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sábado, 21 de mayo de 2016

"La resurrección de Cristo": buena película, pero típicamente acrítica



En los últimos años ha habido una explosión de películas apologéticas cristianas. Por lo general, son de pésima calidad, y no tratan sobre los eventos fundacionales del cristianismo, sino sobre las fantasías apocalípticas del siglo XXI. La resurrección de Cristo, dirigida por Kevin Reynolds, tiene la típica calidad hollywoodense (mucho mejor que las mediocres películas apologéticas cristianas), y sí trata sobre los eventos fundacionales del cristianismo. Pero, no es nada del otro mundo.
            Narra la historia de Clavio, un tribuno romano que recibe de Pilato la orden de hacer aparecer el cuerpo de Jesús, para refutar a quienes están proclamando que Jesús ha resucitado. Pilato teme una sublevación, y presiona a Clavio para que cumpla su labor. Clavio empieza a investigar, pero eventualmente se da cuenta de que el sepulcro de Jesús estaba vacío y de que nadie robó el cuerpo. Al final, se encuentra con el propio Jesús resucitado, y se convierte a la naciente religión cristiana.

            Si yo fuera Clavio, habría hecho lo mismo. Clavio hizo bien en indagar, y al final, hizo lo correcto en hacerse cristiano. Si a un tipo lo crucifican y muere, luego aparece vivo ante mí, desaparece repentinamente de las habitaciones, y me aseguro de que eso no es ninguna confusión o truco, yo me tomaría muy en serio su mensaje religioso. Pero, lamentablemente, los datos históricos no coinciden con muchas de las cosas que se asumen en la película.
            En primer lugar, es muy dudoso de que el sepulcro de Jesús estuviera vacío. Pablo, el autor más temprano del Nuevo testamento, no hace ninguna mención del sepulcro vacío, a pesar de que sí habla mucho de la resurrección. Eso es un fuerte indicio de que la tradición de la tumba vacía es bastante posterior. En la película, se asume también que, en concordancia con los evangelios, Jesús fue enterrado en una tumba privada de José de Arimatea. Pero, de nuevo, los historiadores dudan mucho de esto. Ni siquiera podemos estar seguros de que se trate de un personaje real. No hay ninguna evidencia de que existiera la localidad de Arimatea, y además, la forma progresiva en que el personaje de José se va haciendo más cristiano desde el evangelio más temprano (el de Marcos) hasta el evangelio de Juan (el más tardío), hace sospechar que, en realidad, es un personaje inventado para decorar la tradición del sepulcro vacío. Lo más probable, es que Jesús fue enterrado en una fosa común, o devorado por los perros.
            En la película, Clavio encuentra varios cadáveres que son supuestamente Jesús, pero luego logra identificarlos con otros reos ejecutados. Esto reposa también sobre otra asunción errónea. En la película, la investigación de Clavio empieza inmediatamente después de la muerte de Jesús, porque ya hay gente proclamando que Jesús ha resucitado. Pero, esto contradice el propio relato de Hechos de los apóstoles, el cual postula que esa proclamación empezó cincuenta días después de la supuesta resurrección. Para ese momento, si alguien como Clavio hubiese adelantado una investigación, habría tenido muchísima dificultad en identificar cadáveres, pues ya estarían totalmente descompuestos.
            El éxito del cristianismo estuvo en su apertura al mundo gentil. Y, por eso, los autores más tempranos procuraron asegurarse de que se incluyeran a personajes romanos que, de algún modo, reconocieran la grandeza de Jesús. En los evangelios, incluso Pilato es parcialmente exculpado; se narra que él estaba muy reticente a matar a Jesús, y que sólo lo hizo cediendo a la presión de los judíos, que querían matarlo por cometer blasfemia. La película reafirma esta versión. Esto es históricamente muy dudoso. Declararse el mesías (como sucede en el juicio a Jesús en los evangelios) no era ninguna blasfemia para los judíos. Y, tampoco había en los judíos la expectativa de que el mesías sería un personaje que resucitaría. Por ello, Jesús, que probablemente sí se creía el mesías, no anunció su propia resurrección. La película, no obstante, asume ingenuamente que Jesús sí hizo esos anuncios.
            En los evangelios, hay varios militares romanos piadosos. La fe de un centurión hace que Jesús cure milagrosamente a su esclavo. Cuando Jesús muere, otro centurión romano lo reconoce como el hijo de Dios. El primer gentil converso formalmente al cristianismo es Cornelio, un centurión. Esta película da continuidad a esa tradición del centurión romano que se hace cristiano. Y, en la resolución de la trama, los discípulos felizmente lo aceptan como parte de los suyos (en cierto sentido, reemplazando a Judas, para así completar el número doce).
            Pero, de nuevo, históricamente, esta aceptación inmediata de cristianos romanos (especialmente si eran militares) es muy dudosa. En Antioquía, Pedro y Pablo tuvieron una amarga disputa porque Pedro no quería comer con los gentiles. Seguramente, Pedro obedecía a Santiago (el propio hermano de Jesús), quien era el jefe de la temprana comunidad cristiana, y era aún un judío muy piadoso que habría visto en los romanos a personas impuras. Hay firmes razones para pensar que el propio Jesús despreciaba a los romanos, y que no los habría aceptado en su movimiento. En alguna ocasión, Jesús consideró a los gentiles personas tan degradadas como los perros, y su mensaje, en concordancia con la ley de Moisés (la cual Jesús defendía férreamente, al punto de decir que no venía a abolirla, sino a cumplirla), era típicamente nacionalista.

