miércoles, 9 de enero de 2013

La izquierda y la medicina folklórica



Izquierda Unida, uno de los partidos más radicales de España (al menos comparado con el complaciente PSOE) recientemente ha promovido públicamente la oposición a las medicinas alternativas en España (acá). Aparentemente, en ese país están proliferando toda clase de terapias sin el menor fundamento científico, muchas de ellas amparadas en el pensamiento mágico-religioso que apela a entidades sobrenaturales y principios clásicos de simpatía. Así, abunda la acupuntura, la homeopatía, la quiropráctica, etc.
            No sorprende que Izquierda Unida se oponga a la medicina alternativa. Desde el siglo XVIII, la izquierda ha promovido la secularización del mundo, no sólo porque considera que las instituciones religiosas son perjudiciales para las clases trabajadoras (la religión es el opio del pueblo), sino porque el socialismo clásico, al menos el inspirado en Marx y Engels, busca fundamentarse en principios científicos que no permiten cabida a una visión mágico-religiosa del mundo. Tradicionalmente, la derecha reza rosarios, realiza exorcismos y espera milagros; la izquierda, en cambio, coloca vacunas, disecciona cuerpos para estudiarlos, y trata de mejorar las condiciones sanitarias.
           Pero, Izquierda Unida forma parte de una izquierda que viene en decadencia, y ha sido suplantada por aquello que J.M. Mulet llama la ‘izquierda feng shui’. Al menos quedan en España partidos de izquierda tradicional. Pero, en Venezuela, ha cobrado mucho más fuerza esta izquierda feng shui que, como la derecha de antaño, se ha convertido en un gran obstáculo al progreso de la ciencia.
            Allí donde Izquierda Unida se opone a la medicina alternativa, la izquierda venezolana ha promovido la popularización de prácticas medicinales folklóricas indígenas. Supuestamente, los indígenas de América tienen ‘conocimientos ancestrales’ que deben ser incorporados a la medicina convencional. Según esta fábula, los curanderos indígenas tienen remedios muy eficientes y hierbas casi milagrosas. Los científicos deberían aprender de los antiguos curanderos.
            Esta idea tiene un gran trasfondo político. América Latina ha lucha y sigue luchando en contra del colonialismo. Colón llegó en 1492, y desde entonces, poderes extranjeros han saqueado esta región y dominado a la población local. Negar esto es, por supuesto, insensato. El problema, no obstante, aparece cuando la izquierda latinoamericana, en su lucha contra el colonialismo, no sólo rechaza las numerosas desventajas que trajeron los poderes coloniales, sino también las pocas ventajas que las grandes potencias occidentales aportaron. Y, así, lamentablemente la izquierda latinoamericana ha asumido que, para oponerse a los colonizadores y reivindicar a los colonizados, es necesario oponerse al predominio de la ciencia, y aceptar como legítimas las prácticas de los curanderos indígenas.
            Bajo este paradigma, la ciencia ha cometido el mismo pecado colonialista de Hernán Cortés: se cree superior a otras formas de conocimiento, y con su arrogancia, destruye los ‘conocimientos’ locales ancestrales. Para erradicar el colonialismo, es necesario impregnarse de humildad, y aceptar que todas las culturas hacen aportes significativos, incluyendo la medicina. Se promueve así el llamado ‘pluralismo médico’.
            Desde este punto de vista, quizás es comprensible que la izquierda española se oponga a las medicinas alternativas, pues en España nunca se ha luchado en contra del colonialismo. La lucha de la izquierda española es a favor de los obreros y sindicatos, pero no a favor de los pueblos colonizados, en buena medida porque España fue colonizadora, no colonizada. Pero, América Latina fue colonizada, y para ello, la izquierda se planeta la liberación mediante el rescate de formas ancestrales de conocimiento.
            Todo esto, me parece, son tonterías. Contrario a la opinión de estos izquierdistas post-coloniales, la ciencia es apreciable, independientemente de si es arrogante o no, o de si procede o no de la cultura del colonizador. Ciertamente el médico que estudió en Harvard Med School opina que sus conocimientos sobre el cuerpo humano son superiores a los de un curandero yanomami perdido en el Amazonas. Seguramente ese médico es arrogante. Pero, ¿y qué? Los hechos son los hechos: es indiscutible que la medicina científica combate las enfermedades muchísimo mejor que remedios basados en supersticiones. Siglos de experimentos y controles así lo testimonian.
