domingo, 4 de diciembre de 2011

Advertencia sobre la adopción inter-étnica en Venezuela

Hasta fechas muy recientes, Venezuela pretendía construirse como una nación bajo el modelo republicano laico francés. Fue la inspiración de Bolívar y Guzmán Blanco. Bajo ese modelo, se pretendía que todos los venezolanos fuesen integrados a la nación y que, si bien sus particularidades culturales fuesen respetadas y nunca perseguidas, el Estado, en tanto laico, no desempeñase un papel activo en la exaltación de diferencias étnicas o religiosas. En esto, tanto la derecha liberal como la izquierda socialista estuvieron de acuerdo por muchos años.

No obstante, en años recientes, se ha infiltrado en la izquierda venezolana, un movimiento ideológico procedente de EE.UU. que, en vez de dirigir su atención a los intereses clásicos de la izquierda (sindicatos, comunas, mejoras laborales, nacionalizaciones, etc.), busca ahora aferrarse a la exaltación de las identidades culturales. Se trata de aquello que en los países anglófonos llaman la ‘identity politics’, y que tentativamente podemos llamar las ‘políticas de la identidad’.

El modelo republicano laico francés se ampara en el universalismo propio de la Ilustración. En cambio, el modelo de las ‘políticas de la identidad’ se ampara en el particularismo del romanticismo, que alega la necesidad de que cada grupo cultural marque y conserve su identidad respecto a los demás. Así, antaño, los censos en Venezuela formulaban preguntas sobre problemas muy puntuales (salario, condición de la vivienda, número de personas en el núcleo familiar, etc.), pero nunca sobre identidades culturales, pues se asumía que el Estado no debía participar en esas divisiones culturales.

En cambio, en el censo del 2011, por primera vez se incorporaban preguntas sobre la identidad cultural. El motivo principal para incorporar este tipo de preguntas, se alega, es fomentar la identidad cultural. Así, se invitaba a los wayúus, añú, barí, yanomamis, afro-descendientes, etc., a afirmar y conservar su identidad cultural, y evitar la transculturación que supone el ser plenamente integrados al resto de la sociedad. Así pues, se pretende que los miembros de estos grupos participen de la identidad nacional, pero que no abandonen sus identidades particulares.

Estas iniciativas parecen no ser dañinas, pero en otro lugar he advertido que sí tienen un potencial peligroso. Pues, no es del todo claro que los individuos cuenten con la suficiente libertad para elegir cuál es el grupo cultural al cual pertenecen: la sociedad decide por ellos cuál es la caja que deben rellenar en los formularios. Esta confusión existe fundamentalmente debido a que el criterio que frecuentemente se emplea para distinguir a un grupo cultural de otro, son los rasgos biológicos, en vez de los rasgos culturales. Así, una persona de piel oscura que se sienta profundamente identificada con los valores de la cultura europea y no tenga ningún vínculo con la cultura africana, seguirá siendo considerada ‘afro-descendiente’, en virtud de su mero color de piel.

Pues bien, deseo ahora advertir que, una vez que se ha dado ese primer paso por la senda de las políticas de la identidad, existe el peligro de que, en un futuro, se tomen medidas aún más peligrosas que, de hecho, ya se están tomando en países pioneros de las políticas de la identidad, en especial EE.UU.

Para proteger las identidades, los promotores de las políticas de la identidad en EE.UU. han manifestado su oposición a que padres que pertenecen a un grupo étnico adopten a niños recién nacidos que proceden de otro grupo étnico. Así, se propone que unos padres con piel clara jamás deberían adoptar a un niño recién nacido de piel oscura. Pues, al hacerlo, el niño habrá perdido su identidad cultural, y siempre se sentirá un extraño. Esta postura ha aparecido reflejada en el excelente filme Losing Isaiah, el cual narra la historia de una disputa legal de unos padres blancos que adoptan a un niño negro.

