viernes, 28 de diciembre de 2012

El relativismo cultural, ¡qué tontería!



Imaginad la escena: Ramón, un estudiante de medicina está de vacaciones en las selvas del sur de Venezuela. Hasta ese momento, está encantado con la observación de la fauna y la flora, y ha hecho varios amigos de una tribu indígena que habita en esas selvas. De repente, Ramón observa que un niño indígena tiene una fiebre muy intensa. Ramón examina al niño, y se da cuenta de que tiene una infección. Por fortuna, Ramón tiene a la mano los antibióticos y medicamentos que, al ser aplicados, eliminarán la infección y la fiebre con toda seguridad.
            Pero, los indígenas de esa tribu tienen sus propios remedios. El curandero de la aldea examina al niño, y sostiene que el origen de la enfermedad es un espíritu que se ha apoderado del infante. En opinión del curandero, no deben aplicarse las inyecciones de Ramón, pues eso molestará a los espíritus, y será peor. Al contrario, el niño debe ser sometido a baños ceremoniales y algunas hierbas para expurgar a los espíritus.
            Ramón sabe que, si no se aplican los antibióticos, el niño probablemente morirá. Pero, antes de discutir con el curandero, Ramón razona que él mismo es el extranjero en la aldea que lo ha recibido con tanto cariño, y que no tiene derecho a interferir en sus asuntos. Así, Ramón permite que el curandero emplee su remedio. El remedio del curandero no da resultado, la infección crece, y el niño muere. ¿Actuó correctamente Ramón?
            Insólitamente, cada vez más los filósofos y antropólogos estiman que, en una situación como ésa, Ramón habría hecho lo correcto. A su juicio, cada cultura tiene su propio sistema de valores y conocimientos, los cuales no pueden ser comparados con los valores y conocimientos de otras culturas. Así, la medicina occidental de Ramón no sería ni mejor ni peor que los métodos empleados por el curandero de la aldea; serían sencillamente distintos. Y, si bien a nosotros nos puede parecer irracional emplear sólo los baños ceremoniales y hierbas para detener una infección, el proceder del curandero debe ser entendido en el contexto de su propia cultura.
Se trata de la postura que ha venido a llamarse el ‘relativismo cultural’. Según esta doctrina, no existen verdades absolutas. La distinción entre lo verdadero y lo falso es sólo relativa a contextos específicos. Decir que la Tierra es plana puede ser verdadero, si eso se predica en una cultura que acepta esa creencia. A juicio de los relativistas, no hay motivo para pensar que el método científico es mejor que los métodos de disciplinas como la astrología o el feng shui; todo dependerá del contexto. De hecho, Paul Feyerabend, un relativista extremo, sostiene que, a la hora de intentar conocer el mundo, “todo vale”. Vale lo mismo dedicar años de experimentación en un laboratorio, que fumar el tabaco y hacer predicciones a partir de su humo.
El relativismo también ha sido extendido al plano moral. Según los relativistas, no debemos escandalizarnos si una cultura practica el canibalismo o persigue brujas. Ellos tienen su moral, y nosotros tenemos la nuestra. Así como no hay verdades absolutas sobre el mundo, tampoco hay valores morales universales aplicables a toda la especie humana. Cada cultura tiene sus propias costumbres, y no tenemos derecho a interferir en ellas.
En función de ello, los relativistas defienden la idea de que no hay culturas mejores que otras. Corea del Sur no es ni mejor ni peor que Corea del Norte; son sencillamente distintas. Las culturas son diferentes entre sí, pero a la vez equivalentes: a pesar de que sus modos de vida son distintos, todas valen por igual.
Tengamos presente que, hasta fechas muy recientes, las potencias coloniales europeas habían impuesto un dominio sobre otros territorios, con la excusa de que sus habitantes eran bárbaros que necesitaban ser civilizados. Comprensiblemente, esto ha generado mucho rechazo entre los intelectuales de la era post-colonialista, y a partir de ello, han querido reivindicar a los pueblos no occidentales. Pero, lamentablemente, han ido demasiado lejos, al punto de defender una postura irracional que atenta contra el progreso científico y moral de la humanidad.