            Quizás los curanderos indígenas conozcan hierbas o realicen óptimos procedimientos ignorados por la medicina científica En rigor, algunos procedimientos tradicionales podrían ser incorporados a la medicina científica. Pero, todos estos procedimientos deben ser filtrados por el método científico. Los científicos deben someterlos a la rigurosidad de la observación y el control. Si pasan la prueba científica, bienvenidos sean. Si no, deben quedar relegados en los anales de los quacks en la historia de la medicina, junto a las sangrías, la teoría de los humores, y tantos otros ‘conocimientos ancestrales’ que, en realidad, mataron a mucha más gente de la que salvaron.
            La ciencia debe estar siempre abierta a nuevas posibilidades. Pero, también debe saber discriminar entre buenas y malas nuevas posibilidades. Un científico no debe gastar su tiempo y esfuerzo en examinar una práctica médica folklórica que, de antemano, parece sumamente disparatada. O, a lo sumo, puede examinarla, pero si no se derivan resultados óptimos a corto plazo, no debe persistir en su examen. Hay muchísimas otras posibilidades que atender; sería irracional seguir colocando a prueba la eficiencia de las sangrías. Como bien ha señalado el folklorista Wayland Hand, es muy ilusorio creer que la medicina folklórica es fácilmente compatible con la medicina científica. El curandero casi no tiene cabida en la universidad, y debe ser excluido de ella. Los creacionistas son excluidos de las facultades de biología, los negacionistas del holocausto son excluidos de las facultades de historia; entonces, ¿por qué los curanderos indígenas no han de ser excluidos de las facultades de medicina? Lamentablemente, cada vez más la izquierda latinoamericana pretende que los brujos y curanderos sean integrados a las universidades.
            El problema, insisto, radica en desear reivindicar a los colonizados a toda costa, incluyendo los elementos retrógrados de las culturas colonizadas. Está bien proteger a quien ha sido abusado, pero no por ello debemos reivindicar automáticamente las prácticas y creencias de quienes han sufrido abusos. Una agencia de protección de niños puede hacer grandes esfuerzos por defender a los niños abusados sexualmente. Pero, eso no debe conducirlos a admitir como verdadera la creencia infantil de que Santa Claus existe, con el propósito de reivindicar a los niños abusados. Del mismo modo, los defensores de indígenas pueden reclamar las injusticias históricas, pueden exigir un reparto de tierras más justo, etc. Pero, eso no debe conducirlos a aceptar que las creencias indígenas sobre la enfermedad y la salud sean verdaderas, o que sus remedios sean efectivos. Podemos defender a los indígenas, sin necesidad de aceptar sus creencias.
            La antropología contemporánea está infestada por relativistas culturales que repiten la letanía de que no hay culturas mejores que otras, y que no existe una verdad absoluta por la cual podamos medir la veracidad de los alegatos. Bajo este credo, el conocimiento del médico científico no es ni superior ni inferior al ‘conocimiento’ del curandero: sencillamente es diferente.
            Hay, no obstante, un grupo de antropólogos de la medicina que, si bien no incurren en ese relativismo tan embrutecedor, advierte que la enfermedad es un proceso muy complejo, en la cual intervienen muchos factores culturales. Y, así, para una óptima sanación, el médico debe tratar de curar desde la propia cultura del paciente, pues con su mero conocimiento médico no será suficiente: también será necesario tener como aliado aquellos elementos culturales propios del paciente, que le permitan eficazmente combatir la enfermedad.
            Puedo aceptar esta postura. Pero, no caigamos en el error de creer que nos puede llevar muy lejos. En el caso de las enfermedades psiquiátricas, ciertamente existen algunos síndromes que parecen ser particulares de cada cultura, y quizás sería más eficiente para el psiquiatra tratar de encontrar soluciones desde la cultura del paciente, en vez de intentar occidentalizar al paciente para ejecutar las terapias psiquiátricas que funcionan mejor en Occidente. Para administrar la vacuna de la viruela a un hindú temeroso de recibir un pinchazo en el brazo, en vez de explicar la existencia de microorganismos y los procesos bioquímicos en cuestión, el médico en una aldea en la India podría más bien anunciar que esa inyección contiene un fluido mágico que le fue dado a un antiguo yogui por Shitala (la diosa de la viruela).
