miércoles, 11 de enero de 2012

Adiós a Christopher Hitchens

Recientemente falleció, a una prematura edad, Christopher Hitchens. Digo que murió prematuramente porque, si bien no era un jovencito, estaba en la flor de su actividad como escritor. Se podrá estar de acuerdo o no con sus ideas, pero cualquiera que haya leído uno de sus libros debe admitir que fue un maestro de la retórica.

Conocí los escritos de Hitchens mediante una cadena. Me preparaba para escribir mi libro El darwinismo y la religión, y ahí contemplaba los escritos de Richard Dawkins. El libro más vendido de éste, El espejismo de Dios, me condujo a un libro su amigo, el filósofo Daniel Dennett, Romper el hechico. Éste, a su vez, me condujo a un libro escrito por Sam Harris, The End of Faith (El fin de la fe), y éste, finalmente, al libro más conocido de Hitchens, Dios no es bueno.

Estos cuatro autores hicieron renombre con sus respectivos libros en contra de la religión. Y, eventualmente, vinieron a ser llamados los ‘cuatro jinetes del apocalipsis’, por su irreverencia frente a los alegatos de la religión. Estos libros no son propiamente refutaciones sistemáticas de las pruebas a favor de la existencia de Dios, sino más bien tratados, cada uno escrito desde sus disciplinas, los cuales terminan por ser antagónicos a la religión.

El libro de Hitchens era el más periodístico de todos, pues en efecto, Hitchens procedía del periodismo. Con apabullante destreza irónica, Hitchens se burlaba de las irracionalidades y disparates que adelanta la religión. Toda su vida fue un iconoclasta, muy en el espíritu de los ilustrados del siglo XVIII. De hecho, me atrevo a pensar que es el autor que más se ha parecido a Voltaire en el siglo XXI, tanto en el contenido de sus ideas como en el modo brutalmente sarcástico de exponerlas.

Pero, Hitchens iba más lejos. Después de todo, Voltaire sí creía en un Dios creador, y estaba dispuesto a conceder algunas importantes funciones sociales a la religión. Hitchens, en cambio, era enfático: no sólo Dios no existe, sino que la religión envenena todo. Hitchens no se consideraba ateo, sino anti-teísta: para él, la creencia en Dios no sólo es falsa, es también inmoral. Dios es algo así como un dictador norcoreano que irrumpe sobre la privacidad del individuo. Y, por supuesto, la religión es el origen de la mayor parte de las desgracias humanas.

Esta iconoclasia lo condujo a criticar duramente a personajes supuestamente piadosos y aplaudidos por muchísima gente, tales como la Madre Teresa de Calcuta. Hitchens castigaba a la monja en cuestión, por su irracional oposición a los métodos anti-conceptivos, y por su valoración intrínseca de la pobreza y el sufrimiento.

No comparto con Hitchens su radical desprecio a la religión, pues mi opinión es parecida a la de Durkheim: la religión sí puede cumplir alguna función social, aun si sus doctrinas son falsas. No defiendo una teoría pragmática de la verdad, según la cual es verdadero aquello que cumpla algún propósito, de forma tal que, bajo mi estima, las creencias religiosas son falsas y deben erradicarse mediante la educación. Pero, sí estoy dispuesto a admitir, a diferencia de Hitchens, que la religión en muchos escenarios ha servido para hacer más felices a las personas.

Este pequeño desacuerdo con Hitchens no me impide mostrar mi gran admiración por él. Y, mi admiración no viene tanto por su oposición a la religión, sino más bien por su entusiasta defensa de los ideales de la Ilustración. En su defensa del uso de la racionalidad en todas las esferas de la vida, Hitchens fue duro con todos los sistemas irracionales por igual, sean religiosos o políticos. Inevitablemente, esto lo condujo a ser crítico de las tiranías del Tercer Mundo, precisamente por lo alejadas que están de los ideales de la Ilustración.

Hitchens militó siempre en el marxismo. Hitchens entendía (correctamente) a Marx como un heredero de la Ilustración: en la historia de la humanidad se ha exhibido un progreso, y si bien el capitalismo es un sistema perverso, ha sido una mejora respecto a los sistemas políticos, económicos y sociales pre-capitalistas. Pero, extrañamente, a partir de la segunda mitad surgió una corriente de marxistas que, en vez de interpretar la historia y la sociedad como Marx lo había hecho, exaltaron más bien el rechazo de las ideas occidentales, bajo la excusa de que éstas alimentan el imperialismo.

