y regresos de Cristo. Eso concierne a este mundo, no a otro" (pág. 183). Esa idea, que en última instancia parece remontarse a las enseñanzas escolásticas acerca de la fe y la razón, está hoy plenamente en boga, y no poco entre los propios científicos, quienes llevados por la inercia y el ñoño respeto al entramado institucional, se han dejado meter ese vergonzoso gol... de un equipo francamente malo. Otros no lo han hecho por inercia, sino por la sed de preservar la validez de sus creencias. No sé cuál de las dos actitudes es más triste. El libro de Andrade, en medio de este panorama que bascula entre lo rancio y lo esnob, es una bocanada de aire fresco, una mofa en mitad de las risas enlatadas.

Una de las reflexiones más agudas y valiosas del autor (que conocemos por otras publicaciones suyas, entre ellas El posmodernismo ¡vaya timo!) es la que sostiene que la creencia incuestionada en Dios, la fe, supone una defensa del relativismo, en la medida en que, si somos consecuentes, ese mismo acto de fe debe conducirnos a creer en cualquier otra deidad y en general entidad cuya existencia se nos proponga con igual ausencia de pruebas (pág. 21).

No sólo eso. El aspecto puramente expositivo de la obra no se queda atrás. La abundancia de datos históricos referidos a creencias, disputas teológicas, concilios, herejías no sólo nos suscita fruición a quienes amamos esos temas desde la distancia del escéptico que anhela conocer, sino que además nos aporta conocimientos tan curiosos como inestimables, entre ellos, la interesante evolución de la concepción que sobre el Diablo se tuvo desde el Antiguo Testamento hasta después del Nuevo (por ejemplo, la interpretación de la serpiente como Satanás no procede de la Biblia, pág. 156).

No obstante, me gustaría oponer a algunas de las reflexiones y conclusiones del autor sendas objeciones. La primera se refiere al problema del sufrimiento como obstáculo a la creencia en la existencia de Dios (págs. 40 ss). No voy a entrar ahora en la cuestión de si al hablar de justicia, bondad y sufrimiento no estamos incurriendo en el mismo defecto de la Teología cuando se enfrasca en disquisiciones sobre ángeles y demás entes metafísicos, construcciones mentales). Me limitaré a señalar un defecto formal en el razonamiento de partida: asumiendo la existencia de Dios, ¿de dónde surge la necesidad supuestamente racional de que ese Dios sea bueno? Puede que Dios (sea lo que sea) exista y que sea malo (se entienda por esto lo que se quiera entender). La existencia de un ser omnipotente (sea lo que esto sea) no implica atributo moral alguno, ni positivo ni negativo (los griegos estaban convencidos de que Zeus era malo; luego llegaron Hesíodo y Esquilo, con su Zeus justiciero).

La segunda la dirijo a los supuestos resultados trágicos de la Teología (pág. 161), a saber, cazas de brujas, quemas de herejes, inquisición y guerras. Me parece impecable el razonamiento de que, en ausencia de indicios o pruebas, en las discusiones teológicas el único factor que inclina la balanza hacia un disparate A o su opuesto B es el empleo de la violencia, pero no estoy seguro de que el verdadero móvil de semejantes luchas sea la creencia sincera en esos disparates. ¿Es descabellado pensar que esos debates teológicos no constituían más que una comparsa de la lucha por el poder y la riqueza? ¿No se han dado y se dan esos resultados trágicos al margen de la Teología y las religiones? ¿No son éstas sino una manifestación más de la voluntad de poder, que también se da, por ejemplo, en los escépticos?

