viernes, 11 de enero de 2013

¿Curanderos en los hospitales?



            Junto a Mario Bunge, J.M. Mulet, James Randi, Richard Dawkins, Michael Shermer y tantos otros arduos defensores de la ciencia, opino que la medicina alternativa es una basura. No ofrece soluciones más allá del efecto placebo, y si bien tampoco sus técnicas son tremendamente perjudiciales (a pesar de que la medicina ayurvédica puede conducir a intoxicación con plomo, o la acupuntura a lesiones graves), sí llevan el riesgo de que los pacientes abandonen tratamientos efectivos, y opten por asumir las terapias alternativas.
            Contrario a la vorágine de relativistas culturales muchas veces auspiciados por los antropólogos, me parece que la aproximación científica biomédica a las enfermedades es superior a cualquier otra aproximación. Los relativistas culturales quieren hacer creer que la medicina occidental de la ciencia es apenas “una versión” que debe dialogar con las otras versiones de la medicina. Discrepo, por supuesto. La medicina occidental no es una “mera versión entre varias”; es, a diferencia de las otras, la versión que correctamente describe y analiza los hechos, y si bien los médicos occidentales pueden intentar dialogar con los curanderos y chamanes de otras culturas, nunca deben aceptar que sus procedimientos son beneficiosos, a no ser que sean corroborados por el método científico.
            En función de esto, es natural, entonces, que me oponga a la incorporación de curanderos, chamanes y demás practicantes de la medicina alternativa en los hospitales. Pero, quisiera matizar mi juicio.
Vivo en Maracaibo (Venezuela), una ciudad en la cual un considerable sector de la población pertenece a grupos étnicos (wayúu, barís, entre otros) con explicaciones folklóricas de la enfermedad, ajenas al entendimiento científico. En ocasiones, en los hospitales regionales se dan situaciones en las cuales, los miembros de estos grupos étnicos rechazan los tratamientos médicos científicos, y optan por seguir sus técnicas de medicina folklórica. Como consecuencia, muchas veces empeoran su estado de salud. ¿Qué hacer en situaciones como éstas?
Anne Faidman, una escritora norteamericana, publicó en 1997 un célebre libro, The Spirit Catches You and You Fall Down ("El espíritu te atrapa y te caes"). En este libro, se planteaba una situación similar. Una familia del grupo étnico hmong (originarios de Laos), residentes en EE.UU., tuvo una hija con ataques de epilepsia. Atendieron a la niña en el hospital, y le prescribieron un tratamiento. No obstante, en el hospital nadie hablaba la lengua de los hmong, de forma tal que la familia no entendía bien cómo debía proceder el tratamiento. Pero, más grave aún, los hmong pronto interpretaron la enfermedad de su hijita como el ataque de un espíritu, el cual podría ser aplacado con sacrificios de animales e intervenciones chamánicas. Eventualmente, los padres abandonaron el tratamiento científico, y recurrieron exclusivamente a tratamientos tradicionales de su cultura. Los médicos del hospital se enteraron de eso y solicitaron que el Estado despojara a los padres de la custodia de la hija. Así sucedió por un período de tiempo. Pero, al final, estas querellas terminaron afectando la salud de la propia niña, quien quedó terriblemente afligida por los ataques de epilepsia, y finalmente murió.
Faidman cuidadosamente evita representar ‘malos’ o ‘buenos’ en su libro. Sencillamente presenta esta historia como una tragedia de choques culturales que, opina ella, pudo haberse evitado si ambas partes trataban de entenderse un poco mejor mutuamente. La familia debió estar más abierta a los tratamientos científicos, y los médicos debieron abrirse más a los tratamientos tradicionales. Esa mutua cooperación habría salvado la vida de la niña.
En su libro, Faidman a veces se impregna de la apestosa retórica relativista. Dice, por ejemplo, que ninguna de las partes se dio cuenta de que “su visión de la realidad es apenas una visión, no la realidad en sí misma”. Discrepo, y para ello me rasgo las vestiduras. Insisto, la visión de la ciencia no es una mera versión entre otras; es más bien la descripción de la realidad en sí misma. El neurocientífico nunca debe admitir que su explicación etiológica de la epilepsia es tan válida como la de un chamán. El médico tiene motivos legítimos de sobra para advertir que los procedimientos de un chamán son absurdos.