La premisa oculta en este argumento es que hay algo en los rasgos biológicos que hace que las personas se comporten de una u otra manera. Así, un niño de color negro, adoptado por padres blancos sufrirá mucho, pues sus padres lo inducirán a aprender a tocar el violín, cuando en realidad este niño debería aprender a tocar el tambor, pues es el instrumento que sus ancestros tocaron y el cual él está programado biológicamente a aprender. Para evitar la transculturación de este niño y proteger su identidad, se alega, es mejor que sea criado por padres negros, quienes lo educarán en los valores de la cultura a la cual él pertenece desde su nacimiento.

Los promotores de las políticas de la identidad no caen en cuenta de que éste es exactamente el mismo tipo de razonamiento en el cual se han basado las teorías raciales desde el siglo XIX. A juicio de los racistas pseudocientíficos, existe una correspondencia entre los rasgos biológicos y los rasgos conductuales. Y, por ello, opinaban, un niño de piel negra, criado en una escuela inglesa, nunca podrá aprender los valores propios de la cultura inglesa, porque hay algún obstáculo biológico que se lo impide. Los racistas pseudocientíficos, lo mismo que los promotores de las políticas de la identidad, rechazan la doctrina de la tabula rasa, aquella que postula que la mente es una hoja en blanco sobre la cual se van imprimiendo ideas y sensaciones. Para ellos, el hombre ya viene con un bagaje cultural al mundo inscrito en sus genes, y un recién nacido de piel negra siempre será parte de la cultura negra, sin importar la educación que reciba.

Las grandes luchas en contra del racismo en el siglo XX, desde Martin Luther King hasta Nelson Mandela, han sido esfuerzos por hacer que las diferencias biológicas entre los hombres sean irrelevantes y que la sociedad encuentre integración y sobreponga la segregación de distintos grupos culturales. Lamentablemente, sin percatarse de ello, los promotores de las políticas de la identidad cultural promueven un regreso a la segregación: los niños negros deben ser adoptados sólo por padres negros. Ya las políticas de la identidad procedentes de EE.UU. hicieron que se incorporaran preguntas confusas en el censo de Venezuela en el 2011. Estemos atentos, y no permitamos que ahora tomen el siguiente paso, y promuevan la idea de que los padres adoptivos deben tener el mismo color de piel que el niño adoptado.

viernes, 2 de diciembre de 2011

La misión civilizadora china en Tíbet



Mi profesor y amigo, Daniel Castro, en varias ocasiones me ha manifestado que él tiene una aprobación parcial de la ocupación china en el Tíbet. Daniel y yo estamos en desacuerdo en muchas cosas (él es más entusiasta del socialismo, yo soy más entusiasta del capitalismo; él valora positivamente la religión, yo no tanto), pero en lo que concierne al Tíbet, estoy de acuerdo con él. Explicaré por qué.

En varios otros artículos publicados en este mismo blog, he defendido la legitimidad del proyecto de la misión civilizadora, tal como fue ideado por el colonialismo francés y, en menor medida, el británico. Los grandes ideales de la Ilustración y la Revolución Francesa nacieron en Occidente, pero tienen alcance universal. Y, en este sentido, existe una obligación de extender la libertad, igualdad y fraternidad, junto a las otras grandes instituciones de la civilización occidental, al mundo entero. De esto se encargó el colonialismo.

Por supuesto, el ideal de la misión civilizadora fue abusado, y empleado como excusa barata para depredar recursos y aterrorizar a las poblaciones locales en la expansión colonialista europea. Pero, el hecho de que la misión civilizadora diera pie a tantos abusos no implica que el concepto como tal sea objetable. En nombre del comunismo y del cristianismo se han matado a millones de personas, pero eso no implica que el comunismo y el cristianismo sean en sí mismos objetables.

De hecho, estoy dispuesto a argumentar que, en muchas regiones, la presencia colonial fue una mejora respecto a su condición previa. Así opinaba Karl Marx, y así opino yo: las potencias europeas fueron explotadoras, pero una consecuencia indirecta de su explotación fue que exportaron a las colonias productos tanto materiales como intelectuales que, a la larga, han resultado beneficiosos para el desarrollo de los pueblos colonizados y que éstos, difícilmente hubieran podido iniciar algún nivel de desarrollo sin la presencia de los colonizadores.

