lunes, 14 de diciembre de 2015

El fanatismo y la ingenuidad de Luis Britto García

       Cuando el barco se hunde, las ratas abandonan el barco. El chavismo es cada vez más una calamidad para Venezuela, y empiezan a aparecer grandes figuras de la intelectualidad chavista que tratan de desvincularse de un régimen cuya popularidad se desploma. Es lo que han hecho Jorge Giordani, Héctor Navarro, Heinz Dietrich, Nicmar Evans, y tantos otros.
            Está muy bien recapacitar. El problema, no obstante, es que ninguno de estos tipejos ha hecho un acto de contrición. Estos tipos saben muy bien que la ideología chavista es ya caduca, pero se niegan a admitir que ellos estuvieron equivocados. Ninguno ha admitido que sus propuestas y políticas tuvieron responsabilidad en el desastre que vivimos. Giordani es uno de los ideólogos del control cambiario, una de las mayores desgracias de este país. Navarro siempre promovió la agresiva ideologización y el acoso a los funcionarios públicos disidentes. Dietrich se empeñó en que Chávez asumiera el “socialismo del siglo XXI”, un engendro ideológico que, ya en el papel, se sabía que no daría buenos resultados. Son todos unos hipócritas.

            Hay otros personajes, no obstante, que consumidos por el fanatismo, mueren con las botas puestas. No son ratas. Son marineros que en su desaío de los principios más básicos de la navegación, no les importa  hundirse con el barco. Uno de estos gurús chavistas que más resaltan es Luis Britto García.
            A diferencia de los hipócritas que he mencionado más arriba, Britto García genuinamente sigue creyendo en la viabilidad del chavismo. Por supuesto, ante la tremenda derrota electoral del pasado 6 de diciembre, en un reciente artículo Britto García ofrece algunas críticas y propuestas al chavismo (acá). Pero éstas, o son tremendamente ingenuas, o son propias de un fanático que, en vez de acomodar algunas reformas sensatas, más bien pretende empeorar el desastre.
            Veamos cada una:
Primero: ejercer el derecho de veto presidencial contra leyes que destruyan derechos sociales o instituciones indispensables para la soberanía.
            En otras palabras, Britto García propone más confrontación; sin importar que dos tercios de la población rechazara con su voto esa confrontación. Por otra parte, la noción de “derechos sociales”, si bien suena muy atractiva, suele ser muy querida por regímenes colectivistas a quienes no le importa aplastar derechos individuales más básicos.
        Segundo: terminar con la impunidad de corruptos, acaparadores, especuladores y contrabandistas de extracción, sancionándolos en forma ejemplar e implacable, para probar al electorado que se abstuvo, que no hay complicidad entre esos delincuentes y el gobierno.
            En propuestas como ésta, es donde Britto García y otros como él, pecan de ingenuos. Ellos creen que existe una varita mágica para terminar con la impunidad de corruptos y contrabandistas, sin reformar el propio sistema económico que los crea desde un inicio. Britto García ingenuamente cree que es posible el estatismo sin corrupción. No reprocho a quienes por 80 años mantuvieron esa ilusión en Europa Oriental y otros países (después de todo, estaban experimentando algo nuevo), pero sí reprocho a tipos como Britto García, quienes no han aprendido la lección.
         Tercero: reformar el aparato comunicacional que está en su poder para explicar de manera eficaz al pueblo el verdadero sentido y las ventajas del socialismo, y hacerle patente lo que el neoliberalismo le arrebatará.
          En otras palabras: menos libertad de expresión, más supresión del disenso, más ideologización lanzada con los impuestos que todos pagamos, más paternalismo cognitivo al presentar tendenciosamente las ideologías, sin permitir al estudiante o espectador, formarse un juicio propio.
      Cuarto: poner en pie de lucha movimientos sociales, sindicatos y otras organizaciones contra la venidera arremetida neoliberal, que se traducirá en despidos masivos, retiro de derechos laborales y de pensiones.
        Britto García no hace un llamado explícito a la violencia. Pero,  ingenuamente o cínicamente (yo creo más bien lo segundo), alienta a los supuestos “movimientos sociales” que, en realidad, son en su mayoría grupos de choque (los mismos que gritan insultos desde los balcones de la Asamblea).
      Quinto: hacer valer la disposición constitucional que pauta que las conquistas sociales son irreversibles.
        La Constitución debe cumplirse, en eso estamos de acuerdo. Pero, por supuesto, no está nada claro qué es exactamente una “conquista social”. Y, si se convoca constituyente y se redacta una nueva constitución que derogue esas “conquistas sociales” que él tiene en mente, espero que Britto García la acepte, como sus opositores aceptaron muchos disparates que se escribieron en la Constitución de 1999.
         Sexto: extremar las medidas policiales y de seguridad contra el paramilitarismo, que ya se perfila como el brazo armado del neoliberalismo.
Esto está muy bien. Pero, de nuevo, hundido en la ingenuidad o el cinismo (sigo pensando que es lo segundo), Britto García omite una exhortación a extremar medidas policiales contra los colectivos armados (algunos de los cuales han tenido vínculos con las FARC) que sirven como grupos de choque a favor del chavismo.
        Séptimo: iniciar una profunda reestructuración del Partido Socialista Unido de Venezuela y de otras organizaciones del Polo Patriótico, para corregir fallas, ineficiencias, burocratismos y usos ventajistas del poder.
      Me parece genial que se corrija el burocratismo. Pero, en un punto anterior, Britto García se quejaba de la venidera “arremetida neoliberal” que se traducirá en despidos. ¿Cómo carajo se puede corregir el burocratismo, si no es reduciendo la nómina de funcionarios que no aportan absolutamente nada a la productividad del país? Britto García pretende la cuadratura del círculo. También Britto García pide corregir los “usos ventajistas del poder”. ¿Cómo carajo puede conciliarse eso con su agresivo plan de ideologización a través del aparato propagandístico del Estado? ¿No ve el “profe” que su propuesta comunicacional forma parte precisamente de los usos ventajistas que él ahora critica?
    Octavo: desechar radicalmente la idea de pactos o componendas “pragmáticas” con el empresariado y la derecha, en vista de los resultados catastróficos de la convivencia hasta ahora aplicada.
      ¿Han sido más catastróficos los pactos con el empresariado (en un intento por buscar un modelo mixto), o la actitud intransigente del chavismo en estos últimos años? ¿Cómo juzgó el pueblo esta cuestión el 6 de diciembre? A las pruebas lo remito.
      Noveno: reforzar la formación ideológica de los militantes, y la del pueblo en general.
   La “formación ideológica” de la cual habla Britto García, por supuesto, no tolera disensos (¿permitirían a un profesor de la Universidad Bolivariana de Venezuela enseñar con simpatía a Adam Smith o Milton Friedman?). Esa formación del “pueblo en general”, se haría con los abusos ventajistas que el propio Britto García supuestamente quiere erradicar. No creo que Britto García esté dispuesto a someter a la ideología socialista a la libre competencia en el mercado de las ideas, sin ventajismos estatistas.
       Décimo: predicar con el más convincente de los argumentos: el ejemplo.
     Esto suena muy lindo. A pesar de que Britto García tiene una faz muy cínica, yo sinceramente creo que él sería incapaz de un acto de corrupción. Pero, insisto, con un sistema que reproduce las oportunidades para incurrir en peculado (como lo es el socialismo, pues al aumentar el tamaño del Estado, aumenta la oportunidad de enriquecerse a partir de fondos públicos), es prácticamente incurrir en pensamiento mágico, cuando se pretende que un mortal puede ofrecer un ejemplo de honestidad.

