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domingo, 2 de octubre de 2016

¿Deben rescatarse las lenguas en peligro de extinción? A propósito de Jared Diamond

          En varias ocasiones me he opuesto a quienes postulan argumentos defendiendo la preservación de las lenguas en peligro de extinción. Jared Diamond (un autor con quien simpatizo en muchas cosas) ofrece algunos argumentos adicionales en el capítulo 10 de su libro, El mundo hasta ayer. Trataré de refutarlos.
            Diamond empieza por destacar las ventajas psicológicas y cognitivas del multilingüismo. No disputo este punto. Yo mismo hablo a mis hijas en inglés, y espero que terminen hablando varias lenguas. Pero, lo que sí disputo, es cuáles lenguas deberían enseñarse a los niños. Es genial que los niños hablen varias lenguas, pero sería aún más genial si hablasen lenguas que les resultasen útiles y les permitiesen desarrollar conocimientos técnicos y entrar en el mercado laboral competitivo. No estaría mal que un niño hispanoparlante aprendiera como lengua adicional el griego koiné, pero sería mucho mejor que aprendiera el inglés.

            Luego Diamond postula que, cuando se pierde una lengua, se pierde un gran patrimonio cultural. Tiene razón. Pero, ¿a qué costo estamos dispuestos a rescatar patrimonios culturales? Cuando el automóvil reemplazó al coche de caballos, también se perdió un patrimonio cultural. ¿Y? ¿Debemos lamentarnos por la pérdida del coche de caballos? Diamond no cae en cuenta que el lenguaje es una tecnología de comunicación. Y, en tanto tecnología, unos artefactos dan paso a otros artefactos. Es sencillamente el devenir y el progreso de la historia.
            Además, en su empeño por valorar a las lenguas como patrimonio cultural, Diamond señala que, cuando se pierde una lengua, se pierde una manera de entender el mundo. Para ello, apela a la conocida hipótesis de Sapir y Whorf (la cual postula que, efectivamente, el lenguaje condiciona el modo en que pensamos). Pero, la abrumadora mayoría de los lingüistas sólo concede un alcance muy limitado a esta hipótesis, y más bien postulan que, básicamente, todas las lenguas son traducibles entre sí, sin que se pierda gran cosa.
            Diamond continúa sus argumentos postulando que, cuando una minoría étnica deja de hablar su lengua ancestral, sufre graves problemas socio-económicos. Supuestamente, el no hablar la lengua de sus ancestros los despoja de auto-estima, y se estancan. Yo quisiera ver datos concretos que demuestren que esto es realmente así. El sentido común más bien me dictaría lo contrario. Si una minoría étnica, en vez de aprender una lengua ancestral que ya casi nadie quiere hablar, optase más bien por aprender lenguas que produzcan muchos libros y otras fuentes de conocimiento, entonces ese grupo en cuestión tendrá muchas mejores oportunidades de acceder a los avances de la modernidad, se integrará mejor en el mercado laboral, y podrá mejorar su condición socio-económica.
            Quizás el argumento más deficiente que defiende Diamond, es aquel que apela al nacionalismo. Diamond dice que, en momentos de crisis, el tener una lengua particular sirve para ofrecer resistencia a invasiones extranjeras. Dice Diamond que, si los ingleses hubiesen hablado alemán, Churchill no los hubiese logrado convencer de hacer frente a la amenaza nazi. La identidad lingüística inglesa impulsó la resistencia nacionalista.
            Pero, a mí me parece que apelar al nacionalismo siempre es peligroso. El nacionalismo puede servir para resistir al invasor foráneo, pero también puede servir para promover la invasión del país foráneo. Si Alemania y Francia hablaran la misma lengua, quizás no hubiesen tenido tantas guerras entre sí. De hecho, el esperanto surgió precisamente con la idea de que, a través de una lengua universal que todos compartiéramos, se podría lograr la paz mundial. La Biblia enseña muchas tonterías, pero la lección de Babel es oportuna: al confundirse las lenguas, entramos en conflicto.
            Para rescatar las lenguas en peligros de extinción, Diamond propone que los lingüistas les dediquen atención y las estudien. No me opongo. Pero, a lo que sí me opongo es que esos lingüistas, en su empeño de satisfacer su curiosidad intelectual, impongan a los nativos hablar lenguas que ya ni ellos mismos quieren hablar, porque no le ven mucha utilidad, y más bien preferirían aprender lenguas que les permitan acceder a conocimientos más amplios y colocarse mejor en el mercado laboral.
            Diamond propone también que los gobiernos inviertan dinero en el rescate de las lenguas. A esto sí me opongo rotundamente. Habiendo tantos problemas que resolver, y tantas cosas para las cuales se necesitan fondos del Estado, ¿es prudente invertir fondos en rescatar una lengua que no es capaz de sobrevivir por cuenta propia, y que por ende, nadie realmente quiere hablarla? No. Las lenguas, vale insistir, son artefactos tecnológicos de comunicación. Y, como cualquier otro artefacto tecnológico, si no se ajusta a la demanda del mercado, sencillamente debe desaparecer. El Betamax fue muy popular en una época, hasta que llegó el VHS. ¿Debía el Estado seguir financiando el Betamax, a fin de proteger su uso y evitar que desapareciera? ¡No! Si la gente prefirió el VHS, fue sencillamente porque le vio más ventajas, y el Estado no debe intervenir y distorsionar esa elección. Del mismo modo, un pueblo indígena puede haber usado su lengua por mucho tiempo, hasta que vio más utilidad en utilizar otra lengua. No veo por qué el Estado no debe proteger al Betamax, pero sí a la lengua indígena.