La prueba de fuego vino con la revolución islámica de Irán. El marxismo clásico habría visto esta revuelta como un retroceso al orden teocrático medieval, una bofetada al secularismo defendido por la Ilustración y abrazado por Marx. Insólitamente, prominentes figuras de la izquierda, como Michel Foucault, aplaudieron a los ayatolás. Naturalmente, Hitchens ya no podía identificarse con esa izquierda. La gota que rebasó el vaso fue la fatwa que condenaba a muerte a Salman Rushdie, la cual, de nuevo insólitamente, fue apoyada por varios izquierdistas. Hitchens rompió definitivamente con esa izquierda complaciente de teocracias y regímenes tribales.

Hitchens empezó a comprender que el proyecto de la Ilustración está muy lejos de completarse, y que antes de pensar en revoluciones marxistas, es necesario empezar por algo mucho más elemental: la modernización de las sociedades mediante la contracción de regímenes teocráticos y la expansión del secularismo.

Consecuente con esas ideas, Hitchens apoyó la invasión norteamericana en Irak. Hitchens no acudía a los argumentos típicos de G.W. Bush. Su argumento, más bien, era el mismo que habrían utilizado los herederos de la ilustración en las guerras revolucionarias francesas: Irak es un caldo de cultivo de fanáticos religiosos con una visión medieval del mundo, y la presencia de los soldados norteamericanos sembrará el germen de la modernidad y el secularismo para, de una vez por todas, sacar al Medio Oriente de la ignorancia y la estupidez alimentada por la religión.

Naturalmente, Hitchens escandalizó a muchos. Yo no acompaño a Hitchens en su apoyo a la invasión norteamericana a Irak (a diferencia de la primera guerra del Golfo Pérsico en 1991), por varias razones. Creo que EE.UU. obró mal en pasar por encima de la ONU; su detección de armas nucleares fue defectuosa; no calculó bien el costo de vidas humanas en esa intervención militar; y, por supuesto, hubo un amplio trasfondo de depredación económica.

Quizás Hitchens no supo evaluar acordemente la situación respecto a la guerra en Irak, y fue demasiado ingenuo. Pero, es sumamente apreciable en él su rechazo al relativismo cultural que ha contaminado a la izquierda, la cual pretende dejar al Tercer Mundo en manos de tiranos, bajo la excusa de que cada pueblo es soberano, y ningún pueblo tiene la autoridad moral para interferir en los asuntos de otros. Hitchens ha sido lo suficientemente consecuente con su secularismo como para advertir que la izquierda no sólo debe denunciar a Benedicto XVI o a Pat Robertson, sino también a Osama Bin Laden o a Majmud Ajmidineyad. Por eso, ¡honor a Christopher Hitchens!

La irracionalidad del nacionalismo

Recientemente visitó Venezuela el presidente de Irán, Majmud Ajmidineyad. Chávez y Ajmidineyad se abrazaban, sonreían y se fotografiaban juntos. Un amigo español me preguntaba si yo sentía vergüenza por ello. Pues, me añadía, él sentiría vergüenza de que un tirano como Ajmidineyad fuera recibido con honores en España. Según su argumento, la visita de un tirano a una nación debe avergonzar a sus ciudadanos.

Yo comparto la opinión de mi amigo: en efecto, Ajmidineyad me parece un tirano, y me parece un error que el presidente Chávez le rinda honores de recepción. Pero, no siento la vergüenza que mi amigo sentiría en caso de que Ajmidineyad visite España. Pues, sencillamente, lo que mi nación haga o deje de hacer no tiene mayor efecto emotivo sobre mí. En otras palabras, no siento vergüenza por mi patria, pero tampoco orgullo. De hecho, considero irracional tanto el orgullo como la vergüenza patria.

Del mismo modo en que, según algunos, debemos sentir vergüenza como ciudadanos, porque un tirano nos rinda una visita de Estado; así también supuestamente debemos sentir orgullo por los logros de nuestros compatriotas. Muchos venezolanos se han avergonzado de que Chávez diga disparates, pero a la vez, muchos se han enorgullecido de que Humberto Fernández Morán hiciera sendas contribuciones a la ciencia, o que Alicia Machado haya ganado el Miss Universo.

