viernes, 4 de enero de 2013

¿Existe Dios? Evaluación de algunos argumentos



Históricamente ha habido varios argumentos para tratar de probar la existencia de Dios. El primero de ellos ha venido a ser llamado el ‘argumento ontológico’, y se remonta al teólogo Anselmo de Canterbury, en el siglo XI. Según este argumento, si definimos a Dios como la entidad de lo cual nada más grande puede pensarse, entonces esto implica su existencia. Pues, la idea de Dios presupone que no hay nada más perfecto que Dios, y en ese sentido, Dios es la entidad más perfecta posible. Ahora bien, si Dios es la entidad más perfecta posible, entonces Dios tiene que existir. Pues, una entidad, para ser perfecta, debe existir. Si una entidad no existe, entonces ya no es perfecta. La existencia forma parte de la perfección. Un ser que existe es más perfecto que un ser que no existe. Pero, precisamente, previamente hemos definido a Dios como la entidad más perfecta posible; nada es más perfecto que Dios. Si Dios es el ser más perfecto, entonces debe existir, pues si no existiese, ya no sería perfecto; pero si no fuera perfecto, entonces ya no sería Dios. Bajo este argumento, quien sostiene que Dios no existe en realidad se está contradiciendo. Pues, está diciendo que la entidad más perfecta (Dios) no es la más perfecta (pues no existe).
Este argumento ha resultado muy enigmático, y si bien habitualmente no logra convencer a quien lo escucha por primera vez, resulta difícil precisar dónde está su falla. Por mucho tiempo, el argumento ontológico fue más parodiado que refutado. El monje Gaunilo de Marmoutiers reprochaba a Anselmo que, bajo su mismo argumento, podemos pensar en una isla perfecta, y concluir que ésta existe. Pero, con todo eso es absurdo.
No obstante, el mismo Anselmo respondía que el caso de Dios es una excepción.  Ciertamente la perfección de un concepto no puede emplearse como justificación de su existencia. Pero, estas objeciones no son aplicables a Dios. Pues, la perfección de las islas no es un concepto que pueda ser claramente definido. Por ejemplo, no es precisable cuántas palmeras debe tener una isla para ser perfecta, pues si se piensa en un número específico, siempre se podrá concebir un número mayor. En el caso de Dios, por su parte, sí puede definirse su precisión, precisamente como aquella entidad de lo cual nada más grande puede pensarse.
No fue sino hasta el siglo XVIII, cuando el filósofo Immanuel Kant encontró una falla crucial en el argumento ontológico. Kant postulaba que la existencia ni siquiera es un atributo. Un órgano afinado es más perfecto que un órgano desafinado. Del órgano podemos predicar que está afinado o que no está afinado. Obviamente, el órgano afinado es más perfecto que el desafinado. La cualidad de estar afinado es un predicado, en el sentido de que predica algo sobre el sujeto. Por ejemplo, en la frase “el órgano está afinado”, ‘órgano’ es el sujeto y ‘afinado’ es un predicado del órgano; es decir, se está enunciando algo sobre el órgano. Y, la palabra ‘está’ es un derivado del verbo ‘ser’, que sirve de enlace entre el sujeto y el predicado. Pero, a diferencia de una propiedad como ‘afinado’, ‘grande’, o ‘bello’, la existencia no es un predicado. Si decimos, “el órgano es grande”, estamos predicando algo sobre el órgano, a saber, su grandeza. El verbo ‘ser’ sirve de conexión entre sujeto y predicado. Si decimos, “el órgano existe”, aparentemente estamos predicando algo sobre el órgano, a saber, su existencia. Pero, en realidad, no estamos predicando nada nuevo, porque la existencia es una variante del verbo ‘ser’, no es propiamente un predicado. Decir “el órgano existe” es equivalente a decir “el órgano es existente”. La palabra ‘existente’ puede servir como un predicado a nivel gramatical, pero en realidad no es un predicado, porque es sencillamente una variante del verbo ‘ser’. Sería como afirmar: “el órgano es un ente que es”. No agregamos nada nuevo con eso. Y, al no agregar nada al predicar la existencia, tampoco dejo de agregar algo al predicar la inexistencia. Es decir, un ente no es menos perfecto por no existir. Y, por ende, Dios puede pensarse como la entidad más perfecta, pero no por ello existe.