            Pero, insisto, esto debe manejarse con muchísima cautela. Por ejemplo, una campesina católica polaca puede estar poseída por algún demonio. Quizás, el psiquiatra de la ciudad cree más eficiente bailar al son de la cultura de esa campesina, y autoriza un exorcismo, con la esperanza de que el proceso cultural de su propio contexto facilite la cura. No desestimo por completo que el psiquiatra en cuestión pueda tener éxito en su acometido. Pero, abundan historias en las cuales, precisamente por querer bailar al son de la cultura del paciente, los exorcismos generan muchísimo más daño de lo previsto.
También es cierto que muchas enfermedades tienen un componente psicosomático. Y, en función de ello, podrían ser aliviadas con la administración de un placebo. Aun si la acupuntura o la homeopatía no demuestren resultados significativos, al menos las pruebas sí demuestran que tienen algún efecto placebo. Y, como alternativa de sugestión, el médico podría prescribirlas.
 
No obstante, el problema con estos casos en los cuales el médico se transporta a la cultura del paciente y baila a su son, con la esperanza de que intervengan factores culturales, es que implica alguna forma de engaño. Pues, el médico sabe que las sustancias que administra o los remedios que prescribe no funcionan bajo la explicación que ofrecen los mismos pacientes. La moralidad del engaño, sobre todo en asuntos médicos, es muy debatida. Por regla general, los eticistas en medicina insisten en que nunca se debe mentir; algún grupo minoritario, de forma más utilitaria, postula que si esa mentira sirve para salvar más vidas, bienvenida sea.
En el caso de la medicina alternativa, simpatizo más con quienes recomiendan no mentir. Es mucho más estimable la educación. Conviene ir erradicando conceptos erróneos de enfermedad en la población no familiarizada con la ciencia, que seguir el juego. En la medida en que los campesinos polacos entiendan que las posesiones demoníacas no existen, y comprendan mejor cuáles son las bases neurológicas de la epilepsia, o los fundamentos psiquiátricos de la psicosis, en un futuro estarán en mejor posición para enfrentar más eficazmente las enfermedades.

sábado, 5 de enero de 2013

El profeta Isaías: un loco peligroso



De todos los profetas del antiguo Israel, Isaías es quizás el más enigmático, por varios motivos. Fue un personaje sumamente excéntrico. Durante tres años caminó desnudo por las calles de Jerusalén. En una visita al templo de esa ciudad, tuvo una serie de visiones (alucinaciones, en realidad) que, si bien no fueron propiamente terroríficas, sí fueron avasallantes, y según él mismo relata en el libro que lleva su nombre, estas visiones lo condujeron a convertirse en profeta, aun a su pesar.
            Es tentador aventurarse a intentar elaborar algún diagnóstico psiquiátrico de Isaías. El caminar desnudo podría ser síntoma de algún desorden exhibicionista (tal como es tipificado en el DSM-IV actualmente). Con seguridad, el exhibicionismo de Isaías debió causarle problemas en aquella sociedad de gente vestida (a diferencia, por ejemplo, de un yanomami que vaya desnudo en su aldea), y esto califica como un ‘desorden’. Pero, lo interesante de Isaías es que su acto de exhibicionismo perseguía una función retórica: utilizó su desnudez como un acto metafórico para advertir a los habitantes de Jerusalén que, de seguir la depravación moral, Dios castigaría a los israelitas mediante un invasor extranjero, el cual se llevaría prisioneros desnudos. Quizás la excentricidad de Isaías rayaba en enfermedad mental, pero debe reconocerse que su exhibicionismo es un ingenioso recurso retórico.
            No simpatizo con la idea relativista, repetida insaciablemente, de que “no podemos juzgar hechos pasados con nuestros patrones morales”. Opino más bien que la moral es absoluta y trascendente, y que lo que fue moral hace tres mil años, sigue siendo moral hoy. Por ello, creo perfectamente viable juzgar a un personaje del pasado, como Isaías, con nuestros patrones de pensamiento moderno.
Con todo, a la hora de elaborar diagnósticos psiquiátricos sobre personajes del pasado, vendría bien un poco de cautela, y sí veo más viable relativizar nuestro juicio psiquiátrico (pero no moral). Sería fácil postular que la visión de Isaías narradas en el capítulo 6 de su libro es delirante. Pero, como bien formuló Karl Jaspers (uno de los más elocuentes forjadores del concepto de ‘delirio’), para que un conjunto de creencias sean consideradas ‘delirantes’, deben estar al margen de la normalidad de su contexto. Y, en este caso, Isaías no estaba al margen de lo normal en el antiguo Israel.
