No
sorprende que Izquierda Unida se oponga a la medicina alternativa. Desde el
siglo XVIII, la izquierda ha promovido la secularización del mundo, no sólo
porque considera que las instituciones religiosas son perjudiciales para las
clases trabajadoras (la religión es el opio del pueblo), sino porque el
socialismo clásico, al menos el inspirado en Marx y Engels, busca fundamentarse
en principios científicos que no permiten cabida a una visión mágico-religiosa
del mundo. Tradicionalmente, la derecha reza rosarios, realiza exorcismos y
espera milagros; la izquierda, en cambio, coloca vacunas, disecciona cuerpos
para estudiarlos, y trata de mejorar las condiciones sanitarias.
Pero,
Izquierda Unida forma parte de una izquierda que viene en decadencia, y ha sido
suplantada por aquello que J.M. Mulet llama la ‘izquierda feng shui’. Al menos quedan en España partidos de izquierda
tradicional. Pero, en Venezuela, ha cobrado mucho más fuerza esta izquierda feng shui que, como la derecha de
antaño, se ha convertido en un gran obstáculo al progreso de la ciencia.
Allí
donde Izquierda Unida se opone a la medicina alternativa, la izquierda
venezolana ha promovido la popularización de prácticas medicinales folklóricas
indígenas. Supuestamente, los indígenas de América tienen ‘conocimientos
ancestrales’ que deben ser incorporados a la medicina convencional. Según esta
fábula, los curanderos indígenas tienen remedios muy eficientes y hierbas casi
milagrosas. Los científicos deberían aprender de los antiguos curanderos.
Esta
idea tiene un gran trasfondo político. América Latina ha lucha y sigue luchando
en contra del colonialismo. Colón llegó en 1492, y desde entonces, poderes
extranjeros han saqueado esta región y dominado a la población local. Negar
esto es, por supuesto, insensato. El problema, no obstante, aparece cuando la
izquierda latinoamericana, en su lucha contra el colonialismo, no sólo rechaza
las numerosas desventajas que trajeron los poderes coloniales, sino también las
pocas ventajas que las grandes potencias occidentales aportaron. Y, así,
lamentablemente la izquierda latinoamericana ha asumido que, para oponerse a
los colonizadores y reivindicar a los colonizados, es necesario oponerse al
predominio de la ciencia, y aceptar como legítimas las prácticas de los
curanderos indígenas.
Bajo
este paradigma, la ciencia ha cometido el mismo pecado colonialista de Hernán
Cortés: se cree superior a otras formas de conocimiento, y con su arrogancia,
destruye los ‘conocimientos’ locales ancestrales. Para erradicar el
colonialismo, es necesario impregnarse de humildad, y aceptar que todas las
culturas hacen aportes significativos, incluyendo la medicina. Se promueve así
el llamado ‘pluralismo médico’.
Desde
este punto de vista, quizás es comprensible que la izquierda española se oponga
a las medicinas alternativas, pues en España nunca se ha luchado en contra del
colonialismo. La lucha de la izquierda española es a favor de los obreros y
sindicatos, pero no a favor de los pueblos colonizados, en buena medida porque
España fue colonizadora, no colonizada. Pero, América Latina fue colonizada, y
para ello, la izquierda se planeta la liberación mediante el rescate de formas
ancestrales de conocimiento.
Quizás
los curanderos indígenas conozcan hierbas o realicen óptimos procedimientos ignorados
por la medicina científica En rigor, algunos procedimientos tradicionales
podrían ser incorporados a la medicina científica. Pero, todos estos procedimientos
deben ser filtrados por el método científico. Los científicos deben someterlos
a la rigurosidad de la observación y el control. Si pasan la prueba científica,
bienvenidos sean. Si no, deben quedar relegados en los anales de los quacks en la historia de la medicina,
junto a las sangrías, la teoría de los humores, y tantos otros ‘conocimientos
ancestrales’ que, en realidad, mataron a mucha más gente de la que salvaron.
La
ciencia debe estar siempre abierta a nuevas posibilidades. Pero, también debe
saber discriminar entre buenas y malas nuevas posibilidades. Un científico no debe
gastar su tiempo y esfuerzo en examinar una práctica médica folklórica que, de
antemano, parece sumamente disparatada. O, a lo sumo, puede examinarla, pero si
no se derivan resultados óptimos a corto plazo, no debe persistir en su examen.
Hay muchísimas otras posibilidades que atender; sería irracional seguir
colocando a prueba la eficiencia de las sangrías. Como bien ha señalado el
folklorista Wayland Hand, es muy ilusorio creer que la medicina folklórica es fácilmente
compatible con la medicina científica. El curandero casi no tiene cabida en la
universidad, y debe ser excluido de ella. Los creacionistas son excluidos de
las facultades de biología, los negacionistas del holocausto son excluidos de
las facultades de historia; entonces, ¿por qué los curanderos indígenas no han
de ser excluidos de las facultades de medicina? Lamentablemente, cada vez más la
izquierda latinoamericana pretende que los brujos y curanderos sean integrados
a las universidades.
