lunes, 21 de diciembre de 2015

El sufragio directo y el 18 de octubre de 1945

            Observé el proceso electoral que se realizó ayer en España. Como en muchos otros países europeos, España tiene un sistema de votación indirecto. Se eligen escaños en las cortes, y los diputados a su vez eligen al presidente del gobierno.
            Ese voto indirecto tiene un sentido. El principal es evitar que la mayoría ganadora aplaste a las minorías perdedoras. Si una mayoría gana, pero no cuenta con los votos suficientes establecidos en los reglamentos, debe buscar coaliciones para gobernar, muchas veces con las propias minorías perdedoras. Y, esto permite mayor consenso nacional y pluralidad en los gobiernos. El voto indirecto impide que el ganador se lo lleve todo.

            Pero, ese sistema de votación indirecta tiene también problemas. Un votante puede votar por un partido porque busca castigar a otro partido, pero tras las elecciones, esos partidos pueden llegar a un pacto no anunciado previamente, y así traicionar la intención original del votante.
Más aún, el sistema que impide que el ganador se lo lleve todo tiene también la desventaja de que otorga poder a partidos que pueden representar ideologías extremas. En un sistema de votación directa en el cual el ganador se lo lleva todo, esos partidos siempre estarían en los márgenes. Pero, en un sistema de votación indirecta, ese partido de ideología extrema puede ser crucial en la decisión de formar coaliciones, y así, adquirir un poder desproporcionado respecto a su verdadero peso demográfico.
La principal crítica a sistemas como el español, no obstante, es que no son suficientemente democráticos. La democracia más avanzada debería contemplar el sufragio secreto, directo y universal. Sí, la democracia tiene el eterno peligro de convertirse en la tiranía de las mayorías, y el voto indirecto busca frenar eso. Pero, la historia ha juzgado positivamente a los pueblos que han tomado esos riesgos. Al votar directamente por un gobernante y evitar la mediación de pactos a espaldas del propio votante, el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, se fortalece.
Deberíamos tener esto muy presente a la hora de juzgar nuestra historia venezolana. Desde 1998, Chávez y sus secuaces iniciaron una intensa campaña de satanización de Acción Democrática y su historia. Un aspecto de esa satanización ha sido promover la idea de que el 18 de octubre de 1845, hubo un golpe de Estado en contra de Isaías Medina Angarita, del mismo calibre que el que dio Pinochet contra Allende. Esto es una falsedad histórica.
Medina Angarita fue un buen presidente, cabe admitirlo. Legalizó partidos políticos, concedió libertad de prensa, y buscó una conciliación nacional, tras los años de represión durante el gomecismo. Medina Angarita también promulgó una ley de hidrocarburos en 1943, la cual aumentó las regalías nacionales frente a las petroleras extranjeras en nuestro país.
Se ha querido hacer creer que el golpe de Estado de 1945 fue promovido por los intereses extranjeros, como castigo por ese paso hacia la soberanía petrolera. Sin duda, fue un factor. Pero, sería un despropósito creer que los gringos estuvieron tras el golpe del modo en que sí lo estuvieron en Chile en 1973 (después de todo, el propio Medina Angarita tenía buenas relaciones con Roosevelt, e incluso declaró la guerra a los poderes del eje en la Segunda Guerra Mundial).
Lo que realmente activó el golpe de 1945, fue precisamente la cuestión del sufragio directo. Medina había dado pasos hacia el sufragio universal (lo concedió a las mujeres, y definitivamente eliminó los requisitos de educación y propiedad a los votantes), pero no fue lo suficientemente lejos. Medina se negó a conceder el voto directo. Este sistema aseguraría que siempre llegara un miembro de las élites, de las cuales él mismo formaba parte.
Rómulo Betancourt y los adecos, en cambio, defendían el voto directo. Medina propuso a los adecos a Diógenes Escalante como un candidato de conciliación, bajo la promesa de que, una vez en el poder, Escalante instauraría el sufragio directo. Pero, fortuitamente, en plena campaña, Escalante sufrió una enajenación mental, y los adecos no aceptaron a Ángel Biaggini el candidato propuesto como reemplazo, pues preveían que no honraría la reforma del sufragio.
Había también otros descontentos. Medina Angarita no había logrado expurgar del todo a los corruptos que había dejado el gomecismo, y él mismo llevaba en sus espaldas esa herencia. Más aún, había mucha molestia en las fuerzas armadas, pues los ascensos eran mediados por relaciones de nepotismo y clientelismo (algo que, vale decir, el chavismo siempre criticó respecto a los gobiernos adecos, sin admitir que eso fue precisamente un vicio original del propio Medina Angarita que motivó el golpe dado por los adecos).

Todo esto desembocó en la revolución del 18 de octubre. Mi juicio respecto a este acontecimiento histórico es mixto. Aquello no fue sencillamente un golpe impregnado de cinismo para apartar a un presidente nacionalista que se enfrentaba a los poderes internacionales. En la causa adeca hubo una importantísima vocación democrática, y los adecos genuinamente creían en la relevancia del voto directo. En aún otra ironía, los chavistas reprochan el sistema indirecto norteamericano y lo comparan desfavorablemente con el venezolano, nuevamente sin reconocer que el sistema venezolano es obra de los adecos.
Pero, ¿justificaba eso una revolución que, inevitablemente, sí se empañó de sangre? No lo creo. Si bien considero que el voto directo es una mejora respecto al voto indirecto (y, en este aspecto, admito que Europa debería aprender de América Latina), estimo que las reformas hacia formas más avanzadas de democracia deben hacerse con cautela y gradualidad, precisamente debido al potencial de peligro que llevan consigo. Medina Angarita había accedido a varias reformas del sistema electoral, y prudentemente prefirió ir con menos prisa. Lamentablemente, lo pagó caro.

España debería en un futuro plantearse una reforma de su sistema electoral. Pero, el hecho de que aún no se plantea esa reforma, ¿justificaría eso que alguien como Pablo Iglesias coordine con los militares una conspiración, a fin de instaurar un gobierno que sí acceda al voto directo? Por supuesto que no. Esta comparación debería hacernos formar el juicio de que el golpe de Estado de 1945 pudo haber tenido una motivación loable, pero no tiene suficiente justificación.

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