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miércoles, 22 de noviembre de 2017

"El joven Karl Marx", tierna pero ingenua



            En la euforia de la caída del Muro de Berlín, se tumbaron muchas estatuas. Entre ellas, estuvieron las de Karl Marx. Según una leyenda urbana, un joven alemán se acercó a una de las estatuas derribadas de Marx, y le adjuntó un letrero diciendo “Yo sólo escribí un libro”.
            Ciertamente, Marx sólo escribió libros. A él jamás se le pasó por la cabeza asesinar a la familia real rusa, inducir una hambruna en Ucrania, o convertir a una guerrilla sudamericana en narcotraficantes. Pero, tal como el conservador Richard Weaver alegaba en el título de uno de sus libros, las ideas tienen consecuencias. Y lamentablemente, las ideas de Marx tuvieron muchas consecuencias negativas. ¿Es él responsable de los abusos del comunismo? No. Y, en este sentido, merece una reivindicación. Pero, al mismo tiempo, debería advertirse sobre la ingenuidad de sus ideas.

            El joven Karl Marx, la reciente película del haitiano Raoul Peck, reivindica a Marx sin criticarlo. Presenta a un joven y carismático Marx que tiene una vida conyugal convencional con su amada Jenny, pero que en realidad, siente mucha más atracción (no sexual) por su gran amigo Engels. Al conocerse, caen rendidos en admiración mientras discuten la jerga incomprensible de Hegel. Desde ese momento, atraviesan dificultades, pero las vencen, para finalmente escribir el Manifiesto del partido comunista.
            El inseparable dúo se enfrenta a capitalistas codiciosos. Hasta cierto punto, la película parece una versión intelectualoide y decimonónica de Batman y Robin enfrentando al Guasón. En una escena memorable, los dos jóvenes confrontan a un ricachón que se vale del trabajo infantil en sus fábricas. El ricachón se defiende diciendo que el trabajo infantil es necesario para una sociedad productiva, basada en la oferta y la demanda. Ciertamente, debemos al marxismo la erradicación de estos abusos. Pero, no es necesario ser marxista para oponerse al trabajo infantil. Aun si los liberales concuerdan en favorecer el flujo de la oferta y la demanda en las relaciones laborales, insisten en que la infancia debe ser protegida porque los niños no tienen suficiente autonomía para decidir por cuenta propia si les conviene o no trabajar.
            En fin, ése no es el único ricachón que aparece en la película. Como se sabe, ¡el propio Engels fue muy burgués!, pues heredó de su padre un muy próspero negocio de textiles. En la película, Engels siente algún remordimiento, y en efecto, se compenetra con los maltratados trabajadores, e incluso, toma a una trabajadora como su compañera sentimental. Pero, no entrega sus riquezas. Escribe sobre la plusvalía en sus libros, pero la sigue extrayendo de los trabajadores de su fábrica. Se lamenta de la explotación del hombre por el hombre, pero no se anima a dar su fábrica en propiedad comunal.
A lo largo de la película, se quiere dar la impresión de que Engels sigue siendo un burgués, como una suerte de trabajo periodístico para entender la mentalidad burguesa. A mí me parece una excusa muy barata, típica de aquello que los psicólogos llaman disonancia cognoscitiva. Si de verdad alguien cree en el comunismo, debe estar dispuesto a asumirlo, y empezar a repartir sus riquezas, pues bajo su sistema de creencias, esas riquezas son injustamente adquiridas. Si no lo hace, es simple y llana hipocresía. Un marxista, Gerald Cohen, se planteó esta cuestión en un libro, Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico? Lamentablemente, Cohen no ofrece una respuesta clara, y más bien, coquetea con las típicas excusas de los comunistas ricos (hay que esperar a que llegue la revolución, es sólo una gota en el mar, etc.).
Marx, por su parte, vivió en la pobreza. Pero, eso no le impidió tener una criada, a quien, presumiblemente, también le extraía su plusvalía. La película trata de excusar el privilegio de Marx, retratando cómo se retrasa en el pago del salario de la criada, precisamente por las condiciones de pobreza en las cuales viven. En fin, lo cierto es que Engels siempre acudió al auxilio financiero de Marx, y así se retrata en la película. Pero, no solamente fue el auxilio financiero. Marx tuvo la práctica muy burguesa de tener hijos ilegítimos con las criadas, y Engels sirvió como alcahueta, asumiendo la paternidad de un hijo ilegítimo de Marx. Nada de eso aparece retratado en esta película santurrona, pues obviamente, sería una mancha demasiado grande.
En la película, las disputas del inseparable dúo no son tanto contra capitalistas, sino contra los propios comunistas. La Europa de mediados del siglo XIX era un avispero de comunistas odiándose entre sí. El joven Marx siente simpatía por Proudhon, el comunista que decía que toda propiedad es robo, pero eventualmente, se vuelve contra él, y se convierte en la figura estrella del momento. En ocasiones, la forma en que Peck retrata estas escenas (que transcurren en varios congresos), me recuerdan a las convenciones de Herba Life o Amway, en las cuales los vendedores luchan por el liderazgo en ventas. En muchos aspectos, me temo, el comunismo no es tan distinto del capitalismo.
De hecho, yo mismo pude comprobarlo en mi visita a la casa natal de Marx, en Trier. Marx aún no se ha convertido en la franquicia de consumo masivo que sí es el Che Guevara. Pero, al menos en Trier, se venden toda suerte de suvenires alusivos a Marx, probablemente manufacturados en una fábrica china (posiblemente con niños trabajadores), propiedad de un emergente capitalista asiático. El propio Marx habría llamado a esos suvenires el fetichismo de la mercancía.

