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lunes, 16 de noviembre de 2015

"La pontífice" y el feminismo

            El feminismo es un movimiento loable, pero desafortunadamente contaminado por gente que dice muchas tonterías. En una época, a las feministas les gustaba mucho falsear la historia. Y, así, inventaron una serie de mitos que, a la larga, perjudicaron su propia causa, pues restó credibilidad al movimiento feminista. Decían estas feministas, por ejemplo, que hubo una época matriarcal, cuando las sociedades europeas rendían culto a diosas de la fertilidad, y los hombres eran subordinados de las mujeres. Aquel paraíso terrenal llegó a su fin cuando arribaron hordas de guerreros indoeuropeos montados a caballo, e impusieron el patriarcado.

Hoy ya no hay tanto gusto por la pseudohistoria en el feminismo (ahora hay algo peor: la psicología pseudocientífica que pretende negar las diferencias mentales objetivas entre hombres y mujeres). Pero, de vez en cuando, resurgen nuevos mitos feministas sobre el pasado.
Uno de esos mitos es el de que hubo una papisa en la Edad Media, Juana. La pontífice, dirigida por Sonke Wortmann, es la versión cinematográfica de este mito. La película se basa en la leyenda medieval, según la cual, en el siglo XI (aunque la película sitúa la trama en el siglo IX), una mujer oriunda de Inglaterra fue vestida como hombre hasta Atenas, y luego a Roma, acompañada por un amante. En Roma, cobró prominencia por sus conocimientos, y fue eventualmente elegida como Papa. Durante su papado, quedó embarazada. Durante una procesión papal, dio a luz, pero cuando los concurrentes se dieron cuenta de lo sucedido, la apedrearon (la película narra que sufrió una muerte natural).
La película en ningún momento alega que se base en hechos reales, pero el espectador incauto podría llegar a creerlo, y el film da la impresión de que su director sí cree que hubo una papisa. Wortmann da un giro feminista a la película, pues básicamente narra la historia de una mujer brillante que lucha por reformar un mundo corrompido por los hombres. En ese giro feminista, la papisa aparece casi como una proto-reformadora racionalista: se opone al culto a las reliquias, valora el humanismo, el saber de los filósofos antiguos, e incluso, se vale de un fraude piadoso ingeniosamente orquestado con el Papa que le antecedió, a fin de salvar a Roma de la invasión de hordas de guerreros supersticiosos.
Los historiadores unánimemente niegan la historicidad de estos eventos. La crónica más temprana procede del dominico Juan de Mailly, en el siglo XII, más de un siglo después de los acontecimientos narrados. Luego, en ese mismo siglo, hubo otra mención de la historia, a cargo de Esteban de Borbón. Si bien no hay elementos sobrenaturales en la historia, es demasiado sospechosa. Ante semejante acontecimiento, ¿por qué no hubo crónicas contemporáneas? ¿Por qué, un siglo después, apenas hubo una escueta mención?
Existe la leyenda también de que, tras el fiasco de la papisa Juana, en las ceremonias de entronización, a los Papas se les sometía a un peculiar ritual para corroborar su sexo: se sentaban en letrinas, y desde abajo, se aseguraban que tuvieran testículos. Esto también es falso. Existen en el Vaticano, es verdad, unas sillas con agujeros, pero no hay ninguna noticia de que se acudiera a ese pintoresco ritual.
La historia de la papisa Juana tiene todo el aspecto de haber sido una leyenda popular que, en vez de servir propósitos feministas, más bien procedía de una actitud tremendamente misógina. En la historia del papado, el siglo X ha venido a llamarse el período de la “pornocracia”. Dos mujeres, Teodora y Marozia (madre e hija), causaron tremendos revuelos en Roma, en intrigas sexuales y políticas con varios Papas. La historia de la papisa Juana pudo haber sido una sátira para denunciar la forma en que, en una época, los Papas era títeres de mujeres que realmente gobernaban.
Los reformadores protestantes utilizaron la historia para degradar al Papado. En esto, eran tan misóginos como su contraparte católica. El hecho de que una mujer fuera Papa, en opinión de los reformadores, hablaba muy mal del Vaticano. La mujer no sirve para gobernar, y por eso el Vaticano era tan decadente.