No todos los antiguos israelitas tenían las visiones que tuvo Isaías, pero sí había una tradición de profetas que tenían disposiciones similares. En un principio, incluso los profetas formaban un gremio, y un sector de la sociedad israelita estaba compuesto por estos videntes que alegaban comunicarse con Dios. Isaías no era propiamente parte de este gremio (ya en su época la actividad profética estaba más individualizada), pero con todo, sus experiencias no eran enteramente anómalas en su contexto. En ese sentido, no me siento autorizado para llamar ‘loco’ a Isaías.
Con todo, podemos dejar de lado la psiquiatría retrospectiva, e intentar juzgar a Isaías moralmente. Como he sostenido, a diferencia de las apreciaciones psiquiátricas, las apreciaciones morales no son tan fácilmente matizadas por el relativismo. Y, en ese sentido, sí veo viable juzgar las acciones y enseñanzas de Isaías, y evaluar si hoy resultan pertinentes o no.
Isaías probablemente procedía de una familia noble que se codeaba con reyes y aristócratas. Era común en el mundo mediterráneo antiguo, que hubiera adivinos y profetas aduladores y complacientes con las autoridades, a quienes les decían lo que querían escuchar. Los profetas hebreos rompieron con esta tendencia: con suma valentía, se atrevieron a reprochar a los reyes en su cara la inmoralidad de la sociedad, y a anunciar futuras catástrofes.
Isaías perteneció a esta tradición de profetas, y en ese sentido, no sólo es estimable su coraje, sino también el mismo contenido de su mensaje social. En concordancia con Amós, el profeta del reino del norte algunos años mayor que Isaías, éste denunció la corrupción moral de su pueblo. Previsiblemente, esto no lo hizo popular entre su gente, pero con todo, Isaías persistió en su propósito.
Junto a Amós, Isaías forma parte de la estirpe de profetas que denuncia la injusticia social. Isaías empezó sus apariciones públicas durante el reinado de Ozías, un monarca que había conseguido prosperidad para Judá. Pero, esa prosperidad hacía crecer la opulencia de las clases acomodadas, mientras que el grueso de la población seguía desamparada. Isaías vehementemente se indignaba con esto, y en este aspecto, es un pionero de los críticos del capitalismo que sostienen que la salud de una sociedad no se mide tanto por el incremento de su PIB, sino por los altos niveles de igualdad y justicia social.
En asuntos religiosos, Isaías también denunció la corrupción de la religión popular israelita. Junto a otros profetas que le siguieron, Isaías es uno de los primeros en promover una reforma espiritual de la antigua religión israelita, al despojar de importancia al sacrificio y los asuntos rituales, y concentrarse más en la relación directa con Dios y la pureza de corazón. Ante sacerdotes corruptos y ritualmente obsesivos, que crecían en opulencia a expensas de las ofrendas del pueblo común, la denuncia de Isaías es sumamente loable.
 
Pero, como casi todos los profetas, Isaías fue intransigente en su monoteísmo. Los reyes de Judá con los cuales coexistió Isaías introdujeron cultos a ídolos foráneos. Como Amós, Isaías advertía que esta idolatría violaba los términos de la alianza que los israelitas habían establecido con Dios, y que por ello, Dios pronto enviaría un terrible castigo. Isaías defendía así una teocracia, un monoteísmo de Estado, en el cual el monarca se asegurara de promover el culto exclusivo a Yahvé.
Algunos de los cultos a ídolos foráneos incorporaban sacrificios humanos infantiles. Por ejemplo, el rey Ajaz, nieto de Ozías, arrojó a su hijo a una pira sacrificial como parte del culto a los ídolos, y seguramente Isaías tuvo noticias de esto. En función de eso, es comprensible que Isaías se indignase con la incorporación de cultos foráneos. Pero, el problema es que, Isaías (y toda la tradición profética) no se limita a censurar prácticas rituales criminales, sino que exige usar el poder político para erradicar el culto de los ídolos intrínsecamente, sin importar si son o no cultos pacíficos. Así pues, Isaías da continuidad a una tradición despótica propia de las religiones monoteístas, en la cual se promueve la intolerancia religiosa, y se persigue a quien rinda culto a un dios distinto. Esta promoción de la intolerancia religiosa es inmoral, y merece nuestro reproche.