            Hacia el final de la película, Jesús ordena a sus discípulos a divulgar su mensaje entre todas las naciones, y esto sirve para que Clavio empiece su vocación como misionero. Esa orden de Jesús, efectivamente, tiene base en la escena final del evangelio de Mateo. Pero, de nuevo, es muy históricamente dudosa. ¿Cómo un predicador que era tan nacionalista, de repente quiere que su mensaje vaya a todos los pueblos del mundo? Si ese mensaje universalista era tan claro, ¿por qué el propio hermano de Jesús, Santiago, era tan renuente a aceptar gentiles en la temprana comunidad cristiana?
            En fin, La resurrección de Cristo es entretenida, no es sermoneadora, y tampoco es demasiado mística. Pero, sigue siendo muy complaciente con la historia tradicional del cristianismo. Las películas críticas con la versión tradicional de los orígenes del cristianismo suelen presentar historias igualmente místicas (como La última tentación de Cristo), o tremendamente disparatadas (como El código Da Vinci). Que yo sepa, la única película que se acerca bastante a presentar la versión correcta de los orígenes del cristianismo es la española El discípulo, pero esta película es cinematográficamente muy pobre. Aún estamos a la espera de que Hollywood se tome en serio la crítica neotestamentaria, y haga una película con buena trama, actuaciones y efectos especiales (como, sin duda, lo es La resurrección de Cristo), y a la vez, informe correctamente al público sobre qué fue lo que realmente sucedió con un predicador apocalíptico galileo ejecutado en el siglo I.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Los mormones, la teosis, y la alienación religiosa

            A mi juicio, una de las críticas más efectivas en contra de la religión es la que en el siglo XIX hizo el filósofo Ludwig Feuerbach: la religión aliena al hombre en la medida en que lo empequeñece ante Dios. La divinidad es la proyección de lo que el hombre quiere ser. Pero, precisamente, cuanto más engrandece a Dios, el hombre más se empequeñece a sí mismo.
            Casi todas las religiones castigan duramente aquello que los griegos llamaron hubris: la arrogancia humana de pretender ser Dios. Hoy, esa misma censura religiosa impide muchos avances tecnológicos (sobre todo en el ámbito de la bioteconología), pues se asume que esos avances son una forma de “jugar a ser Dios”. Las religiones enseñan la distancia entre Dios y el hombre, y según se nos dice, siempre debemos saber reconocer nuestra pequeñez.

