miércoles, 8 de abril de 2015

En defensa del animismo

            A mi juicio, los ateos militantes son demasiado mezquinos con la religión. La mayoría de las doctrinas religiosas son efectivamente falsas (y muchas son absurdas), pero la religión ha tenido una función social destacable a lo largo de la historia de la humanidad, y es menester reconocerlo.
            Asimismo, si bien coincido con estos ateos en que la religión y la ciencia inevitablemente chocan, debe también reconocerse que algunas doctrinas religiosas sí han servido como plataforma para el desarrollo de la ciencia. En esto, el monoteísmo ha tenido un lugar destacado.

            La idea de un Dios trascendente, que no es identificable con un objeto material en particular, ha servido para propiciar la actividad científica. En el panteísmo, todo es Dios, y así, lo sagrado impone una restricción para investigar el mundo. En cambio, en el monoteísmo, hay más disposición para hacer disecciones de cadáveres o investigar fenómenos de la naturaleza, pues si bien se consideran obras de la creación, no están protegidos por tabús sagrados. Del mismo modo, la idea monoteísta de que Dios es un creador racional, ha motivado más a los científicos a conocer el mundo. Pues, operan bajo la presunción de que el mundo mantiene cierto orden, y por ende, es inteligible para la mente humana.
            Contrario a lo que a veces suponen los teístas, nada de esto implica que la ciencia dependa de la religión, y que el abandono de la religión conducirá al deterioro de la ciencia. Hoy, la religión se ha convertido más en estorbo que en aliada de la ciencia, pero en honor a la justicia histórica, es menester reconocer que la cosmovisión monoteísta sí fue favorable al desarrollo de la ciencia, al menos en sus etapas iniciales.
            En este esquema, el politeísmo y el animismo no han hecho ningún aporte favorable a la ciencia. Y, entre los ateos de hoy (que suelen ser herederos de los positivistas del siglo XIX), suele imperar la interpretación histórica, según la cual, ha habido una marcha progresista, desde el animismo al ateísmo, pasando por el politeísmo y el monoteísmo.
El antropólogo E.B. Tylor, por ejemplo, célebremente presentaba al animismo como la forma más primitiva (y por ende, más irracional) de religión. Y, desde la psicología, gente como Jean Piaget ha señalado que el pensamiento más inmaduro en el ciclo de vida de la gente, tiene firmes resonancias con el animismo. Tanto los hombres más primitivos, como los niños en las etapas más tempranas de la vida, operan bajo la idea de que los objetos tienen personalidad propia, e intercatúan con ellos como si se tratase de personas.
Ciertamente, el animismo es irracional. Rezar a un Dios invisible puede desafiar la racionalidad, pero a mi juicio, más escandaloso aún es creer que una estatua de repente puede caminar, o que un muñeco en las noches, salga de la caja de juguetes y empiece a acosar a los niños que duermen.
Pero, del mismo modo en que la creencia errónea sobre la existencia de un único Dios trascendente fue favorable al origen de la ciencia, opino que las creencias animistas, por muy irracionales que sean, han sido (y presumo que seguirán siéndolo) favorables al desarrollo de la robótica.
Japón es el campeón de la robótica. Ese país merece toda nuestra admiración por los grandes avances tecnológicos que ha hecho, y por aportar androides que facilitan nuestras vidas. ¿Por qué Japón tiene ese avance tecnológico que otros países no tienen? Parte de la respuesta está en su tradición animista. Para los japoneses, no es tan extraordinario creer que el osito de peluche tiene personalidad propia. El mundo japonés está encantado. Max Weber decía que, para que un país desarrolle ciencia e industria, debe desencantarse. Pero, en el caso de Japón, su encanto más bien es un aliado de la industrialización: la premisa animista de que los objetos no orgánicos pueden adquirir vida y personalidad propia, hace que los japoneses sean mucho más abiertos a la interacción cotidiana con robots.
En Occidente, persiste el temor al robot. Y, en parte, este temor es debido a la superación del animismo en épocas pasadas. El monstruo de Frankenstein o el golem en el folklore judío, son terroríficos, precisamente porque los occidentales no tenemos la expectativa de que un muñeco adquiera vida propia en las noches (precisamente eso ha hecho tan terrorífica las películas sobre Chucky, el muñeco siniestro). Y así, cuando vemos que un androide se comporta como un ser humano, sufrimos un gran shock. Los japoneses, más impregnados de animismo, no sufren el mismo shock.