El orgullo patrio forma parte integral de la educación cívica. Desde niños, se nos enseña que debemos sentir orgullo y defender ‘lo nuestro’, a toda costa. Este orgullo no sólo se extiende a las labores de nuestros compatriotas, sino incluso también a las riquezas naturales. Los venezolanos, supuestamente debemos sentirnos orgullosos del petróleo y el Salto Ángel.

Todo esto forma parte de la ideología nacionalista. Los historiadores nos informan que el concepto de nación, como fundamento del Estado, es un fenómeno relativamente reciente. Siempre ha habido colectivos que se identifican mediante un conjunto de características culturales que los distinguen de los demás. Pero, en muchas ocasiones, las fronteras culturales no han coincidido con las fronteras políticas. En buena medida gracias a la influencia de ideólogos románticos del nacionalismo, como Herder y Fichte en el siglo XIX, los gobernantes europeos procuraron hacer coincidir las fronteras estatales con las fronteras culturales.

Desde entonces, puesto que el principio rector en la conformación política ha pasado a ser la integración cultural, la estabilidad de los gobiernos depende en buena medida del sentimiento nacionalista cultivado en sus ciudadanos. Por ello, los gobiernos modernos necesitan de un inmenso aparato educativo y propagandístico que continuamente esté reforzando en sus ciudadanos la identidad cultural propia de la nación, pues de ello depende sustancialmente la estabilidad y continuidad del régimen gubernamental.

Desde un punto de vista sociológico, el nacionalismo tiene grandes ventajas. Uno de los padres fundadores de la sociología, Emile Durkheim, sentía gran preocupación por el peligro de que las sociedades modernas incurran en el estado de anomia, a saber, la falta de orden e integración entre sus ciudadanos. Un antídoto eficaz frente a la anomia, sugería Durkheim, es el fomento de símbolos que permitan la integración. Si bien Durkheim no tenía una plena aprobación del nacionalismo (en buena medida porque vivió de cerca la I Guerra Mundial, auspiciada por los nacionalismos violentos), su teoría puede aplicarse como defensa del nacionalismo: el sentido de orgullo patrio, cultivado mediante símbolos, sirve para mantener unida a la sociedad.

En efecto, sociológicamente, el nacionalismo cumple una función. Uno de los problemas más graves que vive hoy Venezuela es precisamente la anomia, que se materializa en delincuencia. Pero, el nacionalismo viene a un precio demasiado alto, y termina por volverse irracional y, hasta cierto punto, opresivo. La preocupación por mantener unida a la sociedad favorece al colectivismo, y reprime al individualismo. En su afán por integrar a los ciudadanos, el nacionalismo despoja a éstos de su libertad individual para escoger cuáles son sus preferencias, y cómo se debe vivir. En el nacionalismo, el Estado ya ha decidido por el individuo cuál plato debe comer, cómo se debe vestir, cuál música debe escuchar, a cuál equipo de fútbol debe aupar, por cuáles individuos debe sentir orgullo, cuáles lugares turísticos debe visitar primero, etc.

El hombre, como recordaba Aristóteles, es un animal político. Y, en este sentido, no puede vivir aislado de los demás. Por ello, necesita una asociación, y para lograrla, es necesario cultivar un sentido de identidad. El nacionalismo es un caldo de cultivo para la identidad. Mediante el orgullo patrio, el individuo siente que pertenece a un colectivo, y se previene así contra la soledad y la enajenación que, por supuesto, tiene gravísimas consecuencias.

Pero, hay identidades más opresivas que otras. Las identidades más opresivas son aquellas que están muy lejos de ser voluntarias. El nacionalismo es la más emblemática de ellas. Nadie escoge dónde nace, muy pocos tienen la posibilidad de escoger cuál es su pasaporte. Desde el nacimiento, se le asigna una bandera, y se espera que el individuo asuma el paquete entero de emblemas nacionalistas que acompañan a esa bandera, so pena de que, si no lo hace, el peso del ostracismo recaiga sobre él.

