Pero,
los indígenas de esa tribu tienen sus propios remedios. El curandero de la
aldea examina al niño, y sostiene que el origen de la enfermedad es un espíritu
que se ha apoderado del infante. En opinión del curandero, no deben aplicarse
las inyecciones de Ramón, pues eso molestará a los espíritus, y será peor. Al
contrario, el niño debe ser sometido a baños ceremoniales y algunas hierbas
para expurgar a los espíritus.
Ramón
sabe que, si no se aplican los antibióticos, el niño probablemente morirá.
Pero, antes de discutir con el curandero, Ramón razona que él mismo es el
extranjero en la aldea que lo ha recibido con tanto cariño, y que no tiene
derecho a interferir en sus asuntos. Así, Ramón permite que el curandero emplee
su remedio. El remedio del curandero no da resultado, la infección crece, y el
niño muere. ¿Actuó correctamente Ramón?
Insólitamente,
cada vez más los filósofos y antropólogos estiman que, en una situación como
ésa, Ramón habría hecho lo correcto. A su juicio, cada cultura tiene su propio
sistema de valores y conocimientos, los cuales no pueden ser comparados con los
valores y conocimientos de otras culturas. Así, la medicina occidental de Ramón
no sería ni mejor ni peor que los métodos empleados por el curandero de la
aldea; serían sencillamente distintos. Y, si bien a nosotros nos puede parecer
irracional emplear sólo los baños ceremoniales y hierbas para detener una
infección, el proceder del curandero debe ser entendido en el contexto de su
propia cultura.
Se trata de la
postura que ha venido a llamarse el ‘relativismo cultural’. Según esta
doctrina, no existen verdades absolutas. La distinción entre lo verdadero y lo
falso es sólo relativa a contextos específicos. Decir que la Tierra es plana
puede ser verdadero, si eso se predica en una cultura que acepta esa creencia.
A juicio de los relativistas, no hay motivo para pensar que el método
científico es mejor que los métodos de disciplinas como la astrología o el feng
shui; todo dependerá del contexto. De hecho, Paul Feyerabend, un relativista
extremo, sostiene que, a la hora de intentar conocer el mundo, “todo vale”.
Vale lo mismo dedicar años de experimentación en un laboratorio, que fumar el
tabaco y hacer predicciones a partir de su humo.
El relativismo
también ha sido extendido al plano moral. Según los relativistas, no debemos
escandalizarnos si una cultura practica el canibalismo o persigue brujas. Ellos
tienen su moral, y nosotros tenemos la nuestra. Así como no hay verdades
absolutas sobre el mundo, tampoco hay valores morales universales aplicables a
toda la especie humana. Cada cultura tiene sus propias costumbres, y no tenemos
derecho a interferir en ellas.
En función de ello,
los relativistas defienden la idea de que no hay culturas mejores que otras. Corea
del Sur no es ni mejor ni peor que Corea del Norte; son sencillamente distintas.
Las culturas son diferentes entre sí, pero a la vez equivalentes: a pesar de
que sus modos de vida son distintos, todas valen por igual.
Tengamos presente
que, hasta fechas muy recientes, las potencias coloniales europeas habían
impuesto un dominio sobre otros territorios, con la excusa de que sus habitantes
eran bárbaros que necesitaban ser civilizados. Comprensiblemente, esto ha generado
mucho rechazo entre los intelectuales de la era post-colonialista, y a partir
de ello, han querido reivindicar a los pueblos no occidentales. Pero,
lamentablemente, han ido demasiado lejos, al punto de defender una postura
irracional que atenta contra el progreso científico y moral de la humanidad.
Si bien el
relativismo es una doctrina muy popular hoy en día, ha sido criticada desde
hace mucho tiempo por los filósofos. La principal dificultad es que, si
predicamos que todo es relativo, entonces inmediatamente nos estamos
contradiciendo. Pues, si insistimos en decir “todo es relativo”, entonces
permitimos que sea relativo que todo sea relativo. Y, si permitimos eso,
entonces no tenemos razón para oponernos a quien sostenga que no todo es
relativo. Un poeta asturiano escribió alguna vez unos versos sumamente
emblemáticos del relativismo:
“nada es verdad,
nada es mentira,
todo depende del
cristal con que se mira”.
Ese poeta jamás
pensó que yo puedo asumir su propio poema y razonar que, bajo el cristal con
que yo lo miro, no es verdad que todo depende del cristal con que se mira. Por
eso, el relativismo es claramente irracional: pretende decir que todo es
relativo, pero al sostener eso, ya hay al menos una proposición que asume como
absoluta. El relativista no tiene manera de escapar a esta contradicción.
El relativismo
cultural despoja de todo sentido a la empresa científica. Si todo es relativo, no
hay motivo para descubrir cómo opera el mundo, pues siempre se advertirá que
esos descubrimientos sólo serán relativos a una cultura, pero no a otra. Quizás
lo más sorprendente de esta postura es que, quienes la defienden son intelectuales
que se han beneficiado enormemente de la ciencia y la tecnología occidental. Y,
esto demuestra una terrible hipocresía de su parte: alaban a los curanderos y
brujos de otras culturas, pero cuando se enferman, inmediatamente acuden a la
medicina occidental. No viajan en burro, sino en avión. No envían señales de
humo, sino que utilizan el internet.
En el plano moral,
es aún más sorprendente la hipocresía relativista. Los relativistas culturales
están dispuestos a admitir que no existe una moral universal, y que por ende,
el canibalismo de los aztecas o la persecución de brujas entre los azande no es
intrínsecamente objetable; todo depende del contexto. Bajo ese mismo
razonamiento, entonces el genocidio nazi o el apartheid sudafricano tampoco sería objetable, pero por alguna
misteriosa razón, pocos relativistas culturales se atreven a admitir eso. Todo
parece indicar que los relativistas abrazan su postura cuando se trata de
excusar a las culturas no occidentales, pero renuncian a ella cuando se trata
de excusar a las culturas occidentales.