sábado, 4 de marzo de 2017

Los conspiranoicos frente al Nuevo Orden Mundial

En 2016, hubo dos acontecimientos políticos dramáticos. Primero, el Reino Unido convocó un referéndum que consultaba a los británicos si ellos deseaban seguir formando parte de la Unión Europea. Contra todo pronóstico, el Brexit (como se llamó a esa iniciativa) triunfó en las urnas, y así, la Gran Bretaña era el primer país en quebrar la unidad europea que se venía cultivando desde hacía décadas. Los promotores del Brexit celebraron aquello como una independencia, y su campaña tuvo fuertes tonalidades nacionalistas.
            Luego, ocurrió otro evento que dejó atónitos a muchos: Donald Trump fue electo presidente de los EE.UU. Trump había sido simpatizante de la opción británica del Brexit, y su campaña electoral orbitó en torno a los mismos temas nacionalistas. El gran coco, en ambos casos, fue la globalización. Según los demagogos británicos y norteamericanos, la globalización es una catástrofe, pues acaba con la soberanía de cada país, perjudica la homogeneidad étnica de cada nación, los inmigrantes quitan trabajos a los nacionales, etc.

            Tanto Trump como los promotores del Brexit son demagogos de derecha. Pero, la oposición a la globalización de ningún modo es exclusiva de la derecha. En Europa, siempre ha habido movimientos antiglobalización, pues ven en ella el triunfo de grandes corporaciones que, al abrir las fronteras comerciales, terminan por acumular dinero y concentrar poder excesivamente.
            Muchas de las quejas contra la globalización son legítimas. ¿Queremos un planeta lleno de franquicias que sirven productos manufacturados, y que terminan por homogeneizar el mundo? ¿Estamos dispuestos a permitir que los tratados de libre comercio quiten todo freno a la explotación industrial, sin medir los daños ecológicos? ¿Debemos tolerar que en los países asiáticos se abran fábricas de zapatos y textiles con condiciones laborales infrahumanas? ¿Nos parece bien que los grandes magnates del mundo evadan impuestos llevando sus capitales a paraísos fiscales? ¿Es deseable que desaparezcan los ejércitos nacionales convencionales, y sean reemplazados por mercenarios que no están sujetos a la legislación de los países donde operan? ¿Nos conviene tener unos medios de comunicación controlados por un puñado de corporaciones que terminan por suprimir toda información que no concuerde con sus intereses?
            La globalización no es necesariamente el monstruo que la extrema izquierda y la extrema derecha se imaginan, pero, como mínimo, debemos pensar sobre estas cuestiones. Esto amerita discusiones serias. Ahora bien, lamentablemente, desde hace varias décadas, entre los críticos de la globalización se han colado los conspiranoicos. Pues, una de las grandes obsesiones conspiranoicas es con el Nuevo Orden Mundial.
            Entre los planes del fundador de los illuminati, Adam Weishaupt, estaba la conformación de una nueva etapa en la historia de la humanidad, en la cual, las monarquías tiránicas y la opresión del clero abrirían paso a un orden mundial de iluminismo y racionalidad. La mención del Nuevo Orden Mundial quedó muy presente en la mente de los conspiranoicos, y desde entonces, se han inventado toda clase de teorías sobre cómo tras las sombras del poder se está construyendo este Nuevo Orden Mundial.
            En la imaginación conspiranoica, el Nuevo Orden Mundial es la supresión de las soberanías nacionales, para conformar un gobierno mundial que aplastará a los habitantes del planeta Tierra. En otras palabras, el Nuevo Orden Mundial es la dominación global, a manos de una selecta élite. La globalización forma parte de este complot del Nuevo Orden Mundial, pues en la medida en que se van tumbando fronteras a favor de organismos trasnacionales, los gobiernos tienen menos capacidad de hacerle frente a esa élite que pretende imponer su yugo sobre la totalidad del planeta. La idea de un gobierno mundial se vende como un proyecto utópico, en el cual todos los pueblos del mundo se unen en paz para cooperar entre sí; en realidad, alegan los conspiranoicos, todo esto es una farsa. La supuesta utopía de la paz mundial pronto dará paso a una tiranía con esclavos y campos de concentración a escala global.
            Desde los días de Weishaupt y los illuminati en el siglo XVIII, ha habido alguna preocupación conspiranoica sobre el supuesto Nuevo Orden Mundial. Pero, no fue una obsesión desmedida. No obstante, cuando cayó el Muro de Berlín y la Unión Soviética, las alarmas conspiranoicas se activaron. Si ya los soviéticos y los norteamericanos no se enfrentaban, ¿significaba eso que, finalmente, la selecta élite estaría mucho más cerca de establecer el gobierno mundial?
            En ese dramático ínterin del final de la Guerra Fría, empezó la Guerra del Golfo Pérsico. Los conspiranoicos ya sospechaban de que el presidente norteamericano del momento, George H. W. Bush, formase parte de esa élite forjadora del Nuevo Orden Mundial, pues además de ser el jefe del gran nuevo poder hegemónico mundial (en vista del colapso de la Unión Soviética), era miembro de la sociedad de los Skulls and Bones, una asociación de la cual siempre han desconfiado los conspiranoicos, y su familia tuvo algunos negocios con los nazis.
            Pues bien, mientras los norteamericanos organizaban su operación militar contra Irak en la Guerra del Golf Pérsico, en un breve discurso, Bush enunció estas palabras: “De estos tiempos turbulentos… puede surgir un nuevo orden mundial”. Los conspiranoicos pusieron el grito en el cielo. Confirmaron sus sospechas de que los illuminati gobiernan tras las sombras, y que, desde ese momento, asumirían una postura más agresiva para concretar sus malévolos planes. La conquista del mundo había empezado, y muy pronto, vendría la tiranía global sobre la cual se ha advertido. Los gobiernos nacionales desaparecerán, y finalmente, habrá una dictadura planetaria. La ONU y tantas otras instituciones internacionales supuestamente humanitarias, se quitarán su careta, y ahora sí, concretarán lo que siempre se propusieron: acabar con las soberanías nacionales y oprimir a los pueblos del mundo.

            Bush nunca más volvió a hablar de un Nuevo Orden Mundial, pero los conspiranoicos, como suele ocurrir, vieron aquello más bien como evidencia de que, en efecto, el plan está en marcha. Desde entonces, se ha metido en un mismo saco conspiranoico a los sospechosos de siempre (templarios, masones, illuminati, judíos), pero también a algunos nuevos agentes.

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