domingo, 15 de noviembre de 2015

Gregorio VII y el celibato del clero católico

            El celibato del clero es uno de los aspectos que más se le reprocha a la Iglesia. Por lo general, en clave nietzscheana, los críticos suelen postular que el celibato es uno de los mejores ejemplos de cómo la religión católica es negadora del placer, y desde sus inicios, tuvo una obsesión con reprimir el sexo. Otros, en clave marxista, suelen decir que el celibato fue un astuto artilugio del cual se valió el poder eclesiástico, para asegurarse de que los sacerdotes, al no tener herederos, dejasen sus propiedades a la Iglesia.
          

            
        Seguramente, ambas explicaciones tienen algún grado de verdad. Pero, yo doy un voto de confianza a la Iglesia en este asunto. La Iglesia ha dejado claro que no considera que el celibato del clero sea una verdad revelada (y, en ese sentido, puede transformar su postura al respecto), sino una mera cuestión de disciplina, y que obedece a circunstancias históricas muy específicas. Al hacer un arqueo de esas circunstancias históricas, comprendo mucho mejor el sentido que tuvo el celibato clerical en su momento. Si bien tuvo muchos antecedentes en el primer milenio de cristiandad, la imposición definitiva del celibato clerical formó parte de aquello que ha venido a llamarse las “reformas gregorianas”, promovidas por el Papa Gregorio VII en el siglo XI.
            El siglo X había sido catastrófico para el papado. Es ése el período que después vino a ser llamado la “pornocracia”, porque pulularon Papas tremendamente inmorales. Algunos de estos Papas habían tomado amantes, y estas amantes (Teodora y Marozia, madre e hija, son las más famosas) ejercían gran influencia a través de manipulaciones sexuales.        Cuando Gregorio VII asumió el papado en 1073, enfrentaba éste y otros problemas. Había un nepotismo rimbombante, y se vendían los cargos en la estructura burocrática de la Iglesia.
La gran preocupación de Gregorio VII, no obstante, era que los gobernantes seculares investían a los obispos, y con eso, el Papa perdía el control, pues no podía seleccionar quiénes dirigirían las diócesis.
            Para hacer frente a todo esto, Gregorio VII promovió varias reformas. Prohibió la venta de cargos en la Iglesia, impuso el celibato, y decretó que los gobernantes seculares no podían hacer investiduras. Las dos primeras reformas no generaron mucha resistencia, pero la tercera sí. Enrique IV, emperador del Sacro Imperio Germánico Romano, quería preservar el poder de la investidura, y eventualmente hubo de enfrentarse a Gregorio VII, cuando surgió la oportunidad de investir al obispo de Milán. El Papa excomulgó a Enrique, y los príncipes alemanes exigieron al emperador suplicar al pontífice que lo admitiera nuevamente en la Iglesia.
            De forma bastante dramática, Enrique accedió al pedido de los príncipes ( en un célebre episodio, acudió al castillo de Canossa a entrevistarse con el Papa; éste no lo recibió en un inicio; Enrique tuvo que permanecer fuera en condiciones gélidas; tras un par de días, el Papa lo recibió, pero para volver a ser admitido en la Iglesia, Enrique hubo de participar en un ritual de humillación).
            Con todo, Enrique volvió a enfrentarse con el Papa, pues no estaba dispuesto a abandonar las investiduras. Marchó hasta Roma, trató de deponer a Gregorio VII, e impuso a un pontífice que hoy la Iglesia considera un antipapa, Clemente III. Gregorio VII tuvo que exiliarse y murió sin poder regresar a Roma, pero eventualmente, sus reformas prevalecieron.

            Todas las crónicas coinciden en la personalidad tremenda autoritaria de Gregorio VII, y su intento por controlar las investiduras es un testimonio de su interés en limitar el poder de los gobernantes seculares y aumentar el poder de los Papas. Pero, sus decisiones respecto al celibato son bastante comprensibles. Frente al problema del nepotismo, el celibato surgía como una óptima. Si los sacerdotes no se casaran, se resolvería el problema de la indebida influencia de las mujeres en la administración de la Iglesia; si los sacerdotes no tenían hijos, se resolvería el problema del nepotismo.
            Pero, por supuesto, con una personalidad tan autoritaria, cabría esperar que una decisión como lo fue el celibato, se impusiera a lo bestia. Y, de hecho, aparentemente fue así. Según narra Eric Frattini en su libro Los papas y el sexo, los decretos de Gregorio VII sobre el celibato dejaron en la miseria a un enorme número de niños y mujeres, hijos y esposas de los sacerdotes, quienes fueron forzados a abandonar a sus familias.
            Hay el rumor de que Gregorio VII era amante de Matilda de Canossa, una mujer noble que, desde su postura de poder (era esposa del rey Godofredo el Jorobado), apoyó al Papa en su conflicto con Enrique IV. Este hecho es representativo de algo muy común en torno a la cuestión del celibato clerical: podemos entender las razones históricas que motivaron las reformas gregorianas sobre el celibato, pero desde el inicio y hasta nuestros días, ha habido una tremenda hipocresía en este asunto.
            De hecho, si bien el celibato pudo haber sido un remedio temporal para un problema muy puntual, el nepotismo de ningún modo desapareció en la administración de la Iglesia. En los siglos sucesivos, el nepotismo adquirió un nuevo cariz. Ahora serían los sobrinos de los Papas y otras autoridades eclesiásticas (en algunos casos, en realidad, eran los propios hijos ilegítimos), quienes serían ascendidos a cardenales, en una institución que estuvo bastante formalizada, el cardenal nepote.
            El celibato pudo haber tenido un sentido en el siglo XI. Pero, desde hace muchísimo tiempo, resulta muy obvio que es ya más un problema que una solución. Abundan los hijos ilegítimos de curas, y la Iglesia Católica atraviesa una crisis vocacional en su clero, en buena medida porque los jóvenes no están dispuestos a renunciar una vida conyugal. Más aún, el celibato ha promovido que el clero católico sea desproporcionadamente homosexual, pues muchos jóvenes gays asumen el sacerdocio como una forma de esconder su homosexualidad frente a una sociedad que aún rechaza a los homosexuales. Y, algunas personas alegan que el celibato puede ser también un agente causal en la pedofilia del clero, pues la sexualidad tan reprimida puede desviarse hacia los niños (aunque, yo francamente dudo de esta hipótesis).
            En fin, es de sobra conocido que el celibato hoy es ya disfuncional. A diferencia de los dogmas, la estructura canónica sí permite a la Iglesia modificar su postura en torno a este asunto. ¿Por qué no lo hace? Quizás, como alguna vez me dijo un amigo cura que colgó los hábitos para casarse, no hay cambio sencillamente porque quienes tienen el poder de tomar esa decisión, son muy ancianos ya (la Iglesia es uno de los poderes más gerentocráticos que existen), y no les interesa la vida sexual. En ese caso, quizás el Viagra cambie las cosas, y esa pildorita saque a la Iglesia del atolladero en el cual se encuentra.

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