Venezuela: ¿guerra económica o conspiranoia?

            La derrota electoral del chavismo el pasado 6 de diciembre pudo haber sido una magnífica oportunidad para que el régimen hiciera un acto de contrición, y corrigiera sus políticas económicas desastrosas. El gobierno lo pudo haber hecho, al estilo chino o incluso cubano, sin mucho jaleo: mantener la fachada de símbolos comunistas, pero abrirse al liberalismo económico.
            No ha sido así. Desde el mismo momento en que reconoció su derrota electoral, Nicolás Maduro dijo que se trataba de un triunfo de la “guerra económica”. A pesar de que la derrota del chavismo fue contundente, queda aún un tercio de la población que, aparentemente, cree el cuento de la “guerra económica”. Ante este hecho, conviene preguntarse, ¿qué es, exactamente, una guerra económica?

            La Encyclopedia Britannica la define así: “el uso de medios económicos contra un país para debilitar su economía y así reducir su poder político y militar… Algunos de los medios comunes de guerra económica son los embargos, boicots, sanciones, discriminaciones en las tarifas, el congelamiento de capitales, la suspensión de ayudas, la prohibición de inversiones y otros flujos de capitales, y las expropiaciones”.
            EE.UU., no cabe duda, ha acudido a estas tácticas en el pasado. El ataque japonés a Pearl Harbor en parte fue debido a la negativa norteamericana a vender petróleo al imperio del sol nipón. Los norteamericanos también impusieron por más de cinco décadas un embargo (por enésima vez, no es un bloqueo) a Cuba. Y, así, varios otros casos.
            Pero, ¿dónde está la evidencia de la supuesta guerra económica en Venezuela? ¿Embargos? A diferencia de su relación con Cuba, EE.UU. siempre ha promovido hacer negocios con Venezuela, y es su principal comprador de petróleo. ¿Boicots? Ninguno. ¿Sanciones? Cero. ¿Discriminaciones en las tarifas? Ha sido más bien Venezuela quien ha aplicado medidas proteccionistas a EE.UU. (a través de su sistema de control cambiario que le permite discriminar importaciones). ¿Suspensión de ayudas? Cuando Venezuela ha tenido desastres naturales (como el de Vargas), EE.UU. ha ofrecido ayudas, pero Chávez siempre las rechazó. ¿Expropiaciones? Es demasiado evidente quién fue el que expropió empresas en los últimos quince años. De toda esta lista que ofrece la Encyclopedia Britannica, lo único que EE.UU. sí ha hecho, es congelar capitales; pero sólo se han congelado los capitales de los grandes magnates venezolanos que están involucrados con el narcotráfico y la violación de derechos humanos.
            Venezuela atraviesa una gravísima crisis económica. Maduro continuamente apela al caso de Chile, como supuesto antecedente de la guerra económica que EE.UU. organiza contra Venezuela. Sí, es cierto (¿para qué negarlo?): la CIA estuvo tras la caída de Allende. Pero, el niño que es llorón, y la madre que lo pellizca. La CIA no pudo haber logrado su objetivo, sino hubiera habido una crisis económica que ya había sido asentada por las propias políticas desastrosas de Allende. La CIA sólo dio la estocada final a un gobierno que estaba encaminado a caer por su propio peso.
Además, vale advertir que está muy bien documentada la participación de la CIA en las operaciones militares del golpe del 11 de septiembre de 1973, pero no está bien documentado que EE.UU. concretó un plan de guerra económica (¿cuál embargo impuso?, ¿cuáles tarifas aplicó?). Sí, hay algunos documentos hoy desclasificados que mencionan la intención de hacer guerra económica, pero vale recordar que la inteligencia norteamericana ha propuesto toda una serie de proyectos demenciales que nunca ha cumplido (como por ejemplo, utilizar parapsicólogos para espiar al Kremlin a través de la telepatía).
