lunes, 6 de noviembre de 2017

Carta a Belén sobre el cerebro



Querida Belén:

¡Vaya golpe me he dado este fin de semana! Decidí dar una vuelta en bicicleta, como habitualmente hago. Pero, tropecé y me caí. No llevaba casco. Aún me duele un poco la cabeza, aunque ya voy mejorando. Con todo, me queda una preocupación. Ya sabes que siempre me han gustado las historietas de Batman. Uno de los villanos en esas historietas es el Rey Tut. Es un amable profesor de egiptología en una prestigiosa universidad norteamericana, y de repente, un ladrillo cae sobre su cabeza. Entonces, se convierte en un desquiciado faraón y azota a la ciudad con sus crímenes. Tras mi tropiezo con la bicicleta, me pregunto si yo mismo podría terminar siendo como el Rey Tut.
Bromeo, por supuesto. Pero, no es broma que un golpe en la cabeza sí puede cambiar significativamente nuestra conducta. Seguramente en alguna ocasión has oído al cura de la parroquia hablar del alma. Extrañamente, las religiones nunca precisan suficientemente bien qué es el alma. Según parece, es algo así como una sustancia inmaterial que define tu personalidad. Yo no creo que tal cosa existe. Nuestra personalidad está en el cerebro. Y, me temo que si hay alguna lesión al cerebro, habrá cambios en la personalidad.

De hecho, sabemos que esto es así, gracias a un caso muy conocido en la historia de la psicología, el de Phineas Gage. Este señor era un trabajador ferroviario en EE.UU. durante el siglo XIX. Gage estaba encargado de hacer explosiones para generar agujeros en el suelo, y en una de esas explosiones, un tubo metálico salió volando frente a él. En su recorrido, el tubo le atravesó la cabeza. Podrás imaginar el susto que pasó el pobre Gage. Con todo, Gage sobrevivió y se recuperó.
Pero, su recuperación fue muy extraña. Antes del accidente, Gage era una persona muy afable, y muy querida por los demás. El accidente no afectó sus conocimientos o su inteligencia. Pero, sí modificó su conducta. Gage se convirtió en un hombre agresivo, grosero, y desenfrenado sexualmente. Esa transformación fue muy rápida, e impactó a todos los que le conocían.
Casos como éste me convencen de que el alma no existe. Si nuestra personalidad procede de una misteriosa sustancia inmaterial, ¿por qué, entonces, Gage no mantuvo su personalidad anterior? Obviamente, los cambios conductuales de Gage aparecieron como consecuencia de las lesiones que dejó el tubo en su cerebro. Si acaso hay algo que podamos llamar alma, eso estaría en el propio cerebro.
El cerebro, sobre todo el de los seres humanos, es complejísimo. El cerebro está hecho de neuronas, un tipo especial de células. ¿Recuerdas cuando te escribía sobre las drogas? Pues bien, en esa carta te decía que las neuronas se pasan mensajes químicos entre sí, y dependiendo de cuántos químicos y de qué tipo se pasen, otras neuronas se activan. A su vez, dependiendo de cuántas neuronas se activen, habrá distintos tipos de conducta. Por ejemplo, cuando se activan demasiadas neuronas, el resultado es la epilepsia. Antaño, las religiones decían que la epilepsia ocurría porque un demonio se apoderaba del alma de la persona. Ya nadie cree semejante tontería. Cuando se trata de la epilepsia, ya nadie habla del alma; todo el mundo entiende que se trata del cerebro. Pero extrañamente, cuando se trata de la conducta en general, todavía hay personas que prefieren hablar del alma, y les cuesta admitir que, en realidad, viene del cerebro.
Puedes pensar en el cerebro como un órgano que consta de tres partes. A los científicos más sofisticados no les hace mucha gracia pensar en el cerebro de ese modo, porque ellos dicen que en realidad el cerebro es muchísimo más complejo. Pero un científico, Paul MacLean, propuso en sus libros entender el cerebro como un objeto que consta de tres grandes secciones, y cada una de esas secciones se corresponde con nuestro pasado evolutivo como especie.