La película, que ciertamente tiene maestría técnica (pues hace de Marx y Engels tipos muy agradables), termina con imágenes de la historia del siglo XX, una forma muy poética de enfatizar la influencia de Marx. Lo triste, no obstante, es que no presenta a Lenin, Stalin, Mao o Fidel, los dictadores que se valieron de las teorías de Marx para hacer mucho daño. Peck quiere borrar la leyenda negra de Marx, pero termina incurriendo en la leyenda rosa.
Para quien quiera ambientarse en las circunstancias del siglo XIX y entender cómo Marx pudo haber escrito las cosas que escribió, esta película está muy bien. Pero, ante una figura como Marx, es necesario aplicar más razón que emoción. Lamentablemente, a pesar de la verborrea que aparece frecuentemente en los diálogos, Peck opta más por tratar de persuadir con la emoción, que con la racionalidad. Y tras evaluar la vida y obra de Marx, no es difícil llegar al veredicto de que fue un hombre de buenos sentimientos, pero de ideas muy ingenuas.

domingo, 25 de diciembre de 2016

"Antes que anochezca" y la homofobia cubana

Después de haber visto y reseñado Fresa y chocolate (acá), me quedó la curiosidad de saber si ha habido otras películas que retraten la homofobia en Cuba, y me encontré con Antes que anochezca, de Julian Schnabel. Está basada en la autobiografía con el mismo título, del escritor cubano Reinaldo Arenas.
No es tan buena o divertida como Fresa y chocolate, pero no está mal. He descubierto que las biografías y autobiografías llevadas al cine terminan por ser aburridas, y Antes que anochezca está en ese lote, aunque la película no deja de tener méritos. Schnabel, que además de ser director de cine es pintor, introduce elementos pictóricos que hacen que la película también parezca un cuadro, y en ese sentido, el film es bastante contemplativo. A muchos críticos esto les parece genial, pero yo francamente no tengo paciencia para ese tipo de contemplación. Por eso prefiero los geniales y dinámicos diálogos de Fresa y chocolate.