            Pero, afortunadamente, hay religiones que resisten esta concepción alienante. Una de ellas es el mormonismo. Para los ateos y agnósticos, es fácil invocar al mormonismo como una clarísima ilustración de todos los vicios de la religión: un cínico que captó a seguidores terriblemente ingenuos, los convenció de tonterías monumentales, y al final, se valió de la manipulación para satisfacer su lujuria.
            No disputo nada de esto. Pero, el mormonismo introdujo una doctrina que sirve parcialmente para escapar la alienación religiosa: la deificación. El mormonismo, en estricto sentido, no es una religión monoteísta (y esto suele ser aceptado por los propios mormones), pues estipula que es posible para el hombre convertirse en un dios. En tanto muchos ya lo han logrado, el mormonismo acepta la existencia de múltiples dioses. Por ende, es más acorde describir al mormonismo como una religión politeísta.
Si bien en la teología mormona esta transformación está reservada para la ultratumba, el mormonismo también estimula esa transformación en vida. Así, los mormones no suelen tener tanta oposición a aquello que el resto de las religiones llama hubris. De hecho, de todas las religiones que existen, el mormonismo es la que más colabora con el transhumanismo (el proyecto de trascender las limitaciones humanas a través de la tecnología).
Feuerbach, pienso yo, estaría complacido con el mormonismo. Pues, los mormones no empequeñecen al hombre del mismo modo en que lo hacen las religiones abrahámicas tradicionales. En el mormonismo, Dios no es ese ser majestuoso y trascendente que nos apabulla. Dios, en realidad, era originalmente un hombre que consiguió estatus divino. Y, así como Él lo hizo, el resto de la humanidad puede también hacerlo. Si bien en el ámbito organizacional la Iglesia de los Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no es ninguna democracia (de hecho, es bastante autoritaria), teológicamente, el mormonismo sí es bastante más democrático: no presenta la imagen monárquica que habitualmente defienden los teólogos (en la cual el hombre-vasallo está siempre por debajo del Dios-rey), sino más bien un modelo en el cual, cualquier ciudadano común, puede llegar a ser un dios.
Todo esto resulta muy blasfemo a los cristianos tradicionales. Pero, no debería serlo. Pues, según parece, el propio cristianismo enseñó cosas muy parecidas desde sus inicios. Cualquier clase de catequesis enseña que la serpiente indujo a Eva a comer del fruto, diciéndole, “seréis como dioses”. El pecado de Adán y Eva, pues, fue pretender ser dioses.
Pero, extrañamente, en la propia Biblia se enuncia: “… para que por ella lleguéis a ser participantes de la naturaleza divina” (I Pedro 1:4). Pareciera, entonces, que lo que Adén y Eva hicieron no fue tan pecaminoso. Y, varios de los padres de la Iglesia reafirmaron la idea de que podemos impregnarnos de la naturaleza divina. Atanasio, por ejemplo, decía que Dios se hizo hombre, para que nosotros seamos dioses.
Esta idea nunca fue muy popular en el catolicismo. Pero, sí fue abrazada por la Iglesia Ortodoxa. No obstante, los griegos, siempre más dados a la teología que los latinos, trataron de explicar que, en realidad, nos impregnaríamos de naturaleza divina, pero no seríamos propiamente dioses. Y, típico de la teología, acudieron a malabares interpretativos con palabritas que, a decir verdad, no resuelven gran cosa. Por ejemplo, distinguieron entre teosis y apoteosis: supuestamente, en la teosis, nos unimos a Dios; mientras que en la apoteosis, nos convertimos en Dios (la apoteosis, pues, es herejía).
Yo francamente no entiendo cómo podemos impregnarnos por completo de la naturaleza de un ente, sin llegar a ser idéntico a ese ente. Las palabras de Atanasio son muy claras, y habría que ser muy sofístico como para interpretar que, en realidad, no quiso decir que nos convertiríamos en dioses. Éste es otro de esos ejemplos, que tanto abundan en la teología cristiana, de querer disimular doctrinas acudiendo a distinciones lingüísticas bizantinas (de hecho, el adjetivo “bizantino” procede precisamente de la mala fama de estas discusiones teológicas en Bizancio).
Al menos en este aspecto, me parece, los mormones son mucho más sensatos. Y, al proclamar una teología que sí permite a los hombres convertirse en dioses, opino que el mormonismo es una religión menos alienante (sólo en esto; en otros aspectos, por supuesto, es tremendamente alienante), y más propicia para una mayor autoestima de la humanidad.

Por otra parte, tanto en el cristianismo griego como en el latino, así como en el Islam, siempre ha habido una tradición que ha hecho caso omiso a los malabares interpretativos sobre la teosis, y ha propiciado la aparición de personajes que, llegan a sentir tal unión con lo divino, al punto de afirmar ellos mismos que son Dios. Se trata, por supuesto, de los místicos. No suelo tener mucha simpatía por estos personajes que buscan un origen sobrenatural a experiencias psicológicas que la neurociencia explica bastante bien. Pero, al menos, valoro en los místicos ese enaltecimiento de su propia identidad, y ese rechazo a considerarse una piltrafa ante la majestuosidad divina.

sábado, 19 de diciembre de 2015

La Madre Teresa de Calcuta: ¿santa?

                    Hace unos días, el Papa Francisco anunció que en 2016 canonizaría a la Madre Teresa de Calcuta. No ha de sorprender. La Madre Teresa fue mercadeada como una de las grandes franquicias del catolicismo, y en tiempos en los que las iglesias de los países europeos se vacían, el Vaticano proyecta su futuro hacia el Tercer Mundo. En esta estrategia, canonizar por vía express a santos tercermundistas, es una táctica efectiva.
            Pero, además de ese motivo, no me sorprende que Francisco decida canonizar a la Madre Teresa, pues fue este mismo Papa quien, hace apenas algunos meses, dijo en una visita a Cuba (en la cual aduló a la dictadura comunista y rehusó reunirse con la disidencia) que es necesario amar a la pobreza como si fuera una madre. La Madre Teresa es uno de los mayores símbolos de ese amor a la pobreza que algunos círculos católicos profesan.