Pero, a pesar de su tufo relativista, Faidman tiene razón en varios puntos. Muchas veces, la medicina requiere cooperación por parte del paciente o su entorno más cercano. Las curas son rara vez impuestas con éxito. Y, por ello, el médico debe tratar de persuadir al paciente de que acepte el tratamiento. En situaciones de vida o muerte, como la del caso de la niñita hmong, probablemente no habrá suficiente tiempo para explicar con detalle científico las razones del tratamiento. Si la familia quiere realizar sacrificios e incorporar chamanes, y con eso se facilitará que acepten los tratamientos biomédicos, bienvenido sea. De hecho, es ésta una lección que Faidman explícitamente abstrae en su libro: el chamanismo es mayormente inofensivo. Poco perdían los médicos con permitir su intervención en este caso, y mucho ganaban. Pues, al permitir a los chamanes, la familia hmong podría haber estado más abierta a seguir el tratamiento biomédico.
Así pues, por cuestión de principio, el médico no debe dar su brazo a torcer frente al curandero o chamán. Jamás, en un congreso de medicina o en la facultad, debe aceptar el médico que la versión de los brujos es tan válida como la versión de los médicos científicos. Pero, podemos en ocasiones asumir más utilitarismo en la ética médica: el objetivo de los médicos en los hospitales es salvar vidas, y si eso a veces exige “seguir la corriente” a quienes proponen métodos ineficientes de curación, habrá que tragar grueso y aceptarlos.
Por supuesto, lo ideal es tratar de erradicar en la población las creencias tradicionales y precientíficas sobre la salud y la enfermedad. Pero, éste es un objetivo a largo plazo. Salvar vidas es el objetivo a corto plazo. En las facultades de medicina debe enseñarse exclusivamente medicina científica; por ello, los curanderos no tienen cabida en las aulas de clase, como tampoco tienen cabida los negacionistas del holocausto en las facultades de historia, o los creacionistas en las facultades de biología.
Pero, en los hospitales, serían aceptables los curanderos siempre y cuando haya una extrema necesidad utilitaria. Todo esto implicaría alguna forma de engaño por parte del médico. Pues, aun si el médico sabe que el origen de la epilepsia no es la acción de un espíritu maligno, debe hacer creer al paciente que él mismo (el médico) acepta la versión de la medicina folklórica. “Seguir la corriente” siempre supone una forma de engaño. Pero, contrario a los moralistas deontológicos como Kant (quien opinaba que nunca debería mentirse, ni siquiera a un asesino que busca matar a mi madre), me parece que, en ocasiones, la mentira puede tener justificación ética, y casos como los de la niñita hmong parecen ser uno de esos casos.
Con todo, vale una advertencia. En el caso de la niñita hmong, el chamanismo seguramente no habría sido perjudicial, siempre y cuando se hubiese empleado como complemento, pero no sustituto, del tratamiento científico. Pero, no todos los casos son así. En ocasiones, algunos curanderos querrán sustituir indefinidamente el tratamiento médico. Y, peor aún, algunos procedimientos tradicionales sí contribuyen directamente al empeoramiento de la condición de los pacientes, como por ejemplo, suele ocurrir con los exorcismos. Casos como éstos ya no admiten “seguirle la corriente” a los curanderos.
   

jueves, 10 de enero de 2013

Pedro II, el último papa



            No fui bautizado, pero hice la primera comunión. Frecuentemente mis amigos católicos saltan a decirme que eso “no es posible”, pues según ellos, viola el orden de los sacramentos. En efecto, cuando me disponía a prepararme para la primera comunión, la maestra preguntó quién de nosotros en el salón de clase no estaba bautizado, a fin de bautizarlo antes de recibir la comunión. Un compañerito levantó la mano, y el resto de la clase se burló de él. Viendo lo que me esperaba si yo también levantaba la mano, decidí mentir.
            En la preparación para la primera comunión, la maestra de catecismo nos enseñaba cosas muy extrañas. Ella decía que se le aparecía el diablo en forma de niño cuando se iba a bañar. Para nosotros, aquello era, por supuesto, terrorífico pero emocionante a la vez. Pero, más terrorífico y emocionante me resultaba su enseñanza de que, en algún momento, llegará el último papa, cuyo nombre será Pedro. Después de eso, vendrá el apocalipsis. Habrá papas mientras dure la historia: el primer papa se llamará Pedro, y el último también. Por ende, cuando suba un papa con el nombre de Pedro, ya sabemos que viene el apocalipsis.
            Ahora, como adulto dedicado al estudio académico de las religiones, comprendo que la mentalidad de aquella maestra era emblemática de una división muy latente en el mundo católico. En Roma están los jerarcas que se dedican a formular y defender doctrinas oficiales que, en realidad, aburren al vulgo. En los pueblos, abundan más bien los católicos devotos que prefieren dedicar más atención a las curas milagrosas, los ataques de demonios y exorcismos, y las expectativas apocalípticas.
            La maestra nos había enseñado que la llegada del papa Pedro estaba predicha en la Biblia. En la universidad, por supuesto, supe que nada de eso estaba en la Biblia. Pero, ¿de dónde sacó la maestra esa fantasía? Eventualmente aprendí que procede de Malaquías, un oscuro santo irlandés del siglo XII.