La vida de Arenas fue traumática de principio a fin, y así queda reflejada en la película. Abandonado por su padre y despreciado por su abuelo al enterarse de que el niño quería ser poeta, Arenas se entregó a una vida de promiscuidad homosexual, al punto de, según él, haber tenido sexo con cinco mil hombres. Vio con entusiasmo a los barbudos bajar de la Sierra Maestra, y se plegó a la revolución en trabajos literarios. Pero, a medida que la revolución se hacía más brutalmente homofóbica, Arenas se desencantó.
Logró sacar un manuscrito al extranjero, y se le publicó un libro en Francia. Naturalmente, al régimen no le agradó esta gracia. Se le inventaron crímenes de pedofilia (¿qué otro crimen se le puede inventar a un homosexual en un país homofóbico?). Arenas estuvo detenido, pero logró escapar. Mientras era un prófugo, el régimen emitió alertas al país entero como si se tratase de un bandolero en el Wild West, acusándolo de ser un agente de la CIA (¿qué otro crimen se le puede inventar a un disidente en un país comunista?). Finalmente, Arenas fue capturado, y enviado a la espantosa cárcel de El Morro.
Salió de la prisión condicionado a que públicamente confesara y se retractara de sus escritos (¿necesitamos más pruebas del estalinismo cubano?). Con la crisis de los marielitos en 1980, Arenas aprovechó la oportunidad que Fidel dio a enfermos mentales, homosexuales y criminales para abandonar el mar de la felicidad, y enrumbarse a Miami. La película retrata cómo Arenas, en el último momento, tuvo que cambiar su nombre a “Arinas”, pues el régimen hacía un escaneo de quienes se marchaban, en tanto no estaba dispuesto a permitir la salida de disidentes de alto perfil. Finalmente llega a EE.UU., y años después, muere de SIDA.
Un aspecto molestoso de la película es el uso del inglés. Los personajes (algunos representados por actores anglos) hablan inglés con un marcado acento latinoamericano. Me pregunto si, inadvertidamente, esto no hace más que explotar prejuicios y estereotipos que, en la era de Donald Trump, pueden ser peligrosos. Obviamente, el film está dirigido al público norteamericano. Pero, si la mayoría de los actores son hispanos, ¿por qué no hacer la película en español con subtítulos? Los western contemporáneos ya no emplean a indios hablando mal inglés, y en vez representan las lenguas indígenas adecuadamente; ¿por qué no se puede hacer lo mismo con filmes sobre hispanos?
Con esto no quiero decir que la película es acartonada respecto a Cuba. Schnabel hace un buen esfuerzo en presentar una Cuba auténtica, aun si, obviamente, Fidel jamás permitiría que se ruede una película así de crítica en la isla. Para ambientar aún más la película, Schnabel introduce clips reales de los acontecimientos que sirven como contexto a la historia de narra.
Los clips más interesantes son los de la crisis de los marielitos. En aquella ocasión, Fidel erróneamente creyó que, al abrir las puertas, la gente no se iría del paraíso. Pero, en vista de que decenas de miles de personas se aglomeraban para marcharse, el Comandante se resintió. Ya era muy tarde para revocar su permiso, pero envió a grupos de choque para acosar a los migrantes. La película muestra a esos grupos de choques amedrentando a los marielitos. No es muy difícil ver de dónde toman inspiración los círculos bolivarianos y tupamaros motorizados de Caracas, que no desaprovechan oportunidad para acosar a representantes de la oposición venezolana.
Una curiosidad de Antes que anochezca es una breve aparición de Sean Penn, interpretando a un campesino durante los días en los cuales los barbudos llegaban a La Habana. Sería de sentido común esperar que, quien esté dispuesto a participar en un film como éste, estará consciente de la brutalidad del régimen cubano y de la profunda inmoralidad de Fidel Castro. Insólitamente, luego Sean Penn se convirtió en un propagandista de la Cuba castrista y la Venezuela chavista. Sería interesante preguntar al progre Penn si actuó en esta película sólo como un mercenario, y si cree que todo lo que se narra en ese film es propaganda imperialista.