Si bien el relativismo es una doctrina muy popular hoy en día, ha sido criticada desde hace mucho tiempo por los filósofos. La principal dificultad es que, si predicamos que todo es relativo, entonces inmediatamente nos estamos contradiciendo. Pues, si insistimos en decir “todo es relativo”, entonces permitimos que sea relativo que todo sea relativo. Y, si permitimos eso, entonces no tenemos razón para oponernos a quien sostenga que no todo es relativo. Un poeta asturiano escribió alguna vez unos versos sumamente emblemáticos del relativismo:
“nada es verdad,
nada es mentira,
todo depende del cristal con que se mira”.
Ese poeta jamás pensó que yo puedo asumir su propio poema y razonar que, bajo el cristal con que yo lo miro, no es verdad que todo depende del cristal con que se mira. Por eso, el relativismo es claramente irracional: pretende decir que todo es relativo, pero al sostener eso, ya hay al menos una proposición que asume como absoluta. El relativista no tiene manera de escapar a esta contradicción.
El relativismo cultural despoja de todo sentido a la empresa científica. Si todo es relativo, no hay motivo para descubrir cómo opera el mundo, pues siempre se advertirá que esos descubrimientos sólo serán relativos a una cultura, pero no a otra. Quizás lo más sorprendente de esta postura es que, quienes la defienden son intelectuales que se han beneficiado enormemente de la ciencia y la tecnología occidental. Y, esto demuestra una terrible hipocresía de su parte: alaban a los curanderos y brujos de otras culturas, pero cuando se enferman, inmediatamente acuden a la medicina occidental. No viajan en burro, sino en avión. No envían señales de humo, sino que utilizan el internet.
En el plano moral, es aún más sorprendente la hipocresía relativista. Los relativistas culturales están dispuestos a admitir que no existe una moral universal, y que por ende, el canibalismo de los aztecas o la persecución de brujas entre los azande no es intrínsecamente objetable; todo depende del contexto. Bajo ese mismo razonamiento, entonces el genocidio nazi o el apartheid sudafricano tampoco sería objetable, pero por alguna misteriosa razón, pocos relativistas culturales se atreven a admitir eso. Todo parece indicar que los relativistas abrazan su postura cuando se trata de excusar a las culturas no occidentales, pero renuncian a ella cuando se trata de excusar a las culturas occidentales.

El fin del mundo, ¡qué tontería!



            Todos sabemos cuál ha sido nuestra fecha de nacimiento, pero no sabemos cuál será nuestra fecha de muerte. Del mismo modo, sabemos que el universo se inició hace unos 13 mil millones de años, el planeta hace unos 4 mil millones de años, y la especie humana apareció hace unos 300 mil años; pero, no sabemos bien cuánto más durará. Esa incertidumbre ha conducido a mucha gente no muy cuerda a desarrollar una obsesión con el fin del mundo. Desde hace dos mil años, en varios rincones del mundo judío, cristiano y musulmán, han aparecido fanáticos que han anunciado fechas precisas para el gran evento apocalíptico. No es necesario ser un superdotado para comprender que estos fanáticos estuvieron llanamente equivocados: las fechas que ellos anunciaron pasaron sin pena ni gloria, pues acá estamos todavía, vivos y coleando.
            La obsesión con el fin del mundo se remonta al siglo II antes de nuestra era. Palestina había sido ocupada por invasores griegos, y los judíos de aquella época lanzaron una sangrienta revuelta independentista. En medio de tanto sufrimiento, los judíos inventaron la idea de que, aun si la revuelta no parecía dar muchos frutos, Dios en algún momento intervendría en medio de catástrofes para establecer un reino utópico en el cual el bien (según lo entendían lo judíos) prevalecería, y los malvados serían castigados.
