sábado, 23 de febrero de 2013

Bartolomé De Las Casas: precursor de la idiotez relativista



            Los izquierdistas latinoamericanos tienen una relación ambigua con Bartolomé De Las Casas. Por una parte, le reprochan severamente la promoción de la esclavitud africana, como alternativa a la esclavitud indígena. En esto, por supuesto, acompaño a los izquierdistas latinoamericanos.
            Pero, al mismo tiempo, los izquierdistas latinoamericanos celebran la defensa enérgica que Bartolomé De Las Casas hizo de los indígenas. Yo, de nuevo, acompaño a los izquierdistas latinoamericanos en este juicio, pero no sin reservas. Ciertamente De Las Casas denunció enérgicamente los abusos de los conquistadores. Pero, hoy los historiadores sospechan que, en el texto en el cual expuso esa denuncia, hubo mucha exageración. Eventualmente, ese texto sirvió para que las potencias rivales de España, fundamentalmente Holanda e Inglaterra, lanzaran una campaña propagandística de desprestigio en contra de los españoles. Quizás inadvertidamente, De Las Casas fue el artífice de la llamada ‘leyenda negra’ que hoy entorpece la objetividad histórica a la hora de evaluar objetivamente la conquista española.
            En 1550, el rey de España, Carlos V, escuchó a varios misioneros que se quejaban del trato brutal que se les estaba ofreciendo a los indígenas americanos durante la conquista. Así, convocó un debate en la ciudad de Valladolid, para discutir si la conquista de América era legítima, y si había justificación en la esclavización de los indígenas.
            En aquel debate hubo dos posturas. La primera, defendida por Ginés de Sepúlveda, sostenía que, tal como enseñaba Aristóteles, hay esclavos naturales, y en función de ello, los españoles tenían pleno derecho a esclavizar a los indígenas, pues incluso era dudoso que tuvieran alma. Además, sostenía Sepúlveda, los indígenas practican abominaciones como la idolatría y la sodomía, y esto justifica la intervención militar, a fin de divulgar la religión cristiana.
            La segunda postura, defendida por De Las Casas, postulaba que los indígenas sí tienen alma y no son esclavos naturales. Y, además, no hay justificación en divulgar el mensaje cristiano por la fuerza. De hecho, advertía De Las Casas: será contraproducente, pues al forzar la conversión, pronto los indígenas abandonarían la religión cristiana.
            Cualquier persona sensata, por supuesto, aceptaría la postura de De Las Casas. Pero, en aquel debate, hubo gente que le planteó a De Las Casas lo siguiente: es sabido que los indígenas practican el sacrifico humano. ¿No estaría acaso justificada una intervención militar para salvar a esas víctimas? Unos años antes, otro gran jurista español, Francisco de Vitoria, también había cuestionado la legitimidad de la conquista española. Como De Las Casas, Vitoria había sostenido que no es legítimo lanzar una guerra con el mero propósito de expandir un mensaje religioso. Pero, Vitoria sí dejaba la puerta abierta para lo siguiente: si en otro país, ocurren violaciones del derecho natural, como el canibalismo o el sacrificio humano, entonces sí hay licitud en una intervención militar para rescatar a las víctimas de esos crímenes.   
            De Las Casas, por su parte, insistía en la ilegitimidad de la conquista, aun frente al sacrificio humano de los aztecas. De Las Casas consideraba que una intervención militar probablemente generaría más muertes de las que se generan con el sacrificio humano. Y así, en función de la proporcionalidad, no habría justificación en la intervención.
            Nuevamente, el argumento de De Las Casas me parece muy razonable. Un criterio fundamental en la doctrina de la guerra justa es precisamente la proporcionalidad. Por eso, las llamadas ‘intervenciones humanitarias’ (intervenciones militares para salvar a víctimas de crímenes en otros países) deben ser manejadas con suma cautela. Pero, eso no implica que las intervenciones humanitarias sean intrínsecamente ilegítimas: todo es cuestión de calcular el número previsto e bajas, y en función de eso, juzgar la proporcionalidad.
            Pero, lamentablemente, De Las Casas no se detiene ahí. Su alegato en contra de una intervención armada española para detener el sacrificio humano no se limita al muy legítimo asunto de la proporcionalidad; desafortunadamente, De Las Casas termina invocando también un relativismo cultural para excusar el sacrificio humano.
           De Las Casas sostiene que todas las religiones hacen ofrendas a sus dioses. Abraham buscó ofrecer a Isaac, Cristo se entregó en sacrificio a la humanidad. Pues bien, ¿por qué los aztecas no pueden sacrificar seres humanos en sus altares? Y, así, termina defendiendo la idea de que el sacrificio humano no es contrario a la ley natural. De hecho, el sacrificio forma parte del derecho natural, pues todas las religiones incorporan alguna forma de ofrenda. En cambio, la ley positiva decide qué sacrificar. Y así, al sacrificar a seres humanos, se estaría violando la ley positiva de algunos países, pero no la ley natural.
            Con esto, De Las Casas inaugura una atroz tradición de relativismo cultural, de la cual hoy se valen los indigenistas latinoamericanos para defender las barbaries de los pueblos precolombinos. De Las Casas buscó excusar el sacrificio humano entre los aztecas, y con esto, abrió una caja de Pandora. Pues, siguiendo al apóstol de Chiapas, hoy una legión de indigenistas insiste en la idea de que cada cultura tiene sus propias leyes, y que ni siquiera frente al sacrificio humano, estamos en posición legítima de criticar las prácticas de otros pueblos.
            Pero, el peligro no está sólo en justificar las barbaridades de los pueblos precolombinos (después de todo, ya estas barbaridades dejaron de ocurrir hace cinco siglos). El peligro del razonamiento de De Las Casas está en que, con su relativismo cultural, hoy sirve como bandera para oponerse a cualquier intervención humanitaria en el mundo. El razonamiento de De Las Casas puede fácilmente conducirnos a la idea de que las potencias europeas y EE.UU. hicieron bien en no intervenir militarmente para detener el genocidio de Rwanda en 1994. De Las Casas es precursor de la idea pacifista de que las intervenciones humanitarias nunca están justificadas, y para ello, invoca un criterio muy cercano al relativismo cultural. Al final, mentalidades como la de De Las Casas, terminan siendo sumamente peligrosas, pues con su filosofía de “vivir y dejar vivir”, terminan siendo cómplices indirectos de las más brutales violaciones de los derechos humanos.

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