Como cabrá sospechar, este argumento ha resultado tan abstracto, que ni siquiera los teólogos son muy dados a emplearlo para intentar demostrar la existencia de Dios. Por ello, los teólogos naturales han procurado formular otros argumentos. Un segundo argumento digno de consideración es el llamado ‘argumento cosmológico’.
El argumento es el siguiente: al observar el mundo, nos damos cuenta de que todos los fenómenos tienen una causa eficiente. Fenómeno X es causado por fenómeno Y; fenómeno Y por fenómeno Z, y así sucesivamente. El mundo es una gran secuencia causal donde unos fenómenos causan a otros. Pero, esa cadena debe empezar en algún momento, de lo contrario, esa cadena se prolongaría hasta el infinito. Pero, si esa cadena causal debe interrumpirse en algún momento, entonces debe haber una causa no causada. O, en otras palabras, debe haber un fenómeno que sea causa de los demás fenómenos, pero que no sea causado por ningún otro fenómeno.
También podemos pensar en los movimientos. Todo cuanto se mueve, es movido por otro agente. Pero, la cadena de agentes que mueven a otros agentes debe tener un inicio, un agente que mueve sin ser movido. Algunos filósofos han llamado a este agente el Primer Motor. Pensemos en unas fichas de dominó dispuestas en una hilera: cuando una se mueve, ésta mueve a la que está en frente, y así sucesivamente, hasta que todas se mueven. La primera ficha en moverse, sería el Primer Motor. Por supuesto, esa primera ficha es movida por nuestra mano. Pero, consideremos que, al inicio del movimiento, o de la causalidad, hubo de haber un agente que movió sin ser movido, causó sin ser causado. Y, es sensato llamar ‘Dios’ a ese Primer Motor. Si todo cuanto existe tiene una causa, pero hay un ser que causa a los demás pero no tiene causa en sí mismo, entonces ese ser extraordinario es, si no superior, al menos diferente a todos los demás seres. Y, perfectamente merece ser llamado ‘Dios’.
Este argumento ha sido sometido a varias críticas. En un inicio, el argumento sostiene que todo evento es causado por otro evento. Es decir, todo cuanto existe tiene una causa de su existencia. Pero, luego concluye que hay algo que no tiene causa, Dios. Si todo tiene una causa, ¿por qué Dios no necesita también de una causa? Si Dios es causa de todo, ¿cuál es la causa de Dios? Si Dios pudo causarse a sí mismo, ¿por qué no pudo el universo causarse a sí mismo?
O, en todo caso, una alternativa podría ser postular que, sencillamente, el universo no ha tenido inicio. Esto es ciertamente extraño, pero quizás sea lo más racional. Pues, si postulamos que existe una causa no causada, interrumpiríamos arbitrariamente la cadena causal en Dios. Los defensores del argumento cosmológico dicen que no se puede proceder hasta el infinito en una secuencia de causas o agentes motores. Pero, amerita cuestionarse si es más adecuado postular una regresión causal al infinito, o interrumpir arbitrariamente esta regresión en un ente no causado. ¿Por qué debe interrumpirse la cadena causal en Dios, y no en otro ente?
Además, aun si se admitiese la existencia de un Primer Motor o de una causa no causada, no habría razón para postular que ese ente sea necesariamente Dios. Quizás no sea más que una explosión (por ejemplo, el Big Bang), en vez de un agente personal omnipotente, omnisciente, infinito, etc. Quizás ese Primer Motor puso el universo en marcha, pero ya dejó de existir. Quizás no hubo una primera causa, sino varias causas; y entonces no habría un Dios, sino varios dioses. Quizás es un Dios malo, o torpe. Del atributo de ser un ente que causa sin ser causado no se siguen lógicamente todos los atributos que los teólogos confieren a Dios, desde la omnipotencia hasta la omnisciencia.
