¿Cuál es
la diferencia entre la magia y la religión? En los inicios de la antropología,
a finales del siglo XIX, se intentaron precisar algunas diferencias. La magia,
decían los antropólogos, busca una intervención directa y mecanicista en el
mundo, mientras que en la religión, el creyente apela a los dioses en espera de
algún milagro. La magia se hace para perjudicar a los demás, la religión sólo
para lograr cosas buenas. El mago cobra por sus servicios, el sacerdote no. La
magia es individualizada, la religión es colectiva.
Pero,
pronto, se hizo obvio que estas diferencias son muy débiles. ¿Acaso no hay
católicos que creen que, al rezar a San Antonio, inmediatamente aparecerán las
llaves perdidas? ¿No ahuyenta el agua bendita a los malos espíritus? ¿No cobra
el sacerdote por echar esa agua bendita? Al final, pues, los antropólogos han
venido a aceptar que la diferencia entre magia y religión es muy, muy
problemática.
Pero,
por supuesto, las propias religiones no toleran esto. Y, así, los feligreses
siguen asumiendo que sus creencias y prácticas son religiosas; magia es lo que
hacen los fieles de aquellas religiones que a mí no me gustan.
En la
historia del cristianismo, este prejuicio e inexactitud a la hora de distinguir
entre magia y religión, ha sido muy persistente. ¿Cuál es la diferencia entre un
milagro y un prodigio mágico? En el milagro, se nos dice, se manifiesta la
gracia divina, mientras que en el prodigio, se manifiestan demonios. Pero, como
tanto ha solido ocurrir, ¿no es el demonio sencillamente el dios del otro?
El libro de Hechos de los apóstoles es muy emblemático
al respecto. Los apóstoles hacen toda clase de prodigios: la sombra de Pedro
tiene poderes curativos, así como los pañuelos que él ha utilizado, etc. En
ningún momento se describe esto usando la palabra “magia”, pero si no
supiéramos que se trata de un apóstol, asumiríamos que es un mago. De hecho, en
los propios Hechos de los apóstoles aparece
un personaje que hace cosas bastante parecidas a las de Pedro, pero el texto
inmediatamente lo reprocha por hacer prodigios a través de la mediación de
demonios. Se trata de Simón Mago. Según el relato de Hechos, la única diferencia sustancial entre Simón Mago y Pedro, es
que el primero cobraba por sus servicios y pretendía comprar el poder de hacer
milagros (de ahí viene el término “simonía” para referirse a la venta de lo sagrado).
Pero, insisto, es una diferencia muy débil: desde los tiempos más tempranos del
cristianismo, los feligreses pagaban.
Más allá de eso,
los tempranos apologistas del cristianismo nunca pudieron precisar cuál era la
diferencia entre los prodigios cristianos y los prodigios de otros grupos.
Celso, un crítico del cristianismo, acusaba a Jesús de ser un mago. En sus
respuestas a Celso, el apologista Orígenes se limitaba a decir que Jesús hacía
sus obras con verdadero poder divino, mientras que los magos se valían de
poderes demoníacos. Pero, más allá de esa diferencia tan arbitraria, no tenían
forma de precisar por qué unas acciones son magia, pero las otras no.
Ahora bien, antes
de apresurarnos a reprochar al cristianismo por su inconsistencia y prejuicio,
debemos considerar también que nuestro mundo secularizado incurre en algo
parecido. ¿Qué diferencia a la magia de nuestras fantasías tecnológicas
futuristas? El propio futurista Arthur Clarke reconocía que una tecnología
suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Esto es especialmente
evidente en la ciencia ficción. ¿Qué hace que una máquina del tiempo sea un
artificio literario tecnológico, pero no mágico? ¿Por qué Star Wars es una película de ciencia ficción, mientras que El señor de los anillos es una película
de fantasía? Cuando un autor de ciencia ficción decide que un invento aún
inexistente no es magia, pero no
ofrece explicaciones al respecto, cae en la misma arbitrariedad en la cual
incurrieron los tempranos apologistas cristianos cuando decían que Pedro era
realizador de milagros que contaba con aval divino, pero Simón Mago era un
hechicero que apelaba a fuerzas demoníacas.
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