            En el siglo XVI apareció un panfleto, atribuido al santo Malaquías (pero es muy disputable que el Malaquías original las haya redactado). Este panfleto contiene 112 frases cortas en latín, las cuales describen a los futuros papas, desde el año 1143 (la época durante la cual vivió Malaquías). Esto sería un clásico caso de profecías post hoc: el truco de escribir profecías después de que se han cumplido, dando la apariencia de poseer un conocimiento sobre el futuro. Así, el autor del panfleto en el siglo XVI daría descripciones correctas de papas que habían vivido desde el siglo XII hasta el siglo XVI, haciendo creer que fueron profecías hechas en el siglo XII, y cumplidas. Y, valiéndose de esa (falsa) credibilidad, haría predicciones sobre eventos futuros.
            Con todo, un sector de ese catolicismo popular al margen de la jerarquía, ha procurado buscar evidencia que ‘confirman’ las profecías de Malaquías. Las profecías no dan los nombres concretos de los papas, pero enuncian hechos que, supuestamente, concuerdan con algún aspecto relevante de la vida del papa en cuestión. Por ejemplo, del papa 110 en la lista de las profecías (el cual correspondería a Juan Pablo II), se dice apenas: “de labore solis (“de la labor del sol”). Pues bien, Juan Pablo II nació un día que hubo un eclipse solar, y el día de su entierre hubo también un eclipse solar.
Consideremos la profecía del papa 111 en la lista (correspondiente Benedicto XVI en el orden cronológico): “gloria olivae”, la “gloria de la oliva”. Este papa asumió el nombre de Benedicto. Y, el emblema de la orden de los benedictinos es la oliva. Estas coincidencias ocurren con todos los papas que se anuncian en las profecías de Malaquías.
 
En realidad, nada de esto debería resultar espectacular. El truco del autor de estas profecías, como el de Nostradamus (también un vidente del siglo XVI, de quien incluso se ha postulado que pudo haber sido el autor de las profecías de Malaquías), es elaborar enunciados escuetos y vagos, lo suficiente como para que sea bastante fácil encajarlos a cualquier personaje. Con un poco de esfuerzo, podríamos hacer encajar la lista de frases de las profecías de Malaquías, con la sucesión de presidentes de EE.UU., o mandatarios de cualquier otro país.
Con todo, la lista de Malaquías sí hace una profecía más precisa en torno al papa 112 de la lista. Se llamará ‘Pedro’. Si, al morir Benedicto XVI, el próximo papa no se llama ‘Pedro’, la profecía ya no tendría credibilidad. Lo interesante, no obstante, es que ese papa 112 es el último de la lista. Y, la frase que lo describe es: “en tiempos de extrema persecución de la santa Iglesia Romana, ahí estará sentado. Pedro el romano, quien cuidará a las ovejas en las tribulaciones; cuando hayan cesado, la ciudad de las siete colinas serán destruidas, y el terrible juez juzgará a su gente. El fin”.
 No creo que el próximo papa sea tan imbécil como para asumir el nombre de Pedro. Hacerlo así, crearía una histeria apocalíptica entre ese sector popular católico que, como mi maestra de catecismo, está muy atento a la llegada del juicio final, aun sin necesariamente saber de dónde procede la profecía sobre Pedro II. Al asumir otro nombre, sospecho que el próximo papa deslegitimará la profecía de Malaquías.
Pero, suele ocurrir en los movimientos apocalípticos, que frente al fracaso de alguna profecía o expectativa, sus participantes incurren en sendas disonancias cognitivas, y tratan de explicar por qué aparentemente fallaron las profecías. Pues bien, me atrevo a pronosticar que, cuando el próximo papa no se llame Pedro, ese sector entusiasta de las profecías de Malaquías sostendrá que, en realidad, el papa secretamente sí se llama Pedro, pero que asumió otro nombre públicamente, como parte de una conspiración para ocultar la llegada del apocalipsis. Los sociólogos que han estudiado de cerca los movimientos apocalípticos suelen señalar que, quienes conforman estos movimientos, son muy proclives a tener mentalidades paranoicas que formulan teorías de conspiración.
El hecho de que las profecías de Malaquías generen expectativas es sintomático de que, queda un grueso sector descontento en la Iglesia Católica. Los historiadores suelen recordarnos que los movimientos apocalípticos florecen en tiempos de desesperación. Juan de Patmos escribió las terroríficas descripciones del Apocalipsis, como medio de aliento a los perseguidos cristianos, y con la esperanza de que, con el juicio final, habría un nuevo inicio libre de corrupción. La reciente histeria en torno al calendario maya debió ponernos en alerta, no frente al hecho de que el mundo se acabaría el 21 de diciembre de 2012, pero sí frente al descontento colectivo que motiva a la gente a creer en estos eventos apocalípticos y depositar sus esperanzas en ello. La continuidad de la popularidad de las profecías de Malaquías también debería ser un llamado a evaluar por qué tanta gente está tan descontenta.