 Quizás el argumento predilecto entre los teólogos naturales es el llamado ‘argumento teleológico’. Este argumento postula que el mundo exhibe un propósito (‘telos’, en griego, significa ‘propósito’; de ahí viene la palabra ‘teleológico’), un orden y un diseño, y de eso, debe inferirse la existencia de un diseñador cósmico que creó el universo, a saber, Dios. En el siglo XIX, el teólogo natural William Paley acuñó su famosa ‘analogía del reloj’. Según esta analogía, si al cruzar un terreno, encontramos una piedra, podremos concluir que la piedra ha surgido por azar, y que nadie con inteligencia la elaboró. Pero, al encontrar un reloj y al observar la precisión y funcionamiento de sus partes, tendremos que concluir que el reloj ha sido elaborado por un relojero. Pues bien, argumentaba Paley, al observar el universo debemos hacer la misma inferencia respecto al relojero: la precisión de los elementos que conforman el universo debería conducirnos a concluir que éste cuenta con un diseñador, y por supuesto, ese diseñador es Dios.
Paley apelaba especialmente a la biología. Al contemplar las características de los organismos, razonaba Paley, debemos inferir la existencia de un diseñador que les ha concedido rasgos ventajosos para sobrevivir en su hábitat. Los sistemas que conforman a los organismos son algo así como obras de ingeniería, y de estas obras de ingeniería se desprende la existencia de un ingeniero que ha creado a los seres vivos con un diseño.
A simple vista, esta argumentación resulta plausible. Pero, al considerar la teoría de la evolución por selección natural, de Charles Darwin, queda muy poco espacio para aceptarla. Según la teoría de Darwin, todas las especies tienen una tendencia a reproducirse más allá de los recursos disponibles en un hábitat, lo cual desemboca en sobrepoblación. Esto propicia que, a la larga, no todos los miembros de una población puedan sobrevivir. Puesto que existe variabilidad entre los organismos que conforman poblaciones, sólo sobrevivirán los más aptos; a este proceso, Darwin lo llamó ‘selección natural’. A su vez, estos organismos pasarán sus rasgos a su descendencia. Con el correr de las generaciones, irán quedando los organismos que exhiban rasgos ventajosos. Al final, dará la apariencia de que los rasgos de los organismos han sido diseñados, pero en realidad, proceden del proceso mecánico y repetitivo de la selección natural, el cual está desprovisto de propósito e inteligencia.
Desde Darwin, se ha hecho difícil aceptar el argumento teleológico apelando a la biología. Pero, en el siglo XX, algunos físicos y teólogos naturales han apelado al llamado ‘principio antrópico’ para reactualizar el argumento teleológico a favor de la existencia de Dios. El principio antrópico postula que el universo está conformado por una serie de constantes físicas que, de haber sido distintas, no habría sido posible la aparición del hombre. De esto, muchos teólogos naturales infieren que el universo ha sido diseñado para que el hombre apareciera, y por supuesto, tras ese diseño yace Dios.
Pero, de nuevo, este argumento no resulta muy convincente. En efecto, el principio antrópico sostiene que el hombre sólo pudo haber aparecido con las constantes que el universo exhibe. Pero, eso no implica que el universo haya sido diseñado por Dios. Sólo implica que, de no haber existido esas constantes, no estaríamos pensando sobre ese asunto, pues nuestra especie no existiría. El hecho de que existimos como especie y estamos reflexionando sobre este asunto, a lo sumo nos conduce a inferir que la constitución de este universo fue improbable, pero con todo ocurrió, pues de lo contrario, no estaríamos acá discutiendo esto. ‘Improbable’ e ‘imposible’ no son sinónimos. Algunos físicos manejan la idea de que, quizás, éste no sea el único universo que exista. Pues bien, si existen otros universos con otras constantes, entonces podríamos razonar que el nuestro fue el afortunado para albergar la existencia humana, y por eso, estamos en este universo, y no en otro. Bajo esta hipótesis, es innecesario apelar a Dios.

jueves, 3 de enero de 2013

Sobre la secesión catalana: respuesta a Roberto Augusto



           Roberto Augusto y yo hemos abierto un nuevo debate sobre la secesión de Cataluña. Originalmente él publicó un artículo (acá), yo respondí con otro (acá), el respondió aún con otro (acá), y ahora yo ofrezco otra réplica. Mi intención es fundamentalmente aclarar algunas de mis posturas. Como solían hacer los escolásticos, citaré algunos de los alegatos de Augusto en su último artículo, y debajo, ofreceré mis comentarios.