Como era de esperar, pelmazos con la misma ideología de Penn sí creen que Antes que anochezca es propaganda yanqui basada en calumnias. No faltan quienes acusan a Arenas de escribir su autobiografía bajo los efectos de la demencia producida por el SIDA. Yo podría dar el beneficio de la duda y aceptar la posibilidad de que, quizás, algunos aspectos de la narrativa son exagerados. Pero, no es ningún mito que Fidel potenció la homofobia, y que por muchos años, Cuba fue el país latinoamericano con el peor registro de acoso y persecución a los homosexuales en América Latina.
Con todo, a pesar de la crudeza de Antes que anochezca, me parece que, lo mismo que Fresa y chocolate, es una espada de doble filo. Pues, podría dar la impresión de que, una vez que se tolere la homosexualidad en Cuba, la revolución habrá corregido ese pequeño error, y nuevamente se enrumbará por el camino adecuado. Mariela Castro (la hija del actual dictador, Raúl) ha entendido esto, y se ha esmerado en reivindicar a los gays en su país, en un esfuerzo por limpiar la imagen cubana.

Pero, lo cierto es que la homofobia no es ni por asomo el aspecto más bochornoso de la revolución cubana. El totalitarismo y el manejo desastroso de la economía son cuestiones más graves que el acoso a algunos homosexuales. Hay algunas películas y novelas que denuncian el totalitarismo cubano, pero hay muy pocas que retratan la catástrofe económica que las propias ideas comunistas llevaron a la isla. Plantear ideas económicas en el cine no es tarea fácil, pero ojalá algún cineasta tome la iniciativa.

martes, 5 de abril de 2016

¿Es la igualdad un bien intrínseco?

Derek Parfit ha dedicado algunos de sus argumentos al problema de la igualdad. Y, en jerga filosófica (a pesar de lo ingenioso de sus ideas, Parfit es reprochable por no escribir en un estilo más ligero), expresa una idea muy sencilla: la igualdad no es intrínsecamente deseable. Si, para conseguir la igualdad, conseguimos que todos tengan lo mismo, pero aún así los pobres no están mejor de lo que estaban antes, entonces esa igualdad no es buena. Que todos seamos pobres no es una mejora.
            La literatura de ciencia ficción es muy dada a advertir sobre estos peligros. Harrison Bergeron, de Kurt Vonnegut, describe a una sociedad en la cual, quien demuestre alguna excelencia por encima del común de la gente, inmediatamente se le asigna una carga (en el caso del protagonista, una carga física de armaduras) para que no sobrepase a los demás. Jerome K. Jerome describía algo similar en otra historia famosa, La nueva utopía.

