miércoles, 16 de enero de 2013

En defensa de Sir James George Frazer



            Para la mayoría de los antropólogos contemporáneos, J.G. Frazer es uno de los grandes villanos del pasado. Frazer es emblemático del armchair anthropologist, el antropólogo de sillón que escribe enciclopedias sobre costumbres exóticas, sin jamás haber conversado con algún nativo en su vida. Frazer elaboró toda una teoría de la magia y la religión, a partir de una oscura referencia de Virgilio a propósito de un enigmático ritual en el culto a Diana.
Esta crítica es muy válida. Si la antropología pretende ser una ciencia, no puede conformarse con emplear un método de recolección indirecta de datos. Se requiere de más observación directa. Hoy, afortunadamente, los departamentos de antropología exigen trabajo de campo a sus miembros, ya no es aceptable hacer antropología meramente desde el sillón.
Pero, más que por su ausencia de trabajo de campo y sus fallas metodológicas, Frazer es duramente criticado por sus presunciones teóricas. Junto a E.B Tylor, Frazer sentó las bases de una antropología evolucionista que relega a los pueblos no occidentales, a una posición inferior en la escala de la evolución intelectual de la humanidad.
A juicio de Frazer, las manifestaciones culturales de los nativos son fases previas a la ciencia, conducidas por errores intelectuales. Frazer dedicó mucha atención a la magia: la consideraba un intento primitivo por establecer relaciones de causalidad en el mundo. En esto, se parece a la ciencia. Pero, a diferencia de la ciencia, la magia establece relaciones causales erróneas. Los magos creen que con elaborar una danza, o recitar unas palabras, pueden hacer llover o mejorar la cosecha. Bajo el esquema de Frazer, la humanidad tiene la necesidad de explicar y controlar el mundo, y la magia es una forma errónea de lograr ese acometido. En vez de estudiar rigurosamente las relaciones de causalidad, la magia se limita a las relaciones homeopáticas y de contagio: creer que aquellos objetos que se parecen son los mismos, o aquellos que alguna vez estuvieron en contacto son idénticos.
Frazer es típicamente denunciado como el promotor de una ideología imperialista victoriana que degrada a los pueblos no occidentales, al representar sus costumbres como supersticiosas y estúpidas. Los colonizadores se valieron de esta ideología para imponer su dominio, bajo la excusa de llevar ciencia y racionalidad a los ‘pueblos atrasados’.
Y, frente a ello, los antropólogos contemporáneos, impregnados de relativismo cultural, defienden la idea de que la magia no es inferior a la ciencia, sencillamente distinta. Asimismo, postulan que no hay pueblos intelectual o culturalmente superiores a otros, y que cada costumbre cultural debe ser entendida en su contexto, y no puede ser juzgada ‘desde afuera’ por un científico que proceda de otra cultura.
Uno de los que más explícitamente denunció a Frazer fue el filósofo Ludwig Wittgenstein. Éste formuló la lamentable idea de que existen ‘juegos del lenguaje’, inconmensurables entre sí.  Eso impide que alguien que participe en un juego del lenguaje, pueda juzgar como absurda o falsa la proposición de alguien que participe en otro juego del lenguaje. Así como un jugador de baloncesto no está en posición de criticar a un futbolista por patear la pelota en su juego, un científico no está en posición de criticar a un mago por pretender recitar unas palabras para hacer llover, pues está en su propio juego.
Wittgenstein criticó a Frazer explícitamente en un cuaderno publicado póstumamente, Observaciones a la rama dorada. En su obra, Frazer había llamado ‘primitivos’ a quienes practicaban la magia, precisamente por no haber tenido la capacidad de racionalizar óptimamente su pensamiento. Wittgenstein, en cambio, llama ‘primitivo’ a Frazer por juzgar las creencias de los primitivos bajo sus propios parámetros positivistas.