Muchos de los problemas a los que se enfrenta la humanidad, tienen su solución en el desarrollo de la robótica. Pero, para desarrollar esta industria, es necesario quebrar un poco los prejuicios culturales en su contra. No es necesario promover el animismo para desarrollar la robótica, como tampoco es necesario ser monoteísta para hacer ciencia. Pero, sí es prudente reconocer la relevancia histórica que el animismo ha tenido en los orígenes de la robótica, y así, admitir que este conjunto de creencias no es tan bárbaro como solemos suponer.

5 comentarios:

  1. No sé si estoy tan de acuerdo. Creo que los politeístas egipcios (con sus costumbres morturias) los politeístas griegos (muchas veces panteístas) y los belicosos romanos contribuyeron más a la medicina en su conjunto que todos los cristianos de finales de la Antiguedad y de la Edad Media. Por otra parte, me parece que el temor a la ciencia y a la robótica procede en Occidente más de las distopías de Huxley y de Orwell, y para el gran público de films como Terminator, que de la religión.
    Con todo, creo que sí hay un aspecto de la religión y la filosofía occidental que es reacio a la tecnología: la idea de res cogitans/sujeto trascendetal/conciencia/ex-sistencia... y en definitva alma, totalmente incompatible con los descubrimientos de las ciencias de la vida y de las neurociencias.
    Tal vez el temor ante la robótica (y en definitiva contra la I. A.) es el temor a aceptar que nuestras ideas de libre arbitrio, mérito, sentido, y un largo etcétera, son en cierto sentido quimeras, o por lo menos nociones rústicas, bastante incompletas y debatibles.
    Desconozco cuál será la situación en Japón, si tendrán movimientos antitecnología y la creencia de que los seres humanos son conciencias sin naturaleza, que de alguna manera habitan un cuerpo y comparten un nicho con el resto de los componentes terrestres

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    1. Hola Camilus, yo diría que la medicina realmente despegó en el siglo XIX, de forma tal que ni romanos ni griegos ni medievales hicieron ningún aporte significativo.
      Ciertamente el temor a la robótica viene de esas distopías que mencionas. Pero, una pregunta clave es: ¿por qué en Japón no ha habido tantas de esas distopías? En parte, mi respuesta es que el animismo ha tenido una influencia considerable en la apertura a la robótica.
      No dudo que la idea de alma es perjudicial a la ciencia, la cual supone materialismo. Yo no eludo que el cristianismo presentó muchos obstáculos. Pero, mi punto es que los historiadores deben hacer una evaluación más ponderada, pues hubo elementos (ausentes en otras religiones) que sí favorecieron el auge de la ciencia.

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  2. Saludos, Gabriel. Tu tesis sobre los japoneses, el animismo y la robótica me parece interesante y acertada. Yo viví y estudié en Japón por un tiempo (entre 1998-2000) y recuerdo muy bien a un profesor japonés, de la Universidad de Nara (que nos daba clases en Osaka Gai-Dai, hoy parte de Osaka Daigaku --- Osaka University), quien nos decía que aún hoy día los japoneses, a pesar de toda su tecnología, eran en el fondo unos 'animistas montañeses' (que él graciosamente denominaba 'montanists', en un inglés mal usado). Él tenía una formación humanística al estilo occidental, por lo que podía ver su propia cultura de una manera crítica. Nosotros, como jóvenes estudiantes occidentales en Japón, podíamos confirmar tal visión de los japoneses a través de mangas como los de Osamu Tesuka, el creador de Atomu (mejor conocido como Astro-Boy, en América Latina) y muchos otros tantos, de más reciente creación, por otros autores. Los japoneses tienen mucho aprecio por sus tradiciones y creencias religiosas (nuestro profesor de hecho decía que eran muy supersticiosos) a la vez que increíblemente 'in tune' con la tecnología más de punta. Su cultura les permite ver y sentir naturalmente a los robots como cuasi-humanos...

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    1. ...y sobre-humanos también (en ambas categorías, en un sentido muy positivo). Esto lo confirma los innumerables mangas de robots (mechano) que salvan al mundo y le traen alegría (como Doraemon, aquel famoso gato robot, ícono y embajador cultural oficial de Nippon). El animismo o pansiquismo es algo muy arraigado en la mente japonesa por influencia del Shinto. La interacción entre espíritus y tecnología se deja ver también, en otro sentido, en la película de terror "Ringu" (1998)... Definitivamente, los japoneses no ven a los robots como sirvientes o esclavos (el significado original de "robot", en checo, que ha heredado Occidente), sino principalmente como guardianes y amigos, en un sentido muy humano (de hecho en el mejor sentido de humano...)

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    2. Hola Ruling, gracias por escribir. No soy gran conocedor de la cultura japonesa, pero he leído con mucho agrado las descripciones que haces de tu estadía en ese gran país.

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