            Diamond felicita a los quebecoises por su protección de la lengua francesa. Esto es muy preocupante. Los quebecoises han empleado prácticas bastante autoritarias para defender el francés a toda costa. No permiten que un mesonero se dirija directamente en inglés a un cliente, multan a los negocios que colocan avisos en inglés, obligan a las estaciones de radio a colocar canciones en francés, etc. En otras palabras: no dejan que la gente hable la lengua que quiere hablar, y escuche la música que quieren escuchar. Una persona simpatizante del liberalismo, como yo, no puede simpatizar con esos abusos estatales.

            Los liberales nos guiamos por un principio muy sencillo: no impongamos las cosas. Si una minoría étnica quiere hablar su lengua ancestral, permitámoslo. Franco fue una bestia por pretender erradicar el euskera y el catalán a sangre y fuego. Pero también, si una minoría étnica ya no quiere hablar su lengua ancestral, permitámoslo también. En ese aspecto, los gobiernos quebecoises han sido casi tan bestiales como el de Franco. En asuntos lingüísticos, lo más razonable es laissez faire: dejemos que cada quien hable la lengua que mejor le plazca, y que el Estado no intervenga en ello. El Estado no debe reprimir ninguna lengua, pero tampoco debe protegerlas.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Borges y el idioma analítico de Wilkins

          Me gusta Jorge Luis Borges. Los patrioteros latinoamericanos, prominentes en la izquierda populista en nuestra región, continuamente nos dicen que debemos consumir “lo nuestro” antes de consumir lo foráneo (especialmente si viene de Norteamérica o de Europa). Pero, curiosamente, esos mismos patrioteros de izquierda no suelen sentir mucho orgullo por Borges; más bien quieren esconder su grandeza debajo de la alfombra. Yo, en cambio, disfruto inmensamente sus escritos.
Uno de sus ensayos más famosos, no obstante, me resulta un tanto odioso, precisamente porque, de forma extraña, ha sido en ocasiones apropiado por algunos izquierdistas posmodernos para defender tonterías. Ese ensayo es El idioma analítico de John Wilkins.