            Siglo y medio más tarde, los primeros cristianos asimilarían la misma idea. En medio de la ocupación y persecución romana, algún cristiano primitivo compuso un libro según el cual, en un futuro muy próximo, habría una terrible batalla cósmica entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal, y después de espeluznantes catástrofes, Dios prevalecería para finalmente vencer a Satanás y sus secuaces, y así establecer un reino eterno de felicidad. Ese libro es, por supuesto, el Apocalipsis (el cristianismo se lo atribuye a Juan, el discípulo de Jesús, pero esto es muy dudoso).
            El Apocalipsis es un libro sumamente extraño (varios comentaristas sugieren incluso que su autor debió sufrir algún trastorno mental, dado el contenido casi psicodélico de muchas de sus imágenes), pero en general, es factible interpretarlo como una respuesta comprensible frente a la persecución romana. El autor, imbuido de las ideas apocalípticas que prosperaban desde hacía siglo y medio en el mundo judío, compuso esta gran epopeya cósmica con el fin de alentar a los cristianos a aguantar la persecución y no desesperarse, con la esperanza de que Dios intervendría para redimir a los que ahora sufren, y castigar severamente a los malvados. Así, el mundo vendría a su fin, y empezaría una nueva etapa.
            Como sabemos, eventualmente, el texto ya no fue interpretado a partir de su contexto histórico, sino como una profecía certera respecto a lo que ocurriría en algún momento futuro. Y, desde entonces, han abundado grupos cristianos (sobre todo protestantes) obsesionados con encontrar varios de los elementos descritos en el Apocalipsis, como señales de que el fin ya está muy próximo.
Quizás el elemento que se busca con mayor obsesión es la ‘marca de la bestia’. Según el Apocalipsis, surgirá una bestia que se enfrentará a las fuerzas del bien, y hará toda suerte de prodigios malignos. Esta bestia está marcada con el número 666, e intentará que todas las personas lleven también esta marca. Se ha hecho toda suerte de artimañas aritméticas para encontrar el 666 en diversos personajes históricos, y así identificarlos con la bestia apocalíptica: Napoleón, Hitler, Rodríguez Zapatero, Saddam Hussein, el Papa, etc. Lo más probable es que el autor tuviera en mente al emperador romano Nerón (el primero en perseguir a los cristianos), pues al sumar el número correspondiente a las letras que conforman el nombre de Nerón en hebreo, suma 666.
Así, el tema del fin del mundo ha estado muy presente en la imaginación cristiana. Algunos autores, como san Malaquías y Nostradamus, han sido célebres (o, mejor, infames) por anunciar eventos catastróficos futuros, que en cierto sentido, servirían como antesala al apocalipsis. Estos personajes han empleado un lenguaje excesivamente vago (jamás dieron una fecha precisa), de forma tal que cualquier contratiempo reseñado en las noticias es fácilmente interpretable como el cumplimiento de sus profecías.
Otros personajes, un poco más audaces, han fijado fechas precisas, y obviamente, se han equivocado. Una persona racional pensaría que, después de tantos errores en el cálculo de fechas apocalípticas, se desistiría de seguirlo intentando. Pero, insólitamente, cada vez más proliferan grupos que anuncian con precisión el fin del mundo. Incluso, muchas de estas expectativas terminan con consecuencias trágicas. Los seguidores del reverendo Jim Jones en 1978, de los davidianos en 1993, y del movimiento Heaven’s Gate en 1997, pusieron fecha al fin del mundo, y terminaron acarreando suicidios colectivos con la esperanza de acelerar el apocalipsis.
Incluso, para el 21 de septiembre de 2012, algunos fanáticos esperan catástrofes de proporciones apocalípticas. Ese día, un ciclo del calendario maya llegará a su fin, y según la interpretación apocalíptica, eso es indicativo del fin del mundo. A su juicio, ese día el planeta Nibiru colisionará con la Tierra, y además, habrá una inversión de los polos de la Tierra, lo cual resultará en grandes catástrofes. No hay remedio, preparaos para enfrentar vuestro final, y arrepentíos antes de que sea demasiado tarde.