 Y, si hemos de acudir a antecedentes históricos, utilicemos más bien los que deberían resultar mucho más evidentes: las políticas económicas comunistas conducen al desabastecimiento, sin necesidad de que intervengan países extranjeros. Es la triste experiencia de países tan variados como Vietnam, Cuba, Hungría, Etiopía, la URSS, Bulgaria, China, Corea del Norte, y ahora, tristemente Venezuela.
Sí, en Venezuela hay gente que ocasionalmente acapara productos esperando un brote de inflación. Hay comerciantes que optan por no contratar tanta gente en sus locales, y eso genera más colas. Vale. ¿Es eso prueba de un perverso complot orquestado desde Washington? Un poco de sentido común viene bien acá. Ante un gobierno que continuamente impone de forma ridícula restricciones y controles de precio, es natural que el comerciante prefiera retener su mercancía, a la espera de que el mercado negro aumente su valor, pues es la única forma en que realmente puede generar una ganancia que le resulte atractiva. Lo mismo aplica al patrón que prefiere no contratar más personal: si no hay suficiente ganancia porque el Estado no le permite vender a precios más elevados, obviamente el comerciante no tendrá ningún estímulo a expandir su negocio contratando más personal.
Al final, Maduro se está convirtiendo en un campeón de un deporte típicamente latinoamericano: evadir nuestras responsabilidades y acusar siempre al imperio. La culpa es de la vaca. Maduro, como Chávez, tiene un gusto enfermizo por la conspiranoia. Chávez decía que el hombre no había llegado a la luna y que a Bolívar lo asesinaron; Maduro decía que a Chávez la CIA le había inoculado el cáncer. Con gente con estos perfiles psicológicos paranoides, no sorprende tanto que, ante una crisis como la que atravesamos, terminaran formulando una teoría de la conspiración casi del mismo calibre que aquellas que atribuían la revolución francesas y las guerras de independencia latinoamericanas, a la manipulación perversa de los masones y los illuminati. Por supuesto, como en toda conspiranoia, las pruebas brillan por su ausencia.
  Lo más sano frente a la conspiranoia es, sencillamente, ignorarla. Pero, en el caso venezolano, es difícil hacerlo, pues Maduro se vale del aparato propagandístico del Estado para atormentarnos con sus disparatadas teorías. Frente a eso, pienso que, por el momento, tenemos el recurso de formular una teoría conspiranoica alterna, no propiamente para darle credibilidad, sino sencillamente, para hacer ver a los chavistas que, si hemos de jugar a la especulación conspiranoica, ellos también pueden salir perdiendo.

No es ésta la primera vez que Venezuela vive una aguda crisis económica. En 1989, hubo mucha inflación y desabastecimiento, y aquello desembocó en saqueos. Rafael Poleo, junto a otros periodistas, desde hace años ha manejado la hipótesis de que todo aquello no fue una reacción espontánea del pueblo venezolano, sino que la mano peluda de Fidel Castro estuvo tras la agitación (incluyendo una guerra económica), para así completar su antiguo sueño de apoderarse de Venezuela y asegurar el petróleo que siempre ha necesitado Cuba. Propongo un trato a los chavistas: yo acepto que en el 2015 somos víctimas de una guerra económica, si ustedes aceptan que en 1989, Fidel Castro fue el artífice de la tragedia venezolana. ¿Sí va?

viernes, 11 de diciembre de 2015

El asalto del Congreso venezolano en 1848: ¿y 2016?

            La reciente victoria aplastante de la oposición en las elecciones legislativas debería hacernos reconsiderar un aspecto de nuestro pasado histórico, a fin de aprender sus lecciones, y prepararnos para el futuro.
            Una de las figuras históricas venezolanas que Hugo Chávez (y ahora Nicolás Maduro) más degradó fue José Antonio Páez. Antaño, la cara de Páez estaba en algunos de nuestros billetes, pero Chávez se aseguró de erradicar su memoria. En el adoctrinamiento chavista, Páez es el gran Satán.