Ten presente, Belén, que nosotros venimos de otras especies. Y esas especies no tenían un cerebro tan desarrollado como el nuestro. Nosotros los humanos hemos heredado cerebros simples, pero a medida que fuimos evolucionando, esos cerebros se hicieron más complejos. Con todo, esa evolución se refleja en la propia estructura de nuestros cerebros. Y así, en nuestro cerebro tenemos partes más primitivas y simples, y partes más complejas y avanzadas.
En nuestro cerebro, la parte inferior es la más primitiva, y la que compartimos con nuestros primos más lejanos. A medida que fuimos evolucionando, se iban añadiendo partes más sofisticadas encima, pero esas partes primitivas originales se han mantenido.
La parte más primitiva de nuestro cerebro es el llamado tallo cerebral. El cerebro se conecta con la espina dorsal, y una de esas conexiones viene en ese tallo. El tallo cerebral consta de la médula oblonga, el cerebelo y la formación reticular. Recuerda que muchos otros animales comparten con nosotros estas partes del cerebro. Por eso, algunas personas llaman a esto la parte reptiliana del cerebro.
Como comprenderás, no es difícil adivinar que estas estructuras tienen que ver con aquellas conductas que otros animales comparten (incluso los reptiles). En la médula oblonga no ocurren pensamientos sobre el sentido de la vida o la mortalidad del cangrejo. Esas preguntas propias de los filósofos ocurren en otras regiones del cerebro. La médula oblonga sólo se encarga de regular cosas como la respiración, la digestión o los ritmos del corazón. Sin estas funciones, obviamente no podrías vivir, y es por eso que, si esta región sufre un daño con un golpe en la cabeza o cualquier otra lesión, lo más probable es que mueras.
La formación reticular se encarga de regular los ritmos de sueño. Si sufres lesión en esa región del cerebro, es probable que no puedas dormir adecuadamente. El cerebelo, por su parte, tiene que ver con la coordinación de movimientos. Si hay una lesión en tu cerebelo, podrías tener dificultades a la hora de caminar, mantener balance, o usar las manos sin que te tiemblen. Ya sabes, los cocodrilos caminan, de forma tal que ellos, como todos los reptiles, también tienen cerebelo.
Encima de esa parte reptiliana del cerebro, está aquello que podemos llamar la región paleomamífera. Como su nombre indica, compartimos esta región con animales más cercanos a nosotros, como los mamíferos. Esta región tiene que ver fundamentalmente con las emociones. Quizás los reptiles sí tengan emociones. Pero, tú has tenido perros y conejos como mascotas. Y, sabes muy bien que esos animales (que son mamíferos), se apegan mucho más, y tienen más emociones, que una iguana o un lagarto (que son reptiles). Por eso, nuestras emociones están en aquellas partes del cerebro que compartimos con los perros y conejos.
Esta región paleomamífera consta de varias estructuras. El hipocampo se encarga de procesar las memorias (¿recuerdas el caso de H.M.?, era el hombre a quien se le extrajo el hipocampo, y como resultado, no podía formar nuevas memorias).
La amígdala se encarga de regular la agresión, la ira, el miedo, y otras emociones. ¿Recuerdas cuando te escribía sobre los psicópatas? En esa carta te decía que, según parece, tienen la amígdala más pequeña. Es natural que así sea, pues los psicópatas sienten menos miedo que el resto de la gente. Ha habido experimentos en los cuales se estimula eléctricamente la amígdala de un gato, y el pobre animal se vuelve muy temeroso, incluso de un ratón. Pero, si se estimula otra parte de la amígdala, el gato se vuelve muy agresivo.