            Augusto escribe: “Le recuerdo a Andrade que la mitad de los catalanes tiene como lengua de uso habitual el castellano. En las últimas elecciones en Cataluña el presidente de la Generalitat, Artur Mas, se presentó con un discurso soberanista y lo que sucedió es que pasó de 62 diputados a 50. Si realmente la mayoría de los catalanes quisiera la independencia le hubieran apoyado masivamente y eso no sucedió. Hay grupos políticos en Cataluña cuyo discurso se centra en el independentismo, como ERC. Y la realidad es que ese partido es minoritario: tiene 21 diputados de 165 posibles”.
            Yo respondo: es cierto que, en esas elecciones, hubo un revés para los representantes de la opción secesionista. Pero, votar por un político no es lo mismo que votar por un proyecto de secesión. Se puede estar a favor de la independencia catalana y a la vez repudiar a algún parlamentario en particular. Según consulto, los sondeos de las últimas fechas esgrimen que la opción independentista sí tiene mayoría en la opinión pública catalana. Por supuesto, los sondeos son apenas una aproximación. La mejor manera de saber qué desean los catalanes es mediante un referéndum en el que se les consulte, no cuál es el parlamentario de su preferencia, sino si apoya o no la secesión.
            Augusto escribe: “Gabriel Andrade, haciéndose eco de las tesis de los historiadores nacionalistas catalanes, pretende hacer pasar la Guerra de Sucesión española (1701-1713) como una guerra entre Cataluña y EspañaEsta es una de las muchas fantasías históricas inventadas por el nacionalismo catalán, un arte perverso en el que son maestros. Lo que sucedió es que Cataluña optó por apoyar a un candidato al trono de España, el Archiduque Carlos (Austria), que perdió en su batalla contra Felipe V (Borbón). Es una guerra sucesoria por la corona española, no una batalla entre los catalanes y los españoles”.
            Yo respondo: en realidad nunca sostuve que esa guerra fuese entre Cataluña y España. Sólo sostuve que, tras la victoria de los borbones, la autonomía catalana que prosperó más con los Habsburgo, fue suprimida; y se incrementó sustancialmente la presencia militar procedente del poder castellano, cumpliendo así uno de los requisitos que Augusto reserva para la condición de ‘colonialismo’.
            Augusto escribe: “Andrade pregunta si una colonia, por formar parte de un Estado democrático, deja de serlo. Deberían transformarse totalmente sus relaciones para que el colonialismo desapareciera y sería deseable preguntarles a los colonizados si están satisfechos con esa nueva situación o prefieren tener un Estado independiente”.
            Yo respondo: pero, precisamente, ¡al pueblo catalán nunca se le ha preguntado si han estado contentos con la nueva situación, o prefieren tener un Estado independiente!
            Augusto escribe: “Además, el colonialismo es incompatible con la idea de libertad y ningún país que defienda la democracia puede tener colonias. Rechazo la afirmación de Andrade de que pueda haber “colonias democráticas”. Y si las hay eso supone una vulneración de sus principios morales. De la misma forma, un Estado democrático no puede practicar la tortura, aunque algunos que dicen serlo, como EE. UU., la autoricen”.
            Yo respondo: ¿Es Francia una democracia? Presumiblemente, sí: hay elecciones libres y directas, balance de poderes, libertad de expresión, etc. ¿Tiene Francia colonias? Una parte sustanciosa de gente que vive en Martinica o Guyana opina que esos territorios son colonias francesas. El gobierno de París niega que sean colonias, y prefiere llamarlos ‘territorios de ultramar’. Pero, ¿cómo se distingue un ‘territorio de ultramar’ de una ‘colonia’? El gobierno de París trató de convencer al mundo de que, al asimilar a los martinicos y guyaneses como plenos ciudadanos, y tener representación en la asamblea, Guyana y Martinica dejan de ser colonias. Pero, insisto, eso no es suficiente para que un territorio deje de ser considerado una colonia. Los martinicos y guyaneses tienen los mismos derechos que los parisinos o normandos, pero con todo, la mayor parte considera que son gobernados por otra nación. Sienten que son gobernados democráticamente; pero siguen sintiendo que un poder extranjero los gobierna, y esto es básicamente una forma de colonialismo. Por ello, insisto, puede haber colonias democráticas. Si, en un referéndum, Guyana y Martinica deciden continuar siendo parte de Francia, entonces ya no estaríamos propiamente en presencia de una relación colonialista, pues los propios martinicos y guyaneses habrían decidido incorporarse. El colonialismo es fundamentalmente ausencia de voluntad en ser gobernados.