Así pues, la historia de Juana, no solamente es falsa, sino que en su origen, era bastante misógina. Wortmann puede emplear su licencia poética en La pontífice para narrar las historias que él quiera, y puede darle un giro feminista a una historia que originalmente era muy misógina. Pero, no perdamos de vista el origen de las cosas.

viernes, 17 de julio de 2015

Marx y Engels frente al comunismo sexual



            El comunismo, contrario a lo que a veces supone la gente, no empezó con Marx. Es, de hecho, una idea bastante antigua. Hubo en la antigua Grecia fantasías utópicas sobre comunidades sin propiedad privada. Pero, a la par, hubo desde un inicio también, muchas críticas y temores a los intentos por establecer el comunismo.
            Uno de esos temores era que, así como los comunistas exigirían que todas las propiedades se compartiesen, también requerirían que ninguna mujer fusese de ningún hombre en particular. El comunismo, se temía, se extendería al sexo. Aristófanes se mofaba de esto en La asamblea de las mujeres, al retratar a una sociedad en la cual se impone un comunismo sexual, con resultados estrepitosos.

            Estos miedos no estaban tan infundados. Platón había propuesto un comunismo sexual entre la clase de guardianes de su ciudad ideal. Y, desde entonces, un considerable número de autores utopistas también han coqueteado con estas ideas: Campanella, Tomás Moro, Fourier, entre otros. Asimismo, en el siglo XIX, hubo varias comunidades utópicas que buscaron implementar este sistema de apareamiento colectivo en detrimento del matrimonio. La más conocida de estas comunidades, la de Oneida (con su sistema de “matrimonio complejo”), terminó fracasando, en buena medida debido a que los amantes crecieron en celos, y no estaban dispuestos a compartir sus compañeros sexuales.
            En vista de todo esto, cuando Marx y Engels empezaron a hacer sus propuestas de comunismo, resultó inevitable que se les acusara de querer promover la promiscuidad con el comunismo sexual. Al principio, tanto Marx como Engels fueron muy enfáticos en rechazar estas acusaciones. Engels procuró tranquilizar a sus lectores, escribiendo en Principios del comunismo, en 1847: “Las relaciones entre los sexos tendrán un carácter puramente privado, perteneciente sólo a las personas que toman parte en ellas, sin el menor motivo para la injerencia de la sociedad”.
Algo similar hacía Marx en 1844, cuando escribía en Manuscritos económicos y filosóficos: “…la relación de la propiedad privada continúa siendo la relación de la comunidad con el mundo de las cosas; finalmente se expresa este movimiento de oponer a la propiedad privada la propiedad general en la forma animal que quiere oponer al matrimonio (que por lo demás es una forma de la propiedad privada exclusiva) la comunidad de las mujeres, en que la mujer se convierte en propiedad comunal y común. Puede decirse que esta idea de la comunidad de mujeres es el secreto a voces de este comunismo todavía totalmente grosero e irreflexivo. Así como la mujer sale del matrimonio para entrar en la prostitución general, así también el mundo todo de la riqueza es decir, de la esencia objetiva del hombre, sale de la relación del matrimonio exclusivo con el propietario privado para entrar en la relación de la prostitución universal con la comunidad. Este comunismo, al negar por completo la personalidad del hombre, es justamente la expresión lógica de la propiedad privada, que es esta negación”.
Este pasaje de Marx es confuso, pero se esclarece un poco con la noción que Marx adelanta respecto al “comunismo crudo”. Marx criticaba a los comunistas que, en vez de buscar eliminar la propiedad, sólo pretendían hacer propiedad pública aquello que es propiedad privada. Y, esto aplica al sexo. Los comunistas crudos, estimaba Marx, piensan en el matrimonio en términos de propiedad, y por ello, siguen concibiendo a las mujeres como una mercancía. Por ello, estos comunistas crudos pretenden hacer público el acceso a las mujeres, como si se tratase de un producto mercadeable. Así, Marx pretende calmar un poco las angustias, asegurando que no habrá comunismo sexual, porque en el futuro comunismo, las relaciones sexuales no serán mercancías sometidas a un régimen de propiedad, ni privada, ni pública.
Acá, Marx y Engels repiten el mismo reproche que se hace a los comunistas crudos. Si se sigue concibiendo a una mujer como mercancía, entonces el burgués creerá que, en tanto el comunismo exige la colectivización de las mercancías, eso incluye a las mujeres. La calma que Marx y Engels ofrecen es que, en el comunismo, la mujer no será una mercancía, y por ende, no habrá necesidad de colectivizarlas.