            A Páez se le acusa de muchas cosas. Su mayor pecado, supuestamente, fue haber traicionado a Bolívar en 1830. A decir verdad, en aquel contexto, las acciones de Páez fueron muy comprensibles. Bolívar estaba empeñado en conformar un país muy extenso, gobernado desde una lejana capital, imponiendo sistemas de reclutamiento forzoso, y un gobierno con dictadura vitalicia. Páez sensatamente optó por la secesión venezolana, del mismo modo en que cualquier movimiento secesionista legítimo habría hecho (como los patriotas durante la guerra de independencia).
            Chávez también acusaba a Páez de ser un conservador durante sus mandatos como presidente, como si eso fuese un crimen imperdonable. Sí, es cierto, Páez frenó un poco las transformaciones revolucionarias y mantuvo muchas estructuras coloniales. Pero, en un país devastado por la guerra, y conociendo el estado caótico en que Venezuela se encontraba, el juicio de Páez demostró ser el correcto. Para mantener un poco de orden y cordura en una época convulsa y plagada de rencillas caudillistas, el conservadurismo de Páez (la mayor parte del tiempo apegado al constitucionalismo), fue ventajoso.
            Uno de los grandes enemigos de Páez fue José Tadeo Monagas. Este nefasto caudillo empezó formando parte del ala conservadora, pero eventualmente rompió con los conservadores. En 1835, José María Vargas, un conservador, fue electo presidente. Monagas encabezó una rebelión que triunfó temporalmente, pero Páez eficientemente restableció el orden constitucional y derrotó a Monagas. Luego, Monagas fue electo presidente en 1847. El Congreso (de mayoría conservadora), no obstante, no lo apoyaba. Monagas no estaba dispuesto a gobernar con los límites que le imponía el poder legislativo, y el 24 de enero de 1848, instó a hordas de sus simpatizantes a entrar en el edificio del Congreso. Las hordas lincharon a varios congresistas (entre ellos el eminente Santos Michelena), y por la vía de las armas, Monagas disolvió el Congreso.
            Mientras que en Europa, en 1848, había revoluciones a favor de la libertad, en Venezuela, las hordas al servicio de Monagas cometían aquel acto de barbarie. Ante semejante gorilismo, Páez promovió una rebelión para hacer frente a Monagas, pero su rebelión no tuvo éxito, pues fue capturado en Macapo Abajo.
            El 6 de diciembre de 2015, la oposición ganó dos tercios de la Asamblea Nacional. Nicolás Maduro ha reconocido el triunfo muy a regañadientes, y hasta ahora, hay incertidumbre respecto a cuán dispuesto estará a respetar el juego democrático. Maduro es sucesor de Chávez, pero en cierto sentido, Maduro (lo mismo que Chávez) es descendiente político de Monagas. Ese caudillo alentó la toma del Congreso, inspirando en sus hordas el odio a los “godos”, los descendientes de españoles que comulgaban con la ideología conservadora. Bajo consignas populistas, las hordas de Monagas trataron de autojustificarse alegando que el pueblo no puede tolerar un Congreso conservador que ponga freno a gobiernos revolucionarios.
            Los tiempos han cambiado, pero no mucho. Desde el mismo día en que el chavismo sufrió la humillante derrota electoral, aparecieron los colectivos bolivarianos (que Chávez procuró armar desde el inicio) amenazando a los vencedores, y dando señas de que, no estaba descartado irrumpir violentamente para impedir que la oposición materialice su victoria electoral, y si hay que matar a algunos “godos” (“escuálidos”, como son llamados ahora), pues que así sea.

            Con todo, dudo de que Maduro cometa la barbaridad de Monagas. Pero, hay formas más sutiles de lograr el mismo objetivo. Chávez, siempre un paso más adelantado en su astucia, previó que algún día, podría perder el control de la Asamblea. Frente a eso, preparó el llamado “poder comunal”: muchas competencias gubernamentales serían traspasadas a comunas (dominadas por los propios chavistas, por supuesto), en caso de que sus contrincantes ganaran elecciones; lo mismo que hizo Monagas, en caso de un derrota electoral, se valdría de las hordas para seguir gobernando. Yo no descartaría ese escenario: no habría una abolición directa del poder legislativo, pero sí podría disimularse a través del traspaso de competencias al poder comunal.

            La oposición venezolana enfrenta un gran reto, no sólo por el desastre económico que Chávez dejó como legado. El gran obstáculo a la gestión pública es la cultura política gangsteril que nos viene ya desde la época de Monagas. Los problemas económicos tienen soluciones relativamente sencillas y se permiten soluciones a corto plazo. Las deficiencias culturales no.

jueves, 10 de diciembre de 2015

El caso de O.J. Simpson, 20 años después

            Este año se cumplen 20 de la exculpación de O.J. Simpson. Aquel juicio no tuvo mucho impacto en el mundo de habla hispana, pero sí fue un acontecimiento cumbre en la sociedad norteamericana. En 1995, yo vivía en el estado de Michigan, y sentí de cerca la relevancia de este juicio. Los suburbios de Detroit (donde yo vivía) son zonas de alta tensión racial, y el juicio a Simpson tuvo una importantísima dimensión racial. Si bien yo era adolescente, seguí de cerca aquellos acontecimientos, y su desenlace influyó significativamente en mis opiniones respecto al estado de las relaciones raciales en EE.UU.
            Simpson, un atleta negro  exitoso, fue señalado de haber asesinado a su esposa Nicole, una blanca. Había un océano de pruebas en su contra: ADN, historial de violencia doméstica, piezas de vestimenta, etc. Increíblemente, además, Simpson se había dado a la fuga (en una infame persecución televisada), lo cual añadía aún más a la sospecha de su culpabilidad.