Y, además, añade Wittgenstein, Frazer es muy injusto con los ‘primitivos’, pues los ‘modernos’ tienen prácticas similares a las señaladas por Frazer, pero con todo, no las juzga negativamente. Por ejemplo, los modernos besan las fotos de familiares. Pero, dice Wittgenstein, no por ello consideramos que los modernos pretenden que ese beso se extienda a la persona retratada. Es sencillamente un acto simbólico. Pues bien, también debería considerarse un mero acto simbólico, y no un error de razonamiento, cuando un mago quema la estatuilla de algún enemigo.
Ciertamente esta última crítica por parte de Wittgenstein tiene mucho asidero. Antes de apresurarnos a juzgar alguna práctica o creencia como irracional, debemos asegurarnos de que no se trate de algún gesto simbólico. Con todo, Wittgenstein se equivocaría al pensar que todos los rituales realizados por los magos son meramente simbólicos. De hecho, plenitud de antropólogos competentes, que han trabajado de cerca con magos por largos periodos de tiempo, han documentado que, efectivamente, los rituales de la magia no buscan meramente expresar simbolismos, sino más bien manipular directamente el mundo.
La otra crítica levantada contra Frazer, aquella que sostiene que no podemos juzgar otras creencias y prácticas desde nuestra perspectiva, es muy débil. Posturas como las de Wittgenstein, y la mayor parte de los antropólogos culturales que recomiendan entender una cultura ‘desde adentro’ (en la jerga antropológica, esto se llama la ‘perspectiva emic’), son una variante más del relativismo.
Este relativismo niega que exista una verdad trascendente, sino que cada cultura construye un sistema coherente de prácticas y creencias. En todo caso, alegan los relativistas, puede juzgarse la coherencia interna de cada cultura, pero nunca a un elemento aislado. En ese sentido, si las prácticas del mago son consistentes con el resto de los elementos que conforman su ‘forma de vida’ (otro término predilecto de Wittgenstein), entonces no debemos juzgarlas negativamente.
Me parece urgente oponerse a este relativismo, y defender a antropólogos como Frazer. El problema del relativismo es su desprecio por la verdad. Una creencia o práctica puede ser coherente con los otros elementos del sistema en el cual está inmerso, pero aun así puede seguir siendo falsa. Tenemos plena justificación para reprochar a quienes crean que la tierra es plana, independientemente de si esa creencia es coherente con el resto de los elementos de su ‘forma de vida’. Importa poco si el mago tiene un ‘juego del lenguaje’ distinto del científico. Lo importante son los hechos: al indagar sobre los hechos del mundo, sabremos quién está equivocado, y quién no; quién tiene creencias razonables, y quién tiene creencias absurdas.
Frazer llamó al pan ‘pan’, y al vino ‘vino’. Es de sentido común que, quien explique la enfermedad como una invasión de gérmenes está más próximo a la verdad, y tiene mayor grado intelectual que quien explique la enfermedad como el acoso de espíritus malignos. Es de sentido común que, quien pretenda perjudicar a otra persona colocando agujas sobre un muñequito, no sólo está equivocado, sino que participa de una suerte de delirio. No vale sostener que el científico tiene ‘su versión y el mago tiene ‘otra versión’. No; un mínimo de sensatez nos debería conducir a admitir: el científico está en lo cierto y tiene un mayor grado de desarrollo intelectual; el mago se equivoca en su creencia, y está en un menor grado de desarrollo intelectual.
La ciencia ha ofrecido una sólida base cognitiva para promover espectaculares mejoras en las condiciones de vida de nosotros, los modernos. Pero, para que la ciencia mantenga su integridad y nos siga ofreciendo las enormes ventajas que nos ha concedido en los últimos tres siglos, es menester partir de la suposición de que la ciencia es superior a la magia. Si no hacemos esto, todo valdría, y la disciplina que requiere la ciencia ya no valdría el esfuerzo. Por ello, se hace cada vez más necesario rechazar argumentos como los de Wittgenstein, y recuperar la visión positivista de Frazer.

