viernes, 8 de febrero de 2013

Las guerras por el petróleo



           Un creciente sector de la izquierda mundial se deleita con las teorías de la conspiración. Los grupos anti-sistema suelen ser terreno fértil para estas teorías, pues siempre desconfían del ejercicio del poder, y muchas veces, al no encontrar motivos racionales para oponerse a determinados grupos poderosos, inventan toda clase de teorías fantasiosas sobre planes maquiavélicos.
            Hay diversos grados de absurdidad en estas teorías. Algunas son verdaderamente disparatas, como por ejemplo, las esbozadas en Los protocolos de los sabios de Sion, o aquellas que alegan que el gobierno de EE.UU. directamente participó en la destrucción del World Trade Center.
Pero, hay otras teorías de la conspiración que no resultan tan absurdas. Una de estas teorías más plausibles es la idea de que en EE.UU. y otros países industrializados existe un gran complejo industrial militar que alimenta las guerras para poder producir ganancias en la fabricación de equipos militares. El mismo presidente norteamericano Dwight Eisenhower fue uno de los primeros en advertir este peligro.
Más recientemente, se ha defendido la idea de que, el hecho de que la mayor parte de las intervenciones armadas de los grandes poderes militares ocurre en países petroleros, es evidencia de que existe una conspiración para inventar excusas, y atacar países con el fin de extraer su petróleo. He visto calcomanías con el cínico mensaje “Nuke their ass, get their gas!” (bombardéenlos, tomen su petróleo), y todo esto me hace pensar que, en efecto, muchas de las recientes guerras persiguen el objetivo de apoderarse de los recursos de otros países.
Pero, ¿es esto suficiente motivo para oponerse a estas guerras? Los exponentes de la doctrina de la guerra justa consideraban varios requisitos para conservar la moralidad de decidir ir a una guerra: causa justa, declaración por autoridad legítima, proporcionalidad, agotamiento de vías diplomáticas, probabilidad de éxito y justa intención. Bajo este último requisito, las guerras en busca del petróleo son claramente ilegítimas.
Si bien los clásicos exponentes de la doctrina de la guerra justa, como san Agustín, hicieron mucho énfasis en la importancia de la justa intención, hoy este criterio está más en duda, y de hecho, no es considerado en el derecho internacional a la hora de decretar la legalidad de una guerra.
Hay dos problemas fundamentales con este criterio. El primero es que las intenciones son estados mentales subjetivos, a los cuales no tenemos acceso. Quizás, en su mente maquiavélica, George W. Bush ideó todo desde un principio, previendo de antemano que la intervención militar en Irak le aseguraría el petróleo que haría aún más rica a su familia. Pero quizás también George W. Bush fue un estadista que genuinamente se preocupó por la seguridad de su país frente a la amenaza de armas de destrucción masiva de Irak. ¿Cómo saber? Es muy difícil; no estamos dentro de la cabeza de Bush.
El otro problema es que, al menos en la época moderna, la decisión de ir a la guerra reposa sobre varios actores, y éstos pueden tener intenciones muy variadas entre sí. Quizás Bush sí quería el petróleo, pero también quizás Cheney sí tenía la creencia genuina de que Irak representaba una amenaza nuclear a EE.UU., y en realidad no tenía interés en el petróleo. Los Estados son conformados por individuos, y los individuos tienen muchas intenciones. En ningún Estado, habrá una sola intención unívoca.
Todo esto forma parte de una antigua discusión de mayor envergadura en el terreno ético, a saber, ¿cuentan las intenciones en el valor moral de las acciones? Quizás un magnate hace labores filantrópicas sólo con el propósito de que le descuenten sus impuestos. ¿Acaso por ello su labor deja de ser moral? Tradicionalmente, la escuela ‘consecuencialista’ presta poca (o incluso ninguna) atención a los motivos: lo importante a considerar son las consecuencias derivadas de un acto. Es el tipo de razonamiento muy afín a los representantes del utilitarismo.
En cambio, aquellos que se inclinan más por la ética deontológica (aquella que enfatiza la importancia del deber intrínseco, independientemente de sus consecuencias), sí consideran mucho más relevantes las intenciones a la hora de evaluar moralmente una acción.
Me parece que lo más acertado es intentar buscar algún punto intermedio. No podemos prescindir por completo de las intenciones, como pretenden los consecuencialistas extremos. Hay una diferencia sustantiva entre un homicidio culposo (como arrollar a alguien accidentalmente) y un homicidio con dolo (como realizar con premeditación y alevosía el crimen): en el primero, no hay la intención de hacer daño, en el segundo, sí la hay.
