Efectivamente
hay mucha envidia en la filosofía del socialismo. El socialismo busca a toda
costa la igualdad, siempre por encima de la prosperidad general. Es un hecho
firmemente documentado que, en casi todas las sociedades capitalistas, los
menos privilegiados tienen en muchos aspectos mejores niveles de vida que los
nobles y aristócratas de hace cinco siglos. Ciertamente el capitalismo ha
generado terribles desigualdades, pero aun bajo esas desigualdades, los menos
privilegiados terminan en mejores condiciones que los privilegiados de antaño.
Para la
mentalidad comunista, no obstante, eso no es suficiente. Es preferible que
todos vivamos en malas condiciones, pero al menos que todos seamos iguales.
Históricamente, muchas de las reformas comunistas quitan al rico y empeoran su
condición de vida, pero (al menos a largo plazo) el pobre sigue sin
beneficiarse ni mejorar su condición. Esta mentalidad es evocadora de un
conocido chiste ruso: un campesino se lamenta de que su vecino tenga más vacas;
se aparece una hada madrina, y le ofrece sus servicios para solventar esta
situación; el campesino pide a la hada madrina que mate a las vacas del vecino.
A la
larga, el comunista prefiere sufrir, pero al menos todos sufriremos por igual.
Si la ganancia del otro es sustanciosa, y la propia ganancia es menor (pero aún
así sigue siendo ganancia), el comunista prefiere que nadie gane, y todos
sigamos siendo pobres.
Opera acá, de forma
muy evidente, algo parecido (pero no exactamente lo mismo) a la envidia.
Churchill estaba equivocado. La mentalidad comunista no es propiamente
envidiosa, pues la envidia es el deseo de tener lo que otro tiene. Si en
realidad el comunista fuese envidioso, él no buscaría tanto aniquilar la
riqueza de los demás, sino más bien apropiarse de ella. En el ejemplo del
campesino ruso, un envidioso pediría a la hada madrina tener lo que el vecino
tiene, en vez de destruir lo que el otro tiene. La mentalidad comunista está
más conducida por aquello que los alemanes llaman schadenfreude, el regocijo por la desgracia de los demás, sin
necesariamente implicar el deseo de tener lo que los otros tienen.
Y, como corolario
de esta emoción tan destructiva, la mentalidad comunista opera bajo la noción
de que la riqueza siempre tiene los mismos límites. Así, quien se haga rico,
seguramente lo hace a expensas de la pobreza de otro. Pues, bajo esta
suposición, la riqueza es como un gran pastel cuya dimensión es siempre la
misma: si alguien recibe más del pastel, ha ser porque alguna otra persona ha
recibido una porción menor. En otras palabras, como infamemente sostuvo el
ensayista Michel de Montaigne: la ganancia de un hombre es la pérdida de otro.
Varios antropólogos
han documentado muy competentemente que estas emociones e ideas dan pie a la creencia
en brujería, y todas las desafortunadas consecuencias que eso supone. En la
década de los años sesenta del siglo XX, el antropólogo norteamericano George
Foster hizo varios estudios etnográficos en comunidades campesinas de México.
Foster adelantó el modelo teórico del ‘bien limitado’: en esas comunidades, el
principal signo de riqueza es la tierra. Los campesinos asumen que la tierra es
un bien limitado, y bajo esta asunción, estipulan que quien se haga rico, ha de
ser porque lo ha logrado a expensas de otra persona.
Bajo el
entendimiento de estos campesinos, los medios de enriquecimiento pueden no ser
evidentes. Alguien puede crecer en riqueza en la comunidad. Quizás no es
evidente que esa riqueza se ha logrado a expensas de la pobreza de los demás.
Pero, ante la ausencia de esa evidencia, se concluye que el rico ha acumulado
su riqueza mediante algún hechizo. Acudiendo a la brujería, el rico ha
despojado de riquezas al pobre.
En los estudios de Foster, estos campesinos no conciben como posible que alguien se haga rico sin hacer que otra persona se haga pobre. Aun si no se evidencia un robo directo, la desigualdad sigue siendo un robo, y para consumar este robo, se acude a algún hechizo mágico. Foster advierte, entonces, que la creencia en brujería ocurre fundamentalmente para explicar la desigualdad social. Quien prospere por encima de los demás, no pudo haberlo hecho de forma legítima y con méritos propios. Debió haber solicitado ayuda de brujas para secretamente perjudicar a los pobres.
En esta mentalidad
brujeril, hay obvias semejanzas con la mentalidad comunista. Tanto los
campesinos estudiados por Foster, como los típicos comunistas, asumen que la
riqueza tiene un límite constante. Y, bajo esta presunción, cuando alguien
tiene un trozo mayor del pastel, otra persona tiene un trozo menor. La
actividad económica es de suma cero. El comunista no concibe que, con esfuerzo,
disciplina y dedicación, un emprendedor pueda honestamente acumular más
riquezas que otras personas. Seguramente el comunista moderno no opina, como
los campesinos mexicanos estudiados por Foster, que el rico se ha valido de
brujería. Pero, sí comparte con estos campesinos la idea de que no hay
desigualdades legítimas. Y, en ese sentido, el rico se debió haber valido de
algún método deshonesto para triunfar. Bajo la presunción comunista, puede ser
que el rico no ha hecho brujería. Pero, en algún momento de su camino a la
riqueza, debió haber explotado al pobre. Como los campesinos mexicanos, en
muchos casos seguramente el comunista no tendrá evidencia palpable de que, en
efecto, alguien se ha hecho rico a expensas del pobre. Pero, el comunista asume
a priori que se valió de algún método
ilegítimo. Al final, tanto los campesinos mexicanos estudiados por Foster, como
los comunistas, terminan por imponer un límite a las aspiraciones de superación
económica de cualquier persona: bajo su entendimiento, triunfar es un acto
fundamentalmente antisocial.
Marx pretendió un ‘comunismo
científico’. Pero, me temo que la mayor parte de sus seguidores terminan por
incurrir en una mentalidad mucho más afín a la persecución de brujas del siglo
XVII, que a los racionalistas escépticos que, al negar la existencia de las
brujas, sentaron las bases de la ciencia moderna. Hay, por supuesto, muchas
desigualdades económicas ilegítimas. Pero, si a priori se asume que toda desigualdad
económica es ilegítima, o que siempre la ganancia de un hombre es cosustancial
a la pérdida de otro, se está incurriendo en una forma de pensar más afín al
creyente en brujas, que al científico que busca conocer la realidad mediante
métodos experimentales.
Autores como
Immanuel Wallerstein han intentado demostrar mecanismos precisos mediante los
cuales, unos países se hacen ricos a expensas de otros. Quizás Wallerstein
tenga razón en varios de sus análisis, y me parece saludable tener en cuenta
los mecanismos de explotación que, efectivamente, persisten en el mundo. Pero,
más saludable aún me parece abrirnos a la posibilidad de que aquellos países
que han logrado riqueza, lo han hecho mediante una óptima ética del trabajo,
constancia, disciplina y dedicación, y no mediante alguna forma de explotación.
A no ser que se presente evidencia firme de que, efectivamente, la riqueza de
un país se consigue a expensas de la pobreza de otro, las tesis del comunismo
seguirán teniendo el mismo valor explicativo que las creencias de los
campesinos mexicanos sobre las brujas.