miércoles, 9 de enero de 2013

La izquierda y la medicina folklórica



Izquierda Unida, uno de los partidos más radicales de España (al menos comparado con el complaciente PSOE) recientemente ha promovido públicamente la oposición a las medicinas alternativas en España (acá). Aparentemente, en ese país están proliferando toda clase de terapias sin el menor fundamento científico, muchas de ellas amparadas en el pensamiento mágico-religioso que apela a entidades sobrenaturales y principios clásicos de simpatía. Así, abunda la acupuntura, la homeopatía, la quiropráctica, etc.
            No sorprende que Izquierda Unida se oponga a la medicina alternativa. Desde el siglo XVIII, la izquierda ha promovido la secularización del mundo, no sólo porque considera que las instituciones religiosas son perjudiciales para las clases trabajadoras (la religión es el opio del pueblo), sino porque el socialismo clásico, al menos el inspirado en Marx y Engels, busca fundamentarse en principios científicos que no permiten cabida a una visión mágico-religiosa del mundo. Tradicionalmente, la derecha reza rosarios, realiza exorcismos y espera milagros; la izquierda, en cambio, coloca vacunas, disecciona cuerpos para estudiarlos, y trata de mejorar las condiciones sanitarias.
           Pero, Izquierda Unida forma parte de una izquierda que viene en decadencia, y ha sido suplantada por aquello que J.M. Mulet llama la ‘izquierda feng shui’. Al menos quedan en España partidos de izquierda tradicional. Pero, en Venezuela, ha cobrado mucho más fuerza esta izquierda feng shui que, como la derecha de antaño, se ha convertido en un gran obstáculo al progreso de la ciencia.
            Allí donde Izquierda Unida se opone a la medicina alternativa, la izquierda venezolana ha promovido la popularización de prácticas medicinales folklóricas indígenas. Supuestamente, los indígenas de América tienen ‘conocimientos ancestrales’ que deben ser incorporados a la medicina convencional. Según esta fábula, los curanderos indígenas tienen remedios muy eficientes y hierbas casi milagrosas. Los científicos deberían aprender de los antiguos curanderos.
            Esta idea tiene un gran trasfondo político. América Latina ha lucha y sigue luchando en contra del colonialismo. Colón llegó en 1492, y desde entonces, poderes extranjeros han saqueado esta región y dominado a la población local. Negar esto es, por supuesto, insensato. El problema, no obstante, aparece cuando la izquierda latinoamericana, en su lucha contra el colonialismo, no sólo rechaza las numerosas desventajas que trajeron los poderes coloniales, sino también las pocas ventajas que las grandes potencias occidentales aportaron. Y, así, lamentablemente la izquierda latinoamericana ha asumido que, para oponerse a los colonizadores y reivindicar a los colonizados, es necesario oponerse al predominio de la ciencia, y aceptar como legítimas las prácticas de los curanderos indígenas.
            Bajo este paradigma, la ciencia ha cometido el mismo pecado colonialista de Hernán Cortés: se cree superior a otras formas de conocimiento, y con su arrogancia, destruye los ‘conocimientos’ locales ancestrales. Para erradicar el colonialismo, es necesario impregnarse de humildad, y aceptar que todas las culturas hacen aportes significativos, incluyendo la medicina. Se promueve así el llamado ‘pluralismo médico’.
            Desde este punto de vista, quizás es comprensible que la izquierda española se oponga a las medicinas alternativas, pues en España nunca se ha luchado en contra del colonialismo. La lucha de la izquierda española es a favor de los obreros y sindicatos, pero no a favor de los pueblos colonizados, en buena medida porque España fue colonizadora, no colonizada. Pero, América Latina fue colonizada, y para ello, la izquierda se planeta la liberación mediante el rescate de formas ancestrales de conocimiento.
            Todo esto, me parece, son tonterías. Contrario a la opinión de estos izquierdistas post-coloniales, la ciencia es apreciable, independientemente de si es arrogante o no, o de si procede o no de la cultura del colonizador. Ciertamente el médico que estudió en Harvard Med School opina que sus conocimientos sobre el cuerpo humano son superiores a los de un curandero yanomami perdido en el Amazonas. Seguramente ese médico es arrogante. Pero, ¿y qué? Los hechos son los hechos: es indiscutible que la medicina científica combate las enfermedades muchísimo mejor que remedios basados en supersticiones. Siglos de experimentos y controles así lo testimonian.
