En varias ocasiones me he opuesto a quienes postulan
argumentos defendiendo la preservación de las lenguas en peligro de extinción.
Jared Diamond (un autor con quien simpatizo en muchas cosas) ofrece algunos
argumentos adicionales en el capítulo 10 de su libro, El mundo hasta ayer. Trataré de refutarlos.
Diamond
empieza por destacar las ventajas psicológicas y cognitivas del multilingüismo.
No disputo este punto. Yo mismo hablo a mis hijas en inglés, y espero que
terminen hablando varias lenguas. Pero, lo que sí disputo, es cuáles lenguas
deberían enseñarse a los niños. Es genial que los niños hablen varias lenguas,
pero sería aún más genial si hablasen lenguas que les resultasen útiles y les
permitiesen desarrollar conocimientos técnicos y entrar en el mercado laboral
competitivo. No estaría mal que un niño hispanoparlante aprendiera como lengua
adicional el griego koiné, pero sería mucho mejor que aprendiera el inglés.
Luego
Diamond postula que, cuando se pierde una lengua, se pierde un gran patrimonio
cultural. Tiene razón. Pero, ¿a qué costo estamos dispuestos a rescatar
patrimonios culturales? Cuando el automóvil reemplazó al coche de caballos,
también se perdió un patrimonio cultural. ¿Y? ¿Debemos lamentarnos por la
pérdida del coche de caballos? Diamond no cae en cuenta que el lenguaje es una
tecnología de comunicación. Y, en tanto tecnología, unos artefactos dan paso a
otros artefactos. Es sencillamente el devenir y el progreso de la historia.
Además,
en su empeño por valorar a las lenguas como patrimonio cultural, Diamond señala
que, cuando se pierde una lengua, se pierde una manera de entender el mundo.
Para ello, apela a la conocida hipótesis de Sapir y Whorf (la cual postula que,
efectivamente, el lenguaje condiciona el modo en que pensamos). Pero, la
abrumadora mayoría de los lingüistas sólo concede un alcance muy limitado a
esta hipótesis, y más bien postulan que, básicamente, todas las lenguas son
traducibles entre sí, sin que se pierda gran cosa.
Diamond
continúa sus argumentos postulando que, cuando una minoría étnica deja de
hablar su lengua ancestral, sufre graves problemas socio-económicos.
Supuestamente, el no hablar la lengua de sus ancestros los despoja de
auto-estima, y se estancan. Yo quisiera ver datos concretos que demuestren que
esto es realmente así. El sentido común más bien me dictaría lo contrario. Si
una minoría étnica, en vez de aprender una lengua ancestral que ya casi nadie
quiere hablar, optase más bien por aprender lenguas que produzcan muchos libros
y otras fuentes de conocimiento, entonces ese grupo en cuestión tendrá muchas
mejores oportunidades de acceder a los avances de la modernidad, se integrará
mejor en el mercado laboral, y podrá mejorar su condición socio-económica.
Quizás
el argumento más deficiente que defiende Diamond, es aquel que apela al
nacionalismo. Diamond dice que, en momentos de crisis, el tener una lengua
particular sirve para ofrecer resistencia a invasiones extranjeras. Dice
Diamond que, si los ingleses hubiesen hablado alemán, Churchill no los hubiese
logrado convencer de hacer frente a la amenaza nazi. La identidad lingüística inglesa
impulsó la resistencia nacionalista.
Pero, a
mí me parece que apelar al nacionalismo siempre es peligroso. El nacionalismo
puede servir para resistir al invasor foráneo, pero también puede servir para
promover la invasión del país foráneo. Si Alemania y Francia hablaran la misma
lengua, quizás no hubiesen tenido tantas guerras entre sí. De hecho, el
esperanto surgió precisamente con la idea de que, a través de una lengua
universal que todos compartiéramos, se podría lograr la paz mundial. La Biblia
enseña muchas tonterías, pero la lección de Babel es oportuna: al confundirse
las lenguas, entramos en conflicto.
Para
rescatar las lenguas en peligros de extinción, Diamond propone que los lingüistas
les dediquen atención y las estudien. No me opongo. Pero, a lo que sí me opongo
es que esos lingüistas, en su empeño de satisfacer su curiosidad intelectual, impongan
a los nativos hablar lenguas que ya ni ellos mismos quieren hablar, porque no
le ven mucha utilidad, y más bien preferirían aprender lenguas que les permitan
acceder a conocimientos más amplios y colocarse mejor en el mercado laboral.
Diamond
propone también que los gobiernos inviertan dinero en el rescate de las
lenguas. A esto sí me opongo rotundamente. Habiendo tantos problemas que
resolver, y tantas cosas para las cuales se necesitan fondos del Estado, ¿es
prudente invertir fondos en rescatar una lengua que no es capaz de sobrevivir
por cuenta propia, y que por ende, nadie realmente quiere hablarla? No. Las
lenguas, vale insistir, son artefactos tecnológicos de comunicación. Y, como cualquier
otro artefacto tecnológico, si no se ajusta a la demanda del mercado,
sencillamente debe desaparecer. El Betamax fue muy popular en una época, hasta que
llegó el VHS. ¿Debía el Estado seguir financiando el Betamax, a fin de proteger
su uso y evitar que desapareciera? ¡No! Si la gente prefirió el VHS, fue
sencillamente porque le vio más ventajas, y el Estado no debe intervenir y
distorsionar esa elección. Del mismo modo, un pueblo indígena puede haber usado
su lengua por mucho tiempo, hasta que vio más utilidad en utilizar otra lengua.
No veo por qué el Estado no debe proteger al Betamax, pero sí a la lengua
indígena.
Diamond
felicita a los quebecoises por su protección de la lengua francesa. Esto es muy
preocupante. Los quebecoises han empleado prácticas bastante autoritarias para
defender el francés a toda costa. No permiten que un mesonero se dirija directamente
en inglés a un cliente, multan a los negocios que colocan avisos en inglés,
obligan a las estaciones de radio a colocar canciones en francés, etc. En otras
palabras: no dejan que la gente hable la lengua que quiere hablar, y escuche la
música que quieren escuchar. Una persona simpatizante del liberalismo, como yo,
no puede simpatizar con esos abusos estatales.
Los
liberales nos guiamos por un principio muy sencillo: no impongamos las cosas. Si
una minoría étnica quiere hablar su lengua ancestral, permitámoslo. Franco fue
una bestia por pretender erradicar el euskera y el catalán a sangre y fuego.
Pero también, si una minoría étnica ya no
quiere hablar su lengua ancestral, permitámoslo también. En ese aspecto, los
gobiernos quebecoises han sido casi tan bestiales como el de Franco. En asuntos
lingüísticos, lo más razonable es laissez
faire: dejemos que cada quien hable la lengua que mejor le plazca, y que el
Estado no intervenga en ello. El Estado no debe reprimir ninguna lengua, pero
tampoco debe protegerlas.