sábado, 12 de enero de 2013

Los límites de la antropología médica



            Entre los antropólogos culturales, el peor pecado que se puede cometer es el ‘etnocentrismo’. Y, el remedio, es una dosis de relativismo cultural. Esto tiene mucho sentido. Debemos evitar pensar que otras culturas son como la nuestra. No todas las culturas valoran lo que nosotros valoramos, entienden el mundo como nosotros lo entendemos, etc.
            No tengo nada que objetar a este relativismo, pues es meramente descriptivo. El problema, no obstante, es cuando el relativismo se torna normativo. Bajo esta variante del relativismo, no sólo debemos reconocer que otras culturas tienen otros valores, costumbres y modos de entender el mundo, sino que no debemos interferir sobre esos valores distintos. El relativismo cultural descriptivo se limita a sostener que las otras culturas son diferentes a nosotros. El relativismo cultural normativo, en cambio, da un paso más y sostiene que las otras culturas deben ser diferentes a nosotros.
            En la antropología médica, ocurren estas dos variantes de relativismo. Los antropólogos de la medicina buscan describir las maneras de entender los procesos de enfermedad y salud en las distintas culturas. Documentan creencias de todo tipo sobre las enfermedades y los remedios. Oportunamente, estos antropólogos advierten que no todos los pueblos del mundo creen que las infecciones son causadas por gérmenes; algunos pueblos creen que la epilepsia es causada por espíritus malignos, etc. La labor de estos antropólogos es sumamente loable, pues con gran espíritu enciclopédico, han buscado documentar las diversísimas concepciones de la salud y la enfermedad entre los seres humanos, la gran mayoría de ellas ajenas al entendimiento científico de la enfermedad.
            No obstante, la antropología médica se empieza a convertir en un problema cuando los antropólogos no sólo documentan prácticas medicinales ajenas a la medicina científica, sino que también las promueven. Y así, una vez más, dan el salto del relativismo descriptivo al relativismo normativo. Los antropólogos médicos son los principales culpables de la difusión de la terapia alternativa y folklórica. No se limitan a documentar que tal cultura cree que la gripe es causada por la influencia de espíritus malignos, sino que alientan a esa cultura a seguir con esas creencias irracionales.
            La medicina científica occidental es abrumadoramente superior a la medicina folklórica de otras culturas, y a la llamada ‘medicina alternativa’ que lamentablemente prospera en las mismas sociedades occidentales. Los avances medicinales, basados en el método científico, han mejorado dramáticamente las condiciones de vida y salud de los países que han sustentado sus sistemas sanitarios en la medicina científica moderna.
            Con todo, lo antropólogos de la medicina se empeñan en querer salvaguardar la importancia de conservar brujos, curanderos y chamanes. Algunos antropólogos en extremo relativistas, sostienen que sencillamente la verdad no existe, y que las teorías científicas son tan válidas como las teorías folklóricas y alternativas sobre la salud y la enfermedad. Otros antropólogos moderan su relativismo, pero sostienen que, aun si las teorías de la medicina folklórica son erradas, sirven un propósito loable, y por ello, cumplen una función muy importante.
En opinión de estos antropólogos, la enfermedad no es estrictamente una condición biomédica. También intervienen factores socio-culturales. Y, para lograr una óptima cura, no deben atenderse sólo los factores biomédicos que generan enfermedad, sino también aquellos factores socio-culturales que, desde el contexto del paciente, facilitan el proceso de curación. Los chamanes no atacan propiamente a los microorganismos que generan las infecciones, pero organizan un performance teatral que ofrece confort a los pacientes, y esto contribuye a la mejoría. Como alguna vez señaló el antropólogo Claude Levi-Strauss, el chamán no es biomédicamente eficiente, pero sí provee una ‘eficiencia simbólica’ que propicia un estado de bienestar en el paciente y su entorno social, el cual juega un papel importante en la cura.