El tálamo se encarga de distribuir la información que captamos a través de los sentidos. De ahí, va a otras partes del cerebro. ¿Recuerdas cuando te escribía sobre el LSD? Esto es una droga que causa alucinaciones. En ocasiones, esta droga afecta el tálamo. Y así, cuando una persona está intoxicada con LSD, puede ocurrir que su tálamo envíe la información sensorial a regiones equivocadas del cerebro. Así, el tálamo podría enviar información auditiva a la parte el cerebro que procesa información visual. Extrañamente, la persona podría “ver” sonidos. Hay otras personas que “oyen” colores. A este fenómeno se le llama sinestesia. La persona puede ver un color, pero en realidad, lo interpreta como si fuera un sonido. Su tálamo no funciona adecuadamente.
Debajo del tálamo está el hipotálamo, una estructura que tiene muchas funciones. Básicamente, se encarga de activar la excitación sexual (¿recuerdas que, según parece, los hombres homosexuales tienen un hipotálamo más parecido al de las mujeres heterosexuales que al de los hombres heterosexuales?). También se encarga de dar la sensación de hambre o llenura, y de conectarse con las glándulas que envían hormonas para que se active el estrés ante situaciones de peligro.
Y, la región del cerebro que está encima de todas las demás, es aquella que MacLean llamó el neocórtex. Acá es donde se ubica la inteligencia, y aquellas funciones cognitivas que sólo algunos selectos animales tienen. Se llama córtex, porque si lo ves, se parece un poco a la corteza de un árbol: es muy arrugado. Y, se dice neocórtex, porque a diferencia de las otras regiones del cerebro, es más nueva en términos de la evolución. Los dinosaurios, con sus cabecitas, no la tenían. Los monos la tienen, pero es muy pequeña en comparación con nuestro cerebro. Nosotros somos cabezones, en buena medida porque nuestro neocórtex es muchísimo más grande que el de otras especies. Las cosas que podemos hacer, que un chimpancé no puede (como por ejemplo, escribir y leer cartas como ésta), se originan en esta región. El lenguaje, el razonamiento, las habilidades matemáticas, y otras habilidades por el estilo, se alojan ahí. Algunos también la llaman materia gris, por su color grisáceo.
El neocórtex parece simétrico. De hecho, está dividido en dos hemisferios. Y, cada hemisferio se divide en varias regiones, cada una con funciones distintas. En el frente, están los lóbulos frontales. Ahí se aloja la capacidad para controlar la conducta, razonar, y realizar movimientos finos (es decir, movimientos detallados con los dedos). Ésta es la región que sufrió daños en el cerebro de Phineas Gage. Sus lóbulos frontales, al estar lesionados, no permitieron a Gage ejercer control sobre su propia conducta, y así, buscaba satisfacer sus deseos instintivamente, sin pensar en las consecuencias.
Una parte de uno de los lóbulos frontales, se conoce como el área de Broca. Esta área es muy importante, porque una lesión ahí puede producir afasia, o la incapacidad para hablar adecuadamente. Broca fue un científico que atendió a pacientes que, extrañamente, no podían hablar, pero sí podían comunicarse de otras formas. Al hacer autopsias a estos pacientes, Broca descubrió que una región en los lóbulos frontales, estaba dañada. Muchas veces, cuando las personas sufren accidentes cerebrovasculares (esto ocurre cuando la sangre no llega bien al cerebro), no logran hablar. Esto es debido a que el accidente cerebrovascular ha lesionado el área de Broca.
En una época, los médicos pensaban que si se lograba desconectar los lóbulos frontales del resto del cerebro, se podrían curar muchas enfermedades mentales. A un médico, Antonio Moniz, se le ocurrió hacer operaciones que consistían en introducir una pinza a través de los ojos, y llevarla hasta el cerebro, cortando parte del lóbulo frontal. Por este procedimiento, que vino a conocerse como lobotomía, a Moniz le dieron un Premio Nobel.