            Quizás los curanderos indígenas conozcan hierbas o realicen óptimos procedimientos ignorados por la medicina científica En rigor, algunos procedimientos tradicionales podrían ser incorporados a la medicina científica. Pero, todos estos procedimientos deben ser filtrados por el método científico. Los científicos deben someterlos a la rigurosidad de la observación y el control. Si pasan la prueba científica, bienvenidos sean. Si no, deben quedar relegados en los anales de los quacks en la historia de la medicina, junto a las sangrías, la teoría de los humores, y tantos otros ‘conocimientos ancestrales’ que, en realidad, mataron a mucha más gente de la que salvaron.
            La ciencia debe estar siempre abierta a nuevas posibilidades. Pero, también debe saber discriminar entre buenas y malas nuevas posibilidades. Un científico no debe gastar su tiempo y esfuerzo en examinar una práctica médica folklórica que, de antemano, parece sumamente disparatada. O, a lo sumo, puede examinarla, pero si no se derivan resultados óptimos a corto plazo, no debe persistir en su examen. Hay muchísimas otras posibilidades que atender; sería irracional seguir colocando a prueba la eficiencia de las sangrías. Como bien ha señalado el folklorista Wayland Hand, es muy ilusorio creer que la medicina folklórica es fácilmente compatible con la medicina científica. El curandero casi no tiene cabida en la universidad, y debe ser excluido de ella. Los creacionistas son excluidos de las facultades de biología, los negacionistas del holocausto son excluidos de las facultades de historia; entonces, ¿por qué los curanderos indígenas no han de ser excluidos de las facultades de medicina? Lamentablemente, cada vez más la izquierda latinoamericana pretende que los brujos y curanderos sean integrados a las universidades.
            El problema, insisto, radica en desear reivindicar a los colonizados a toda costa, incluyendo los elementos retrógrados de las culturas colonizadas. Está bien proteger a quien ha sido abusado, pero no por ello debemos reivindicar automáticamente las prácticas y creencias de quienes han sufrido abusos. Una agencia de protección de niños puede hacer grandes esfuerzos por defender a los niños abusados sexualmente. Pero, eso no debe conducirlos a admitir como verdadera la creencia infantil de que Santa Claus existe, con el propósito de reivindicar a los niños abusados. Del mismo modo, los defensores de indígenas pueden reclamar las injusticias históricas, pueden exigir un reparto de tierras más justo, etc. Pero, eso no debe conducirlos a aceptar que las creencias indígenas sobre la enfermedad y la salud sean verdaderas, o que sus remedios sean efectivos. Podemos defender a los indígenas, sin necesidad de aceptar sus creencias.
            La antropología contemporánea está infestada por relativistas culturales que repiten la letanía de que no hay culturas mejores que otras, y que no existe una verdad absoluta por la cual podamos medir la veracidad de los alegatos. Bajo este credo, el conocimiento del médico científico no es ni superior ni inferior al ‘conocimiento’ del curandero: sencillamente es diferente.
            Hay, no obstante, un grupo de antropólogos de la medicina que, si bien no incurren en ese relativismo tan embrutecedor, advierte que la enfermedad es un proceso muy complejo, en la cual intervienen muchos factores culturales. Y, así, para una óptima sanación, el médico debe tratar de curar desde la propia cultura del paciente, pues con su mero conocimiento médico no será suficiente: también será necesario tener como aliado aquellos elementos culturales propios del paciente, que le permitan eficazmente combatir la enfermedad.
            Puedo aceptar esta postura. Pero, no caigamos en el error de creer que nos puede llevar muy lejos. En el caso de las enfermedades psiquiátricas, ciertamente existen algunos síndromes que parecen ser particulares de cada cultura, y quizás sería más eficiente para el psiquiatra tratar de encontrar soluciones desde la cultura del paciente, en vez de intentar occidentalizar al paciente para ejecutar las terapias psiquiátricas que funcionan mejor en Occidente. Para administrar la vacuna de la viruela a un hindú temeroso de recibir un pinchazo en el brazo, en vez de explicar la existencia de microorganismos y los procesos bioquímicos en cuestión, el médico en una aldea en la India podría más bien anunciar que esa inyección contiene un fluido mágico que le fue dado a un antiguo yogui por Shitala (la diosa de la viruela).
            Pero, insisto, esto debe manejarse con muchísima cautela. Por ejemplo, una campesina católica polaca puede estar poseída por algún demonio. Quizás, el psiquiatra de la ciudad cree más eficiente bailar al son de la cultura de esa campesina, y autoriza un exorcismo, con la esperanza de que el proceso cultural de su propio contexto facilite la cura. No desestimo por completo que el psiquiatra en cuestión pueda tener éxito en su acometido. Pero, abundan historias en las cuales, precisamente por querer bailar al son de la cultura del paciente, los exorcismos generan muchísimo más daño de lo previsto.