Bajo esta ideología, el hecho de que yo nací en Venezuela me obliga a sentir orgullo por Simón Bolívar, pero en cambio, si hubiera nacido en Colombia, estaría obligado a sentir orgullo por Francisco de Paula Santander. Bajo la presión nacionalista, no cuento con la autonomía racional suficiente como para escoger por cuenta propia por quién sentir orgullo.

El orgullo patrio es así irracional. ¿Por qué debo sentir orgullo por las hazañas de un personaje que vivió hace doscientos años? ¿De qué modo ese personaje y yo tenemos alguna relación estrecha, lo suficiente como para que yo deba molestarme si alguien habla mal de él? Al final, la relación entre ese personaje y yo consiste en que ambos, por mero accidente, nacimos en el mismo pedazo de tierra. Puesto que ni él ni yo escogimos nacer en ese pedazo de tierra, nuestro vínculo es muy débil. En ese sentido, no tengo motivos racionales para enorgullecerme o avergonzarme por sus acciones. Si acaso me generan orgullo o vergüenza, no debe ser por el mero hecho de que él nació en el mismo pedazo de tierra donde yo nací, sino porque sus preferencias coinciden con las mías.

Hay, por otra parte, identidades que dejan mucho más espacio a la voluntad. La nacionalidad no es el único criterio por el cual un individuo puede sentirse identificado con un colectivo. Además de eso, puede haber profesión, ideologías políticas, religión, preferencias musicales, etc. En todas éstas, el individuo tiene mayor libertad de escoger a qué grupo pertenece, y cuáles son sus preferencias. Nadie escoge ser venezolano o japonés, pero sí puede escogerse ser (o dejar de ser) católico o budista, médico o ingeniero. A diferencia del nacionalismo, estas identidades ofrecen la posibilidad de integración a un colectivo, sin necesidad de oprimir al individuo.

Y, como corolario, en las identidades voluntarias, el orgullo por los símbolos del colectivo ya no es irracional. Pues, en la medida en que la adscripción al grupo procede de la voluntad del individuo, sí hay un vínculo lo suficientemente fuerte entre el individuo y aquello por lo cual siente orgullo. Por eso, no creo que un venezolano deba avergonzarse por las acciones de Hugo Chávez; después de todo, ese venezolano no escogió su nacionalidad. Pero, sí creo que un católico debe avergonzarse de las estupideces pronunciadas por Benedicto XVI, después de todo, ese católico sí ha escogido su religión.

El proceso de globalización, corolario de la consciencia cosmopolita cultivada desde la época de los estoicos y cínicos, debería debilitar a las identidades nacionales, y fortalecer a las identidades alternas que reposan más sobre la voluntad de los individuos. Durante alguna época, se pensó que la humanidad finalmente caería en cuenta de la irracionalidad de los orgullos patrios. No obstante, la guerra de los Balcanes y otros destellos nacionalistas, ha hecho repensar el asunto, y por ahora, no será tan fácil que la humanidad caiga en cuenta de que nadie escoge y su país y que, por tanto, la nación no es un óptimo referente para la identidad. Con todo, es una tarea que no debemos abandonar: en vez de construir sentimientos patrios, debemos avanzar hacia un futuro post-nacionalista de autonomía individual.

lunes, 9 de enero de 2012

El encierro wayúu y el feminismo

La eminente filósofa feminista Susan Moller Okin se preguntaba en un célebre ensayo: ¿es el multiculturalismo malo para las mujeres? Y, enfáticamente respondía: ¡sí! Okin procedía de la tradición filosófica liberal. Hasta fechas relativamente recientes, los liberales tenían bastante claros los principios que se derivaban de la tradición de Locke y John Stuart Mill. Eventualmente, hubo algunos desacuerdos respecto al alcance de las libertades económicas. Pero, más recientemente, el desacuerdo entre los liberales concierne la relevancia de los derechos grupales.