De hecho, Marx y Engels no se limitan a defenderse, sino que ellos mismos acusan al capitalismo de promover la promiscuidad: “Nada más ridículo, por otra parte, que esos alardes de indignación, henchida de alta moral de nuestros burgueses, al hablar de la tan cacareada colectivización de las mujeres por el comunismo.  No; los comunistas no tienen que molestarse en implantar lo que ha existido siempre o casi siempre en la sociedad. Nuestros burgueses, no bastándoles, por lo visto, con tener a su disposición a las mujeres y a los hijos de sus proletarios -¡y no hablemos de la prostitución oficial!-, sienten una grandísima fruición en seducirse unos a otros sus mujeres”.
Pero, casi de forma insólita, culminan su argumento de esta manera: “En realidad, el matrimonio burgués es ya la comunidad de las esposas.  A lo sumo, podría reprocharse a los comunistas el pretender sustituir este hipócrita y recatado régimen colectivo de hoy por una colectivización oficial, franca y abierta, de la mujer”. En otras palabras, Marx y Engels aparentemente quieren decir que, en el capitalismo, hay orgías en secreto hipócritamente; mientras que, en el comunismo, habrá más sinceridad, y las orgías serán públicas. Si estos autores habían querido calmar las angustias respecto al comunismo sexual, definitivamente, con esa frase memorable, ¡echaron más leña al fuego!
En el resto de su obra, Marx no se preocupó mucho más por este tema. En su vida privada, no pareció tener muchas intenciones de practicar el comunismo sexual. Si bien es probable que tuviera un hijo ilegítimo, fue un esposo y padre devoto, y vivió en monogamia la mayor parte de su vida conyugal.
Engels tampoco tuvo mucha intención de ser un hippie que practica el sexo comunal. Con todo, Engels sí dedicó más atención a este tema, y algunos de sus escritos posteriores, dejan aún más dudas respecto a los intentos de instaurar el comunismo sexual. En El origen de la familia, la propiedad y el Estado, Engels defiende la idea (adelantada previamente por el antropólogo L.H. Morgan) de que, originalmente, la humanidad vivía en hordas promiscuas que practicaban una forma de comunismo sexual. La monogamia sólo apareció con la propiedad privada: en tanto ahora había patrimonio, los hombres habrían querido asegurarse de su paternidad para poder dejar en herencia el patrimonio sólo a sus hijos, y así, prohibieron a las mujeres copular con otros hombres.
Con esto, Engels pretendía demostrar que la monogamia no es la forma natural de apareamiento entre los seres humanos, y que ha sido más bien una imposición derivada de condiciones sociales muy específicas. Esto parecía tener dos derivaciones que Engels no hizo explícitas, pero que con un poco de suspicacia y lógica, podemos afirmar. La primera, es que, en tanto la monogamia no es nuestro estado natural, nada impide que podamos renunciar a ella y vivir promiscuamente. La segunda, es que, así como la monogamia sólo apareció con la propiedad privada, cuando la propiedad privada desaparezca, podremos volver a aparearnos como cuando no había propiedad, a saber, como en el comunismo sexual de la horda.
La ambigüedad de Marx y Engels respecto al comunismo sexual, se extendió a los regímenes comunistas del siglo XX. Durante los primeros años de la URSS, una generación de jóvenes, con Allexandra Kollontai a la cabeza, sí buscaron promover el comunismo sexual, al punto de que tener sexo sería tan natural como “tomar un vaso de agua” (así como no hay nada excepcional en ofrecer un vaso de agua a un extraño, no habría nada excepcional en copular con un extraño). Pero, Lenin, y luego más aún, Stalin y sus sucesores, no veían esto con agrado, y depositaron su confianza en el matrimonio tradicional.
Cuando cayó el muro de Berlín, se asumió que todas estas discusiones quedarían en el pasado. Con todo, la izquierda, lenta pero progresivamente, resurge, desde Grecia hasta Venezuela, pasando por los indignados de Madrid y Nueva York. Y, este resurgir de la izquierda, debería hacer que sus teóricos se vuelvan a plantear si es posible alcanzar el comunismo sin llegar al comunismo sexual. ¿Puede desaparecer la propiedad privada de los medios de producción, si los hombres y las mujeres siguen sintiendo celos por sus compañeros sexuales?  El mismo Engels llegó a afirmar en 1883 que “es un hecho curioso que con cada movimiento revolucionario, la cuestión del ‘amor libre’ pasa a un primer plano”. Quizás, después de todo, Aristófanes no estaba tan equivocado cuando expresó sus angustias sexuales frente al comunismo.