El
problema, insisto, radica en desear reivindicar a los colonizados a toda costa,
incluyendo los elementos retrógrados de las culturas colonizadas. Está bien
proteger a quien ha sido abusado, pero no por ello debemos reivindicar
automáticamente las prácticas y creencias de quienes han sufrido abusos. Una
agencia de protección de niños puede hacer grandes esfuerzos por defender a los
niños abusados sexualmente. Pero, eso no debe conducirlos a admitir como
verdadera la creencia infantil de que Santa Claus existe, con el propósito de
reivindicar a los niños abusados. Del mismo modo, los defensores de indígenas
pueden reclamar las injusticias históricas, pueden exigir un reparto de tierras
más justo, etc. Pero, eso no debe conducirlos a aceptar que las creencias
indígenas sobre la enfermedad y la salud sean verdaderas, o que sus remedios
sean efectivos. Podemos defender a los indígenas, sin necesidad de aceptar sus
creencias.
La antropología
contemporánea está infestada por relativistas culturales que repiten la letanía
de que no hay culturas mejores que otras, y que no existe una verdad absoluta
por la cual podamos medir la veracidad de los alegatos. Bajo este credo, el
conocimiento del médico científico no es ni superior ni inferior al ‘conocimiento’
del curandero: sencillamente es diferente.
Hay, no
obstante, un grupo de antropólogos de la medicina que, si bien no incurren en
ese relativismo tan embrutecedor, advierte que la enfermedad es un proceso muy
complejo, en la cual intervienen muchos factores culturales. Y, así, para una
óptima sanación, el médico debe tratar de curar desde la propia cultura del
paciente, pues con su mero conocimiento médico no será suficiente: también será
necesario tener como aliado aquellos elementos culturales propios del paciente,
que le permitan eficazmente combatir la enfermedad.
Puedo
aceptar esta postura. Pero, no caigamos en el error de creer que nos puede
llevar muy lejos. En el caso de las enfermedades psiquiátricas, ciertamente existen
algunos síndromes que parecen ser particulares de cada cultura, y quizás sería más
eficiente para el psiquiatra tratar de encontrar soluciones desde la cultura
del paciente, en vez de intentar occidentalizar al paciente para ejecutar las
terapias psiquiátricas que funcionan mejor en Occidente. Para administrar la
vacuna de la viruela a un hindú temeroso de recibir un pinchazo en el brazo, en
vez de explicar la existencia de microorganismos y los procesos bioquímicos en
cuestión, el médico en una aldea en la India podría más bien anunciar que esa
inyección contiene un fluido mágico que le fue dado a un antiguo yogui por Shitala
(la diosa de la viruela).
Pero,
insisto, esto debe manejarse con muchísima cautela. Por ejemplo, una campesina católica
polaca puede estar poseída por algún demonio. Quizás, el psiquiatra de la
ciudad cree más eficiente bailar al son de la cultura de esa campesina, y
autoriza un exorcismo, con la esperanza de que el proceso cultural de su propio
contexto facilite la cura. No desestimo por completo que el psiquiatra en
cuestión pueda tener éxito en su acometido. Pero, abundan historias en las cuales,
precisamente por querer bailar al son de la cultura del paciente, los
exorcismos generan muchísimo más daño de lo previsto.
También es cierto
que muchas enfermedades tienen un componente psicosomático. Y, en función de
ello, podrían ser aliviadas con la administración de un placebo. Aun si la
acupuntura o la homeopatía no demuestren resultados significativos, al menos
las pruebas sí demuestran que tienen algún efecto placebo. Y, como alternativa
de sugestión, el médico podría prescribirlas.
No obstante, el
problema con estos casos en los cuales el médico se transporta a la cultura del
paciente y baila a su son, con la esperanza de que intervengan factores
culturales, es que implica alguna forma de engaño. Pues, el médico sabe que las
sustancias que administra o los remedios que prescribe no funcionan bajo la
explicación que ofrecen los mismos pacientes. La moralidad del engaño, sobre
todo en asuntos médicos, es muy debatida. Por regla general, los eticistas en
medicina insisten en que nunca se debe mentir; algún grupo minoritario, de
forma más utilitaria, postula que si esa mentira sirve para salvar más vidas,
bienvenida sea.
En el caso de la
medicina alternativa, simpatizo más con quienes recomiendan no mentir. Es mucho
más estimable la educación. Conviene ir erradicando conceptos erróneos de
enfermedad en la población no familiarizada con la ciencia, que seguir el
juego. En la medida en que los campesinos polacos entiendan que las posesiones
demoníacas no existen, y comprendan mejor cuáles son las bases neurológicas de
la epilepsia, o los fundamentos psiquiátricos de la psicosis, en un futuro estarán
en mejor posición para enfrentar más eficazmente las enfermedades.