domingo, 4 de mayo de 2014

El nacionalismo étnico de Michael Hart



            En preparación para un libro que escribo sobre las razas humanas, he seguido la pista a American Renaissance. Ésta es una organización abiertamente racista que, bajo un barniz académico (que pretende alejarse de los grupos neonazis violentos), reúne a intelectuales en congresos que son virtualmente orgías de racismo pseudocientífico.
            En esas reuniones, se han dicho muchas barbaridades. Ahí, J.P. Rushton expuso varias veces su teoría de que los negros tienen cerebros pequeños, penes inmensos, son estúpidos, y hacen grandes proezas sexuales. Michael Levin también en varias ocasiones defendió la idea de que los negros no tienen disposición genética a la cooperación y fácilmente se exaltan (lo cual se manifiesta en el volumen tan alto con el cual hablan), y así, cuando se quejan por algo, los blancos se confunden al creer que los negros sufren mucho, cuando en realidad, no es más que una reacción exaltada ante un tema sin trascendencia.

            Pero, en medio de esa pornografía de argumentos decimonónicos típicos del racismo pseudocientífico, ha habido alguno que sí ha destacado. Michael Hart es de la idea de que, en un país como EE.UU., nunca habrá óptimas relaciones interraciales, y ya hay suficientes indicios de ello. Aun si no existen ya leyes que favorezcan la segregación, los negros se siguen casando entre sí (igual que los blancos), en los colegios rara vez un joven blanco es amigo de un joven negro, y sigue habiendo desconfianza mutua.
            A juicio de Hart, seguramente llevamos en nuestros propios genes una disposición a la xenofobia (según esta teoría, en la evolución, es ventajoso cooperar sólo con quien lleva nuestros genes, y en ese sentido no desarrollamos una disposición a ser caritativos con foráneos a nuestros grupos), y así, es muy difícil que haya convivencia entre distintos grupos étnicos.
            La solución de Hart es dividir a EE.UU.: un Estado para los negros, otro para los blancos, y otro para los hispanos. Frente a los patrioteros en Washington que se empeñan en mantener la unidad de su país, Hart más bien está dispuesto a prescindir de la identidad nacionalista tradicional, y abrirse a la conformación de nuevos países.
            En algunos puntos, simpatizo con Hart, pero no en todos. Hart ha comprendido adecuadamente que las naciones son construcciones sociales, y que no hay ningún impedimento para cambiar los límites. Las naciones no han existido desde tiempo inmemorial, y no hay necesariamente riesgos en redibujar mapas geopolíticos.
            Como Hart, yo creo firmemente en la autodeterminación de los pueblos, y opino que, si la población de un territorio manifiesta su voluntad de secesión respecto a un país, debe concederse ese deseo. En el siglo XIX, Abraham Lincoln obstinadamente se empeñó en mantener la unidad de su país, y su terquedad condujo a una sangrienta guerra civil que fácilmente pudo haberse evitado. Posturas como las de Hart, en cambio, están mucho más cerca del liberalismo: cada pueblo tendría la facultad de decidir a cuál país pertenecería.
            Ahora bien, el nacionalismo étnico de Hart me parece erróneo y peligroso. Hart parte de la idea de que es imposible que distintos grupos étnicos convivan armoniosamente en un mismo Estado. Hart señala algunos ejemplos históricos en los cuales la partición de un país en distintos grupos étnicos evitó guerras civiles (Checoslovaquia, Noruega-Suecia, India-Pakistán). Pero, hay muchísimos otros países multi-étnicos en los cuales las cosas parecen marchar bien (Suiza es el emblemático), de forma tal que es muy dudoso que, para poder funcionar acordemente, un Estado debe mantener homogeneidad étnica.
            Los argumentos evolucionistas que tradicionalmente se ofrecen para justificar este nacionalismo étnico (a saber, que la evolución nos ha programado a ser caritativos sólo con aquellos con quienes compartimos genes, y estamos programados a ser hostiles con miembros de otros grupos étnicos) tampoco convencen del todo. Pues, si bien existe aquello que ha venido a llamarse la “selección de parentesco”, este mecanismo propicia que seamos nepotistas con parientes cercanos, pero no que establezcamos una discriminación a partir del grupo étnico.
            Lo más preocupante del argumento de Hart, no obstante, es que su empeño en darle cumplimiento a la conformación nacionalista de los Estados a partir de la homogeneidad étnica, promueve las migraciones forzosas de aquellas minorías que quedan a la deriva. Al conformar el Estado para negros, los blancos tendrían que emigrar; en el Estado blanco, los negros tendrían que emigrar. Esta tragedia ya se vivió en 1947 cuando, tras la partición de la India, los hindúes tuvieron que emigrar a la India, y los musulmanes a Pakistán. En estas migraciones forzosas, murieron cerca de un millón de personas.
            Hart reconoce que estas migraciones forzosas generan víctimas, pero él las considera una vacuna necesaria frente al mal mayor de guerras civiles por motivos étnicos. Yo no comparto esa opinión. Ciertamente en muchos países hay peligros de conflictos étnicos, pero no son inevitables. Yo he visto de cerca la hostilidad de blancos y negros en EE.UU., pero también he podido comprobar que en América Latina, no existen esas tensiones entre blancos y negros (o, al menos, no al mismo nivel). Han sido más bien las peculiares circunstancias históricas de cada país lo que ha alimentado estos odios inter-étnicos. Esto, en cierto sentido, es una buena noticia: si las tensiones raciales se deben más a circunstancias históricas, entonces no están propiamente inscritas en nuestros genes, y sí existe la posibilidad de erradicarlas.
            Así pues, junto a Hart, opino que la secesión es un derecho que debe concederse a la población que mayoritariamente la exija. Pero, en las negociaciones frente a movimientos secesionistas, es inaceptable admitir que las mayorías que gobiernen los nuevos territorios, expulsen a minorías étnicas.

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