Semejantes extravagancias no deberían generar miedo, sino risa. Es cierto que el 21 de diciembre de 2012, un ciclo del calendario maya llegará a su fin. Pero, ¡inmediatamente empezará otro ciclo! Los mayas vivirán algo similar a lo que nosotros vivimos todos los 31 de diciembre: pasaremos de un ciclo a otro; nada más. Además, no hay absolutamente ninguna razón para suponer que los mayas (un pueblo que ni siquiera pudo evitar el colapso de su civilización) tuvieran conocimiento confiable sobre el fin del mundo.
Asimismo, jamás se ha descubierto el tal planeta Nibiru; todo parece tratarse de un fraude deliberado para generar temor. Sí es cierto que los ejes de la Tierra podrían cambiar su posición (actualmente el eje de inclinación es de 23,44 grados, pero eventualmente podría cambiar). Pero, esto sería un proceso gradual, y hasta ahora, no hay ninguna indicación de que ocurrirá próximamente.
Si estáis en vuestro sano juicio, haced caso omiso a todas estas locuras apocalípticas. Pero, no las ignoréis por completo. Pues, los sociólogos nos advierten con justa razón que las obsesiones apocalípticas surgen cuando existe una profunda insatisfacción en la sociedad. Al estar inconformes con las condiciones sociales, muchos grupos humanos esperan un gran evento apocalíptico, con la esperanza de que la destrucción se lleve consigo todo lo malo, y surja algo mejor. El hecho de que hoy proliferen tantos grupos apocalípticos debería colocarnos en alerta de que nuestra sociedad tiene a mucha gente insatisfecha.
Y, además, algunas amenazas apocalípticas sí deben ser tomadas en serio. Las armas nucleares, los asteroides, los terremotos, las epidemias o el calentamiento global, entre otros, pueden seriamente poner fin a la existencia de nuestra especie. Frente a algunas amenazas, nada podemos hacer; pero frente a otras, está en nuestras propias manos nuestro futuro. Urge saber distinguir las amenazas apocalípticas irreales (procedentes de la religión), de las amenazas apocalípticas reales (sobre las cuales advierte la ciencia), y a partir de ello, tomar cartas en el asunto para postergar lo más posible el fin del mundo.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

El rechazo al control de armas: ¿preparación para el apocalipsis?




            La reciente tragedia vivida en el estado de Connecticut, en EE.UU., invita a varias reflexiones. Lo siguiente parecerá un cliché, pero no por ello deja de ser verdadero: es profundamente hipócrita lamentarse por algunas muertes violentas en EE.UU., pero dar pasada al número abrumadoramente superior de muertos en Irak y Afganistán. Y, no es meramente fortuito que el país cada vez más militarista que envía tropas al mundo entero, en su propio seno no logra controlar a su población violenta. En los cuarteles se enseña a los soldados a ser violentos, y si bien esto se hace con alguna mesura, siempre hay el riesgo de que esa violencia eventualmente se vuelva contra los mismos ciudadanos norteamericanos.
Pero, la principal preocupación ocasionada por la tragedia de Connecticut, por supuesto, concierne al debate en torno a las leyes que regulan la posesión de armas. Nuevamente, es destacable la hipocresía de muchos sectores de la opinión pública norteamericana: en la escena internacional, favorecen el control de armas, pero en la escena doméstica, pero en la escena doméstica, exigen el derecho a poseer armas. Con todo, podemos intentar hacer un ejercicio de empatía, y tratar de comprender por qué un sustancioso porcentaje de los norteamericanos favorece la libertad de poseer armas.
Lo mismo que las naciones hispanoamericanas, EE.UU. fue fundado tras una revolución en contra de un poder imperial. Los soldados norteamericanos estaban en desventaja numérica frente a la corona inglesa, pero tenían mayor motivación. Y, en la guerra de independencia norteamericana, fue crucial el apoyo de milicias domésticas. Una vez que expulsaron a los ingleses, los padres fundadores de EE.UU. previeron un sistema de gobierno que mantuviera a la raya al poder del Estado.