            La experiencia de los países comunistas ha dado la razón a estos autores. En su empeño de conseguir la igualdad a toda costa, el comunismo terminó por despojar del incentivo labora, y en cuestión de poco tiempo, las clases más bajas de los países comunistas que fueron beneficiados en la distribución de la riqueza, terminaron en una condición bastante peor que las clases más bajas de los países capitalistas (en donde no hubo el mismo nivel de distribución de la riqueza). Al final, el comunismo fue peor para los propios pobres de esos países. Quizás en vista de eso, el filósofo John Rawls, que tanto se preocupó por los menos privilegiados en una sociedad, advirtió que la desigualdad es necesaria, precisamente para asegurarse de que los menos privilegiados, estén mejor.
            Si bien Parfit no exhibe postura filosófica claramente clasificable, su razonamiento suele ser de tipo utilitarista. Y, los utilitaristas suelen ser dados a cuantificar el bien, a fin de calcular qué es lo más útil. Parfit mismo utiliza esta cuantificación para argumentar en contra del igualitarismo que al quitar a los ricos y no añadir nada a los pobres, termina generando menos cantidades de placer en el cálculo utilitarista. No se gana nada si, ahora, el rico tiene menos y el pobre se queda igual. La igualdad no es un valor intrínseco.
            Pero, quisiera hacer una crítica a Parfit. La igualdad sí podría tener un valor intrínseco, teniendo en cuenta consideraciones psicológicas. La igualdad calma la envidia, y la envidia es una emoción tremendamente destructiva. Esto hace que, como bien ha documentado el epidemiólogo Richard Wilkinson, la desigualdad genere mayores tasas de crimen y enfermedad.
Seguramente el deseo de la igualdad, como bien señalan los defensores del capitalismo, viene de la envidia. Efectivamente, los comunistas son muy envidiosos, y los defensores del capitalismo nos piden que dejemos de lado la envidia y toleremos la desigualdad. Pero, deberíamos caer en cuenta de que la envidia es una emoción firmemente arraigada en nuestra naturaleza psicológica, y no va a desaparecer fácilmente. En ese sentido, pretender hacer desaparecer la envidia de nuestra naturaleza es precisamente aquello que la derecha siempre ha reprochado a la izquierda: la pretensión de modificar la naturaleza humana, como ingenuamente pretendían los soviéticos y el Che Guevara con su quimera del “hombre nuevo”.
Si la envidia está en nuestros genes, conviene un sistema de organización social en el cual no haya demasiadas desigualdades. Sería deseable que ese sistema igualitario aumentase el bienestar material de los propios pobres. Pero, aun en el caso de que se consiga la igualdad sin un aumento de las condiciones materiales de los pobres, eso aún así debería sumarse positivamente en el cálculo utilitarista, pues la igualdad intrínsecamente sí genera un bienestar psicológico.

domingo, 3 de abril de 2016

"El acorazado Potemkin" y el chavismo

            Suelen decir los críticos que El acorazado Potemkin, dirigida por Sergei Eisenstein y estrenada en 1926, es una de las mejores películas de la historia del cine. Para quienes no somos muy entendidos en técnicas cinematográficas, y más bien somos meros espectadores que buscamos entretenimiento, esta película puede resultar un poco pesada. El séptimo arte, me temo, tiene la desventaja de que, en tanto depende mucho de la tecnología, cuando ésta se vuelve obsoleta, es difícil que las nuevas generaciones acostumbradas a tecnologías modernas, aprecien filmes hechos con tecnologías del pasado. Es más fácil para un joven del siglo XXI leer una tragedia griega, que ver una película muda, presumiblemente porque el texto de la tragedia griega no depende de la tecnología. En el cine, como habría dicho McLuhan, el medio es (al menos parcialmente) el mensaje.

            Pero, aun con su pesadez, El acorazado Potemkin merece ser vista. Narra la historia del motín en un barco ruso, en el contexto de la fallida revolución de 1905. A los marineros se les da carne con gusanos para comer, y en vista de ese maltrato, se rebelan. Los oficiales tratan de controlar el motín, pero el resto de la tripulación se une a los alzados, y toman control del navío. Llegan a la ciudad de Odesa, y ahí la población, cansada de la opresión zarista, acude en su apoyo, ofreciéndoles víveres y provisiones. Es un festín de solidaridad revolucionaria.
            No obstante, a Odesa llegan tropas zaristas como refuerzos. En una de las escenas más famosas en la historia del cine, las tropas alienadas en formación van descendiendo por las escaleras, y a su paso, masacran a los civiles. Una mujer tiene a su hijo herido en brazos, y se acerca a las tropas, suplicándole que detengan la matanza. Luego, llegan refuerzos navales zaristas para enfrentarse al Potemkin, y ambos bandos se preparan para la batalla. Pero, los marineros aún zaristas, al ver la bandera revolucionaria roja enarbolada en el Potemkin, deciden no disparar, y nuevamente, se unen a sus camaradas.
            La película es a todas luces propagandística. Su mensaje es muy simplista: la Rusia de los zares era opresiva, y los bolcheviques tenían plena justificación para hacer su revolución. En la época en que se estrenó, la Unión Soviética tenía aspiraciones internacionalistas, y así, su principal objetivo era estimular la solidaridad obrera entre todos los pueblos oprimidos del mundo. Si bien la trama transcurre en Rusia y Ucrania, no hay muchos temas nacionalistas: el film adelanta la idea de que el conflicto de clases trasciende fronteras.
            Y, no en vano, esta película fue prohibida en países occidentales como Gran Bretaña, Francia y EE.UU., precisamente porque se veía en ella un enorme potencial subversivo. La izquierda tradicionalmente ha sentido mucho orgullo por este film, pues suele verse como un homenaje a la lucha en contra de la opresión. La gran ironía, no obstante, es que apenas unas décadas después, las tropas soviéticas hicieron en Hungría y Checoslovaquia algo muy parecido a lo que las tropas zaristas hicieron en las escaleras de Odesa (más irónico aún es el hecho de que, mientras que las invasiones a Hungría y Checoslovaquia fueron reales, la matanza en las escaleras de Odesa nunca ocurrió en realidad).
            El acorazado Potemkin deja un aliento de optimismo, pues esboza la idea de que, ante la opresión, a los soldados del régimen opresor se les alumbrará la conciencia, y no usarán sus armas contra el pueblo. Ciertamente esto ha ocurrido así en muchas ocasiones históricas. Pero, como venezolano que ha visto los abusos del régimen chavista en los últimos quince años, mi optimismo en este asunto es más moderado.