Mucha gente buena ha recibido estos premios, Belén. Pero, me temo que, en algunas ocasiones, a los escandinavos les ha patinado el coco repartiendo estos honores. Las lobotomías resultaron ser unas calamidades. Se practicaban por doquier para supuestamente curar a los enfermos mentales, sobre todo los más alterados. Ciertamente, con las lobotomías, muchos enfermos mentales se calmaban. Pero, también, quedaban despojados de la capacidad para hablar o razonar adecuadamente. A decir verdad, no sorprende. Recuerda que en los lóbulos frontales están las capacidades cognitivas más importantes. Cuando los médicos cortaban esas conexiones con el resto del cerebro, despojaban a esos pacientes de la oportunidad de mantener sus facultades más importantes.
Detrás de los frontales, están los lóbulos parietales. Básicamente esta parte del neocórtex se encarga de las sensaciones táctiles que envían los nervios procedentes de la piel. Detrás de los parietales, están los lóbulos temporales. Ahí se procesa la información auditiva que recibimos, y es también donde se almacenan las memorias significativas (recuerda, primero se almacenan en el hipocampo, y luego pasan a los lóbulos temporales). Una región de uno de los lóbulos temporales, se llama el área de Wernicke. Recuerda que Broca estudió el cerebro de pacientes que no podían hablar. Pues bien, Wernicke fue otro médico que hizo autopsias, no de personas que no podían hablar, sino de personas que no parecían entender el significado de las palabras. Y así, descubrió que estos pacientes tenían dañada esa región en particular. Una lesión en el área de Wernicke produce un tipo de afasia, en el cual la persona no entiende lo que se le dice, y habla disparates.
Por último, detrás de los temporales, están los lóbulos occipitales, que es donde se procesa la información visual que recibimos. Un científico, Oliver Sacks, escribió un famoso libro sobre un señor que confundía a su esposa con un sombrero, al punto de que, algunos días, tomaba la cabeza de su esposa y trataba de ponerla en su propia cabeza, como si fuera un gorro. Este señor sufría agnosia. La agnosia es una enfermedad neurológica que no permite reconocer objetos. En algunos casos, se sufre la incapacidad de reconocer caras; en estos casos, se trata de prosopagnosia. Esto surge como consecuencia del mal funcionamiento de los lóbulos occipitales.
Hay una misteriosa enfermedad, en la cual, la persona reconoce caras conocidas, pero cree que se tratan de impostores. Ya puedes imaginar lo terrible que es esto; supón que tienes una amiga, pero cuando te ve, ella piensa que tú no eres Belén, sino otra persona que se está haciendo pasar por ti. A esta condición se le llama el mal de Capgras. Los psicólogos no saben muy bien por qué ocurre esto. Pero, una teoría es que la parte del cerebro encargada de procesar la información visual y el reconocimiento de caras, no envía esta información a la región del cerebro que controla las emociones (especialmente la amígdala). Así pues, en estos casos, la cara se reconoce, pero no se siente la emoción que cabría esperar, y como consecuencia, la persona termina creyendo que se trata de un impostor.
Como te decía, el neocórtex está dividido en dos grandes hemisferios. A simple vista, resultan simétricos, pero en realidad, tienen funciones distintas. El hemisferio izquierdo controla el lado derecho del cuerpo, y viceversa. Pero, la diferencia en sus funciones también tiene que ver con el tipo de información que procesan, y las habilidades que alojan. El hemisferio izquierdo está más asociado con el pensamiento lógico y el lenguaje; el derecho está más asociado con la creación artística y las habilidades espaciales.
Seguramente has escuchado a alguna de tus amigas decir que ella encaja más con un hemisferio que con otro, y que los matemáticos son del lado izquierdo, mientras que los pintores son del lado derecho. No es propiamente así. Ciertamente los hemisferios son distintos, pero la diferencia no es tan tajante. Con todo, algunos psicólogos han hecho unos experimentos curiosísimos que confirman que, en efecto, cada hemisferio atiende distintos tipos de pensamientos.