            Entiéndase bien: no es amor a los pobres, sino amor a la pobreza. No se trata de proteger a los pobres frente a la opresión por parte de los ricos, sino de valorar intrínsecamente la condición en la que se encuentran. En esto, la Madre Teresa fue campeona.
            Teresa recibió cuantiosas cantidades de dinero por parte de muchos contribuyentes famosos (algunos de los cuales fueron muy despreciables, como reseñaré más adelante). Pero, en vez de invertir esos recursos en soluciones sustentables para el problema de la pobreza, prefirió construir hospicios en condiciones miserables, precisamente para mantener a sus congregantes en absoluta pobreza. No incentivó el trabajo o el emprendimiento como escapatoria de la pobreza: promovió más bien la dependencia a la caridad, y el mantenimiento de condiciones paupérrimas. Obviamente, Teresa y sus monjas no fueron corruptas: nunca se quedaron con las grandiosas sumas de dinero que recibieron; nunca se hicieron ricas. Pero, así como nunca se hicieron ricas, quisieron que los miembros de sus comunidades siempre fueran miserables.
            Teresa no sólo cultivo la pobreza material, sino también la pobreza mental. En sus hospicios, promovía una mentalidad típicamente premoderna (incluso en cosas tan elementales como la falta de hábitos de higiene), aquella que, precisamente, es bastante responsable de la pobreza en el mundo. Y, su obsesión en contra de los métodos anticonceptivos contribuyó aún más a la pobreza, pues no hace falta ser un gurú del Club de Roma como para saber que, en países como India, los embarazos precoces no planificados son uno de los principales factores que inciden en el subdesarrollo.
            A decir verdad, Teresa es una gota en el mar. Su actitud es verdaderamente cristiana. Pues, desde sus propios inicios, se ha cultivado en esta religión el amor intrínseco a la pobreza que profesaba Teresa. Jesús, los ebionitas, los franciscanos, y muchos otros, no se han limitado a amar a los pobres, sino a la pobreza en sí misma. El despegue de la revolución industrial y el capitalismo no fueron posibles, hasta que se moderó esta actitud (o, al menos, se le dio un giro hacia la productividad, como ocurrió en el caso del calvinismo). Si hemos de criticar a Teresa por su actitud masoquista, no deberíamos concentrarnos exclusivamente en ella, y deberíamos reconocer que es el propio cristianismo el que ha promovido esta tradición. Ya Nietzsche lo supo advertir.
            Pero, al menos Jesús, los ebionitas y los franciscanos, amaron a la pobreza sin codearse con ricos corruptos. En cambio, Teresa no tuvo reparos en convenientemente elogiar a corruptos que obtuvieron fortunas de forma muy fraudulenta, y quisieron blanquear sus capitales donando grandes sumas a la monjita. Así, Teresa llenó de elogios a la nefasta familia Duvalier en Haití, con tal de recibir algunos fondos. Y, gente no corrupta, pero al menos sí tremendamente frívola, como la princesa Diana, no dudaron en fotografiarse con Teresa para capitalizar su imagen. El beneficio, por supuesto, era mutuo.
            Hoy sabemos, además, que Teresa aparentemente estaba consciente de que ella vivía una gran mentira. Algunos años después de su muerte, se publicaron algunos diarios en los cuales ella parecía manifestar dudas sobre la existencia de Dios. A partir de esto, alguna gente la ha calificado como “atea” (en cuyo caso, se estaría canonizando por primera vez a una persona atea; ¡¿quién dice que la Iglesia no se ajusta a los tiempos modernos?!).
Yo no diría eso. Teresa, una mujer nada dada al examen racional de las cosas, no sometió a consideración la cuestión de si Dios existe o no. Sencillamente, se daba cuenta de que su amigo imaginario no le respondía (como le ocurre a la abrumadora mayoría de la gente que reza sin recibir respuestas en su comunicación), y sentía un vacío en su vida. Aparentemente, se quejaba de que Cristo no se le apareciera, pero no creo que ella llegó al punto de creer que su vida estaba basada en una gran mentira, y que el señor barbudo de los cielos es tan imaginario como el unicornio.
En todo caso, aun si Teresa sí hubiera sido atea, yo no la reprocharía demasiado. El dilema moral del cura ateo es bastante conocido: yo ya no creo en estas cosas, ¿pero hago bien en quitarle esta ilusión a mis feligreses? Miguel de Unamuno, en su célebre San Manuel Bueno, Mártir, esbozaba la opinión de que, para un cura, no es un gran crimen seguir cultivando la ilusión, pues la ilusión evita la desesperación. Vale. El problema, no obstante, es que Teresa parecía cultivar esta ilusión, no para mantener la felicidad del pueblo (como sí lo hacía el personaje de Unamuno), sino más bien, para seguir mortificándolos con el amor masoquista de la pobreza.