Pero, especialmente en el ámbito de la ética militar, es importante juzgar las intenciones mediante las acciones. Si logramos acumular suficiente evidencia de que una determinada acción militar es realizada con una intención injusta, entonces debemos reprocharla. Pero, debe ser evidencia impregnada de objetividad; meras suposiciones subjetivas no son adecuadas.
Con todo, insisto: en la guerra hay un cúmulo de intenciones, y es difícil saber bien cuál es la intención predominante. Por eso, opino junto al filósofo Brian Orend, que si hay al menos una intención moral presente, entonces eso es suficiente para cumplir el requisito de intención justa, independientemente de si aparecen otras intenciones de menor valor moral.
Por ejemplo, ¿fue la intervención norteamericana en l Guerra del Golfo Pérsico en 1991 inmoral? EE.UU. cumplió con todos los requisitos del ius ad bellum: socorrió a Kuwait, un país injustamente invadido; agotó las vías diplomáticas; declaró públicamente la guerra, y su esfuerzo inicial fue proporcional a la amenaza iraquí. Con todo, un considerable sector de la izquierda en aquel momento criticó esa intervención, pues consideraba que en realidad a EE.UU. no le importaba la integridad de Kuwait, sino que sencillamente buscaba asegurar el petróleo.
Ciertamente esa intención pudo estar ahí, e incluso, pudo haber sido la más relevante. Pero, no podemos alegar que todos los actores que decidieron la guerra tenían esa intención. Y, eso no elimina el hecho de que EE.UU. sí tenía una causa justa, empleó fuerza proporcionalmente y como último recurso, y declaró la guerra públicamente. En función de eso, aun si EE.UU. pudo haber tenido la intención de controlar el petróleo en la región, sí tuvo justificación moral para participar en esa guerra.
La izquierda ha sido ampliamente influenciada por el pensamiento marxista. Y, así, los izquierdistas suelen esgrimir que la acción militar de ningún Estado será condicionada por motivos morales (una forma de falsa ideología, según el marxismo), sino estrictamente por motivos materiales. Un país como EE.UU. jamás lanzará una guerra para genuinamente promover los derechos humanos o defender a una nación injustamente invadida, sino que intervendrá sólo cuando pueda sacar un provecho material. Esta forma de razonar forma parte también del llamado ‘realismo descriptivo’ en las relaciones internacionales; a saber, la postura que postula que los Estados siempre buscan satisfacer su propio interés por encima de las exigencias morales.
Es curioso que los marxistas opinen así de gobiernos poderosos como EE.UU., pero nunca opinen así de pequeños guerrilleros como Fidel Castro. En opinión de los marxistas, EE.UU. lanza una guerra para satisfacer sus intereses materiales, y no tiene el menor interés en asuntos morales; pero jamás se le ocurre al marxista postular que la intención de Fidel Castro también pudo haber sido lanzar una guerrilla con la intención de satisfacer su ambición de gloria, poder y dinero una vez que consiguiera el triunfo.
En todo caso, la opinión de los marxistas es errada. Ciertamente hay gente que se mueve estrictamente por motivos materiales. Pero, hay mucha otra gente que no. Personalmente opino que Fidel Castro sí tuvo la intención loable de liberar a Cuba de la explotación. Pero, también me parece que hay mucha gente en el alto gobierno y el alto mando del ejército de los EE.UU., que tiene un elevado sentido de la ética, y que tiene las correctas intenciones a la hora de tomar decisiones políticas y militares. Y, como bien recuerda Brian Orend, ha habido muchos ejemplos de campañas militares emprendidas aún en detrimento del interés económico de quien las ejecuta: por ejemplo, Inglaterra buscó erradicar la esclavitud por motivos estrictamente morales, pues económicamente le resultó muy desventajoso (a diferencia, por ejemplo, de los esfuerzos de EE.UU. por erradicar la esclavitud en los estados sureños, una decisión que sí tuvo más intenciones económicas).
Por supuesto que hay intereses petroleros de por medio en muchas de las guerras recientes de EE.UU. Pero, sería incurrir en una vulgar teoría de la conspiración, si postulamos que todo el aparato militar norteamericano está conducido por estas intenciones cuestionables. Contrario a los marxistas y a los llamados ‘realistas descriptivos’ en las relaciones internacionales, yo soy más optimista en torno a la condición humana, y creo que hay mayor conciencia moral de lo que habitualmente se reconoce. Pero, en todo caso, aun si el cinismo militar fuese mucho más amplio de lo que yo quizás ingenuamente creyese, vale insistir en que las intenciones deben juzgarse por las acciones, y que, si en una intervención militar, se cumple nítidamente el resto de los requisitos señalados por la doctrina de la guerra justa, entonces la ausencia de una intención justa ya no es tan relevante.

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