            Augusto escribe: “Andrade es demasiado generoso en su uso del término “colonia”. Según él “la Comunidad Valenciana y Baleares son colonias” porque dan más dinero al Estado del que reciben. Resulta que Baleares era una región pobre antes del desarrollo de su industria turística en la década de los 60 del siglo pasado. Hasta ese momento seguramente recibía más del Estado central de lo que daba. Con este criterio Baleares nunca habría sido una colonia hasta hace pocas décadas, cuando empezó su prosperidad actual. ¿Y si una autonomía rica se empobrece deja de ser una colonia? Si seguimos este criterio el mundo estaría lleno de miles de colonias, todas las provincias desarrolladas económicamente lo serían. Este argumento no se sostiene”.
            Yo respondo: a lo largo de este debate, he señalado las enormes dificultes para definir una ‘colonia’, y saber cuándo estamos en presencia de ellas. Frente a estas dificultades, he opinado que el mejor recurso es preguntarle a los mismos ciudadanos si ellos se sienten o no colonizados. Bajo este criterio, una colonia no se define propiamente por el hecho de que una región aporte mucho al fisco y reciba poco, sino por la voluntad (o falta de ella) que esa región tiene de formar parte de una nación más grande. Baleares y Valencia no serían propiamente colonias, en tanto no han manifestado su desdén por ser gobernadas desde Madrid. En el momento en que lo hagan, entonces, sí deberíamos empezar a considerar que sí son colonias, pero por supuesto, para estar plenamente seguros, debemos recurrir a un referéndum. Contrario a nacionalistas étnicos como Herder y Fitche, pero a la par de nacionalistas cívicos como Renan, yo opino que lo más sano es que cada pueblo se defina como mejor le plazca, y que la nación se conforme a partir de la voluntad de sus miembros. Ante la pregunta “¿es Cataluña parte de España?”, quienes mejor responderán eso serán los propios catalanes. En el siglo XIX, los alemanes se habían empeñado en sostener que Alsacia y Lorena eran regiones alemanas, sobre bases culturales. Renan recordaba que los propios habitantes de esa región preferían estar bajo soberanía francesa. Lo más sano es cumplir la voluntad del colectivo.    
            Augusto escribe: “Comparar situaciones del pasado lejano con el actual presente no creo que arroje luz sobre este asunto. Cuando los árabes invaden la península ibérica se inicia un largo periodo histórico llamado Reconquista que va desde el 722 hasta 1492. Las tropas venidas de África conquistaron casi toda la actual España, con la excepción del Reino de Asturias, que abarcaba también lo que hoy es Cantabria. Algunos, medio en broma medio en serio, afirman que la verdadera España es Asturias y que todo lo demás es tierra conquistada. Según cómo definamos “colonia” o cuánto vayamos atrás en el tiempo podemos llegar a la absurda conclusión de que casi toda España es una colonia asturiana conquistada por la fuerza”.
            Yo respondo: estoy de acuerdo en que es un asunto complejo. Pero, vuelvo a preguntar: ¿por qué, entonces, sí es absurdo sostener que toda España es una colonia asturiana conquistada a la fuerza, pero no es absurdo sostener que toda Hispanoamérica fueron colonias conquistadas a la fuerza?
            Augusto escribe: “Lo mejor para todos es que el derecho a la secesión unilateral solo se aplique es circunstancias extraordinarias para evitar males mayores: invasiones recientes (no hace siglos), genocidios o claros casos de explotación de un pueblo por parte de otro, tal como sucede en el colonialismo”.
            Mi réplica: ¿dónde trazamos el límite de “invasiones recientes”? ¿Una década, dos, tres? Canarias fue apenas conquistada unas décadas antes que América. ¿Por qué Canarias no tiene derecho a la secesión unilateral, pero México, Cuba o Venezuela sí lo tenía? EE.UU. anexó forzosamente a Hawaii hace apenas un siglo. ¿Sigue teniendo Hawaii derecho a la secesión unilateral, o es ya extemporáneo? Insisto, frente a la indecisión respecto a cuán reciente debe ser una “invasión reciente”, es mucho más sensato preguntar a los propios ‘invadidos’ (sean recientes o no), si ellos desean formar parte del poder que los invadió hace una década o un milenio. Por supuesto, no podemos hacer referéndum en todas las regiones que alguna vez han sido invadidas; pero sí en aquellas donde los invadidos manifiesten su desdén por su situación.