Chávez astutamente descubrió que su poder dependía de tener contentos a los militares, pues en el momento crítico, éstos lo iban a mantener en el poder, aún si ya no contara con el apoyo popular. Y así, mientras que a un soldado chavista se le dé más migajas que a un maestro o a un médico, el soldado chavista no tendrá problemas en disparar contra el pueblo. En febrero de 2014, cuando hubo algunos focos de inestabilidad, las tropas chavistas arremetieron contra el pueblo, masacrando a decenas de personas. Muchos esperábamos que, ante los abusos y las órdenes de disparar, algunos guardias tomarían conciencia de su verdadero deber, y se rehusarían a obedecer. Pensamos que aquello podría convertirse en El acorazado Potemkin. Fueron esperanzas vanas.   

sábado, 25 de julio de 2015

¿Es el matrimonio gay un complot comunista?



            Mientras que en América Latina los campeones de las teorías de conspiración son los izquierdistas, en EE.UU., es más bien la derecha quien se deleita con teorías conspiranoicas de todo tipo. Y, en estas teorías conspiranoicas, el comunismo es frecuentemente el lobo feroz. Ya no se vive el “temor rojo” de la época de MacCarthy, a mediados del siglo XX, cuando los gringos creían que, como las brujas en el siglo XVII, los comunistas tramaban un complot para subvertir el orden social. Pero, aún hay quedan vestigios de este temor.