Pero, quizás el aspecto más objetable de la vida de Isaías es su manejo de las circunstancias políticas de su época. En aquel tiempo (siglo VIII a.C.), el imperio asirio crecía en poder, y preparaba una expansión que amenazaba tanto a los reinos de Israel como el reino de Judá (el hogar de Isaías). Los reinos de Israel y Aram conformaron una alianza, y presionaron a Judá para que se uniera. Isaías le advirtió al rey del momento, Ajaz, que no se uniera a esa alianza, pues en cuestión de pocos años, esos reinos serían destruidos. Para proteger a Judá, alegaba Isaías, Aram más bien confiar en la protección de Dios, y asegurarse de que el pueblo obedeciera los términos de la alianza que los israelitas habían conformado con Dios, en la cual el culto exclusivo a Yahvé era fundamental.
Aram no se unió a esa alianza, pero en vez, buscó refugio en el propio imperio asirio, al cual le rindió tributo, a pesar de las advertencias de Isaías. Tal como había profetizado Isaías, los reinos de Israel y Aram fueron destruidos por el imperio asirio. Con todo, los asirios no invadieron Jerusalén, pero sí mantuvo una relación de dominio sobre Judá.
Años después, el imperio asirio nuevamente amenazaba a Judá, esta vez su rey era Ezequías. Egipto y Babilonia, los otros grandes imperios de la zona en aquel tiempo, estaban induciendo a Ezequías, para que conformaran una alianza con ellos, y así enfrentar a la amenaza asiria.
Isaías anunció que Dios le había comunicado que no entrara en esa alianza, y que confiara plenamente en el poder de Dios para salvar a Judá de una invasión foránea (en este contexto fue cómo Isaías deambuló desnudo por Jerusalén, para advertir los peligros de esa alianza). Ezequías resistió unirse a la alianza, y eventualmente llegaron las tropas asirias. Sitiaron Jerusalén, pero Isaías le aconsejó a Ezequías que no se rindiera, pues Yahvé salvaría a Judá. Después de una campaña militar, los asirios quedaron exhaustos y se marcharon. Jerusalén quedó a salvo. La profecía de Isaías dio frutos: mientras los judaítas confiaran en el poder de Dios, no tenían necesidad de formar alianzas con poderes humanos, y esta confianza en el poder divino los salvó del invasor.
En realidad, esta historia es distorsionada por la propaganda religiosa de la tradición profética. Sabemos por fuentes asirias, y por el propio libro de II Reyes en la Biblia, que las tropas asirias arrasaron con las poblaciones de Judá, y que el rey Ezequías tuvo que refugiarse en Jerusalén. El rey negoció la paz con los asirios, al ofrecerles un tributo. Judá quedó reducido a un muy pequeño reino.
Las enseñanzas políticas de Isaías son peligrosísimas, y de ser aplicadas hoy, fácilmente conducirían a la destrucción de cualquier nación que las implemente. Ciertamente, Judá corría el riesgo de ser aplastado si entraba en una alianza con los débiles reinos de Israel y Aram. Pero, en la segunda amenaza del imperio asirio, Judá pudo haber evitado su humillación si buscaba protección con Egipto y Babilonia. La insistencia de Isaías para oponerse a estas alianzas no estuvo conducido por un análisis racional estratégico, sino por un destello de fanatismo religioso: en vez de elaborar un minucioso cálculo de las ventajas y desventajas políticas de una alianza con los poderes imperiales de la zona, prefirió abandonarlo todo a la fe. Isaías asumió la disparatada teoría de que, si Israel mantenía el culto exclusivo a Yahvé y confiaba en su poder, estaría a salvo de los poderes imperiales. Nunca sometió a consideración factores económicos, políticos, geográficos o militares, que le permitieran decidir si era conveniente o no aliarse con Egipto y Babilonia. Su arrebato de locura lo condujo a prescindir de todo esto, y sencillamente, confiar en que los mensajes de una voz que escuchaba, era suficiente garantía de que Judá estaría a salvo.
¿Qué habríamos dicho si Churchill, en vez de buscar una alianza con EE.UU., la Unión Soviética y Francia, hubiese decidido quedarse aislado, porque algún predicador religioso inglés le habría indicado que no confiara en naciones extranjeras, sino exclusivamente en el poder de Dios? ¡Obviamente habríamos reprochado a Churchill, o en el mejor de los casos, habríamos dicho que se volvió loco!