            Augusto escribe: “Un mundo donde cualquier grupo humano más o menos definido pueda crear un Estado a su gusto cuando quiera solo traería más problemas que beneficios”.
            Yo respondo: discrepo. Un mundo donde cualquier grupo humano pueda crear a su gusto un Estado haría muchísima más voluntario y menos coercitivo el ejercicio de la autoridad. Ciertamente, muchos Estados se fragmentarían. Pero, me parece mucho más preocupante un mundo conformado por Estados que gobiernen sin el consenso de los gobernados, a un mundo con un número mayor de Estados del que existe actualmente.
            Augusto escribe: “Gabriel Andrade ha dicho que le gustaría que algún día hubiera un gobierno mundial. No creo que el camino que propone nos acerque a ese objetivo, sino que nos aleja de él. Cuantos más Estados, más división y menos posibilidad de llegar a acuerdos entre todos”.
            Yo respondo: ciertamente yo prefiero un gobierno mundial al Estado-nación. Por ello, en balance veo la globalización como un fenómeno positivo. Pero, no puedo pretender imponer mi preferencia a quien no desee suscribirla. El mejor gobierno es aquel en el cual los gobernados ofrecen su consenso. Quisiera persuadir a los habitantes de este planeta que, como yo, favorezcan un gobierno mundial. Pero, si no logro hacerlo, me parece muy peligroso imponérselos e irrespetar su voluntad. Del mismo modo, yo como ciudadano español (a pesar de que nací y vivo en Venezuela, soy ciudadano español naturalizado)  preferiría una Cataluña que siga siendo parte de España. Quiero viajar a Barcelona desde Castilla sin tener que sellar pasaporte o ser inspeccionado en una aduana. Quiero que el clásico Real Madrid-Barcelona se mantenga. Pero, no quiero nada de esto si los propios catalanes no lo desean. Propongo ofrecer argumentos a los catalanes para que ellos vean que está en su propia conveniencia no separarse, pero si no logramos persuadirlos, deberíamos respetar su decisión.
            Por último, quisiera añadir lo siguiente: hasta cierto punto, Roberto Augusto sí me ha persuadido de que, en tanto Cataluña votó en 1975 por una constitución que no estipula el derecho a la secesión unilateral, entonces los catalanes no tienen derecho a la secesión unilateral. Para lograr la secesión, tendrían que modificar la constitución con un referéndum en el cual participen todos los españoles.
El mero hecho de que un país apruebe una constitución en la cual se suprima el derecho a la secesión unilateral no implica que ese derecho cese automáticamente. Pues, de ser así, sería fácil plantearse la siguiente estrategia: invadir un territorio y anexarlo, esperar que pasen varias generaciones (quizás incluso siglos), redactar una nueva constitución en la que se revoque el derecho a la secesión unilateral, aprobar mediante referéndum esa constitución, y hacer que los ciudadanos del territorio anexado participen en el voto, junto al resto del país originalmente agresor. Con eso, se estaría intentando legitimar la constitución (aún si el territorio originalmente invadido votó en su contra), y se consumaría definitivamente la anexión.
Pero, el caso de Cataluña es distinto, pues en esa región, el pueblo aprobó mayoritariamente esa constitución. Y, mediante ese voto, los catalanes dieron su aval a un texto que enunciaba que Cataluña es parte de España, y que no hay derecho a la secesión unilateral. Con todo, habría que evaluar si, en aquel contexto (recién terminada una dictadura), los catalanes realmente tenían la opción viable de rechazar aquella constitución. Y, postulo que, si la situación se vuelve crítica y la voluntad secesionista en Cataluña crece abrumadoramente (no es el caso actual), la voluntad popular exigiría prescindir de constituciones. Insisto, el peor gobierno es aquel en el cual los gobernados no desean serlo.