            Ante una posición tan difícil, los abogados de Simpson optaron por introducir el elemento racial en su defensa. Según sus abogados, Simpson era víctima de un complot policial racista para culparlo de homicidio. La ciudad de aquellos acontecimientos, Los Ángeles, unos años antes había vivido disturbios porque unos policías blancos habían dado una paliza a un hombre negro, Rodney King, y un jurado (en su mayoría compuesto por blancos) los absolvió. Teniendo estos desafortunados antecedentes, los abogados de Simpson astutamente se aseguraron de que el jurado del caso de Simpson fuese en su mayoría negros. La mesa estaba servida para proponer su teoría de la conspiración sobre el complot policial.
            Al principio del juicio, el elemento racial no fue tan preponderante. Pero, eventualmente, salió a relucir que el principal detective del caso, Mark Fuhrman, era un racista. Años atrás, Fuhrman había grabado unas cintas, en las cuales él utilizaba epítetos raciales. Con esto, el jurado quedó convencido de que el complot era real, y terminó por absolver a Simpson. Cuando se anunció la absolución de Simpson, el pueblo negro norteamericano estalló en alegría.
            En realidad, las cintas de Fuhrman eran meramente situaciones ficticias que el detective había grabado como material para una posible película. En otras palabras: Furhman sencillamente estaba actuando en un sketch, pero su actuación se asumió como prueba real de su supuesto racismo.        
Es cierto que, en aquel juicio, hubo algunas cosas extrañas. Por ejemplo, se pidió a Simpson que se pusiera los guantes que el asesino utilizó, pero le quedaban demasiado pequeños. A partir de eso, la defensa convenció al jurado de que Simpson no podía ser el asesino (en realidad, es perfectamente normal que los guantes de cuero se encojan). El jurado prefirió ignorar la montaña de evidencia que apuntaban a Simpson como el asesino.
El juicio a Simpson dividió a la sociedad norteamericana en torno a líneas raciales. La abrumadora mayoría de los blancos opinaban que Simpson era culpable; la abrumadora mayoría de los negros opinaban que era inocente. Pero, las encuestas revelaban un dato perturbador: un sector de los negros admitía que, aun si Simpson mató a su esposa, ella se lo merecía.
Pronto, la actitud mayoritaria entre los negros era que aquel juicio no trataba sobre un asesinato. El juicio en realidad era sobre la dignidad del pueblo negro. Simpson pasó a ser un héroe, pues su figura serviría como protesta frente a siglos de racismo, y más específicamente, frente al caso de Rodney King unos años antes. Al pueblo negro pronto le importó poco si Simpson era culpable o no; mandó a la mierda la evidencia. Lo importante era absolver a un negro acusado por blancos, aun si era culpable.
El caso tuvo un impacto en mí, pues descubrí la enorme corrupción que hay en el liderazgo negro norteamericano. Los abogados de Simpson (en especial Johnny Cochran, un hombre bastante acomodado) emplearon el chantaje racial para liberar a un asesino, y lograron su objetivo.
Esto, vine a comprender, es apenas un microcosmos de lo que ocurre en la sociedad norteamericana. Hay hoy una industria de los derechos civiles entre los negros, que acusa a mansalva a todos los demás de ser racistas, para chantajear y extorsionar.  La lucha original de Martin Luther King Jr. (quien se enfrentó a una discriminación muy real), ha sido traicionado por líderes como Jesse Jackson y Al Sharpton, quienes hoy tienen muchísimo más poder que el que tuvo King, pero quienes denuncian muchas situaciones supuestamente racistas que, en realidad, no lo son ni por asomo.

El pueblo negro en EE.UU. sigue en una situación lamentable: altos índices de pobreza, presencia en las cárceles, etc. Pero, a diferencia de lo que ocurría hace cinco décadas en la época de Martin Luther King Jr., yo no creo que el racismo siga siendo un factor relevante en esta tragedia. Mucha más responsabilidad tienen líderes como Jackson y Sharpton quienes, al denunciar racismo donde no lo hay, incentivan en el pueblo negro una actitud irresponsable, más dada al chantaje racial que al esfuerzo y la disciplina. Los líderes negros, al tomar a un asesino como héroe, envían un claro mensaje a sus seguidores: puedes violar las normas, siempre y cuando utilices el chantaje racial como arma para tu defensa.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Los colores políticos y los disturbios de Constantinopla

            Solemos creer que los disturbios ocasionados por los hooligans es un mal típicamente moderno, pero tenemos noticias de que estas cosas ya ocurrían en la antigüedad. Uno de los disturbios deportivos más infames fue el de Constantinopla en el año 532. La ciudad organizaba competencias de carreras de carros de caballos, y había cuatro equipos: los azules, los rojos, los verdes y los blancos. Cada uno de estos equipos tenía pandillas que los apoyaban en las gradas del hipódromo. La hostilidad entre las bandas fue creciendo (especialmente los azules contra los verdes), y en enero de 532, estalló la violencia en la ciudad.