Pues bien, quizás no podamos etiquetar de ‘delirante’ a Isaías, pues la psiquiatría postula que los delirios van al margen de lo que cree la mayoría de la sociedad. Pero, sí es obviamente reprochable: Isaías no debió haber promovido el abandono de las decisiones políticas a los arrebatos de la fe religiosa. Las enseñanzas políticas de Isaías fueron suicidas en su tiempo, y lo siguen siendo hoy. El caso de Isaías es emblemático de cómo la fe puede fácilmente interferir en el ejercicio de la razón.
Por último, Isaías inauguró aún otra enseñanza política que también ha resultado sumamente perjudicial para quienes se la han tomado en serio. En su insistencia de que Judá no abrazara ninguna alianza, anunció que, en un tiempo futuro, vendrá un redentor del pueblo, el mesías. Durante esa época mesiánica, no habrá guerras y el león dormirá junto al cordero. Los pueblos del Tercer Mundo hemos vivido este mesianismo muy de cerca: en medio de calamidades, en vez de analizar racionalmente nuestros problemas, hemos preferido depositar nuestra esperanza en una figura que, con alguna varita mágica, resolverá todo abruptamente. Isaías es un remoto responsable de haber sembrado esta mentalidad. Su libro tiene gran valor literario, pero tomarse en serio sus enseñanzas conduce a la más atroz irresponsabilidad.   

viernes, 4 de enero de 2013

Los disparates en torno al Espíritu Santo



 Entre las funciones atribuidas al Espíritu Santo por los teólogos, está la de conceder una serie de regalos a los hombres. Según las enseñanzas de los teólogos, el Espíritu Santo derrama siete regalos sobre nosotros, los cuales son enumerados en el libro bíblico de Isaías: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, conocimiento, reverencia y temor de Dios. También los teólogos enseñan, en concordancia con Gálatas, una carta escrita por Pablo e incluida en el Nuevo testamento, que el Espíritu Santo concede doce frutos: caridad, gozo, paz, paciencia, mansedumbre, bondad, benignidad, longanimidad, fe, modestia, templanza y castidad. Así, bajo el entendimiento de los teólogos, cada vez que una persona comprende o conoce algo, o es paciente, o tiene fortaleza ante una situación, está haciendo uso de un regalo o fruto que ha sido concedido por el Espíritu Santo.
Algunos de estos regalos y frutos coinciden con aquello que los psicólogos llaman ‘facultades cognitivas’. Y, cada vez más, la neurociencia explica cómo, mediante la iluminación de determinadas regiones del cerebro, y la actividad neuronal, las personas logran desarrollar inteligencia, conocimientos, fortalezas mentales, miedos, etc. Con todo, los teólogos pretenden que estas disposiciones mentales procedan, no propiamente de eventos neuronales, sino de una misteriosa entidad inmaterial ajena al sujeto.
Hoy, por ejemplo, conocemos bastante bien la bioquímica del amor. Cuando una persona siente amor, sus niveles hormonales se alteran, en el cerebro se iluminan algunas zonas en específico, etc. Antes de que los científicos supieran eso, los romanos creían que el amor era ocasionado por un flechazo dirigido por el dios Cupido. Hoy nos reiríamos de una persona que, al estar enamorada, cree que ese hermoso sentimiento procede de un dios que le dispara flechas.
Pues bien, es igualmente risible la postura según la cual, la inteligencia, la capacidad para dar y seguir consejos, los conocimientos, etc., proceden de un fantasma divino. Las religiones antiguas tenían la tendencia a atribuir los fenómenos mentales a la acción de ánimas y espíritus. De hecho, ésta ha sido el fundamento de las religiones llamadas ‘animistas’: invocan la existencia de espíritus para explicar todo tipo de fenómenos.
Las enseñanzas teológicas respecto al Espíritu Santo tienen un fuerte remanente animista. Las creencias sobre el Espíritu Santo son una variante más de los ritos y cultos de posesión, y de las creencias que atribuyen agencia a fenómenos naturales. Son, por así decirlo, una derivación de explicaciones arcaicas respecto al funcionamiento de la mente humana, las cuales no tienen ningún asidero frente a las explicaciones que ofrece la ciencia moderna.