También es cierto que muchas enfermedades tienen un componente psicosomático. Y, en función de ello, podrían ser aliviadas con la administración de un placebo. Aun si la acupuntura o la homeopatía no demuestren resultados significativos, al menos las pruebas sí demuestran que tienen algún efecto placebo. Y, como alternativa de sugestión, el médico podría prescribirlas.
 
No obstante, el problema con estos casos en los cuales el médico se transporta a la cultura del paciente y baila a su son, con la esperanza de que intervengan factores culturales, es que implica alguna forma de engaño. Pues, el médico sabe que las sustancias que administra o los remedios que prescribe no funcionan bajo la explicación que ofrecen los mismos pacientes. La moralidad del engaño, sobre todo en asuntos médicos, es muy debatida. Por regla general, los eticistas en medicina insisten en que nunca se debe mentir; algún grupo minoritario, de forma más utilitaria, postula que si esa mentira sirve para salvar más vidas, bienvenida sea.
En el caso de la medicina alternativa, simpatizo más con quienes recomiendan no mentir. Es mucho más estimable la educación. Conviene ir erradicando conceptos erróneos de enfermedad en la población no familiarizada con la ciencia, que seguir el juego. En la medida en que los campesinos polacos entiendan que las posesiones demoníacas no existen, y comprendan mejor cuáles son las bases neurológicas de la epilepsia, o los fundamentos psiquiátricos de la psicosis, en un futuro estarán en mejor posición para enfrentar más eficazmente las enfermedades.

sábado, 5 de enero de 2013

El profeta Isaías: un loco peligroso



De todos los profetas del antiguo Israel, Isaías es quizás el más enigmático, por varios motivos. Fue un personaje sumamente excéntrico. Durante tres años caminó desnudo por las calles de Jerusalén. En una visita al templo de esa ciudad, tuvo una serie de visiones (alucinaciones, en realidad) que, si bien no fueron propiamente terroríficas, sí fueron avasallantes, y según él mismo relata en el libro que lleva su nombre, estas visiones lo condujeron a convertirse en profeta, aun a su pesar.
            Es tentador aventurarse a intentar elaborar algún diagnóstico psiquiátrico de Isaías. El caminar desnudo podría ser síntoma de algún desorden exhibicionista (tal como es tipificado en el DSM-IV actualmente). Con seguridad, el exhibicionismo de Isaías debió causarle problemas en aquella sociedad de gente vestida (a diferencia, por ejemplo, de un yanomami que vaya desnudo en su aldea), y esto califica como un ‘desorden’. Pero, lo interesante de Isaías es que su acto de exhibicionismo perseguía una función retórica: utilizó su desnudez como un acto metafórico para advertir a los habitantes de Jerusalén que, de seguir la depravación moral, Dios castigaría a los israelitas mediante un invasor extranjero, el cual se llevaría prisioneros desnudos. Quizás la excentricidad de Isaías rayaba en enfermedad mental, pero debe reconocerse que su exhibicionismo es un ingenioso recurso retórico.
            No simpatizo con la idea relativista, repetida insaciablemente, de que “no podemos juzgar hechos pasados con nuestros patrones morales”. Opino más bien que la moral es absoluta y trascendente, y que lo que fue moral hace tres mil años, sigue siendo moral hoy. Por ello, creo perfectamente viable juzgar a un personaje del pasado, como Isaías, con nuestros patrones de pensamiento moderno.
Con todo, a la hora de elaborar diagnósticos psiquiátricos sobre personajes del pasado, vendría bien un poco de cautela, y sí veo más viable relativizar nuestro juicio psiquiátrico (pero no moral). Sería fácil postular que la visión de Isaías narradas en el capítulo 6 de su libro es delirante. Pero, como bien formuló Karl Jaspers (uno de los más elocuentes forjadores del concepto de ‘delirio’), para que un conjunto de creencias sean consideradas ‘delirantes’, deben estar al margen de la normalidad de su contexto. Y, en este caso, Isaías no estaba al margen de lo normal en el antiguo Israel.
No todos los antiguos israelitas tenían las visiones que tuvo Isaías, pero sí había una tradición de profetas que tenían disposiciones similares. En un principio, incluso los profetas formaban un gremio, y un sector de la sociedad israelita estaba compuesto por estos videntes que alegaban comunicarse con Dios. Isaías no era propiamente parte de este gremio (ya en su época la actividad profética estaba más individualizada), pero con todo, sus experiencias no eran enteramente anómalas en su contexto. En ese sentido, no me siento autorizado para llamar ‘loco’ a Isaías.