            Los destrozos de la ciudad fueron enormes. Fue tanta la violencia, que el emperador Justiniano (quien apoyaba a los verdes), estuvo a punto de salir huyendo. Sólo gracias a la exhortación de su esposa, Teodora (la célebre prostituta devenida en emperatriz), Justiniano se quedó en la ciudad y logró restablecer el orden.
            En los albores de nuestra especie, nuestros ancestros vivían en bandas de no más de 150 individuos en la sabana africana. En un ambiente tan hostil frente a amenazas externas, la selección natural debió favorecer la tendencia psicológica a mostrar lealtad al grupo, pero a la vez, hostilidad hacia los foráneos. El tribalismo seguramente va en nuestros genes.
            Es sabido que, como muchas otras especies, los humanos tenemos mecanismos de reconocimiento de parientes, para discriminar mejor a los foráneos, y así, ejercer el nepotismo de forma más eficiente. Algunos teóricos han propuesto que esta capacidad de reconocimiento se extiende más allá del inmediato entorno familiar, y tiene incluso alcance racial. Según estos teóricos, eso hace que tengamos una tendencia innata a preferir a aquellos individuos que compartan con nosotros rasgos físicos identificables (los típicos rasgos raciales).
            Esta teoría se sigue discutiendo hoy. Pero, lo cierto es que, aun si no fuera cierta, es un hecho indiscutible que nuestra naturaleza tribal está firmemente arraigada, y no es necesaria la existencia de diferenciaciones raciales entre colectivos, para activarla. Las diferencias en lengua, tradiciones, etc., pueden ser suficientes para generar odios. Pero, ni siquiera eso es necesario. Basta que uno sea del Real Madrid, y el otro del Atlético de Madrid, para que eso active confrontaciones violentas.
            Esto se ha confirmado muchas veces en varios experimentos de psicología social (el más célebre de ellos realizado por la psicóloga Rebecca Bigler). A un grupo de niños se le asignan camisas con colores arbitrarios: unos rojo, otros azul. Se les exige agruparse en torno a esas camisas. Al cabo de poco tiempo, empieza la lealtad entre niños con el mismo color de camisa, pero también la hostilidad entre niños con camisa de color distinto.
            Todo esto es mala noticia para las aspiraciones de madurez política en la humanidad: el sectarismo es un fenómeno mucho menos ideológico de lo que creemos. En los disturbios de Constantinopla, hubo un barniz de disputa teológica (algunos hooligans opinaban que Cristo tenía una sola naturaleza, otros creían que tenía dos), pero, ¿realmente estamos dispuestos a creer que una discusión teológica como ésa puede generar vandalismo? Parece mucho más probable que la teología fue apenas la excusa para sacar a relucir los odios que eran más bien activados por los colores.

En la confrontación entre republicanos y demócratas en EE.UU., me temo que en la preferencia por uno u otro partido, el gusto por el burro o el elefante puede ser tan relevante como la discusión sobre la sanidad pública o la reforma migratoria. En Venezuela, los rojos se enfrentan a los azules, no tanto porque el comunismo sea mejor o peor que el capitalismo, sino sencillamente, porque uno lleva una bandera con un color, y el otro lleva una bandera de otro color. Muchos comentaristas observan, con bastante razón, que en realidad no hay una gran distinción ideológica entre el chavismo y la oposición. La diferencia está más que todo en los símbolos que conforman identidades políticas.

 La madurez política en nuestro país debe empezar por saber reconocer esta deficiencia en nuestro electorado, y cultivar una ciudadanía que haga crecer en el votante la conciencia de que el candidato preferible es aquel que defienda la postura política más racional, y no sencillamente aquel que pertenece a tal o cual grupo, y se viste con este o aquel color.

martes, 1 de diciembre de 2015

Bat Ye'or, Michel Houellebecq, y la islamización de Europa

            Recientemente salió la edición castellana de Sumisión, la última novela del francés Michel Houellebecq. Este autor ha hecho fama con novelas intimistas, pero se le ha reprochado que su estilo busca provocar deliberadamente, al punto de ser casi pornográfico. No tengo suficiente maestría en asuntos de crítica literaria como para juzgar esta cuestión. Pero, la novela me ha interesado debido al contexto en el cual Houllebecq la enmarca.
            Sumisión narra un escenario distópico para Francia en 2022. Un profesor universitario, inmerso en la lectura de Huysmans y desconectado de los asuntos políticos de su país, pierde a su padre y a su joven novia. Al final, decide convertirse al Islam. Pero, esa conversión no es muy espontánea, pues Francia entera atraviesa un acelerado proceso de islamización. Los partidos de izquierda se han aliado con un partido islamista para derrotar a la derecha.