En líneas generales, esta estrategia ha dado buenos resultados. Muchas cosas podrán ser criticables de EE.UU., pero un mínimo de sensatez debería hacernos admitir que en ese país hay un buen cultivo de las libertades individuales. Con todo, los padres fundadores norteamericanos asumían que, para poder mantener la libertad individual frente al poder del Estado, era necesario incorporar el derecho a tener armas. Pues, si el Estado se sobrepasaba en sus límites, siempre había el recurso de que las milicias privadas pudieran hacer contrapeso y restituir la libertad.
Así, el derecho a poseer armas nunca permitiría que surgiera una dictadura totalitaria, pues el Estado nunca podría controlar a ciudadanos armados. Y, en el caso de una invasión, los ocupantes tendrían suma dificultad en controlar el país; el motivo, nuevamente, sería que habría una guerrilla armada. Por eso, la segunda enmienda de la constitución norteamericana permite el derecho a tener armas. Vale advertir, no obstante, que la redacción no es del todo clara, y que la constitución deja entrever que este derecho podrá ser ejercido sólo por milicias organizadas, pero sigue estando abierto a debate.
En el siglo XVIII, todo esto tuvo mucho sentido. Pero, me temo que es ya extemporáneo. Si el gobierno de EE.UU. se vuelve totalitario (y nunca ha desaparecido esa amenaza), es poco probable que los rifles que se venden en las tiendas de cacería sirvan para mantener a la raya al Estado. Hoy, la complejidad de la política y la guerra hacen más efectivos otros métodos (sabotaje, espionaje, resistencia ciudadana, etc.). Es menos probable que hoy EE.UU. sea invadido por otro poder militar. Pero, nuevamente, aun en caso de que eso ocurra, la complejidad militar contemporánea hace improbable que los rifles sean de mucha ayuda en la resistencia a la ocupación.
Con todo, hay otros argumentos invocados a favor de la libertad de poseer armas. Se alega que el control de armas favorece a los criminales, pues el ciudadano obediente queda indefenso; la proliferación de armas en manos de ciudadanos virtuosos (siempre la mayoría en cualquier sociedad) disuade a los criminales, o al menos, ofrece más probabilidad de que haya una defensa eficaz que interrumpa el crimen.
Ese argumento es considerable, pero me parece que hay más argumentos de peso en contra. Una clave del éxito de la sociedad moderna es la especialización del trabajo; zapatero a su zapato. De esa manera, la seguridad queda mejor en manos de quienes dedican sus vidas a ello; a saber, los policías y soldados. Puesto que el llevar armas es tan peligroso, mejor dejar esa responsabilidad a quienes estén bien preparados para hacerlo. Una dificultad con la libertad de llevar armas es que, eventualmente, todos los ciudadanos se ven presionados a tener armas. Y, eso hace que aun aquellos ciudadanos torpes en habilidades militares (como yo, un simple profesor universitario), tengan que llevar armas. Esto puede conducir a mayores tragedias.
A la larga, la libertad de llevar armas conduce fácilmente a una carrera armamentística: todos los ciudadanos, temerosos de lo que haga el vecino, estarán armados hasta los dientes, y cualquier incitación fácilmente desemboca en violencia abrupta. En las relaciones internacionales, muchas veces las carreras armamentísticas promueven una tensa paz entre enemigos, pues las naciones hostiles no se atreven a atacar, por temor a una respuesta severa por parte del enemigo (eso en parte explica por qué nunca hubo una confrontación directa entre EE.UU. y la Unión Soviética). Pero, dudo que en la escena doméstica ocurra este efecto. El ciudadano común no cuenta con un staff de asesores militares que evalúan detalladamente la situación como para tomar la decisión más racional: por lo general, el ciudadano común actúa instintivamente, y eso tiene el enorme potencial de generar una racha violenta.