Con todo, podemos dejar de lado la psiquiatría retrospectiva, e intentar juzgar a Isaías moralmente. Como he sostenido, a diferencia de las apreciaciones psiquiátricas, las apreciaciones morales no son tan fácilmente matizadas por el relativismo. Y, en ese sentido, sí veo viable juzgar las acciones y enseñanzas de Isaías, y evaluar si hoy resultan pertinentes o no.
Isaías probablemente procedía de una familia noble que se codeaba con reyes y aristócratas. Era común en el mundo mediterráneo antiguo, que hubiera adivinos y profetas aduladores y complacientes con las autoridades, a quienes les decían lo que querían escuchar. Los profetas hebreos rompieron con esta tendencia: con suma valentía, se atrevieron a reprochar a los reyes en su cara la inmoralidad de la sociedad, y a anunciar futuras catástrofes.
Isaías perteneció a esta tradición de profetas, y en ese sentido, no sólo es estimable su coraje, sino también el mismo contenido de su mensaje social. En concordancia con Amós, el profeta del reino del norte algunos años mayor que Isaías, éste denunció la corrupción moral de su pueblo. Previsiblemente, esto no lo hizo popular entre su gente, pero con todo, Isaías persistió en su propósito.
Junto a Amós, Isaías forma parte de la estirpe de profetas que denuncia la injusticia social. Isaías empezó sus apariciones públicas durante el reinado de Ozías, un monarca que había conseguido prosperidad para Judá. Pero, esa prosperidad hacía crecer la opulencia de las clases acomodadas, mientras que el grueso de la población seguía desamparada. Isaías vehementemente se indignaba con esto, y en este aspecto, es un pionero de los críticos del capitalismo que sostienen que la salud de una sociedad no se mide tanto por el incremento de su PIB, sino por los altos niveles de igualdad y justicia social.
En asuntos religiosos, Isaías también denunció la corrupción de la religión popular israelita. Junto a otros profetas que le siguieron, Isaías es uno de los primeros en promover una reforma espiritual de la antigua religión israelita, al despojar de importancia al sacrificio y los asuntos rituales, y concentrarse más en la relación directa con Dios y la pureza de corazón. Ante sacerdotes corruptos y ritualmente obsesivos, que crecían en opulencia a expensas de las ofrendas del pueblo común, la denuncia de Isaías es sumamente loable.
 
Pero, como casi todos los profetas, Isaías fue intransigente en su monoteísmo. Los reyes de Judá con los cuales coexistió Isaías introdujeron cultos a ídolos foráneos. Como Amós, Isaías advertía que esta idolatría violaba los términos de la alianza que los israelitas habían establecido con Dios, y que por ello, Dios pronto enviaría un terrible castigo. Isaías defendía así una teocracia, un monoteísmo de Estado, en el cual el monarca se asegurara de promover el culto exclusivo a Yahvé.
Algunos de los cultos a ídolos foráneos incorporaban sacrificios humanos infantiles. Por ejemplo, el rey Ajaz, nieto de Ozías, arrojó a su hijo a una pira sacrificial como parte del culto a los ídolos, y seguramente Isaías tuvo noticias de esto. En función de eso, es comprensible que Isaías se indignase con la incorporación de cultos foráneos. Pero, el problema es que, Isaías (y toda la tradición profética) no se limita a censurar prácticas rituales criminales, sino que exige usar el poder político para erradicar el culto de los ídolos intrínsecamente, sin importar si son o no cultos pacíficos. Así pues, Isaías da continuidad a una tradición despótica propia de las religiones monoteístas, en la cual se promueve la intolerancia religiosa, y se persigue a quien rinda culto a un dios distinto. Esta promoción de la intolerancia religiosa es inmoral, y merece nuestro reproche.
Pero, quizás el aspecto más objetable de la vida de Isaías es su manejo de las circunstancias políticas de su época. En aquel tiempo (siglo VIII a.C.), el imperio asirio crecía en poder, y preparaba una expansión que amenazaba tanto a los reinos de Israel como el reino de Judá (el hogar de Isaías). Los reinos de Israel y Aram conformaron una alianza, y presionaron a Judá para que se uniera. Isaías le advirtió al rey del momento, Ajaz, que no se uniera a esa alianza, pues en cuestión de pocos años, esos reinos serían destruidos. Para proteger a Judá, alegaba Isaías, Aram más bien confiar en la protección de Dios, y asegurarse de que el pueblo obedeciera los términos de la alianza que los israelitas habían conformado con Dios, en la cual el culto exclusivo a Yahvé era fundamental.
Aram no se unió a esa alianza, pero en vez, buscó refugio en el propio imperio asirio, al cual le rindió tributo, a pesar de las advertencias de Isaías. Tal como había profetizado Isaías, los reinos de Israel y Aram fueron destruidos por el imperio asirio. Con todo, los asirios no invadieron Jerusalén, pero sí mantuvo una relación de dominio sobre Judá.
