domingo, 4 de mayo de 2014

Spike Lee y los saqueos



            En los últimos dos meses, Venezuela ha vivido momentos de tremenda inestabilidad. Los estudiantes han tomado las calles, y el gobierno ha reprimido duramente. Algunos presuntos estudiantes han incurrido en vandalismo y han causado destrozos. Desde el gobierno, se reprochan estas acciones.
            Si bien me opongo al actual gobierno, yo no estoy de acuerdo con esta forma de protestar. Pero, me parece tremendamente hipócrita que, por más de veinte años, quienes ahora ocupan el gobierno celebran (o al menos excusan) el vandalismo y los saqueos que ocurrieron en Caracas en febrero de 1989. Para ellos, obviamente, hay saqueos buenos y saqueos malos. En la imaginación maniquea de los chavistas, en 1989 los participantes de los saqueos fueron personas hambrientas desesperadas por la opresión; ahora, los saqueadores son aristócratas que pretenden usar la violencia para instaurar un régimen fascista.

            Yo no opino que la violencia siempre sea objetable, venga de donde venga. Pero, para que la violencia sea moralmente aceptable, debe cumplir dos requisitos: 1) debe ser meramente defensiva; 2) debe estar dirigida hacia objetivos razonables. En función de eso, me parece que, ni los vándalos de hoy, ni los vándalos de 1989, tienen justificación.
            A propósito de saqueos, vi esta semana una película que trata la moralidad del vandalismo. Se trata de Haz lo que debas, de Spike Lee. Lee es un maestro del cine, cabe admitir. Pero, el mensaje ético de la película, aunque no muy claro o explícito, es muy cuestionable.
            Haz lo que debas cuenta la historia de un día de tensiones raciales entre negros y blancos en Brooklyn. El dueño de una pizzería y sus hijos, todos blancos, tienen cierta animadversión contra los negros, pero más allá de malas miradas e insultos, no agreden. Hay dos clientes negros en la pizzería que son problemáticos. Uno entra con un equipo de sonido a todo volumen, y el dueño de la pizzería le pide que baje el volumen. Otro come en la pizzería, pero exige al dueño que en la pared coloque fotos de personas negras famosas, pues sólo hay fotos de blancos famosos.
            Esto genera fricción, y las tensiones se van acumulando. En las escenas finales, el muchacho con el equipo a todo volumen entra a la pizzería, desobedeciendo la solicitud de bajar volumen. El dueño de la pizzería toma un bate, y rompe el equipo de sonido. El muchacho del equipo de sonido empieza una pelea con el dueño de la pizzería, y todo el barrio se alborota. Llega la policía, trata de dispersar, pero en medio del caos, brutalmente asesina al muchacho del equipo de sonido.
            Frente a una hora de gente negra que se ha aglomerado, el dueño de la pizzería torpemente dice que la policía “hizo lo que tenía que hacer”. Un empleado negro de la pizzería, que hasta ese momento había sido amigable con sus empleadores, destroza la vitrina de la pizzería, y así la horda lo sigue en el saqueo.
            Al final de la película, Spike Lee contrapone dos citas de líderes negros norteamericanos famosos. La primera, de Martin Luther King, dice que la violencia nunca es el camino. La segunda, de Malcolm X, dice que la violencia en defensa propia, está justificada. Lee se abstiene de ofrecer un juicio moral contundente en la película, pero en posteriores comentarios a este filme, se ha inclinado más por la opción de Malcolm X (a quien parece admirar más que a King, pues luego hizo una biografía Malcolm X, mientras que nunca ha hecho una biografía de King).
            Lee parece justificar (o al menos excusar) el saqueo de la pizzería, como una defensa frente a la opresión contra los negros, de la misma forma en que los chavistas justifican los saqueos de 1989. Pero, si aplicamos un poco de rigor en el análisis moral, no hay forma de justificar esto.
            Ciertamente, el saqueo de la pizzería fue una respuesta a la torpeza de las palabras de su dueño, y a la opresión policial cuando asesinó al joven. Pero, para que la violencia sea legítima, debe dirigirse a quienes realmente ejercen la opresión. El sueño de la pizzería no había oprimido a nadie. Solicitar bajar el volumen a un equipo de sonido en mi propio local, no es ningún acto opresivo. Decidir no poner fotos de negros en mi propio local, es mi derecho, y de nuevo, no es ningún acto opresivo. La opresión procede de la policía, y sólo contra la policía habría justificación en el uso de la violencia. Agredir a inocentes que tienen el mismo color de piel que los opresores no es una forma de liberación.
            Malcolm X sí tenía razón. La violencia en defensa propia sí está justificada. Pero, para que la violencia en defensa propia esté justificada, debe dirigirse contra el agresor original. El dueño de la pizzería pudo haber hecho algún comentario racista, pero es profundamente injusto acusarlo de ser un opresor que tuvo su merecido. Los panaderos caraqueños que, en 1989 aumentaron el pan no fueron agresores; a lo sumo, habría sido el gobierno (si acaso puede eso considerarse agresión, pues la libertad económica implica libertad para vender la mercancía al precio que mejor le plazca al comerciante), y si los saqueadores pretendían llevar a cabo una acción legítima, debieron haber dirigido su violencia contra objetivos gubernamentales, y no contra la propiedad de ciudadanos comunes.
           

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