En el libro bíblico de Hechos de los apóstoles se narra una historia sumamente curiosa respecto al Espíritu Santo. Después de que Jesús supuestamente ascendió al cielo, los apóstoles estaban reunidos en la fiesta judía de Pentecostés. Esta fiesta se celebraba cincuenta días después de la Pascua, y se conmemoraba la entrega de la ley de Dios al pueblo de Israel. Según se narra, hubo un gran ruido y ráfagas de viento. De repente, aparecieron lenguas de fuego encima de cada uno de los apóstoles. Se trataba del Espíritu Santo. Supuestamente, el Espíritu Santo propició que los apóstoles empezaran a hablar en lenguas no conocidas. Pero, los extranjeros que en aquella época se encontraban en Jerusalén los escuchaban, y se asombraban de que los apóstoles pudieran hablar fluidamente sus lenguas.
Frente a una historia como ésta, claramente milagrosa, debemos mantener la misma suspicacia que mantuvimos respecto a las curas milagrosas, exorcismos y demás prodigios narrados en los evangelios. ¿Es más probable que esos eventos ocurrieron tal cual se narran, o que el autor del texto, de forma deliberada o no, ofrece un falso testimonio? Como bien nos recuerda el filósofo David Hume, la segunda opción siempre será más probable.
 
 El mismo libro de Hechos de los apóstoles narra que la gente se burlaba de los apóstoles cuando éstos supuestamente hablaban en otras lenguas, alegando que en realidad estaban borrachos. No me parece una opción descabellada. O, en todo caso, si no estaban borrachos, quizás sí estaban inmersos en una suerte de histeria colectiva que propiciaba en ellos la emisión de sonidos que, a algún testigo, podría parecer hablar en otras lenguas, pero en realidad es sencillamente sonidos con alguna entonación que da la impresión de ser otra lengua, pero en realidad no tiene ningún significado.
Por supuesto, el autor de Hechos de los apóstoles narra que esos sonidos sí tenían significado, pues los extranjeros se quedaban sorprendidos de que los apóstoles pudieran hablar sus lenguas. Pero, considero más probable que esto se trate de un embellecimiento posterior por parte del autor de este texto. También debe ser un embellecimiento, por supuesto, la aparición de las lenguas de fuego. El fuego es una imagen típicamente apocalíptica, y entre los primeros cristianos se manejaba la idea de que, así como Juan el Bautista bautizó con agua, Jesús vendría a bautizar con fuego. Así, no resultó demasiado difícil que se incorporara el fuego como adorno literario a esta historia.
Desde entonces, ha habido entre los cristianos la creencia de que el Espíritu Santo puede de vez en cuando irrumpir y derramar sobre los fieles sus dones y carisma. Pero, tal como se narra en Hechos de los apóstoles, estas ocasiones suelen ser motivo de éxtasis. Y, los teólogos, acostumbrados a la vida de reclusión monástica y ‘estudio’, frecuentemente han visto con sospecha el don de las lenguas, pues propicia una exaltación que puede incluso colocar en peligro la autoridad eclesial. Así pues, desde incluso el mismo Pablo, los teólogos han advertido que, si bien los apóstoles recibieron el don de las lenguas en aquella festividad de Pentecostés, es prudente no abusar de estos dones. E, incluso, la mayoría de los teólogos suscribe la idea de que  esta actividad del Espíritu Santo ha cesado desde la era apostólica. Así, los teólogos han alentado más la oración y la obediencia, y han desaconsejado la exaltación derivada del don de las lenguas.
Pero, como ha de esperarse, ha habido rebeldes frente a la sobriedad de los teólogos. Desde el siglo II, prosperó una secta que eventualmente fue declarada herética por los teólogos: los montanistas. Los miembros de esta secta, seguidora de un tal Montano, prescindían de la estructura organizacional eclesiástica, y se aferraban a una suerte de cristianismo más libre que hacía énfasis en el frenesí profético y, sobre todo, enaltecían la recepción del Espíritu Santo y el don de las lenguas. Así, lo mismo que los apóstoles en el primer Pentecostés cristiano, los montanistas  participaban de rituales extáticos en los cuales pronunciaban sonidos que pretendían ser otras lenguas. Los montanistas también exaltaron una rigurosa moralidad (al punto de que desalentaban el matrimonio), como preparación para la recepción del Espíritu Santo. Además de eso, los montanistas creían que los pecadores no podían ser redimidos. Tertuliano, el autor que formuló por primera vez en términos explícitos la doctrina de la Trinidad, terminó por adherirse a esta secta, y por eso, es visto con cierto recelo por los cristianos contemporáneos.