martes, 17 de noviembre de 2015

Sobre la Iglesia Católica Palmariana

            Cualquier persona que viaje por España sabrá que Andalucía es la región más pintoresca de ese país, y que, como dice la bella canción, Sevilla tiene un duende. Pero, por supuesto, parte de ese duende es el atraso cultural.
            No debería sorprender, entonces, que una población a menos de 50 kilómetros de Sevilla, el Palmar de Troya, sea la sede de uno de los movimientos religiosos más fanatizados y retrógrados que haya conocido el catolicismo: la Iglesia Católica Palmariana.

            El Concilio Vaticano II tuvo sus enemigos: tradicionalistas que reprochaban la apertura al diálogo ecuménico y el abandono de la liturgia antigua. Algunos, como el padre Lefebvre, manifestaron su desdén, pero trataron de mantenerse fieles a Roma. Otros fueron más lejos, y rompieron definitivamente con el Vaticano. La Iglesia Católica Palmariana es uno de esos grupos.
            La historia de este grupo religioso empieza en el año 1968, cuando cuatro niñas alegaron tener visiones de la Virgen María en el Palmar de Troya. Esto es ya muy común en el catolicismo. A diferencia de las visionarias de Lourdes o Fátima, estas muchachas pronto perdieron prominencia, pero no por ello su movimiento se disipó. En cambio, otros personajes aprovecharon la coyuntura de excitación religiosa, y eventualmente lanzaron su propio movimiento religioso.
            Por aquella época, el arzobispo vietnamita Ngo Din Thuc (hermano del dictador vietnamita apoyado por los EE.UU., quien reprimió duramente a los budistas para favorecer a los católicos en su país) se convenció de que aquellas apariciones eran reales, y sin aprobación del Vaticano, decidió ordenar como sacerdotes a Clemente Domínguez y Manuel Alonso, dos miembros de la comunidad palmariana.
            Thuc eventualmente se desvinculó de Domínguez y Alonso, en un intento por congraciarse con Roma. Pero, ya el movimiento estaba en marcha. Cuando murió Pablo VI, Domínguez alegó recibir una visita de Cristo, se se declaró Papa bajo el nombre de Gregorio XVII, y Alonso empezó a organizar a la comunidad como un papado alternativo. Alonso hizo su labor con bastante destreza, pues logró recaudar muchísimos fondos, al punto de que los palmarianos pudieron construir una inmensa catedral, y expandir su actividad misionera por varios países.
            Los palmarianos empezaron a promover una versión brutal del catolicismo: el propio Gregorio XVII tenía estigmas terroríficos y los sacerdotes se producían heridas gravísimas con mutilaciones genitales. Naturalmente, cerrados al progreso, celebraban la misa tridentina en latín. Se impregnaron de la paranoia anti-comunista que siempre tuvo el catolicismo español, llevándola a extremos insospechados. Canonizaron a San Francisco Franco, San Benito Mussolini, San Don Pelayo, y otros personajes tan queridos por los fachas. Excomulgaron a los Papas romanos posteriores a Pablo VI (eran devotos de este Papa, pero alegaban que había sido secuestrado y drogado por cardenales comunistas, y eso explica por qué a veces decía cosas no acordes al tradicionalismo), así como a todos los comunistas del mundo.
            Naturalmente, esta secta genera repulsión en mucha gente. Yo, en cambio, le tengo alguna simpatía. Mi simpatía no está dirigida, por supuesto, hacia sus prácticas y creencias retrógradas. Los palmarianos me resultan simpáticos, sólo porque veo en ellos una parodia de la propia Iglesia Católica Romana, y esto nos permite descubrir mejor la propia corrupción del catolicismo.
            La Iglesia Católica Romana desaprueba a los palmarianos, y los considera una secta. Pero, como bien nos recuerdan lo sociólogos de la religión, más allá del peso demográfico, no existe un criterio objetivo por el cual se pueda distinguir a una secta de una religión. La Iglesia de Roma ve como psicopatología las automutilaciones y las estigmas de los palmarianos, pero, ¿cuándo esperaremos del Vaticano un pronunciamiento sobre la psicopatología de Francisco de Asís, un hombre que además de producirse estigmas, alegaba también hablar con los animales?
            La Iglesia Católica Romana reprocha a los palmarianos creer que José fue ascendido al cielo en cuerpo y alma. Pero, ¿es acaso menos absurda que la creencia de que María fue también ascendida en cuerpo y alma? (valga agregar, al menos la creencia de los palmarianos sobre José no fue impuesta de forma totalitaria por vía de la infalibilidad papal, a diferencia de la creencia en la asunción de María).
            Nos da asco que los palmarianos canonicen a Franco, Mussolini y Hitler. Pero, ¿no debería darnos asco también que Juan Pablo II, en una movida claramente politizada, elevara a Pío XII (un cómplice de los nazis con su silencio) a beato?
            Sospechamos que Domínguez (un simplón de pueblo que nunca tuvo la suficiente capacidad para ser sacerdote) fue el tonto útil de Alonso, un hábil empresario que vio en aquellas devociones marianas la oportunidad para hacer negociazos. No creo que la propia Iglesia Católica Romana haya tenido esos mismos orígenes mercantilistas. Pero, así como reprochamos a los palmarianos el ser una fachada para el lavado de dinero y la evasión fiscal de sus donantes, ¿qué esperamos para reprochar duramente al arzobispo Marcinkus y su fiasco del Banco Vaticano, que también ha servido para que los mafiosos del mundo laven su dinero?