Años después, el imperio asirio nuevamente amenazaba a Judá, esta vez su rey era Ezequías. Egipto y Babilonia, los otros grandes imperios de la zona en aquel tiempo, estaban induciendo a Ezequías, para que conformaran una alianza con ellos, y así enfrentar a la amenaza asiria.
Isaías anunció que Dios le había comunicado que no entrara en esa alianza, y que confiara plenamente en el poder de Dios para salvar a Judá de una invasión foránea (en este contexto fue cómo Isaías deambuló desnudo por Jerusalén, para advertir los peligros de esa alianza). Ezequías resistió unirse a la alianza, y eventualmente llegaron las tropas asirias. Sitiaron Jerusalén, pero Isaías le aconsejó a Ezequías que no se rindiera, pues Yahvé salvaría a Judá. Después de una campaña militar, los asirios quedaron exhaustos y se marcharon. Jerusalén quedó a salvo. La profecía de Isaías dio frutos: mientras los judaítas confiaran en el poder de Dios, no tenían necesidad de formar alianzas con poderes humanos, y esta confianza en el poder divino los salvó del invasor.
En realidad, esta historia es distorsionada por la propaganda religiosa de la tradición profética. Sabemos por fuentes asirias, y por el propio libro de II Reyes en la Biblia, que las tropas asirias arrasaron con las poblaciones de Judá, y que el rey Ezequías tuvo que refugiarse en Jerusalén. El rey negoció la paz con los asirios, al ofrecerles un tributo. Judá quedó reducido a un muy pequeño reino.
Las enseñanzas políticas de Isaías son peligrosísimas, y de ser aplicadas hoy, fácilmente conducirían a la destrucción de cualquier nación que las implemente. Ciertamente, Judá corría el riesgo de ser aplastado si entraba en una alianza con los débiles reinos de Israel y Aram. Pero, en la segunda amenaza del imperio asirio, Judá pudo haber evitado su humillación si buscaba protección con Egipto y Babilonia. La insistencia de Isaías para oponerse a estas alianzas no estuvo conducido por un análisis racional estratégico, sino por un destello de fanatismo religioso: en vez de elaborar un minucioso cálculo de las ventajas y desventajas políticas de una alianza con los poderes imperiales de la zona, prefirió abandonarlo todo a la fe. Isaías asumió la disparatada teoría de que, si Israel mantenía el culto exclusivo a Yahvé y confiaba en su poder, estaría a salvo de los poderes imperiales. Nunca sometió a consideración factores económicos, políticos, geográficos o militares, que le permitieran decidir si era conveniente o no aliarse con Egipto y Babilonia. Su arrebato de locura lo condujo a prescindir de todo esto, y sencillamente, confiar en que los mensajes de una voz que escuchaba, era suficiente garantía de que Judá estaría a salvo.
¿Qué habríamos dicho si Churchill, en vez de buscar una alianza con EE.UU., la Unión Soviética y Francia, hubiese decidido quedarse aislado, porque algún predicador religioso inglés le habría indicado que no confiara en naciones extranjeras, sino exclusivamente en el poder de Dios? ¡Obviamente habríamos reprochado a Churchill, o en el mejor de los casos, habríamos dicho que se volvió loco!
Pues bien, quizás no podamos etiquetar de ‘delirante’ a Isaías, pues la psiquiatría postula que los delirios van al margen de lo que cree la mayoría de la sociedad. Pero, sí es obviamente reprochable: Isaías no debió haber promovido el abandono de las decisiones políticas a los arrebatos de la fe religiosa. Las enseñanzas políticas de Isaías fueron suicidas en su tiempo, y lo siguen siendo hoy. El caso de Isaías es emblemático de cómo la fe puede fácilmente interferir en el ejercicio de la razón.
Por último, Isaías inauguró aún otra enseñanza política que también ha resultado sumamente perjudicial para quienes se la han tomado en serio. En su insistencia de que Judá no abrazara ninguna alianza, anunció que, en un tiempo futuro, vendrá un redentor del pueblo, el mesías. Durante esa época mesiánica, no habrá guerras y el león dormirá junto al cordero. Los pueblos del Tercer Mundo hemos vivido este mesianismo muy de cerca: en medio de calamidades, en vez de analizar racionalmente nuestros problemas, hemos preferido depositar nuestra esperanza en una figura que, con alguna varita mágica, resolverá todo abruptamente. Isaías es un remoto responsable de haber sembrado esta mentalidad. Su libro tiene gran valor literario, pero tomarse en serio sus enseñanzas conduce a la más atroz irresponsabilidad.