  

      

sábado, 8 de junio de 2013

La ética y la estética del cumshot



            Llegué al consumo de la pornografía tarde en mi vida. Típicamente (al menos en las sociedades industriales), esto empieza en la adolescencia temprana, y es una ocasión para que los adolescentes varones estrechen lazos entre sí y se reúnan a ver películas pornográficas. Yo no participé de nada de esto. Mi consumo de pornografía empezó en la adolescencia tardía, y jamás la he compartido con nadie (salvo con mi esposa).
 

            Según alegan muchos estudios, la pornografía tiene un alto poder adictivo. En algún momento de mi vida, yo he sufrido alguna adicción moderada. Probablemente la imagen que más poder adictivo tiene en mí (y, según consulto encuestas y conversaciones informales con amigos), es la del cumshot: la eyaculación del hombre en la cara de la mujer. Y, ante semejante poder de atracción, me resulta inevitable preguntar, ¿por qué?
            Si bien el cumshot ha sido explotado por la industria pornográfica desde la década de los años setenta del siglo XX, la ingesta de semen por parte de la mujer para satisfacción del hombre es mucho más antigua; yo me atrevería a decir que se remonta a los mismos inicios de nuestra especie. La historia de la sexualidad siempre ha sido difícil de recapitular, pero tenemos noticias de documentos de distintas épocas que reseñan que la práctica de ingesta del semen era común. El Marqués de Sade la describe en 120 días de Sodoma, aunque, por supuesto, el contexto de la novela la presenta como una perversión violenta, y no como propiamente un acto normal en una relación consensual. Pero, hay otra evidencia complementaria: la ingesta de semen es incentivada por el Kama Sutra; y algunas tribus de Nueva Guinea celebran la ingesta públicamente.
            Esto es representativo de lo siguiente: el capitalismo no tiene el poder de vendernos mercancías para la cual no tengamos una mínima previa disposición al consumo, probablemente condicionada parcialmente en nuestros genes. Por más que las empresas trasnacionales hagan marketing masivo del consumo de estiércol, nunca lograrán manipularnos hacia eso. Y, así, si bien la industria pornográfica nos inunda con imágenes del cumshot, no creó en nosotros el deseo de consumir esas imágenes. El capitalismo sabe muy bien que existe una demanda de esas imágenes, y sencillamente ofrece aquello que ya la gente quiere ver. Ciertamente puede explotar la imagen, y estimular el consumo más allá de la disposición normal de cualquier persona, pero insisto, el capitalismo no hace actos de magia como para inducir al consumo de una mercancía para la cual no existe ninguna disposición previa.
            Ahora bien, ¿de dónde procede el gusto por el cumshot? Como en el consumo de casi todas las mercancías, hay factores biológicos y factores sociales. El grueso de las feministas opina que el gusto por el cumshot procede del poder patriarcal. Fue el tipo de alegato que hizo popular a Andrea Dworkin (esta feminista llegó a postular que la mera penetración es violación; bajo esta premisa, lógicamente la ingesta de semen es también abuso sexual). Según esta explicación, la mujer es humillada al tragar un fluido desagradable, y de eso se trata precisamente el asunto. El cumshot es una forma de opresión, un símbolo mediante el cual el hombre enfatiza su poder al obligar a la mujer a hacer cosas que no le agradan. Estas feministas opinan que, en realidad, el cumshot es como la violación: su motivo no es propiamente sexual, sino una forma de ejercer poder.
            Este alegato tiene un halo de plausibilidad. El cumshot clásico hace que la mujer se arrodille frente al hombre. Y, por supuesto, hay todo un subgénero de la pornografía que hace énfasis en el dominio masculino y la sumisión femenina. Pero, hay también subgéneros de dominio femenino y sumisión masculina. Y, la mayoría de las imágenes pornográficas no incorporan degradación de la mujer. Además, cada vez más, la pornografía incorpora imágenes donde el hombre realiza acciones de igual satisfacción para la mujer. Quizás antaño la pornografía presentaba más imágenes de fellatio, pero hoy hay un balance con las imágenes de cullingulus. Casi ningún hombre se queja de que la imagen de cullingulus sea un artificio simbólico para oprimir a los hombres; antes bien, a los mismos hombres les gusta la contemplación de esa imagen.