Tradicionalmente, el liberalismo había concebido derechos individuales. Éstos son los clásicos derechos de los cuales nos hablaban John Locke, Thomas Paine, y los otros fundadores del liberalismo: derecho a la vida, propiedad, seguridad, etc. Estos derechos son universales (aplican a todos los seres humanos por igual) e individuales (conciernen al individuo, y no al grupo). Pero, en fechas recientes, algunos supuestos liberales defienden también los derechos grupales. Según su alegato, el individuo está inscrito en un grupo cultural, y para ofrecerle felicidad, el Estado no sólo debe garantizar la integridad de sus derechos individuales, sino también la integridad de la preservación de su grupo cultural, como medio para alcanzar el bienestar. Así, estos supuestos liberales promueven la protección de las costumbres culturales de cada grupo. Y, puesto que cada cultura es distinta, estos derechos no son universales, sino particulares. En unos grupos estará permitida la poligamia (en aquellos en los cuales este sistema de matrimonio tenga firme tradición), pero en otros no.

Okin advertía vehementemente que, contrario a lo que autores como Will Kymlicka y otros supuestos liberales creen, en muchas ocasiones, los derechos grupales son sencillamente incompatibles con los derechos individuales. Y, en esos casos, cuando el Estado se propone salvaguardar los derechos grupales, aplasta a los derechos individuales. Esto, señalaba Okin, es especialmente catastrófico para la causa feminista. Pues, en la consecución de los derechos grupales, se protegen costumbres culturales que degradan a las mujeres.

Okin elabora una larga lista de costumbres culturales en las cuales las mujeres son víctimas. Es harto conocida la extracción del clítoris en varias tribus del África Oriental, pero hay muchísimas otras instituciones opresivas de las mujeres, que con todo forman parte integral del legado cultural que, bajo la interpretación espuria del liberalismo, habría que proteger en función de los derechos grupales. Entre preservar los derechos individuales de las mujeres, y los derechos grupales de las culturas patriarcales, Okin enfáticamente prefiere la primera opción. A Okin le importa mucho que las mujeres tengan integridad, y le importa poco que las culturas arcaicas desaparezcan. Me parece que las feministas, o cualquier persona que valore la igualdad de género, deben acompañar a Okin en su preferencia.

Lamentablemente, en Venezuela y Colombia, se ha dado preponderancia a los derechos grupales. En el caso de Venezuela, en vez de contemplar una serie de derechos individuales y universales (es decir, para todos los venezolanos por igual) en la Constitución, se contemplan derechos especiales para los pueblos indígenas (Capítulo VII). Los indígenas tienen derechos que los venezolanos de origen chino, árabe, español, portugués, africano (en fin, el resto de los venezolanos) no tienen.

Uno de esos derechos grupales es el siguiente: “Los pueblos indígenas tienen derecho a mantener y desarrollar su identidad étnica y cultural, cosmovisión, valores, espiritualidad y sus lugares sagrados y de culto. El Estado fomentará la valoración y difusión de las manifestaciones culturales de los pueblos indígenas, los cuales tienen derecho a una educación propia y a un régimen educativo de carácter intercultural y bilingüe, atendiendo a sus particularidades socioculturales, valores y tradiciones” (Artículo 121 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela).

Cuando, en 1999, se promulgó esta Constitución, el capítulo VII que garantiza derechos individuales a los indígenas fue visto como un gran avance. Yo lo veo como un terrible retroceso, precisamente por las mismas razones que exponía Okin en su ataque al multiculturalismo y su defensa del feminismo. Los grupos indígenas de Venezuela tienen plenitud de manifestaciones culturales que perjudican la integridad de los derechos individuales. Y, muy especialmente, las mujeres de estos grupos son las más perjudicadas.

Consideremos, por ejemplo, a los wayúu de Venezuela y Colombia. En continuidad con el mito romántico del buen salvaje, muchas personas creen que los wayúu son un grupo cultural ajeno al patriarcado, y que, inclusive, son matriarcales. Vale advertir que la antropología jamás ha encontrado una sociedad matriarcal, a saber, aquella donde gobiernan las mujeres. Los wayúu son matrilineales (la pertenencia al clan se transmite por vía materna), pero no matriarcales: los hombres ejercen el control. E, inclusive, el poder ejercido por los hombres en la sociedad wayúu es mucho más despótico de lo que tradicionalmente se cree.