            La teoría de conspiración más reciente es que, tras la decisión de la Corte Suprema de EE.UU. de permitir el matrimonio gay, y todo el apoyo popular que esta medida está recibiendo, yace la mano peluda del comunismo. ¿Qué ganan los comunistas con que los homosexuales puedan casarse? A juicio de los conservadores conspiranoicos, persiguen un doble objetivo. Por una parte, al hacer tambalear la institución del matrimonio tradicional, subvierten el orden, abriendo el camino para una revolución. Pero, además, es una vieja pretensión comunista el desear abolir la familia, y el matrimonio entre homosexuales es un caballo de Troya para cumplir este segundo objetivo. El más prominente defensor de estas tesis es Paul Kengor, en su libro Takedown: From Communists to Progressives, How the Left Has Sabotaged Marriage and The Family.
            Es cierto que algunos comunistas (pero no todos, contrario a lo que pretende Kengor) aspiraban a abolir la familia. El argumento de estos comunistas, entre otros, era que la familia atomiza a las personas desvinculándolas de la esfera pública, y que sería imposible eliminar la propiedad privada si las relaciones sexuales y familiares mantienen su forma actual. Estos comunistas postulaban que la colectivización no debe aplicarse solamente a mercancías, sino también a las relaciones familiares. Los niños deberían ser criados comunalmente, sin que los padres dedicasen atención especial a sus hijos biológicos; en otras palabras, todos los adultos serían padres de todos los hijos, más o menos a la manera de los kibbutzim de Israel. Por su parte, los adultos tendrían relaciones sexuales libremente sin ataduras al matrimonio (pues, de nuevo, el matrimonio es una forma de tratar al cónyuge como si fuera una propiedad), y quien desease ser promiscuo, sería tolerado. En otras palabras, habría también un comunismo sexual.
            Con todo, vale insistir en que estas ideas fueron defendidas sólo por algunos comunistas, especialmente los utópicos, como Owen y Fourier (y Platón en la antigüedad). En su libro, Kengor acusa a Marx de promover estas ideas, pero en realidad, Marx fue muy ambiguo al respecto, y en el propio Manifiesto comunista, junto a Engels llegó a negar que los comunistas tuvieran esa pretensión (aunque luego en ese mismo texto se contradecían), pues a su juicio, las relaciones familiares y sexuales no deben ser concebidas como una forma de propiedad, y por ende, no deben ser colectivizada. Es cierto también que algunos líderes soviéticos como Allexandra Kollontai promovieron la promiscuidad y el fin de la familia durante las primeras fases de la URSS, pero todas estas propuestas fueron suprimidas por Lenin, y luego mucho más por Stalin, quienes depositaban su confianza en la familia tradicional.
            Ahora bien, aun si concediéramos que, en efecto, un objetivo del comunismo es abolir la familia y promover el “amor libre” y la crianza comunal de los niños, es un desafío entender cómo el matrimonio gay puede ser un medio para alcanzar ese objetivo. Kengor postula que el matrimonio entre homosexuales es un caballo de Troya, pues sirve para destruir la familia tradicional. Yo francamente no veo la relación. Que dos homosexuales se casen, de ninguna manera propicia que dos heterosexuales se dejen de casar. Ciertamente, el matrimonio entre homosexuales obliga a redefinir el matrimonio, pero de ningún modo lo destruye. La familia tradicional no queda destruida con el matrimonio entre homosexuales, sencillamente, se crea un nuevo tipo de familia que coexiste con la tradicional. No hay oposición.
            Además, si los comunistas realmente están utilizando el matrimonio gay como forma de alcanzar sus viejos objetivos, entonces lo están haciendo muy torpemente. Pues, el matrimonio entre homosexuales es precisamente lo opuesto a lo que aspiran los comunistas. Los comunistas que pretenden la abolición de la familia, favorecen la promiscuidad, como una manera de propiciar el comunismo sexual (a Kollontai se le atribuía decir que, en el comunismo, tener sexo sería algo tan normal como beber un vaso de agua, de forma tal que no habría mayor problema en follar un día con uno, y follar al siguiente día con otro). Estos comunistas pretenderían que nuestra vida sexual fuese como la de los bonobos, o como supuestamente lo fue en tiempos primitivos (Engels decía en El origen de la familia, la propiedad y el Estado, que originalmente hubo una horda promiscua, aunque eso hoy en día es muy disputado por los antropólogos).
            Es muy sabido que los homosexuales tienen altas tasas de promiscuidad. En parte, esto es debido a que, en tanto no ha existido el matrimonio entre ellos, al no haber compromiso conyugal, hay más licencia para ello. El matrimonio entre homosexuales más bien permite ofrecer más estabilidad, y acercar a los homosexuales a un estilo de vida monógamo. En ese sentido, el matrimonio entre homosexuales es promotor de la monogamia. Pero, precisamente, ¡esos comunistas ven a la monogamia como su enemigo! ¿Cómo diablos puede usarse a un promotor de la monogamia (como lo es el matrimonio gay), para revertir a la propia monogamia? Sólo un ultraderechista, de los que abundan en EE.UU., puede hacer que este círculo sea cuadrado. La conspiranoia nubla el entendimiento y hace suspender las leyes de la lógica.