La tercera incide en el problema de la pretendida resurrección de Jesús (y otros hechos sobrenaturales, págs.84 ss). No creo necesario recurrir a tantas hipótesis que expliquen históricamente el dato aportado por las fuentes bíblicas. Todas son harto improbables, como el propio autor se encarga de señalar. Existe tras cualquier narración inverosímil un móvil bien conocido, cotidiano, común a todos nosotros y no sólo a los mitómanos: la mentira. ¿Por qué otorgarles credibilidad a sujetos que estaban altamente interesados en transmitir noticias falsas, cuando es evidente que todos nosotros estamos mintiendo a diario y sobre cuestiones que van de lo trascendental a lo más insignificante? Por lo demás, ni siquiera sabemos si los apóstoles verdaderamente estuvieron dispuestos a morir por esas creencias.

Y la más importante de todas las objeciones, si bien Andrade en este punto también la deja caer, aunque en mi opinión sin la suficiente contundencia. Si bien parece que la Teología liberal supone un progreso con respecto a la antigua Teología, en la medida en que se aleja del estudio de ángeles, demonios y demás entidades sobrenaturales, y hace un mayor uso de la racionalidad, prescindiendo de lecturas literales de la Biblia y de conceptos tradicionales como Dios o infierno (págs. 180 ss), tengo serias dudas de que esta Teología New Age (Dios es amor) sea de algún modo preferible a la tradicional (Dios te condena al infierno). Al menos ésta se mostró abiertamente como lo que es, sin complejos, sin dobleces, y siempre, dentro de su demencial sistema de creencias, ha sido consecuente en su fidelidad a la Biblia o la autoridad (sí, con las contradicciones que queramos denunciar). En cambio, los modernos teólogos son como gorrones que, tomando de la Ciencia sólo lo que les interesa, lo aplican a las creencias, yendo de racionales, cuando su discurso resulta, además de absurdo e irracional como siempre, claramente anticientífico y, por si eso fuera poco, falaz, confuso, la nada.


José Antonio Castilla Gómez
Madrid, España.
sphakteria@yahoo.es



 



3 comentarios:

  1. Felicitaciones por esta publicación. Estamos escasos de libros nuevos en Venezuela y este será otro que no podremos comprar en "Bolívares fuertes"... Ya veré como poder hacer que llegue a mis manos (tal vez deba recurrir al dios Amazon).
    Saludos.

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    1. Gracias, sí, Cadivi es una maldición gitana...

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  2. Gabriel, sin ánimo de porfiar sobre la cuestión de la teología como mera comparsa de la lucha por el poder, y aunque sé que a ti no se te escapa la importancia de este hecho, aporto aquí para tu conocimiento (si es que no los conoces ya) un par de pasajes del libro "Los cristianismos derrotados", de Antonio Piñero, que acabo de leerme. Inciden en ese aspecto, es decir, en el trasfondo político-económico de toda discusión teológica:

    Sobre Prisciliano:

    "En el 380 se celebró un sínodo en Zaragoza, en el que los obispos no tomaron contra él medida disciplinaria alguna. Al parecer, fue difícil condenar a alguien que intentaba vivir un cristianismo auténtico y pobre, a un lector fervoroso de la palabra divina contenida en las Escrituras. Entonces ocurrió algo inesperado para los adversarios del grupo priscilianista: un año más tarde del sínodo zaragozano, en el 381, la fama de Prisciliano entre el pueblo de Hispania había crecido tanto, que al quedar vacante la sede episcopal de Ávila, fue elegido obispo casi por aclamación. El metropolita Hidacio consiguió del emperador Graciano (382) un rescripto imperial contra Prsiciliano, en el que se le declaraba hereje."

    Sobre los cátaros:

    "La Gran Iglesia se sintió impotente ante este movimiento con gran arraigo popular que le arrebataba fieles en gran número en el sur de Francia y norte de Italia."

    Los cruzados reprimen el movimiento cátaro:

    "Las tierras conquistadas por los cruzados pasaron definitivamente a la corona de Francia."

    Sobre los valdenses:

    "Al principio fueron los valdenses solo un grupo al que la alta jerarquía prestó poca atención y dejó hacer. Pero luego, cuando el grupo de laicos se dedicó a la predicación para ganar adeptos, esta decisión los convirtió en enemigos de la Iglesia."

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