            Muchas veces envuelto en una verborrea innecesaria (muy típica de los postmodernistas), básicamente el argumento de los antropólogos médicos es éste: en las enfermedades hay un gran componente psicosomático, y la medicina folklórica y alternativa puede servir como un importante placebo que sirve de gran ayuda en los procesos de curación. Además, sostienen estos antropólogos, muchas enfermedades son ‘socialmente construidas’ (es decir, no existen propiamente en la realidad, sino que son un producto de la sociedad donde aparecen), y para ello, es más eficiente un remedio que proceda de la misma sociedad que ‘construyó’ la enfermedad en cuestión.
            Quizás estos argumentos tengan un peso relevante en la psiquiatría. Se han documentado varios ‘síndromes culturales’, a saber, desórdenes mentales que aparecen en contextos culturales muy específicos (malayos que creen que su pene va a desaparecer, indígenas que creen que un espíritu se apodera de ellos y practican canibalismo, etc.). En vista de que estos desórdenes tienen un origen cultural específico, quizás las terapias de la psiquiatría no sean muy efectivas, y convendría usar la medicina de las propias culturas en las cuales surgen esos desórdenes.
            También es cierto que existen enfermedades psicosomáticas, o en todo caso, que varias enfermedades son condicionadas por niveles de estrés y ánimo, especialmente aquellas relacionadas con el sistema inmunológico. Cabe, entonces, la recomendación de los antropólogos médicos de emplear medicina folklórica a aquellos pacientes procedentes de contextos culturales los cuales, al recibir estos tratamientos, activarán el efecto placebo, y se podrán curar enfermedades psicosomáticas y contribuir a la mejora de las condiciones mentales que favorecen los procesos de curación somática. Por supuesto, debe haber una congruencia entre las expectativas del paciente y la medicina folklórica empleada: de poco servirá realizar un pequeño exorcismo católico con agua bendita a un paciente musulmán, o practicar gua sha a un enfermo yanomami. Pero, sí ayudará realizar acupuntura sobre un paciente chino, o  un ritual chamánico a un siberiano.
            No obstante, me parece que estos argumentos tienen sus límites. Existe una tendencia a exagerar el alcance de los componentes psicosomáticos en las enfermedades. Y, en parte, eso se debe a la influencia de un antiguo idealismo originario del pensamiento hindú, pero popularizado recientemente por la espiritualidad New Age: todo está en nuestra mente. Muchas terapias alternativas parten de ese supuesto: nos enfermamos porque deseamos enfermarnos. Si encontramos una armonía mental de buenos pensamientos, no habrá más enfermedades. Básicamente, la culpa es del mismo paciente por tener malos pensamientos.
            Las palmaditas en la espalda pueden ayudar, pero urge reconocer que su efecto es muy limitado. El grueso de las enfermedades se cura con la aproximación biomédica de los científicos, no con las performances de brujos, chamanes y curanderos. En el siglo XIV, un paciente que sufría de peste bubónica quizás se pudo sentir mejor al ver a los flagelantes darse sendos latigazos en su espalda, pues apreciaba en un ello una muestra de amor hacia los enfermos. Pero, por supuesto, los flagelantes no salvaron a los setenta y cinco millones de personas que murieron en esa terrible epidemia.
            No es intrínsecamente objetable la promoción de medicinas folklóricas y alternativas por parte de la antropología médica. Pero, deben mantenerse presente tres advertencias. La primera, es que el antropólogo nunca debe aceptar las explicaciones ofrecidas por los practicantes de la medicina folklórica (en la jerga antropológica, nunca debe aceptarse la perspectiva emic de la enfermedad). La antropología es en sí misma una disciplina científica, y eso debería impedir al antropólogo aceptar la existencia de espíritus, demonios o fuerzas vitales.