            La Iglesia Católica Palmariana, lo mismo que lo cultos ufológicos, los moonies, y tantos otros, son sencillamente manifestaciones de aquello que ha venido a llamarse “nuevos movimientos religiosos”. Toda nueva religión, en sus inicios, enfrenta la oposición de las antiguas religiones. Toda religión fue, en sus inicios, una secta. Parte de esa oposición consiste en pretender patologizar las creencias y prácticas raras. Quizás, como en el caso de los palmarianos, efectivamente muchas de sus prácticas y creencias son patológicas. Pero, deberíamos reconocer que esas mismas patologías están también en las grandes religiones del mundo. Por ello, deberíamos ser más consistentes, y apreciar que, básicamente, la única diferencia entre la patología palmariana, y la patología del catolicismo romano, es que la primera aqueja a poco más de mil personas, mientras que la segunda aqueja a poco más de mil millones de personas.

lunes, 16 de noviembre de 2015

"La pontífice" y el feminismo

            El feminismo es un movimiento loable, pero desafortunadamente contaminado por gente que dice muchas tonterías. En una época, a las feministas les gustaba mucho falsear la historia. Y, así, inventaron una serie de mitos que, a la larga, perjudicaron su propia causa, pues restó credibilidad al movimiento feminista. Decían estas feministas, por ejemplo, que hubo una época matriarcal, cuando las sociedades europeas rendían culto a diosas de la fertilidad, y los hombres eran subordinados de las mujeres. Aquel paraíso terrenal llegó a su fin cuando arribaron hordas de guerreros indoeuropeos montados a caballo, e impusieron el patriarcado.