            Esta coalición resuelve algunos problemas que Francia enfrenta desde hace tiempo. Frente al desempleo, el nuevo gobierno decide prohibir a las mujeres trabajar, y así, ahora hay suficientes plazas de trabajo para los hombres. Frente al déficit público, el gobierno decide privatizar las universidades y exigir que el profesorado sea musulmán (eso en parte motiva la conversión del protagonista). Frente al empequeñecido poder de Francia en la escena internacional, el nuevo gobierno estimula la incorporación de países musulmanes a la Unión Europea, y así el gobierno islamista es capaz de recuperar el liderazgo.
            Houllebecq dedica muchísima más atención a los asuntos intimistas y psicológicos, pero su ejercicio de imaginación distópica y sociológica es interesante. No es el primero en hacerlo. El retrato de la distopía islamista es ya un género en algunos autores que han hecho fama con sus gritos de Casandra.
            La más célebre de estas alarmistas es Bat Ye’or, una escritora que hubiese pasado desapercibida, si no hubiera sido porque la eminente Oriana Fellici descubrió uno de sus libros, y le dio promoción. El libro que dio fama a Bat Ye’or fue Eurabia. La obra, escrita en tono conspiranoico, expone la tesis según la cual, a raíz de la crisis petrolera tras la guerra del Yom Kippur en 1973, los países europeos llegaron a una serie de acuerdos con los países árabes petroleros. Bajo este acuerdo, Europa tendría asegurado el petróleo, pero se alejaría de la influencia norteamericana, cesaría su apoyo a Israel, y permitiría la islamización del continente. Desde entonces, ha habido una progresiva islamización de Europa.
            Casi ningún comentarista serio da crédito a las tesis de Bat Ye’or. Yo, en cambio, creo oportuno rescatar algunas cosas. Ciertamente, es casi seguro que no hay ningún pacto explícito entre los países árabes petroleros y los países europeos. Si acaso tal pacto existe, sería entre EE.UU. y Arabia Saudita. Ese pacto pudo haberse empezado a gestar tras la guerra del Yom Kippur, pero en realidad se fortaleció mucho más durante la Guerra del Golfo Pérsico, cuando EE.UU. necesitó las bases militares en la Península Arábiga. Efectivamente, el pacto habría contemplado una mayor islamización de Occidente. Pero, EE.UU. ha empezado a comprender que la situación se le escapa ya de las manos y que es necesario un correctivo, pues el financiamiento petrolero al yihadismo internacional (en especial al Estado Islámico) ha ido ya demasiado lejos. Más aún, ahora que EE.UU. empieza a producir su propia energía, es previsible que ese pacto vaya perdiendo vigencia.
            No cabe duda de que en Europa sí está en marcha una progresiva islamización. Pero, de ningún modo tiene el alcance que la conspiranoia de Bat Ye’or le atribuye. No hay aún empresarios, rectores universitarios, diplomáticos o militares que busquen convertir a Francia en el nuevo califato. Esa islamización de Europa no viene como consecuencia de un pacto entre jefes de Estado, sino más bien como consecuencia de dinámicas muy naturales en el cambio social. Europa atravesaba un déficit demográfico, y quiso satisfacerlo trayendo trabajadores musulmanes. Resultó inevitable que este influjo de inmigrantes, eventualmente, promoviera la islamización del continente. No hubo una mente maquiavélica detrás de todo esto.
            Si acaso hay un pacto que promueve la islamización en Europa, me parece, no es el que Bat Ye’or describe en su libro, sino el que Houllebecq imagina en su novela. Tras el colapso de la URSS, la izquierda europea quedó huérfana. Ya no tenía argumentos para convencer a los jóvenes de que no comieran en McDonalds. Pero, de repente, la izquierda encontró en el Islam un poderoso agente para combatir el capitalismo. Sí, ciertamente el Islam representa muchas cosas contra las cuales combatió la izquierda clásica (Estado confesional, supresión de libertades, opresión a las mujeres), pero la izquierda estimó necesario hacer una alianza circunstancial, y tolerar esas cosas. Para combatir el imperialismo occidental, vio bien aliarse con el imperialismo alterno, el imperialismo islámico.
            Con el objetivo de defender a los pobres y marginados, y enfrentar a los ricos y poderosos, la izquierda europea empezó a apoyar los proyectos políticos de los líderes comunitarios de barrios musulmanes marginales en Marsella, Ámsterdam y tantas otras ciudades europeas. Si esos proyectos políticos incorporan la shariah, habrá que tragar grueso. Ese pacto, mucho más que el pacto con un jeque saudí, explica la islamización de Europa.

            Tanto Bat Ye’or como Houellebecq tienen claras intenciones distópicas en sus anuncios sobre la islamización de Europa. Para ambos, la islamización es una catástrofe. Conviene colocar un matiz en esta cuestión. Ciertamente es una catástrofe que Europa ceda a los avances que ha obtenido desde 1789. Que de ese continente se apodere la misoginia, el fanatismo religioso, el anti-intelectualismo, etc., es una tragedia. Es el lamento que Houellebecq expresa en su novela.

            Pero, es una tontería lamentarse por el hecho de que, en vez de crepes, se vendan kebabs; que en vez de música con guitarra se oiga música con ney; o que el paisaje de una ciudad europea se decore con minaretes. Estos lamentos no proceden de una mentalidad abierta, moderna y progresista. Proceden más bien de un nacionalismo romántico que quiere conservar tradiciones, por el mero hecho de que son antiguas y dan el carácter nacional a un país. Políticos como Marine Le Pen tienen la oportunidad de rescatar el ideal de la laicité frente a la avanzada islamista. Cometerían un grave error si, en vez de enfrentar esa avanzada con los ideales de la laicité, lo hicieran apelando al viejo nacionalismo que tantas desgracias ha traído a la humanidad.   

martes, 24 de noviembre de 2015

Mussolini, Ataturk, y la abolición del califato

            La reciente ofensiva del Estado Islámico de Irak y el Levante me hace contemplar la idea de que, en algunas cosas, Mussolini no fue tan malo. Explicaré por qué.
            Hasta 1870, el Papa era gobernante absoluto de un territorio más o menos extenso, los Estados Papales, con Roma como capital. Los nacionalistas venían conformando la nación italiana, y lograron expulsar a potencias extranjeras (fundamentalmente el imperio austríaco) de la península itálica. Pero, los nacionalistas querían a Roma como capital de su nueva nación, y eventualmente, al aprovecharse de algunas coyunturas (fundamentalmente, la guerra franco-prusiana), ocuparon Roma y despojaron al Papa Pío IX definitivamente de su poder político (en las décadas anteriores el Papa también había sido destronado, pero eventualmente había logrado regresar). Si bien el Pío IX no fue maltratado, el hecho de que ya no tuviera poder político significaba para él que era ahora un prisionero en el Vaticano (aunque, a decir verdad, nadie le impedía el libre tránsito por el país).