            La segunda advertencia es que, si bien el antropólogo puede admitir el efecto placebo de algunas prácticas medicinales folklóricas, nunca debe exagerar (como frecuentemente ocurre) su poder. El efecto placebo ciertamente existe, pero no todas las enfermedades son psicosomáticas, ni tampoco todas dependen de la condición mental del paciente.
           La tercera advertencia, quizás la más importante, es que la medicina folklórica se vuelve muy problemática cuando, en vez de complementar a la medicina científica, la sustituye, o peor aún, resulta perjudicial para la salud del individuo. Muchas terapias folklóricas y alternativas son inoperantes, pero también inofensivas (por ejemplo, la homeopatía). El daño aparece, no obstante, cuando el paciente, por confiar en la terapia folklórica, deja de acudir a la terapia alternativa. Y, el daño se potencia aún más, cuando la misma terapia folklórica resulta directamente perjudicial. La homeopatía es mayormente inofensiva (consiste básicamente en beber agua); pero la acupuntura puede generar lesiones graves, y se han documentado casos de exorcismos que han generado muertes.    

viernes, 11 de enero de 2013

¿Curanderos en los hospitales?



            Junto a Mario Bunge, J.M. Mulet, James Randi, Richard Dawkins, Michael Shermer y tantos otros arduos defensores de la ciencia, opino que la medicina alternativa es una basura. No ofrece soluciones más allá del efecto placebo, y si bien tampoco sus técnicas son tremendamente perjudiciales (a pesar de que la medicina ayurvédica puede conducir a intoxicación con plomo, o la acupuntura a lesiones graves), sí llevan el riesgo de que los pacientes abandonen tratamientos efectivos, y opten por asumir las terapias alternativas.
            Contrario a la vorágine de relativistas culturales muchas veces auspiciados por los antropólogos, me parece que la aproximación científica biomédica a las enfermedades es superior a cualquier otra aproximación. Los relativistas culturales quieren hacer creer que la medicina occidental de la ciencia es apenas “una versión” que debe dialogar con las otras versiones de la medicina. Discrepo, por supuesto. La medicina occidental no es una “mera versión entre varias”; es, a diferencia de las otras, la versión que correctamente describe y analiza los hechos, y si bien los médicos occidentales pueden intentar dialogar con los curanderos y chamanes de otras culturas, nunca deben aceptar que sus procedimientos son beneficiosos, a no ser que sean corroborados por el método científico.
            En función de esto, es natural, entonces, que me oponga a la incorporación de curanderos, chamanes y demás practicantes de la medicina alternativa en los hospitales. Pero, quisiera matizar mi juicio.
Vivo en Maracaibo (Venezuela), una ciudad en la cual un considerable sector de la población pertenece a grupos étnicos (wayúu, barís, entre otros) con explicaciones folklóricas de la enfermedad, ajenas al entendimiento científico. En ocasiones, en los hospitales regionales se dan situaciones en las cuales, los miembros de estos grupos étnicos rechazan los tratamientos médicos científicos, y optan por seguir sus técnicas de medicina folklórica. Como consecuencia, muchas veces empeoran su estado de salud. ¿Qué hacer en situaciones como éstas?
Anne Faidman, una escritora norteamericana, publicó en 1997 un célebre libro, The Spirit Catches You and You Fall Down ("El espíritu te atrapa y te caes"). En este libro, se planteaba una situación similar. Una familia del grupo étnico hmong (originarios de Laos), residentes en EE.UU., tuvo una hija con ataques de epilepsia. Atendieron a la niña en el hospital, y le prescribieron un tratamiento. No obstante, en el hospital nadie hablaba la lengua de los hmong, de forma tal que la familia no entendía bien cómo debía proceder el tratamiento. Pero, más grave aún, los hmong pronto interpretaron la enfermedad de su hijita como el ataque de un espíritu, el cual podría ser aplacado con sacrificios de animales e intervenciones chamánicas. Eventualmente, los padres abandonaron el tratamiento científico, y recurrieron exclusivamente a tratamientos tradicionales de su cultura. Los médicos del hospital se enteraron de eso y solicitaron que el Estado despojara a los padres de la custodia de la hija. Así sucedió por un período de tiempo. Pero, al final, estas querellas terminaron afectando la salud de la propia niña, quien quedó terriblemente afligida por los ataques de epilepsia, y finalmente murió.