Hoy ya no hay tanto gusto por la pseudohistoria en el feminismo (ahora hay algo peor: la psicología pseudocientífica que pretende negar las diferencias mentales objetivas entre hombres y mujeres). Pero, de vez en cuando, resurgen nuevos mitos feministas sobre el pasado.
Uno de esos mitos es el de que hubo una papisa en la Edad Media, Juana. La pontífice, dirigida por Sonke Wortmann, es la versión cinematográfica de este mito. La película se basa en la leyenda medieval, según la cual, en el siglo XI (aunque la película sitúa la trama en el siglo IX), una mujer oriunda de Inglaterra fue vestida como hombre hasta Atenas, y luego a Roma, acompañada por un amante. En Roma, cobró prominencia por sus conocimientos, y fue eventualmente elegida como Papa. Durante su papado, quedó embarazada. Durante una procesión papal, dio a luz, pero cuando los concurrentes se dieron cuenta de lo sucedido, la apedrearon (la película narra que sufrió una muerte natural).
La película en ningún momento alega que se base en hechos reales, pero el espectador incauto podría llegar a creerlo, y el film da la impresión de que su director sí cree que hubo una papisa. Wortmann da un giro feminista a la película, pues básicamente narra la historia de una mujer brillante que lucha por reformar un mundo corrompido por los hombres. En ese giro feminista, la papisa aparece casi como una proto-reformadora racionalista: se opone al culto a las reliquias, valora el humanismo, el saber de los filósofos antiguos, e incluso, se vale de un fraude piadoso ingeniosamente orquestado con el Papa que le antecedió, a fin de salvar a Roma de la invasión de hordas de guerreros supersticiosos.
Los historiadores unánimemente niegan la historicidad de estos eventos. La crónica más temprana procede del dominico Juan de Mailly, en el siglo XII, más de un siglo después de los acontecimientos narrados. Luego, en ese mismo siglo, hubo otra mención de la historia, a cargo de Esteban de Borbón. Si bien no hay elementos sobrenaturales en la historia, es demasiado sospechosa. Ante semejante acontecimiento, ¿por qué no hubo crónicas contemporáneas? ¿Por qué, un siglo después, apenas hubo una escueta mención?
Existe la leyenda también de que, tras el fiasco de la papisa Juana, en las ceremonias de entronización, a los Papas se les sometía a un peculiar ritual para corroborar su sexo: se sentaban en letrinas, y desde abajo, se aseguraban que tuvieran testículos. Esto también es falso. Existen en el Vaticano, es verdad, unas sillas con agujeros, pero no hay ninguna noticia de que se acudiera a ese pintoresco ritual.
La historia de la papisa Juana tiene todo el aspecto de haber sido una leyenda popular que, en vez de servir propósitos feministas, más bien procedía de una actitud tremendamente misógina. En la historia del papado, el siglo X ha venido a llamarse el período de la “pornocracia”. Dos mujeres, Teodora y Marozia (madre e hija), causaron tremendos revuelos en Roma, en intrigas sexuales y políticas con varios Papas. La historia de la papisa Juana pudo haber sido una sátira para denunciar la forma en que, en una época, los Papas era títeres de mujeres que realmente gobernaban.
Los reformadores protestantes utilizaron la historia para degradar al Papado. En esto, eran tan misóginos como su contraparte católica. El hecho de que una mujer fuera Papa, en opinión de los reformadores, hablaba muy mal del Vaticano. La mujer no sirve para gobernar, y por eso el Vaticano era tan decadente.

Así pues, la historia de Juana, no solamente es falsa, sino que en su origen, era bastante misógina. Wortmann puede emplear su licencia poética en La pontífice para narrar las historias que él quiera, y puede darle un giro feminista a una historia que originalmente era muy misógina. Pero, no perdamos de vista el origen de las cosas.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Gregorio VII y el celibato del clero católico

            El celibato del clero es uno de los aspectos que más se le reprocha a la Iglesia. Por lo general, en clave nietzscheana, los críticos suelen postular que el celibato es uno de los mejores ejemplos de cómo la religión católica es negadora del placer, y desde sus inicios, tuvo una obsesión con reprimir el sexo. Otros, en clave marxista, suelen decir que el celibato fue un astuto artilugio del cual se valió el poder eclesiástico, para asegurarse de que los sacerdotes, al no tener herederos, dejasen sus propiedades a la Iglesia.
          

            
        Seguramente, ambas explicaciones tienen algún grado de verdad. Pero, yo doy un voto de confianza a la Iglesia en este asunto. La Iglesia ha dejado claro que no considera que el celibato del clero sea una verdad revelada (y, en ese sentido, puede transformar su postura al respecto), sino una mera cuestión de disciplina, y que obedece a circunstancias históricas muy específicas. Al hacer un arqueo de esas circunstancias históricas, comprendo mucho mejor el sentido que tuvo el celibato clerical en su momento. Si bien tuvo muchos antecedentes en el primer milenio de cristiandad, la imposición definitiva del celibato clerical formó parte de aquello que ha venido a llamarse las “reformas gregorianas”, promovidas por el Papa Gregorio VII en el siglo XI.
            El siglo X había sido catastrófico para el papado. Es ése el período que después vino a ser llamado la “pornocracia”, porque pulularon Papas tremendamente inmorales. Algunos de estos Papas habían tomado amantes, y estas amantes (Teodora y Marozia, madre e hija, son las más famosas) ejercían gran influencia a través de manipulaciones sexuales.        Cuando Gregorio VII asumió el papado en 1073, enfrentaba éste y otros problemas. Había un nepotismo rimbombante, y se vendían los cargos en la estructura burocrática de la Iglesia.
La gran preocupación de Gregorio VII, no obstante, era que los gobernantes seculares investían a los obispos, y con eso, el Papa perdía el control, pues no podía seleccionar quiénes dirigirían las diócesis.
            Para hacer frente a todo esto, Gregorio VII promovió varias reformas. Prohibió la venta de cargos en la Iglesia, impuso el celibato, y decretó que los gobernantes seculares no podían hacer investiduras. Las dos primeras reformas no generaron mucha resistencia, pero la tercera sí. Enrique IV, emperador del Sacro Imperio Germánico Romano, quería preservar el poder de la investidura, y eventualmente hubo de enfrentarse a Gregorio VII, cuando surgió la oportunidad de investir al obispo de Milán. El Papa excomulgó a Enrique, y los príncipes alemanes exigieron al emperador suplicar al pontífice que lo admitiera nuevamente en la Iglesia.
            De forma bastante dramática, Enrique accedió al pedido de los príncipes ( en un célebre episodio, acudió al castillo de Canossa a entrevistarse con el Papa; éste no lo recibió en un inicio; Enrique tuvo que permanecer fuera en condiciones gélidas; tras un par de días, el Papa lo recibió, pero para volver a ser admitido en la Iglesia, Enrique hubo de participar en un ritual de humillación).
            Con todo, Enrique volvió a enfrentarse con el Papa, pues no estaba dispuesto a abandonar las investiduras. Marchó hasta Roma, trató de deponer a Gregorio VII, e impuso a un pontífice que hoy la Iglesia considera un antipapa, Clemente III. Gregorio VII tuvo que exiliarse y murió sin poder regresar a Roma, pero eventualmente, sus reformas prevalecieron.