La supresión de los montanistas aplacó un poco el potencial extático de muchas corrientes en el seno del cristianismo, y por casi dieciocho siglos, la recepción del Espíritu Santo mediante el don de las lenguas, y el carisma para la curación, quedó en suspenso. Pero, en el siglo XX, surgió del seno del protestantismo una secta que se ha propuesto revivir muchas de las tendencias de los montanistas. Se trata de la secta de los pentecostales.
Los pentecostales creen, lo mismo que los montanistas, que la aparición espontánea del Espíritu Santo, y su derramamiento de dones y carisma, no ha cesado, sino que continúa. Y, en este sentido, los miembros de la secta pentecostal son alentados a recibir el don de las lenguas. Las sesiones de los pentecostales son dignas de observación, pues el nivel de efervescencia que se alcanza en ellas es inigualable en otras ramas del cristianismo (especialmente al compararlas con la solemnidad del rito católico y, más aún, del ortodoxo).
Como sus antecesores montanistas, los pentecostales tienen la firme creencia de que el Espíritu Santo se hace inmanente y puede derramar sus dones sobre los fieles. En estas ocasiones, los pentecostales emiten sonidos que dan la apariencia de ser lenguas extrañas. Los científicos tienen un nombre para este fenómeno tan extraño: glosolalia.  Los científicos que han observado este fenómeno aseguran que, por lo general, los pentecostales emiten sonidos con una entonación que ellos creen que caracteriza a una lengua, pero que, en realidad, no pasan de ser ruidos sin ningún significado. En alguna ocasión, algunos pentecostales han pronunciado palabras de otros idiomas que, supuestamente, ellos no conocían. Pero, es probable que estos pentecostales hayan alguna vez escuchado estas palabras y las hayan olvidado a nivel consciente, pero con todo, permanecen registradas en el inconsciente, y en medio del éxtasis, salgan a relucir. Se trata de lo que los psicólogos llaman ‘criptomnesia’, a saber, memorias escondidas.
En el caso de que algún feligrés de repente hable una lengua a la que jamás ha estado expuesto, estaríamos en presencia de una ‘xenoglosia’. Pero, hasta ahora, jamás se ha documentado un caso de xenoglosia claro y libre de ambigüedades. Ningún pentecostal, en una de estas sesiones rituales, ha empezado a hablar fluidamente una lengua muy ajena a la suya y previamente desconocida (como, por ejemplo, que un campesino colombiano empiece a hablar japonés fluidamente). Lo más frecuente es, de nuevo, sonidos sin ningún significado.
Los mismos pentecostales reconocen esto, pero insólitamente, advierten que cuando emiten sonidos aparentemente sin significado, sí están hablando un idioma. Ciertamente se trata de un idioma que nadie entiende,  alegan los pentecostales, pero eso es debido al hecho de que, probablemente, los feligreses están hablando la lengua empleada por los ángeles, o alguna lengua histórica que ya desapareció. Este tipo de razonamiento es emblemático de cómo los teólogos, cuando aceptan por fe alguna creencia absurda, tratan de racionalizarla a toda costa.
Lo que ocurre en estas sesiones es, desde un punto de vista científico, relativamente sencillo. Es fundamentalmente lo mismo que ocurre en los ritos animistas de posesión espiritual. Mediante el éxtasis, se puede propiciar que una persona sea ‘invadida’ por otra personalidad. Los ritos chamánicos proceden de esa manera, y la incorporación del Espíritu Santo no es muy distinta. En el caso de los pentecostales, éstos son ‘invadidos’ por una personalidad que supuestamente habla otra lengua.
 
Desde una perspectiva psiquiátrica, esto obedece a una variante de aquello que ha venido a ser diagnosticado como ‘trastorno de identidad disociativo’. En sus variantes más extremas (y, vale agregar, algunos psiquiatras han colocado en duda que este trastorno realmente exista, o en todo caso, es inducido por su representación en los medios de comunicación), los pacientes asumen varias personalidades. Pues bien, las sesiones pentecostales son una forma incipiente de este trastorno. En medio de la efervescencia colectiva, las personas renuncian momentáneamente a su personalidad, y asumen otra personalidad que, supuestamente, se ha apoderado del cuerpo. No se trata, por supuesto, de que el Espíritu Santo derrama sus frutos y dones; antes bien, los feligreses sufren algún desajuste mental.