viernes, 28 de diciembre de 2012

Reseña de "Brown Skin, White Mask"



            DABASHI, Hamid. Brown Skin, White Masks. Pluto Press. 2011.

            Piel negra, máscaras blancas, de Frantz Fanon, fue in libro que tuvo mucho impacto en el forjamiento del movimiento postcolonialista a mediados del siglo XX. En ese libro, Fanon colocaba al escarnio a los caribeños negros francófonos de clase media que luchaban por asimilarse a la cultura francesa de la metrópolis, y degradaban sus propios orígenes. Fanon denunciaba que esta gente tenía la piel negra, pero metafóricamente llevaba una máscara blanca, pues no sólo se había dejado imponer la bota del conquistador, sino que desesperadamente colaboraba con él para mejorar levemente su condición social, a expensas de la gran mayoría de sus paisanos.
            Brown Skins, White Masks es el intento de Hamid Dabashi de aplicar el modelo de Fanon a las nuevas formas de colonialismo. Como Fanon, Dabashi busca someter al escarnio a personajes procedentes de países árabes o musulmanes que colaboran con el poder imperial norteamericano. A Dabashi le interesan en particular los intelectuales de origen musulmán, pero exiliados en Occidente, que han desempeñado una labor intensa en (supuestamente) distorsionar desfavorablemente la cultura y la religión islámica. En particular, dirige toda su retórica apabullante y venenosa en contra de Ibn Warraq, Salman Rushdie, Azar Nafisi y Ayaan Hirsi Ali, Irshad Manji, entre otros.
            Dabashi parte de la base conceptual de otro gran gurú de los estudios postcoloniales, Edward Said. En Orientalismo y otros libros, Said defendía la tesis de que el imperialismo occidental necesitó representar una imagen académica distorsionada de Oriente para alimentar el apoyo moral de su dominio político, y para esto, se valió de los orientalistas. Pues bien, Dabashi opina que, ahora, esa labor corresponde no propiamente a los orientalitas, sino a aquellos que él considera como mercenarios intelectuales. Estos mercenarios hablan el inglés con acento extranjero, tienen la piel marrón, y han vivido de cerca por algún tiempo en las sociedades del Oriente. Todos estos rasgos sirven para intentar legitimar sus opiniones degradantes sobre la civilización islámica, y así, ganar credibilidad frente a la opinión pública occidental, la cual se ampara en los comentarios de estos intelectuales para justificar moralmente las guerras imperialistas en contra de los países musulmanes.
            A juicio de Dabashi, si bien estos intelectuales pueden proceder de países musulmanes, en realidad han perdido cualquier nexo afectivo con sus orígenes, y están dispuestos a traicionar a su pueblo, a fin de ganar algo de comodidad en sus nuevos hogares. Dabashi los asimila al ‘house negro’ concebido por Malcolm X, el esclavo negro que adula al amo blanco y le informa sobre las actividades de los otros esclavos, a fin de ganar privilegios en la casa (house), en vez de tener que trabajar en el campo. Los intelectuales criticados por Dabashi son informantes que, en realidad, proveen información falsa a sus amos imperiales. Les dicen lo que los amos quieren escuchar, para justificar la agresión en contra de los países musulmanes.
            Dabashi parte de una base teórica plausible, pero al final, su libro termina siendo una variante más de teorías de conspiración imperial, llena de una retórica agresiva y arrogante. Y, más lamentablemente aún, irrespeta a autores que muy valientemente han sobrevivido experiencias amargas, y han tenido el suficiente coraje como para contarlas. Por ello, Brown Skin White Masks es un libro profundamente injusto.
            Frantz Fanon criticaba a personajes que sentían vergüenza por el mero hecho de tener la piel oscura, y que en tanto odiaban todos los aspectos de su cultura, desesperadamente buscaban asimilarse a la cultura dominante europea. Esa crítica, por supuesto, es muy pertinente. Piel negra, máscaras blancas, por ejemplo, critica severamente a Mayotte Capecia, una escritora martiniquesa que siente gran satisfacción por haberse casado con un hombre blanco de ojos azules, y que reniega de sus orígenes.
            Pero, nada de esto es el caso de los autores criticados por Dabashi. Ibn Warraq, Salman Rushdie, Azar Nafisi y Ayaan Hirsi Ali, Irshad Manji y otros, no manifiestan odio per se a sus culturas de origen. Que yo sepa, nunca ninguno de estos autores ha sentido vergüenza por su color de piel, o ha manifestado antipatía por la música de sus países de origen. Sencillamente se han dedicado a denunciar los aspectos disfuncionales de sus sociedades de procedencia. No odian el haber nacido con un color de piel (como sí habría sido el caso de Capecia); sencillamente lamentan que en sus sociedades de origen no haya Estados laicos, las mujeres y las minorías religiosas no tengan los mismos derechos civiles, y que el Corán avale continuamente la violencia.
            Muchos de estos personajes han vivido experiencias sumamente amargas que Dabashi, en la comodidad de una cátedra en la universidad de Columbia, jamás ha conocido de cerca. Salman Rushdie tuvo que vivir escondido porque el ayatolá Jomeini emitió una fatwa decretando su ejecución. Ayaan Hirsi Ali sufrió la ablación de su clítoris. Azar Nafisi tuvo que huir de Irán porque el brutal régimen de su país no le permitía enseñar literatura erótica.
            Al final, Dabashi ha empleado el viejo truco de llamar ‘racista’ a quien critique alguna sociedad. No tiene reparos en llamar ‘racistas’ a aquellos que, sencillamente, señalan los aspectos negativos y disfuncionales de la civilización islámica. Dabashi es muy proclive a abusar su retórica, y termina por equiparar a los islamófobos que escupen odio contra el Islam sin ningún motivo racional, con aquellos intelectuales que, con plenitud de datos, elaboran críticas elocuentes a la civilización islámica.
            Es cierto, por supuesto, que el establishment norteamericano se ha valido de las obras de estos autores para edificar una justificación moral de su empresa imperialista en el Medio Oriente. Pero, es profundamente injusto culpar a los propios autores por ello. La URSS usó los textos de Malcolm X como propaganda para degradar a los EE.UU. y justificar las brutales acciones militares soviéticas durante la Guerra Fría. Pero, ¿acaso por ello Malcolm X era un agente al servicio de la KGB? A Malcolm X le interesaba sencillamente la reforma de las condiciones de opresión en su país, independientemente de si los soviéticos se valían de ello para sus propios fines políticos. ¿Era Solzhenitsyn un agente de la CIA? De nuevo, seguramente el Archipiélago Gulag se empleó como propaganda para que EE.UU. invadiera países bajo la excusa de contener al comunismo, pero no por ello los horrores que Solzhenitsyn narraba eran falsos.
Pues bien, a los intelectuales criticados por Dabashi les interesa fundamentalmente una reforma de la opresión se abunda en los países musulmanes. Quizás estos autores deberían ser un poco más suspicaces, y no dejar que sus obras sean empleadas para la manipulación a favor de intereses imperialistas. Pero, eso no despoja de legitimidad al contenido de sus obras, las cuales, con gran elocuencia, han dado a conocer al mundo los aspectos desagradables de la civilización islámica.