            En todo caso, el debate intelectual entre quienes se oponen y apoyan al control de las armas es sano. Lo preocupante, no obstante, es la ideología oculta que subyace en el grueso de quienes defienden el derecho a poseer armas. Una minoría intelectual favorece el derecho a tener armas, bajo las premisas del pensamiento libertario. Esta ideología, muy fructífera en muchos aspectos (sobre todo en economía), es muy estimable (aun sin necesidad de estar de acuerdo en todos sus alegatos, como es mi caso).
            Pero, el grueso que apoya la libertad de poseer armas en EE.UU. no forma parte de esta corriente intelectual. Antes bien, tras su postura subyace una ideología apocalíptica que muchas veces pasa desapercibida, pero que es un veneno silencioso en la vida cultural norteamericana. Desde el siglo XIX, ha habido en EE.UU. la expectativa de que el mundo pronto llegará a su fin en medio de una gran catástrofe apocalíptica. Tradicionalmente, esta expectativa es de corte religioso: se espera que se dé cumplimiento a las terroríficas imágenes del libro del Apocalipsis. En las últimas décadas, la expectativa se ha secularizado, y ya no se espera tanto la llegada de la bestia con el 666, pero sí se espera alguna forma de invasión extraterrestre, o el brote de algún virus, o el colapso de la economía mundial por falta de petróleo.
            Esta expectativa apocalíptica alimenta el deseo de poseer armas. Los ciudadanos norteamericanos ya no confían en la seguridad y comodidad que el Estado les ofrece, pues temen que más pronto que tarde, llegará alguna forma de cataclismo, y la gente tendrá que recluirse en sus casas y defenderse de la mejor manera posible. En vista de esta expectativa apocalíptica, no pueden darse el lujo de no tener armas. En cualquier momento puede aparecer un zombi.
        Por supuesto, siempre hay la amenaza real de alguna catástrofe, y nunca es inadecuado tomar previsiones frente a alguna escasez de productos. Pero, la expectativa apocalíptica norteamericana, y las previsiones de supervivencia rayan ya en lo histérico. Los sociólogos e historiadores suelen advertir que las expectativas apocalípticas son populares en momentos de ansiedad e insatisfacción (por ejemplo, la persecución de cristianos durante la época en la que se compuso el Apocalipsis): frente al descontento, existe la esperanza de que algún cataclismo servirá para erradicar la sociedad actual, e inaugurar una más promisoria. Pues bien, parece que buena parte de la actual sociedad norteamericana, a pesar de sus innegables éxitos, atraviesa por alguna crisis que alimenta las expectativas apocalípticas. Y, a la larga, estas expectativas apocalípticas alimentan el deseo de poseer armas.
            Por ahora, el debate en torno al derecho de poseer armas seguirá en EE.UU. Pero, la mitigación de la visión apocalíptica del mundo entre los norteamericanos es urgente. Al calmar las ansiedades apocalípticas, habrá menos locos dispuestos a disparar ante amenazas inexistentes. Pero, por supuesto, para calmar las ansiedades apocalípticas, es necesario elaborar una revisión de los aspectos disfuncionales que generan descontento en la sociedad norteamericana. Es una labor ardua, pero la solución de los problemas nunca debe desestimar las causas profundas de los fenómenos.      
             
     

jueves, 20 de diciembre de 2012

2012: apocalipsis pop



            Como se sabe, la idea de que el calendario maya anuncia el fin del mundo reposa sobre una sarta de confusiones y falsedades. El 21 de diciembre de 2012 un ciclo de 5125 días llegará a su fin en una versión del calendario maya. Los apocalípticos ven esto como el fin del mundo. Los historiadores y antropólogos competentes nos advierten que, bajo la concepción maya, el fin del ciclo de 5125 días no supone el fin del mundo. Es muy probable que los mayas creyeran sencillamente que, al finalizar un ciclo, otro nuevo empezaría.