martes, 1 de enero de 2013

Sócrates en Cataluña



            A Sócrates lo llamaban “el tábano” porque era fastidioso como el insecto. Cuando sus amigos creían saber algo, o más específicamente aún, creían saber lo que significaba una palabra, Sócrates los mortificaba señalando contraejemplos que pusieran en duda esa definición. Quizás Sócrates disfrutaba esto, pero además de hacerlo por gusto, lo hacía para que sus propios amigos refinaran mejor sus conceptos. El proceder de Sócrates luego fue abusado por algunos de sus seguidores, quienes se empeñaron en sostener que, al no poder definir un concepto, entonces ese concepto no existe. Esto es la llamada ‘falacia socrática’.
            Roberto Augusto desea definir ‘colonia’, y a partir de esa definición, quiere sostener que Cataluña no es una colonia (acá). Bajo su entendimiento, sólo las colonias tienen el derecho a la autodeterminación y la secesión unilateral. Y, puesto que Cataluña no es una colonia, no tiene ese derecho. Pero, yo deseo, como Sócrates, asumirme como tábano, y cuestionar un poco la definición de Augusto. Yo sí creo que el colonialismo existe, pero me parece que es un concepto muchísimo más difícil de definir de lo que a simple vista parece. Y, en función de eso, habría que reconsiderar quién tiene derecho a la secesión unilateral.
            Augusto empieza por definir una ‘colonia’ así: “Una colonia es un territorio que es gobernado totalmente por una potencia invasora”. Estoy de acuerdo. El problema, no obstante, es definir quién es una potencia invasora. ¿Es España una potencia invasora de Cataluña? Podría ser. La mayoría de los catalanes no se sienten parte de España, y consideran que quienes los gobiernan desde Madrid son un poder ajeno. Si bien Cataluña fue incorporada pacíficamente a aquella entidad que vino a llamarse ‘España’ (y no propiamente invadida) mediante el matrimonio de los Reyes Católicos en el siglo XV, fue esto una decisión tomada sin consultar al pueblo. No fue propiamente invasión, pero tampoco fue incorporación soberana.
            Hasta el siglo XVIII, Cataluña tuvo un cierto grado de autonomía. Pero, a partir de la guerra de sucesión española, esa autonomía fue severamente limitada por la dinastía borbónica, y las tropas procedentes del poder castellano se instalaron en la región (éstas, fundamentalmente, se quedarían hasta nuestros días), y Cataluña empezaría a ser gobernada mucho más desde Madrid. Esto no fue propiamente una invasión al estilo de la conquista de México, pero tampoco fue un pleno autogobierno.
            Augusto continúa con su definición: “La base sobre la que se sustenta ese gobierno es la fuerza bruta, la superioridad militar del invasor, que explota los recursos humanos y naturales de la colonia”. La ocupación militar de la dinastía borbónica en el siglo XVIII se parece mucho al escenario que plantea Augusto. Según Elisenda Marcer, desde 1714 Cataluña fue gobernada con ley marcial, y la dinastía borbónica agresivamente instaló bases militares en varias poblaciones catalanas; esto sirvió para mantener un elevado nivel de represión de la población local.
            También añade Augusto a su definición: “El que la administra [a la colonia] lo hace en nombre del invasor y sin tener en cuenta lo que piensan los conquistados”. Ciertamente ésa es una condición para definir ‘colonia’, y es bastante claro que, hoy, los catalanes tienen suficientes derechos democráticos como para ellos mismos poder decidir sobre su propio gobierno. España es un país democrático, los catalanes son plenos ciudadanos españoles, y mediante su derecho al voto, manifiestan su voluntad, la cual tiene peso en las decisiones que se toman desde Madrid.
            Con todo, ésa es una condición suficiente, pero no necesaria. Puede haber colonias en las cuales los ciudadanos pueden ser ciudadanos de pleno derecho, y tener la posibilidad de ejercer algún derecho político para que su voluntad sea tenida en cuenta a la hora de tomar decisiones. Consideremos, por ejemplo, a Senegal. Desde la II República francesa, a los senegaleses se les ofreció la plena ciudadanía francesa, tenían derecho al voto en el gobierno francés, e incluso, tenían representantes en el parlamento. Con todo, durante la fase de descolonización a partir de la segunda mitad del siglo XX, fue ampliamente reconocido que Senegal sí era una colonia francesa, y tenía derecho a la secesión en función de la autodeterminación.