Wilkins era un clérigo inglés del siglo XVII que tuvo la idea de crear un lenguaje artificial libre de ambigüedades, de forma tal que la relación entre palabras reflejase nítidamente la relación entre los conceptos que representan. Su proyecto consistía en organizar todos los elementos del universo, clasificarlos enciclopédicamente en categorías y subcategorías de varios niveles, y ubicar cada elemento en ese sistema de categorías. El nombre asignado a cada elemento se derivaría de su posición en el sistema.
Borges lo explica así: “[Wilkins] dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género sin monosílabo de dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama”.
En otro lugar (acá) he criticado los esfuerzos de Leibniz y otros (como Wilkins) para generar lenguas artificiales libres de equívocos. Mi principal objeción es que la mente humana no está programada para aprender idiomas con muchísimo rigor lógico, y las pretensiones de Wilkins, Leibniz, y otros, son quiméricas.
En su ensayo, Borges elabora una crítica de la cual yo también me hago eco. No hay una forma única y absolutamente precisa sobre cómo clasificar los elementos del mundo. Leibniz opinaba que, si redujésemos el mundo a un número de primitivos básicos, a partir de sus combinaciones, podríamos construir nuevos significados. El problema, no obstante, es que es prácticamente imposible llegar a un consenso respecto a cuáles serían esos primitivos. Y, del mismo modo, me parece prácticamente imposible llegar a un consenso sobre cómo sería la mejor manera de clasificar el mundo en categorías.
Borges tiene razón cuando, en su ensayo, dice que “notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural”. El problema, no obstante, es cuando se pretende alegar que todos los sistemas de clasificación tienen el mismo nivel de arbitrariedad. Ciertamente hay algún grado de arbitrariedad en la clasificación que Linneo hizo de los animales, pero sería un despropósito postular que su sistema de clasificación no es ni mejor ni peor que, supongamos, la clasificación de animales que se hace en Levítico (el cual, por ejemplo, aglutina en una misma clase al murciélago con las aves; cfr. Levítico 11:13-19).
A posmodernos como Michel Foucault les encantaba este ensayo de Borges, porque les servía como plataforma para defender la idea de que la ciencia no es realmente superior a otros intentos de conocer el mundo, pues todas son igualmente arbitrarias. Esa tesis, me parece, es repudiable. Ciertamente cualquier sistema de clasificación tiene algún grado de arbitrariedad, pero unos son más arbitrarios que otros, y las clasificaciones científicas son las menos arbitrarias.

Y, si bien, lo mismo que Borges, podemos burlarnos de la quimera de Wilkins, me parece que, en algunos ámbitos limitados, sí tiene aplicabilidad su propuesta de asignar nombres a las cosas según su posición en la clasificación. El sistema binomial de Linneo, por ejemplo, sería un magnífico lugar para ejecutar la propuesta de Wilkins. Los nombres científicos de las especies son asignados de forma bastante arbitraria: en su nominación, sólo se refleja el género y la especie, y la asignación del nombre de cada especie y género no refleja de ningún modo el lugar del elemento en la clasificación de la biosfera.
Podríamos cambiar eso. Se podría asignar una sílaba a cada nivel taxonómico, de forma tal que, al oír el nombre de la especie, inmediatamente sepamos su lugar en la taxonomía. Hay ocho niveles taxonómicos (reino, filo, clase, orden, suborden, familia, género, especie), de forma tal que cada nombre científico tendría ocho  sílabas, o si no, dos palabras de cuatro sílabas cada una, manteniendo así la estructura binomial a la cual estamos acostumbrados. Por ejemplo, la especie humana, en vez de ser Homo sapiens, podría ser Ancormapri Haphomhomsap (An: reino animal; cor: filo cordata; ma: clase mamífera; pri: orden primate; hap: suborden haplorhini; hom: familia hominidae; hom: género homo; sap: especie sapiens). Después de todo, la idea de Wilkins no era tan demencial. Ojalá Borges pudiera haber alcanzado a ver esto.
    

Los disparates lingüísticos de George Orwell

            En la confrontación ideológica entre izquierda y derecha, George Orwell es un héroe para todos. Orwell acudió como voluntario de las brigadas que lucharon contra el fascismo en la guerra civil española, y en ese sentido es un héroe de la izquierda. Pero, Orwell no sucumbió frente a la ingenuidad de sus camaradas, y supo advertir los enormes peligros a los que conlleva el comunismo, satirizando el fraude utópico comunista en Rebelión en la granja; eso lo ha hecho muy popular en la derecha. Así pues, Orwell es el peluche de todos. Su obra es tremendamente influyente, y tal como lo postuló Christopher Hitchens en el título de una biografía llena de alabanzas, Orwell es importante. Pero, me temo que Orwell también dijo algunas tonterías.