En el típico cumshot, la mujer desea la ingesta, el acto procede de su voluntad. Si de verdad se tratase del ejercicio del poder y la opresión, el hombre se complacería con el sufrimiento de la mujer (como el violador se complace con la desesperación de la víctima). Pero es mucho más atractivo el cumshot con una cara sonriente que con una cara asqueada. Se podrá alegar que la opresión es más sutil si se obliga a la víctima a desear su propia opresión, pero yo aplicaría acá un principio de parsimonia: si la imagen presenta a una mujer sonriente, el acto en sí exhibe satisfacción, y no hay por qué no aceptar su veracidad.
Hay otros factores menos paranoicos que explican la popularidad del cumshot. Los medios del llamado ‘capitalismo avanzado’ se encaminan hacia la híper-realidad. Cada vez más, los medios de comunicación se esfuerzan en presentar imágenes que son reales, y no meras situaciones ficticias. Eso explica el auge de los reality shows en la televisión (y, por supuesto, también en la pornografía, mediante el subgénero gonzo). Pues bien, así como el público está ávido de contemplar situaciones reales en la vida cotidiana (y no meros sitcoms prefabricados), el consumidor de pornografía desea contemplar orgasmos reales, y nada fingido. Por ello, los productores de pornografía, para asegurar a sus audiencias que han presenciado un acto sexual real, deben asegurarse de dejar evidencia de ello, y la manera segura de hacerlo es mediante la filmación de la eyaculación. Por supuesto, esto conduce a la ironía: en el acto sexual, es poco realista que el hombre desee practicar el coitus interruptus para ver su semen en la cara de la mujer, pero dejando de lado esta salvedad, el cumshot pretende ser una garantía de realidad.
 Hay aún otro factor que debe considerarse, desde la psicología evolucionista. Quizás tengamos alguna predisposición genética a sentir agrado, o al menos, mayor potenciación sexual al contemplar la eyaculación de otro hombre. Esto no es una inclinación homosexual, sino más bien un estímulo de la llamada “competencia de los espermatozoides”. Es plausible que, en los albores de nuestra especie, las mujeres tuvieran varios compañeros sexuales. Aquellos hombres que, al contemplar la eyaculación de sus rivales sexuales, sintieran mayor excitación, seguramente tuvieron mayor ventaja en la diseminación de sus genes. Pues, al haber mayor excitación, se potencia más la producción de espermatozoides. De esa forma, el cumshot no hace más que estimular la tendencia genética que tenemos a la excitación por contemplar la eyaculación de un competidor. Esto ha tenido bastante respaldo empírico en varios experimentos: la producción de espermatozoides es mayor cuando un sujeto ve imágenes pornográficas de un hombre teniendo sexo con una mujer, que cuando contempla a una mujer sola en pose seductora, o cuando ve imágenes de mujeres teniendo relaciones entre sí.
 
    De esa manera, el agrado masculino por el cumshot seguramente tiene una base biológica. Pero, como en muchas dinámicas del consumo, seguramente también tiene un añadido de construcción social. Si bien la base biológica del cumshot es la competición de espermatozoides, también incorpora algún añadido de dinámica del poder.
En vista de esto, vale preguntar: ¿es moralmente objetable el cumshot? A mí sí me genera placer, y desde una perspectiva estrictamente masculina, obviamente no es objetable. Pero, ¿qué hay de la perspectiva femenina? Me parece que la respuesta más sensata es ésta: si la escena exhibe a una mujer que lo hace con gusto, no veo objeción. He conocido mujeres que, con plena sinceridad, alegan disfrutar el cumshot. ¿Qué placer se puede sentir al tragar semen? Obviamente, no se trata del sabor ni la contextura intrínseca del fluido (pues, según he escuchado, su sabor es desagradable). Pero, sí se trata de la satisfacción de su pareja. Ya lo decía un personaje de Y tú mamá también: “No hay mayor placer que dar placer” (en una célebre entrevista con Mike Wallace, Ayn Rand también señalaba lo patético que sería para un hombre saber que su mujer tuvo sexo con él a regañadientes). El cumshot puede convertirse en ficha para la mujer en la negociación sexual: al aceptar la ingesta del semen y satisfacer a su pareja, la mujer está en posición de negociar otros gestos en los cuales ella es la beneficiaria. Para un liberal como yo, lo crucial a la hora de determinar el valor moral de una acción, es el consenso. Un cumshot forzado obviamente es inmoral. Pero, salvo algunos subgéneros hardcore de la pornografía, el mainstream no presenta relaciones forzosas, y así, el cumshot se convierte en un mecanismo mediante el cual la mujer siente placer al dar placer.      