La epilepsia, como te decía, es una enfermedad que es causada por una actividad excesiva de las neuronas. Quienes la sufren, repentinamente tienen ataques de convulsiones. Para esta enfermedad, hay algunas drogas (los anticonvulsivos) que pueden ayudar. Pero, con aquellos pacientes que toman estas drogas y siguen sufriendo convulsiones, algunos médicos han propuesto cortar el cuerpo calloso. El cuerpo calloso consta de unas fibras que conectan a un hemisferio cerebral con el otro. Cortando estas fibras, hay menos conexiones entre neuronas, y así, las convulsiones cesan.
Con los pacientes que se ha hecho esto, todo parece marchar normal. Esto no es como la lobotomía, que destroza la vida de quienes la sufren. Pero, dos científicos, Roger Sperry y Michael Gazzaniga, estudiaron más a fondo a algunos de estos pacientes, y al hacer algunos experimentos, descubrieron que tenían algunas conductas extrañas. Esto, en efecto, parecía confirmar que cada hemisferio tiene distintas funciones.
Por ejemplo, Sperry y Gazzaniga tapaban los ojos de un paciente, y le daban un objeto  en su mano izquierda. Al estar en la mano izquierda, la información sobre ese objeto va al hemisferio derecho. Pero, puesto que la capacidad para el lenguaje se aloja en el hemisferio izquierdo, el paciente no lograba expresar en palabras lo que sentía con la mano. Si el cuerpo calloso estuviera presente, no habría problema, pues la información que recibe un hemisferio, se pasa al otro, y así, el paciente puede describir con palabras lo que siente con la mano izquierda. Pero, al no haber cuerpo calloso, esa información no se pasa, y así, el paciente es incapaz de describir el objeto.
Otro experimento consistía en hacer que un paciente viera un punto en una pantalla. En esa pantalla, se proyectaban momentáneamente palabras compuestas (supongamos, puntapié), pero Sperry y Gazzaniga se aseguraban de que la primera parte de la palabra (punta, por seguir el ejemplo) sólo se viera en el campo visual izquierdo del paciente, y la segunda parte sólo se viera en el campo visual derecho (pie). Una persona normal no tendría problema en reconocer que se trata de una sola palabra. Pero, el paciente sin cuerpo calloso (es decir, con los hemisferios desconectados), diría que vio la palabra pie, y al mismo tiempo, apuntaría con su mano izquierda una foto de una punta, para señalar lo que vio.
¿Cómo ocurre esto? De nuevo, la separación de funciones en los hemisferios lo explica. El hemisferio izquierdo procesa la palabra pie (porque aparece en el campo visual derecho), y el hemisferio derecho procesa la palabra punta (porque aparece en el campo visual izquierdo). Esta información no se integra porque no hay cuerpo calloso que pase la información de un hemisferio a otro. Y así, mediante palabras (recuerda, el hemisferio izquierdo está más asociado al lenguaje), se describe lo que el hemisferio izquierdo procesa; y mediante gestos, se describe lo que el hemisferio derecho procesa. 

En estos experimentos, los pacientes quedaban muy confundidos. Con la mano apuntaban a un objeto, pero con las palabras describían otro. Incluso en algunos de estos pacientes, puede haber problemas para hacer algo tan sencillo como abotonarse una camisa. Una mano puede cerrar un botón, e inmediatamente otra mano puede volver a abrirlo.
En fin, Belén, como ves, el cerebro determina muchas de nuestras conductas. Por eso, es muy importante proteger la cabeza. Yo cometí una gran imprudencia al salir en bicicleta sin casco. Debería aprender de ti, pues sé que cada vez que sales en bicicleta, usas el casco. Pero, los golpes en la cabeza no son las únicas formas en que el cerebro puede sufrir una lesión. Como te he dicho, los accidentes cerebrovasculares también pueden afectar el buen funcionamiento del cerebro. A tu edad, es muy improbable que estés en riesgo de sufrir algo como eso. Pero, sí deberías prepararte para el futuro, pues a medida que envejecemos, el riesgo es mayor. No te mortifiques mucho por eso, y sencillamente sigue haciendo lo que siempre haces, para protegerte: haz ejercicio, y come sanamente. Se despide, tu amigo Gabriel.

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