Faidman cuidadosamente evita representar ‘malos’ o ‘buenos’ en su libro. Sencillamente presenta esta historia como una tragedia de choques culturales que, opina ella, pudo haberse evitado si ambas partes trataban de entenderse un poco mejor mutuamente. La familia debió estar más abierta a los tratamientos científicos, y los médicos debieron abrirse más a los tratamientos tradicionales. Esa mutua cooperación habría salvado la vida de la niña.
En su libro, Faidman a veces se impregna de la apestosa retórica relativista. Dice, por ejemplo, que ninguna de las partes se dio cuenta de que “su visión de la realidad es apenas una visión, no la realidad en sí misma”. Discrepo, y para ello me rasgo las vestiduras. Insisto, la visión de la ciencia no es una mera versión entre otras; es más bien la descripción de la realidad en sí misma. El neurocientífico nunca debe admitir que su explicación etiológica de la epilepsia es tan válida como la de un chamán. El médico tiene motivos legítimos de sobra para advertir que los procedimientos de un chamán son absurdos.
Pero, a pesar de su tufo relativista, Faidman tiene razón en varios puntos. Muchas veces, la medicina requiere cooperación por parte del paciente o su entorno más cercano. Las curas son rara vez impuestas con éxito. Y, por ello, el médico debe tratar de persuadir al paciente de que acepte el tratamiento. En situaciones de vida o muerte, como la del caso de la niñita hmong, probablemente no habrá suficiente tiempo para explicar con detalle científico las razones del tratamiento. Si la familia quiere realizar sacrificios e incorporar chamanes, y con eso se facilitará que acepten los tratamientos biomédicos, bienvenido sea. De hecho, es ésta una lección que Faidman explícitamente abstrae en su libro: el chamanismo es mayormente inofensivo. Poco perdían los médicos con permitir su intervención en este caso, y mucho ganaban. Pues, al permitir a los chamanes, la familia hmong podría haber estado más abierta a seguir el tratamiento biomédico.
Así pues, por cuestión de principio, el médico no debe dar su brazo a torcer frente al curandero o chamán. Jamás, en un congreso de medicina o en la facultad, debe aceptar el médico que la versión de los brujos es tan válida como la versión de los médicos científicos. Pero, podemos en ocasiones asumir más utilitarismo en la ética médica: el objetivo de los médicos en los hospitales es salvar vidas, y si eso a veces exige “seguir la corriente” a quienes proponen métodos ineficientes de curación, habrá que tragar grueso y aceptarlos.
Por supuesto, lo ideal es tratar de erradicar en la población las creencias tradicionales y precientíficas sobre la salud y la enfermedad. Pero, éste es un objetivo a largo plazo. Salvar vidas es el objetivo a corto plazo. En las facultades de medicina debe enseñarse exclusivamente medicina científica; por ello, los curanderos no tienen cabida en las aulas de clase, como tampoco tienen cabida los negacionistas del holocausto en las facultades de historia, o los creacionistas en las facultades de biología.
Pero, en los hospitales, serían aceptables los curanderos siempre y cuando haya una extrema necesidad utilitaria. Todo esto implicaría alguna forma de engaño por parte del médico. Pues, aun si el médico sabe que el origen de la epilepsia no es la acción de un espíritu maligno, debe hacer creer al paciente que él mismo (el médico) acepta la versión de la medicina folklórica. “Seguir la corriente” siempre supone una forma de engaño. Pero, contrario a los moralistas deontológicos como Kant (quien opinaba que nunca debería mentirse, ni siquiera a un asesino que busca matar a mi madre), me parece que, en ocasiones, la mentira puede tener justificación ética, y casos como los de la niñita hmong parecen ser uno de esos casos.