3 comentarios:

  1. Gracias por hacerme conocer a este autor y este libro, de los cuales no tenía noticia. Solo quería hacer una acotación de algo que me parece curioso. Cuando resumes las ideas de Edward Said, en su obra "Orientalismo", dices: "Said defendía la tesis de que el imperialismo occidental necesitó representar una imagen académica distorsionada de Oriente para alimentar el apoyo moral de su dominio político, y para esto, se valió de los orientalistas." Pero OJO, esto aquí de "orientalistas" se refiere sobre todo a pintores, como Bouguereau, Gerome, Bridgman, Fenner-Behmer, Helbing, Lewis, Fortuny, etc., que tenían una visión romántica sobre los árabes y medio oriente. Por otro lado, también estaban los estudiosos "orientalistas", dedicados al cultivo de las lenguas de medio oriente (árabe, hebreo, armenio, persa, etc.). Muchos eran judíos asimilados y otros eran cristianos que buscaban un destino místico en medio oriente (Oriente era la tierra que mantenía cierta inocencia perdida en occidente. Este mito, ya bastante cambiado, sigue bastante en pie). Lejos de "apoyarse" en tales gentes, artistas o eduditos, historiadores y lingüistas, los políticos más bien evitaban su influencia. El retintín común era: "Vamos a hablar de oriente, pero OJO, no es el oriente que les venden los pintores y los intelectuales, sino el oriente con sus realidades, posibilidades y problemas." De modo que en realidad, el tal "apoyo" fue una cuestión bien relativa y endeble. No niego que lo haya habido, pero, tanto como apoyo, hubo sabotaje y chalequeo. Muchos de los más importantes representantes de la cultura europea abominaban de la política y la injerencia del viejo mundo en las cuestiones de oriente (Cfr. Pierre Loti, entre muchos). Lejos de verlos como "bárbaros", los admiraban, inclusive cuando los pintaban en sus rasgos más salvajes. No eran tanto relativistas, sino que pensaban algo así como: ellos tienen su barbarie, y no es peor que la nuestra, quizá mejor. Para cualquiera que ha leído un poco sobre la historia de las relaciones entre oriente y occidente, sobre todo en los últimos siglos, lo de Said es, en todo caso, una verdad muy parcial. Un solo lado del asunto. El orientalismo no fue tanto una justificación, sino una fascinación. Los políticos tomaron una parte, pero la parte principal -que sigue muy viva- es de admiración por oriente, no de rechazo. Independientemente de que estemos de acuerdo o no con esa admiración (y el arte va en esto más allá del bien y del mal), creo que es claro que las ideas no son culpables del uso que se les da.

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    1. Hola profesor, gracias por su aclaratoria. Ya sabe Ud. que yo no simpatizo mucho con Said. Pero, voy a tratar de enmendar un poco lo que escribí: que yo sepa, Said no dice que la distorsión fue un proceso deliberado. Según él, los orientalistas no eran propiamente propagandistas contratados directamente por los imperios. Pero, en su fascinación con el Oriente, lo distorsionaron. Como Ud, bien dice, lo hicieron más sensual, más místico, pero también más violento, más irracional. Quizás los orientalistas no tenían malas intenciones. Pero, fueron algo así como "tontos utiles", pues luego, los imperialistas se valieron de esas obras para justificar. Said dice que todo esto fue un proceso muy sutil e inconsciente...

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