            Según los entusiastas apocalípticos, a partir del 21 de diciembre ocurrirá una terrible serie de catástrofes. El planeta Nibiru chocará contra la Tierra; habrá una inversión de los campos magnéticos de la Tierra, el eje de nuestro planeta se inclinará dramáticamente más allá de los 23.44 grados habituales, etc. Se trata, por supuesto, de disparates en proporciones magnánimas.
            Para los historiadores de la civilización maya, astrónomos y geólogos, el fenómeno del apocalipsis maya no representa ningún reto. Pero, sí es un reto para los sociólogos. Es fácil refutar las creencias divulgadas en torno al fin del mundo según el calendario maya. Pero, es mucho más difícil por qué la gente puede creer semejantes estupideces. La sociología puede ofrecer algunas explicaciones, pero el caso de la expectativa en torno al calendario maya es muy singular.
            No es la primera vez que crece una histeria colectiva en torno al apocalipsis. Hace apenas doce años, hubo el temor de que los computadores no estuvieran acordemente preparados para pasar del dígito ‘99’ al dígito ‘00’, y eso traería toda suerte de catástrofes. Nada ocurrió, por supuesto.
            Pero, las expectativas apocalípticas son mucho más antiguas. Probablemente la visión apocalíptica del mundo tuvo su inicio formal con la ocupación griega del reino de los judíos en el siglo II a.C. Esta ocupación suscitó una sangrienta rebelión judía, la de los macabeos. En aquel contexto, se redactó el libro de Daniel, uno de los primeros en incorporar imágenes apocalípticas, con la expectativa de que el sufrimiento de los judíos pronto sería vengado por Dios en medio de terribles catástrofes, y se daría inicio a una época dorada.
            Comenzó así a la literatura apocalíptica judía, y como corolario, los movimientos apocalípticos que esperaban con ansias el fin del mundo. El libro bíblico del Apocalipsis pertenece a este género. Los esenios, contemporáneos de Jesús, tenían la expectativa de que el mundo se acabase en cualquier momento, como seguramente también la tuvo Juan el bautista. Y, si bien es un asunto debatido, me inclino por la opinión de que el propio Jesús y los primeros cristianos también tenían una firme expectativa apocalíptica.
            Por supuesto, el fin del mundo no llegó, pero no por ello menguó la expectativa apocalíptica en Occidente. La historia del judaísmo, el cristianismo y el Islam ha estado llena de figuras mesiánicas que han anunciado el fin del mundo, y el inicio de una nueva era utópica tras un período de grandes tribulaciones. E, incluso en versiones seculares, se adelantó la idea de que, habría periodos intensos de violencia y catástrofe, pero luego vendrían utopías construidas por el mismo hombre; el nazismo y el comunismo son típicas ideologías mesiánicas seculares.
           La explicación sociológica estándar de estos fenómenos es que aparecen especialmente durante momentos de opresión e insatisfacción social. Los movimientos apocalípticos surgen como una suerte de fantasía para aliviar el dolor generado por la opresión, y alentar la resistencia con la expectativa de que, pronto, el sufrimiento llegará a su fin y las cabezas de los opresores rodarán. El más emblemático de los libros apocalípticos, el Apocalipsis, fue escrito bajo ese tipo de circunstancias. La persecución romana de los cristianas crecía, y Juan de Patmos concibió una grotesca fantasía de violencia como forma de alentar a los cristianos a resistir un poco más, pues pronto todo el sufrimiento llegará a su fin.
            La expectativa apocalíptica es, entonces, una suerte de escapismo frente a la opresión social. El oprimido desea que el mundo se acabe, pues ya no soporta vivir más en un mundo así, y tiene la esperanza de que, si bien este mundo cruel pronto se acabará, uno más promisorio lo sustituirá. Ese escapismo, por supuesto, no genera transformaciones sociales, y es por ello que historiadores marxistas como Eric Hobsbawm ven en los movimientos apocalípticos una forma de ‘falsa conciencia’.