            Todas las crónicas coinciden en la personalidad tremenda autoritaria de Gregorio VII, y su intento por controlar las investiduras es un testimonio de su interés en limitar el poder de los gobernantes seculares y aumentar el poder de los Papas. Pero, sus decisiones respecto al celibato son bastante comprensibles. Frente al problema del nepotismo, el celibato surgía como una óptima. Si los sacerdotes no se casaran, se resolvería el problema de la indebida influencia de las mujeres en la administración de la Iglesia; si los sacerdotes no tenían hijos, se resolvería el problema del nepotismo.
            Pero, por supuesto, con una personalidad tan autoritaria, cabría esperar que una decisión como lo fue el celibato, se impusiera a lo bestia. Y, de hecho, aparentemente fue así. Según narra Eric Frattini en su libro Los papas y el sexo, los decretos de Gregorio VII sobre el celibato dejaron en la miseria a un enorme número de niños y mujeres, hijos y esposas de los sacerdotes, quienes fueron forzados a abandonar a sus familias.
            Hay el rumor de que Gregorio VII era amante de Matilda de Canossa, una mujer noble que, desde su postura de poder (era esposa del rey Godofredo el Jorobado), apoyó al Papa en su conflicto con Enrique IV. Este hecho es representativo de algo muy común en torno a la cuestión del celibato clerical: podemos entender las razones históricas que motivaron las reformas gregorianas sobre el celibato, pero desde el inicio y hasta nuestros días, ha habido una tremenda hipocresía en este asunto.
            De hecho, si bien el celibato pudo haber sido un remedio temporal para un problema muy puntual, el nepotismo de ningún modo desapareció en la administración de la Iglesia. En los siglos sucesivos, el nepotismo adquirió un nuevo cariz. Ahora serían los sobrinos de los Papas y otras autoridades eclesiásticas (en algunos casos, en realidad, eran los propios hijos ilegítimos), quienes serían ascendidos a cardenales, en una institución que estuvo bastante formalizada, el cardenal nepote.
            El celibato pudo haber tenido un sentido en el siglo XI. Pero, desde hace muchísimo tiempo, resulta muy obvio que es ya más un problema que una solución. Abundan los hijos ilegítimos de curas, y la Iglesia Católica atraviesa una crisis vocacional en su clero, en buena medida porque los jóvenes no están dispuestos a renunciar una vida conyugal. Más aún, el celibato ha promovido que el clero católico sea desproporcionadamente homosexual, pues muchos jóvenes gays asumen el sacerdocio como una forma de esconder su homosexualidad frente a una sociedad que aún rechaza a los homosexuales. Y, algunas personas alegan que el celibato puede ser también un agente causal en la pedofilia del clero, pues la sexualidad tan reprimida puede desviarse hacia los niños (aunque, yo francamente dudo de esta hipótesis).
            En fin, es de sobra conocido que el celibato hoy es ya disfuncional. A diferencia de los dogmas, la estructura canónica sí permite a la Iglesia modificar su postura en torno a este asunto. ¿Por qué no lo hace? Quizás, como alguna vez me dijo un amigo cura que colgó los hábitos para casarse, no hay cambio sencillamente porque quienes tienen el poder de tomar esa decisión, son muy ancianos ya (la Iglesia es uno de los poderes más gerentocráticos que existen), y no les interesa la vida sexual. En ese caso, quizás el Viagra cambie las cosas, y esa pildorita saque a la Iglesia del atolladero en el cual se encuentra.