            En varias ocasiones, he preguntado qué hubiera pasado, si las cortes de Cádiz de 1812 hubiesen prosperado, España se hubiese convertido en una democracia, y los súbitos de sus colonias en América se hubiesen convertido en ciudadanos de pleno derecho, del mismo estatuto que cualquier otro español peninsular.  En un escenario como ése, ya los venezolanos sí habríamos tenido capacidad de influir sobre el gobierno. Pero, no por ello habríamos dejado de ser una colonia, ni tampoco habría quedado suprimido nuestro derecho a la secesión unilateral.
            Augusto continúa: “España es hoy un Estado democrático donde pueden expresarse todas las tendencias políticas y se parece muy poco al imperio que soñó con construir un reino donde nunca se ponía el sol”. De acuerdo. Pero, insisto, hay colonias democráticas. En la Francia del siglo XX pudieron manifestarse todas las tendencias políticas, pero no por ello Argelia había dejado de ser una colonia. El mero hecho de que un poder imperial se convierta en una sociedad democrática no elimina la relación de colonialismo.
            Sigue Augusto: “Si algunos pretenden justificar ese supuesto colonialismo que casi nadie ve en el supuesto déficit fiscal de esta autonomía con el Estado lo tienen difícil. También serían colonias Madrid, la Comunidad Valenciana o Baleares, ya que esas regiones contribuyen más a la solidaridad entre territorios de lo que reciben. Y lo hacen, además, sin poner el grito en el cielo”.  Madrid no sería propiamente colonia, porque es desde allí mismo donde se gestionan los recursos y se toman las decisiones. Pero, yo sí asumiría que, en efecto, la Comunidad Valenciana y Baleares son colonias. El hecho de que la Comunidad Valenciana o Baleares no estén descontentas no implica que no sean colonias. Puede haber colonias satisfechas con su condición. Las islas Falkland son una colonia inglesa, pero con todo, sus habitantes tampoco ponen el grito en el cielo.
            Definir ‘colonia’ es más difícil de lo que parece. Quizás, tengamos que recurrir a aquello que Wittgenstein llamaba la ‘teoría de los aires de familia’: aglutinar elementos parecidos bajo una categoría, pero reconociendo siempre que se hace de forma imperfecta. India era claramente una colonia de la India. Es más difícil precisar si Tíbet, Chechenia, Hawaii o Cataluña son territorios coloniales. Pero, precisamente, frente a esta dificultad, la mejor manera de saber si estamos o no en presencia de una colonia es preguntarle a la misma gente si se consideran o no colonizados. Para eso, es necesario acudir a un referéndum secesionista, cada vez que un colectivo lo pida. No es necesario hacerlo en Baleares o Valencia, sencillamente porque no ha habido manifestación de voluntad. Sí es necesario hacerlo en Cataluña, precisamente porque sí hay voluntad.
            La Constitución española no lo prevé. Esto fue un error en la redacción de aquella constitución: las constituciones verdaderamente justas deberían admitir el derecho a un referéndum secesionista, precisamente para despejar las dudas respecto a quién es una colonia y quién no. En todo caso, yo sostengo que hay un orden moral (seguramente basado en el derecho natural) superior a las leyes de un país, especialmente si éstas son injustas. Que yo sepa, la Pepa (la constitución de 1812) no contemplaba el derecho a la secesión de las colonias americanas. Pero, no por ello los americanos no estábamos en el derecho de separarnos si así lo deseábamos. Si la Pepa hubiese mantenido su vigencia, la secesión de Venezuela habría sido un acto inconstitucional. ¿Y? La justicia está por encima de las leyes.
            No deja de ser cierto, como sostiene Augusto, que el nacionalismo acude al victimismo. He visitado Barcelona y otras localidades catalanas, y he visto de cerca el altísimo nivel de vida de los catalanes, su alto ejercicio de libertades individuales, seguridad, bienestar social, etc., un lujo que no nos damos los latinoamericanos. Coincido con Augusto en que, en la retórica secesionista catalana, conducida por el nacionalismo, hay mucho victimismo injustificado. Pero, eso no suprime el derecho que cada nación tiene a autodefinirse. ¿Quién debe decidir si los catalanes son o no españoles? Me parece evidente que deben ser los mismos catalanes. Ernest Renan célebremente postuló que una nación no está definida por su lengua o su sangre, sino sencillamente por la voluntad de sus miembros para conformarse como tal. Pues bien, si los catalanes desean conformarse como nación aparte, ¿bajo qué pretexto moral puede impedírseles?