viernes, 22 de febrero de 2013

La belleza femenina no es un mito



La banda musical venezolana Dame pa’ matala tiene grandes talentos musicales, pero sus líricas son emblemáticas de las idioteces que frecuentemente defiende la izquierda latinoamericana. En alguna canción, Venezuela, exalta el nacionalismo y el Volksgeist, de un modo no muy distinto a los románticos alemanes del siglo XIX. En otra canción, enaltece una actitud neoludita de arrebato contra la tecnología (acá critico esa actitud). Ahora, han sacado una canción llamada Piel sin silicón, y como es de esperar, colocan ritmo y melodía a líricas tontas.
 


La canción (y su correspondiente video, el cual coloco al final del texto) es básicamente un arrebato en contra de la industria cosmética y la cirugía plástica. Somete al escarnio a quienes consumen productos para mejorar su imagen física, y enaltece a quienes no prestan atención a estos detalles.
Estas ideas tienen amplia difusión en la izquierda, y en las últimas dos décadas, han sido entusiastamente asumidas por un grueso sector del feminismo. En la década de los noventa del siglo XX, la feminista Naomi Wolf escribió una influyente obra, El mito de la belleza, en la cual recapitulaba muchas de estas ideas. La tesis de Wolf es la siguiente: las luchas feministas han dado a las mujeres mayor poder en la sociedad industrial: no sólo votan (una lucha clásica), sino que también ocupas importantes posiciones. Pero, ahora, el ‘patriarcado’ (una palabra sumamente vaga, como bien ha señalado Camille Paglia) de la sociedad industrial ha inventado una nueva estrategia para mantener oprimidas a las mujeres: ha establecido la idea de que el valor de una mujer está sólo en su belleza, y ha impuesto patrones de belleza inalcanzables por la mujer común. Y, así, ha degradado el autoestima de las mujeres, quienes ahora, están más oprimidas que las mujeres de generaciones anteriores.
Wolf llama a esto “el mito de la belleza”. Es un mito, alega Wolf, porque es construido socialmente. El ideal de la mujer bella es una contingencia histórica, auspiciada por el capitalismo y el patriarcado. En opinión de Wolf, hay una doble conspiración: por una parte, las corporaciones desea incrementar sus ganancias vendiendo productos de belleza; por otra parte, los hombres desean reafirmar su poder reduciendo a las mujeres a maniquíes andantes.
Hay, por supuesto, algún germen de verdad en las tesis de Wolf. La publicidad nos manipula; muchas mujeres se obsesionan con su pelo, nalgas, senos, pestañas, uñas, etc. No deja de ser cierto que los hombres siguen reafirmando su poder al condicionar la promoción de las mujeres en función de cuán bellas son, etc. Betty la fea es un poderoso recordatorio de estas realidades (mucho más simpático que la canción de Dame pa matala, o más divertido que el libro de Wolf).
Pero, como ha solido ocurrir con las más recientes representantes del feminismo, el libro de Wolf pronto abandona sus premisas plausibles, y arriba a conclusiones ridículas. Wolf imagina una mega conspiración mundial de corporaciones para deliberadamente oprimir a las mujeres. Su libro termina por convertirse en una teoría de la conspiración más, afín a los temores por los masones y judíos.
Quizás lo más cuestionable del libro de Wolf y de la canción de Dame pa matala, es su premisa de que la belleza es un mito socialmente construido. Aun entre filósofos serios, existe una tendencia a rechazar el relativismo epistemológico y moral, pero aceptar el relativismo estético; a saber, la idea de que no hay criterios universales de belleza. Pero, es necesario cuestionar esto.
Los patrones de belleza femenina no han sido inventados por el capitalismo patriarcal. Las corporaciones apenas se han aprovechado de un gusto que ya está inscrito en el código genético. Ninguna publicidad, por insistente y agresiva que sea, podrá persuadir a los consumidores de que se vean complacidos al contemplar una mujer con senos caídos, arrugas en la piel, o cara asimétrica. Nunca podrá lograrlo, en buena medida porque el desdén por estos rasgos tiene una base biológica.