Esto no implica, por supuesto, que yo aplauda la opresión colonial. Hubiese sido mucho más conveniente, estimo, que la misión civilizadora europea se llevara a cabo de forma más persuasiva, y menos impuesta. En vez de invadir un país para imponer la democracia y la ciencia, y erradicar un sistema de castas y la brujería, hubiese sido mucho más preferible técnicas más persuasivas y diplomáticas. No me lamento de que las potencias europeas hayan expandido sus instituciones al mundo entero, pero sí me lamento de que lo hayan hecho violentamente.

Pues bien, si soy consecuente con mi valoración del colonialismo, debo extender este juicio a la presencia china en el Tíbet. Pues, no recurramos a eufemismos: lo que China hace en el Tíbet es llano colonialismo, del mismo tipo que Francia hizo en Argelia o Gran Bretaña en la India. Pero, del mismo modo en que estoy dispuesto a parcialmente defender la misión civilizadora francesa y británica, debo asimismo defender parcialmente la misión civilizadora china. Es irrelevante si, en este caso, la potencia colonial no es ni europea ni capitalista, sino asiática y comunista.

Marx no tenía gran simpatía por el sistema económico y político de los británicos (después de todo, Gran Bretaña era la nación más capitalista en el siglo XIX), pero al menos reconocía que era una mejora respecto al sistema precapitalista indio, y los británicos hacían una importante labor con su presencia colonial. Pues bien, yo no tengo simpatías por el sistema comunista chino (por supuesto, es sólo comunista en su represión política; su economía es capitalista), pero lo mismo que Marx hacía respecto a los británicos, reconozco que es una mejora respecto a las condiciones sociales existentes en el Tíbet antes de la invasión china.

Hasta mediados del siglo XX, Tíbet era un país fundamentalmente teocrático. Una elite religiosa era propietaria de grandes extensiones de tierra, mientras que los campesinos eran explotados en condiciones paupérrimas, y en algunos casos, persistían relaciones muy cercanas a la esclavitud. La infraestructura era precaria, la esperanza de vida baja, los niveles de educación muy pobres. Probablemente debido a la dificultad de su territorio, las potencias extranjeras no pudieron tener una presencia considerable en Tíbet, y así, permaneció un vestigio del feudalismo en pleno siglo XX.

A sangre y fuego, los chinos se han propuesto modificar el estancamiento medieval tibetano, y en buena medida, lo han logrado. Con todo, hay múltiples denuncias de violaciones de derechos humanos en Tíbet, y seguramente estos alegatos son verdaderos (el ejército chino no es precisamente conocido por su humanitarismo). La población tibetana es aplastada por los ocupantes chinos, y seguramente, la presencia china en el Tíbet persigue la depredación de recursos y trabajo para la acrecentada industrialización china.

Pero, en balance, la ocupación china ha sido positiva para el Tíbet. Ha sido el vehículo de la modernización de un país eminentemente feudal. Como los franceses y los británicos, los chinos seguramente han empleado su ideal de misión civilizadora como excusa barata para aumentar su poder. Pero, indirectamente, lo mismo que los franceses y los británicos, han cumplido su acometido: en este último medio siglo, Tíbet ha mejorado significativamente sus condiciones de vida.

He mencionado que, a mi juicio, lo más deseable hubiese sido que, en la misión civilizadora francesa y británica, se hubiese empleado más la persuasión y la diplomacia, y menos la imposición y las armas. Ha sido mucho más exitosa la modernización de Singapur que la modernización de Argelia, precisamente debido a que hubo más persuasión en la primera. Pues bien, en el caso del Tíbet, más deseable habría sido que los chinos modernizasen a esa nación, más mediante la persuasión que mediante la imposición. Pero, aun si ése hubiese sido el caso más deseable, ello no implica que, en balance, la misión civilizadora china en Tíbet no haya resultado beneficiosa.