Con todo, vale una advertencia. En el caso de la niñita hmong, el chamanismo seguramente no habría sido perjudicial, siempre y cuando se hubiese empleado como complemento, pero no sustituto, del tratamiento científico. Pero, no todos los casos son así. En ocasiones, algunos curanderos querrán sustituir indefinidamente el tratamiento médico. Y, peor aún, algunos procedimientos tradicionales sí contribuyen directamente al empeoramiento de la condición de los pacientes, como por ejemplo, suele ocurrir con los exorcismos. Casos como éstos ya no admiten “seguirle la corriente” a los curanderos.
   

jueves, 10 de enero de 2013

Pedro II, el último papa



            No fui bautizado, pero hice la primera comunión. Frecuentemente mis amigos católicos saltan a decirme que eso “no es posible”, pues según ellos, viola el orden de los sacramentos. En efecto, cuando me disponía a prepararme para la primera comunión, la maestra preguntó quién de nosotros en el salón de clase no estaba bautizado, a fin de bautizarlo antes de recibir la comunión. Un compañerito levantó la mano, y el resto de la clase se burló de él. Viendo lo que me esperaba si yo también levantaba la mano, decidí mentir.
            En la preparación para la primera comunión, la maestra de catecismo nos enseñaba cosas muy extrañas. Ella decía que se le aparecía el diablo en forma de niño cuando se iba a bañar. Para nosotros, aquello era, por supuesto, terrorífico pero emocionante a la vez. Pero, más terrorífico y emocionante me resultaba su enseñanza de que, en algún momento, llegará el último papa, cuyo nombre será Pedro. Después de eso, vendrá el apocalipsis. Habrá papas mientras dure la historia: el primer papa se llamará Pedro, y el último también. Por ende, cuando suba un papa con el nombre de Pedro, ya sabemos que viene el apocalipsis.
            Ahora, como adulto dedicado al estudio académico de las religiones, comprendo que la mentalidad de aquella maestra era emblemática de una división muy latente en el mundo católico. En Roma están los jerarcas que se dedican a formular y defender doctrinas oficiales que, en realidad, aburren al vulgo. En los pueblos, abundan más bien los católicos devotos que prefieren dedicar más atención a las curas milagrosas, los ataques de demonios y exorcismos, y las expectativas apocalípticas.
            La maestra nos había enseñado que la llegada del papa Pedro estaba predicha en la Biblia. En la universidad, por supuesto, supe que nada de eso estaba en la Biblia. Pero, ¿de dónde sacó la maestra esa fantasía? Eventualmente aprendí que procede de Malaquías, un oscuro santo irlandés del siglo XII.
            En el siglo XVI apareció un panfleto, atribuido al santo Malaquías (pero es muy disputable que el Malaquías original las haya redactado). Este panfleto contiene 112 frases cortas en latín, las cuales describen a los futuros papas, desde el año 1143 (la época durante la cual vivió Malaquías). Esto sería un clásico caso de profecías post hoc: el truco de escribir profecías después de que se han cumplido, dando la apariencia de poseer un conocimiento sobre el futuro. Así, el autor del panfleto en el siglo XVI daría descripciones correctas de papas que habían vivido desde el siglo XII hasta el siglo XVI, haciendo creer que fueron profecías hechas en el siglo XII, y cumplidas. Y, valiéndose de esa (falsa) credibilidad, haría predicciones sobre eventos futuros.