Contrario a lo que opina Wolf, sí existen patrones universales de belleza. Se ha documentado, por ejemplo, que todas las culturas expresan preferencia por mujeres con una diferencia sustantiva entre las dimensiones de la cadera y la cintura. El origen de ésta, y otras preferencias, está en la evolución de nuestras mentes. Y, por ende, estas preferencias están inscritas en nuestra biología. Las razones evolucionistas de estos fenómenos no son difíciles de entender.
En la evolución, aquellos organismos que exhiban alguna conducta que les permita sobrevivir mejor, o reproducirse en mayor proporción, tendrán ventaja. Así, nuestros ancestros hombres probablemente tuvieron más disposición a la promiscuidad, pues aquellos que no eran promiscuos, estuvieron en desventaja para transmitir sus genes, y se extinguieron. Ahora bien, en el momento de seleccionar parejas, tuvieron más ventajas para pasar sus genes, aquellos hombres que sintieran atracción por rasgos que suelen denotar fertilidad. Los senos grandes y levantados, la proporción entre cintura y cadera, y las nalgas redondas, son signos de fertilidad. Aquellos hombres que se complacieran con estos rasgos, tendrían más oportunidad de pasar sus genes. En cambio, aquellos hombres que no tuvieran preferencia por estos rasgos, están en desventaja para pasar sus genes (debido a la baja fertilidad de sus compañeras). Así, al final, prevalecieron más los genes que codifican gustos por nalgas redondas y senos grandes y levantados. Hoy, los hombres llevamos esos genes.
¿Y las preferencias de las mujeres? A diferencia del hombre, la mujer tiene un periodo limitado de fertilidad, y una vez que queda embarazada, no puede volver a fecundar. Por ello, a diferencia de los hombres, la promiscuidad no es una ventaja para que las mujeres pasen sus genes. En vista de esto, la selección natural favoreció otras estrategias en las mujeres: en vez de seleccionar a las mujeres promiscuas, la evolución seleccionó a las mujeres que escogieran con más cuidado a sus parejas. Y, así, la mujer no busca signos de fertilidad (pues la fertilidad del hombre no es tan limitada), sino signos de riqueza económica y salud, a fin de asegurar que su cría heredará una buena salud, y contará con recursos óptimos para sobrevivir. Esto explica, en parte, la tendencia de las mujeres a preferir hombres mayores, con caras bonitas (signo de buenos genes que combaten enfermedades), y exhibición de riqueza económica.
Ninguno de las grandes figuras en la psicología evolucionista propone que estamos determinados por estos genes. Pero, sí advierten que hay una base biológica para que a los hombres nos gusten las tetas grandes y levantadas, y las mujeres se fijen más en la billetera que en los atributos físicos de los hombres. Esas tendencias biológicas son reversibles; no somos prisioneros absolutos de ellas. Y, en ese sentido, podemos considerar las advertencias de Naomi Wolf y Dame pa matala: la obsesión con la belleza puede traer graves consecuencias psicológicas, y existen grandes riesgos en las cirugías plásticas.
Pero, para enfrentar a un enemigo, es necesario reconocer su naturaleza y su dimensión. Creer que la concepción de la belleza femenina es un mito inventado por el capitalismo, y que por ende, no tiene ninguna base biológica, es subestimar el atractivo de la belleza. Si Wolf y Dame pa matala pretenden conseguir algo, deben ser más humildes, y reconocer que se enfrentan a una tendencia firmemente establecida en el código genético de la especie humana. Serán muchos más eficaces si se proponen moderar, pero jamás prescindir, de los patrones de belleza femenina que las condiciones del Pleistoceno impusieron sobre nuestros ancestros, y que nosotros heredamos hoy en la sociedad industrial.