Orwell dedicó mucha atención a los usos del lenguaje. Uno de sus ensayos más conocidos, La política y la lengua inglesa, analiza la forma en que los políticos muchas veces oscurecen el lenguaje para expresar medias verdades, con la deliberada intención de confundir y representar eufemísticamente la realidad, a fin de que la población no adquiera conciencia de los abusos que se cometen desde el poder. Frente a esto, Orwell exhorta a sus lectores a escribir en un estilo llano, sencillo y directo, a fin de evitar las ambigüedades y vaguedades de las cuales muchas veces se valen los políticos para hacer sus marranadas.
            Esta recomendación de Orwell es bastante razonable. En una época en la cual abundan charlatanes como Derrida o Heidegger (con frases tan oscuras como “la nada nadea”), viene muy bien la claridad. Y, también es muy cierto que los políticos sacan provecho del lenguaje opaco.
            Pero, Orwell fue más lejos en sus consideraciones sobre el lenguaje. Orwell postulaba que una de los trucos de los cuales se vale el totalitarismo consiste en promover un lenguaje que suprime palabras que puedan resultar subversivas, pues de ese modo, el uso de ese lenguaje en la población transforma radicalmente su manera de pensar, y queda así amansada. En su obra cumbre, 1984, Orwell narra los pormenores de una sociedad totalitaria. El gobierno defiende el uso de la “neolengua”, en la cual están ausentes los conceptos de rebelión, libertad, autonomía, paz, etc. Orwell pensaba que, si un gobierno logra establecer esa lengua en el pueblo, la forma de pensar de la gente quedaría radicalmente transformada, y así, no habría subversión.
            Es cierto que los políticos muchas veces utilizan eufemismos, y que en muchas ocasiones, buscan evitar palabras que puedan invitar a la subversión. Pero, es extremadamente dudoso que una transformación lingüística suscite una transformación mental. Orwell creía que, si algunas palabras desaparecen del léxico de una comunidad lingüística, esa comunidad no tendría capacidad para pensar en esos conceptos. Hoy sabemos que eso es falso.
            Orwell tuvo dos contemporáneos, Edward Sapir y Benjamin Whorf. Estos lingüistas formularon una influyente hipótesis, según la cual, el lenguaje determina (o, en una versión más ligera, al menos condiciona) el pensamiento. Por ejemplo, la lengua de los indios hopi no divide los tiempos en unidades discretas, y eso hace que su forma de pensar el tiempo sea fluida. Pues bien, Orwell propuso de forma autónoma algo bastante similar. Si un gobierno hace que la palabra para “libertad” desaparezca, el pueblo dejará de pensar en la libertad.
            La hipótesis de Sapir y Whorf no convence a los lingüistas. Todas las lenguas del mundo son traducibles entre sí, todas tienen la misma capacidad para expresar los mismos conceptos. Hay algunos datos que nos hacen pensar que quizás el lenguaje sí condicione algunos aspectos del pensamiento y la conducta, como por ejemplo, el hecho de que tienen más habilidad para reconocer gradaciones de azul aquellas personas que hablen lenguas que hagan distinciones entre distintos tipos de azul. Pero, es un efecto muy limitado.
            Con todo, a los populistas les gusta mucho hacer uso de la hipótesis de Sapir y Whorf, y postulan disparates parecidos a los de Orwell. En plena Guerra Fría, por ejemplo, Ronald Reagan llegó a decir que, en parte, el totalitarismo soviético era debido a que en ruso, no existe la palabra “libertad”. Esto, por supuesto, es falso; “libertad” en ruso se dice “svobada”; pero aun si no existiera esa palabra en ruso, es muy dudoso que esa ausencia lexical hiciera que los rusos tuvieran más facilidad para imponer un sistema totalitario.
            Más imbécil aún fue George W. Bush quien, supuestamente (nunca se ha confirmado esta historia), preocupado por el declive de la economía francesa, dijo que el problema de los franceses es que no son emprendedores porque no tienen en su lengua una palabra para “entrepeneur” (“empresario” en inglés). ¡El pobre diablo Bush no sabía que la palabra entrepeneur es de origen francés!

            Esto no es exclusivo de los trogloditas de derecha. En tanto Orwell es un consentido de ambos bandos ideológicos, cabe esperar que también la izquierda se haga eco de los disparates de Orwell sobre el lenguaje. Las feministas promueven la idea, por ejemplo, de que si utilizamos un lenguaje de género inclusivo, condicionaremos nuestro pensamiento a ser menos patriarcales. Los revolucionarios ultrasensibles al dominio de los blancos opinan que, si erradicamos de nuestro lenguaje la carga semántica peyorativa de la palabra “negro”, seremos menos racistas. Estupideces.