            Con todo, un sector de ese catolicismo popular al margen de la jerarquía, ha procurado buscar evidencia que ‘confirman’ las profecías de Malaquías. Las profecías no dan los nombres concretos de los papas, pero enuncian hechos que, supuestamente, concuerdan con algún aspecto relevante de la vida del papa en cuestión. Por ejemplo, del papa 110 en la lista de las profecías (el cual correspondería a Juan Pablo II), se dice apenas: “de labore solis” (“de la labor del sol”). Pues bien, Juan Pablo II nació un día que hubo un eclipse solar, y el día de su entierre hubo también un eclipse solar.
Consideremos la profecía del papa 111 en la lista (correspondiente Benedicto XVI en el orden cronológico): “gloria olivae”, la “gloria de la oliva”. Este papa asumió el nombre de Benedicto. Y, el emblema de la orden de los benedictinos es la oliva. Estas coincidencias ocurren con todos los papas que se anuncian en las profecías de Malaquías.
 
En realidad, nada de esto debería resultar espectacular. El truco del autor de estas profecías, como el de Nostradamus (también un vidente del siglo XVI, de quien incluso se ha postulado que pudo haber sido el autor de las profecías de Malaquías), es elaborar enunciados escuetos y vagos, lo suficiente como para que sea bastante fácil encajarlos a cualquier personaje. Con un poco de esfuerzo, podríamos hacer encajar la lista de frases de las profecías de Malaquías, con la sucesión de presidentes de EE.UU., o mandatarios de cualquier otro país.
Con todo, la lista de Malaquías sí hace una profecía más precisa en torno al papa 112 de la lista. Se llamará ‘Pedro’. Si, al morir Benedicto XVI, el próximo papa no se llama ‘Pedro’, la profecía ya no tendría credibilidad. Lo interesante, no obstante, es que ese papa 112 es el último de la lista. Y, la frase que lo describe es: “en tiempos de extrema persecución de la santa Iglesia Romana, ahí estará sentado. Pedro el romano, quien cuidará a las ovejas en las tribulaciones; cuando hayan cesado, la ciudad de las siete colinas serán destruidas, y el terrible juez juzgará a su gente. El fin”.
 No creo que el próximo papa sea tan imbécil como para asumir el nombre de Pedro. Hacerlo así, crearía una histeria apocalíptica entre ese sector popular católico que, como mi maestra de catecismo, está muy atento a la llegada del juicio final, aun sin necesariamente saber de dónde procede la profecía sobre Pedro II. Al asumir otro nombre, sospecho que el próximo papa deslegitimará la profecía de Malaquías.
Pero, suele ocurrir en los movimientos apocalípticos, que frente al fracaso de alguna profecía o expectativa, sus participantes incurren en sendas disonancias cognitivas, y tratan de explicar por qué aparentemente fallaron las profecías. Pues bien, me atrevo a pronosticar que, cuando el próximo papa no se llame Pedro, ese sector entusiasta de las profecías de Malaquías sostendrá que, en realidad, el papa secretamente sí se llama Pedro, pero que asumió otro nombre públicamente, como parte de una conspiración para ocultar la llegada del apocalipsis. Los sociólogos que han estudiado de cerca los movimientos apocalípticos suelen señalar que, quienes conforman estos movimientos, son muy proclives a tener mentalidades paranoicas que formulan teorías de conspiración.
El hecho de que las profecías de Malaquías generen expectativas es sintomático de que, queda un grueso sector descontento en la Iglesia Católica. Los historiadores suelen recordarnos que los movimientos apocalípticos florecen en tiempos de desesperación. Juan de Patmos escribió las terroríficas descripciones del Apocalipsis, como medio de aliento a los perseguidos cristianos, y con la esperanza de que, con el juicio final, habría un nuevo inicio libre de corrupción. La reciente histeria en torno al calendario maya debió ponernos en alerta, no frente al hecho de que el mundo se acabaría el 21 de diciembre de 2012, pero sí frente al descontento colectivo que motiva a la gente a creer en estos eventos apocalípticos y depositar sus esperanzas en ello. La continuidad de la popularidad de las profecías de Malaquías también debería ser un llamado a evaluar por qué tanta gente está tan descontenta.