            Me temo, no obstante, que esta explicación sociológica de los movimientos apocalípticos no se ajusta bien a la expectativa frente al fin del ciclo maya. En 1844, el predicador William Miller congregó a un considerable número de seguidores en el estado de New York, en espera de que llegase el final. Nada ocurrió, por supuesto, y Miller sufrió una aguda depresión por su fracaso.
El caso de Miller ilustra muy bien que las expectativas apocalípticas no se toman a la ligera. Quienes las asumen, toman preparativos drásticos en anticipación frente al fin (he visto de cerca en Salt Lake City, por ejemplo, enormes graneros que los mormones preparan en expectativa frente al inminente apocalipsis). El fin del mundo no es una ocasión para divertirse. Para quienes tienen expectativas apocalípticas, se trata de un asunto turbulento, y mantienen seriedad al respecto.
No he visto esta seriedad en la expectativa por el fin del calendario maya. No he visto a la primera persona que, a la manera de Miller en el siglo XIX, realmente crea que el mundo se acabará el 21 de diciembre de 2012. Por ello, no me parece un movimiento apocalíptico genuino. Toda la parafernalia se trata más bien de un gigantesco aparato mediático inevitablemente conexo con el capitalismo. El apocalipsis maya se ha convertido en algo así como Halloween o la navidad: una ocasión para producir mercancías, mercadearlas, y consumirlas.
El apocalipsis maya, a diferencia de las anteriores expectativas apocalípticas, es por encima de todo un simulacro. El siglo XX ha visto una proliferación de libros y películas apocalípticas y postapocalípticas, más seculares que religiosas. En un momento, generaron gran emoción, y el espectador se quedó pegado a la silla disfrutando todas estas fantasías terroríficas. Pero, ya no es suficiente. La ficción ha empezado a aburrir a las audiencias, y ahora, piden que la ficción se entremezcle con la realidad. Es el fundamento de los reality shows. Y, así, ya no basta con películas de ficción sobre eventos apocalípticos. Ahora las audiencias quieren pseudodocumentales que les hagan creer que las fantasías sobre meteoritos anticipados por antiguas civilizaciones, son reales.
Jean Baudrillard continuamente manifestó su preocupación de que, en la sociedad del simulacro, se confundieran los límites entre lo real y lo virtual. Creo que Baudrillard exageraba. Dudo que, en medio de toda esta locura por el calendario maya, haya gente que, a la manera del Quijote, pierda el contacto con la realidad, y asuma de verdad que se aproximan las catástrofes. Todo se trata de una gran farsa, y no creo que nadie se trague el cuento completo. La ocasión del fin del calendario maya es una gran fiesta con un tema de terror, pero cuando la fiesta termine, la gente irá a sus casas.
El verdadero peligro de la efervescencia por el fin del calendario maya es que distrae la atención frente a los genuinos movimientos apocalípticos que sí son peligrosos. De vez en cuando proliferan sectas apocalípticas que terminan en suicidios masivos, como el Templo del Pueblo del reverendo Jim Jones, o los seguidores del Heaven’s Gate. Más preocupante aún, es que en EE.UU. cada vez más crece el poder evangélico. Y, un buen grupo de evangélicos está decidido a apoyar irrestrictamente al Estado de Israel, pues estima que esto es un requisito para la llegada de la era mesiánica. Como se sabe, una zona tan volátil como el Medio Oriente puede complicar severamente este escenario.
Nada ocurrirá el 21 de diciembre de 2012. Pero, como en ninguna otra época, los seres humanos tenemos la capacidad de destruirnos con nuestras propias tecnologías. Por ello, debemos reconsiderar la amenaza apocalíptica. Pero, en vez de hacerlo a la manera del fanatismo religioso de épocas pasadas, o mediante el consumismo pop a la manera de la efervescencia por el fin del calendario maya, debemos hacerlo científicamente: evaluar los riesgos que amenazan la existencia de nuestra especie, y tomar medidas preventivas al respecto.