            Esto fue un duro golpe al papado. Y, si bien la Iglesia Católica venía avanzando hacia la modernidad, hubo muchos sectores del rancio tradicionalismo católico que no aceptaban que el Papa fuera meramente una autoridad en asuntos espirituales. Desde la antigüedad tardía, los Papas tuvieron rencillas con reyes europeos. A veces, reprochaban a los reyes el inmiscuirse en asuntos eclesiásticos (lo denunciaban como “cesaropapismo”); a veces, los reyes reprochaban a los Papas el inmiscuirse en asuntos terrenales de otros Estados (el Papa Bonfiacio VIII en el siglo XIV, con delirios de grandeza, decía que todos los seres humanos eran sus súbditos políticos). Para los tradicionalistas, era ahora difícil aceptar que el Papa no tendría poder terrenal.
            Desde ese momento, quedaba esa espina en el tradicionalismo católico. En la década de los 1920, Mussolini intentó poner fin a la disputa. Hasta cierto punto, Il Duce era como la enorme cantidad de reyes europeos que tuvieron querellas con los Papas en disputas por el poder; pero, a diferencia de muchos de esos reyes, trataría de buscar una solución. Así, en 1929, firmó los tratados de Letrán: el Vaticano sería un Estado (en la forma actual que tiene).
            Hacemos bien en no desestimar el poder que siguen teniendo los Papas, pero podemos admitir que, con la firma del tratado de Letrán, el Vaticano es hoy un Estado relativamente inofensivo, y que Mussolini encontró un balance: pudo contentar al sector más tradicionalista del catolicismo, devolviendo una parte del poder temporal a los Papas, pero sin que ello perjudicase seriamente la secularidad del Estado italiano. Regalando esa migaja al catolicismo, Mussolini logró contener a las ovejas, y hoy el Vaticano no representa ninguna amenaza a la nación italiana.
            Comparemos estos hechos con la obra de Kemal Ataturk. El padre de la moderna nación turca merece muchos elogios por haber modernizado y secularizado a Turquía. Pero, tomó algunas decisiones erróneas. Antes de la Primera Guerra Mundial, el partido de los Jóvenes Turcos había destronado al sultán absoluto, Abdul Hamid II, en 1909. Desde entonces, habría sultanes, pero como figuras decorativas (algo muy parecido a las monarquías constitucionales en la Europa actual). Los sultanes también poseían el título de “califa”, y en ese sentido, hasta cierto punto su posición era comparable al Papado, pues además de ser gobernantes terrenales, alegaban ejercer cierta autoridad espiritual sobre todos los musulmanes del mundo.
            Ataturk pudo haber hecho como Mussolini: conservar a un califa que vive lujosamente en un palacio, pero que en realidad no gobierna. Así, del mismo modo en que Mussolini logró contener a los sectores más tradicionalistas del catolicismo, Ataturk pudo haber intentado contener a los sectores más tradicionalistas del Islam: limitar el poder político del califa, pero mantener su figura religiosa como cabeza de la comunidad de musulmanes. Pero, no fue así. Ataturk, fiel a sus principios laicos y republicanos, promovió la disolución del califato en 1923, y así, el último califa, Abdulmecid II, tuvo que exiliarse.
            Aparentemente, esto no fue traumático para Turquía, una nación que, con sus avances y retrocesos, marcha hacia la modernidad y la europeización. Pero, los acontecimientos de los últimos veinte años en el Medio Oriente revelan que la decisión de abolir el califato ha sido más problemática de lo que se pudo haber creído en un inicio. Es cierto que el integrismo musulmán obedece a factores de muy diversa índole, pero uno de los puntos de mayor resentimiento es, precisamente, la ausencia del califato.
            Los videos amenazantes de Al Qaeda continuamente recordaban la humillación sufrida “durante 80 años”, las ocho décadas sin califato. Y, hasta cierto punto, el auge del Estado Islámico en el Levante e Irak es un intento por restituir el califato, pues el jefe de esta organización yijadista, Abu Bakr Al Baghdadi, se ha auto-proclamado el nuevo califa, y su objetivo es reconstituir el califato.

            Los grandes triunfadores militares de la historia han sabido utilizar los palos y las zanahorias. Al enemigo se le vence dándole palazos, pero también, en ocasiones conteniéndolo con zanahorias. Mussolini obviamente terminó mal, pero en un aspecto muy puntual, dio una buena lección: es posible contentar a los fanáticos religiosos, manteniendo símbolos que, en realidad, son inofensivos. A Il Duce no le importó entregar unas pocas hectáreas de soberanía italiana al Vaticano, a fin de que los católicos no generaran problemas. Quizás Ataturk debió haber empleado el mismo pragmatismo, pues de haber conservado al califa como autoridad espiritual del Islam, posiblemente hoy el integrismo musulmán tendría menos inspiración para reclutar a tantos jóvenes fanatizados.