Evaluemos la costumbre del ‘encierro’. Como en muchas otras culturas del mundo, los wayúu tienen una serie de ritos en torno a la menstruación. Cuando las niñas wayúu tienen su primera menstruación, deben informárselo a sus madres. Éstas encierran a las niñas en su vivienda, alejada del contacto con otras personas. Tradicionalmente, este encierro duraba cinco años, pero debido a la occidentalización de los wayúu, hoy dura entre un mes y un año. Durante ese encierro, a la niña se le enseñan las labores típicas del hogar asignadas a las mujeres: cocinar, barrer, etc. En particular, se enseña a las niñas a tejer (los wayúu son conocidos internacionalmente por sus tejidos).

Esta costumbre es abiertamente patriarcal y despótica. Las niñas, a diferencia de los niños, son recluidas en una suerte de arresto domiciliario. Desde su adolescencia, las obligan a aceptar las labores tradicionales femeninas, y se les despoja la posibilidad de participar en actividades tradicionalmente reservadas a los hombres, las cuales permiten un mayor ejercicio del poder. Mientras los niños wayúu van al colegio a aprender química, física y matemática, y con eso tienen la posibilidad de convertirse en médicos o ingenieros, las niñas wayúu se quedan en casa encerradas, aprendiendo a tejer, destinadas a ser amas de casa, sirvientes de sus maridos.

Como he mencionado más arriba, el artículo 121 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela insta al Estado a fomentar la difusión de las manifestaciones culturales. El ritual de encierro es una obvia manifestación cultural wayúu. Ergo, la Constitución insta al Estado a fomentar el ritual de encierro wayúu, y confinar a las adolescentes a una habitación aprendiendo las labores domésticas que el patriarcado wayúu le ha impuesto.

Curiosamente, la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes (LOPNA), postula lo siguiente en su artículo 54: “El padre, la madre, representantes o responsables tienen la obligación inmediata de garantizar la educación de los niños, niñas y adolescentes. En consecuencia, deben inscribirlos oportunamente en una escuela, plantel o instituto de educación, de conformidad con la ley, así como exigirles su asistencia regular a clases y participar activamente en su proceso educativo”. Cuando las niñas wayúu son encerradas, dejan de asistir a la escuela. En este sentido, las madres wayúu que participen del rito del encierro, no cumplen la obligación estipulada en el artículo 54 de la LOPNA.

Asimismo, el artículo 32-A de la LOPNA enuncia: “Todos los niños, niñas y adolescentes tienen derecho al buen trato. Este derecho comprende una crianza y educación no violenta, basada en el amor, el afecto, la comprensión mutua, el respeto recíproco y la solidaridad”. El rito del encierro incluye inducir el vómito a las niñas wayúu (lo cual genera terribles nauseas y malestar), con el propósito de expulsar los ‘espíritus infantiles’ (este video lo explica). De nuevo, cuando las madres wayúu mortifican a las niñas con vómitos para satisfacer sus supersticiones, no cumplen la obligación estipulada en el artículo 32-A de la LOPNA.

Pero, hemos visto que la Constitución fomenta las costumbres culturales indígenas. Y, esto, inevitablemente conduce a la violación del artículo 54 de la LOPNA. Los juristas nos informan que, en los sistemas constitucionales, la Constitución tiene mayor rango que las leyes orgánicas. Y, en ese sentido, la obligación de dar buenos tratos o de inscribir a los niños en la educación pública, no aplica a los wayúu, pues ellos son amparados por los derechos grupales que salvaguardan sus culturas, aun si van en detrimento de los derechos individuales a no recibir malos tratos y a tener una educación pública secular.

Los constituyentes de 1999 creían que los derechos grupales mejorarían las condiciones de vida de los indígenas. Lamentablemente, más bien ha afianzado el poder despótico que en esas comunidades se ejerce sobre las mujeres, y otros súbitos. Los constituyentes de 1999 cometieron el grave error de suponer que la mejor manera de corregir los atropellos que han sufrido los indígenas por quinientos años, es reivindicando sus costumbres y desestimulando la asimilación cultural a Occidente. Desafortunadamente, estos constituyentes no cayeron en cuenta de que, aun si la civilización occidental cometió todo tipo de abusos en América, en muchos sentidos sus instituciones significaron una mejora respecto a las costumbres prehispánicas. Y, precisamente, el mejor modo de contribuir a la felicidad de las comunidades indígenas, consiste en abandonar parte de sus costumbres culturales y asumir las costumbres culturales de los colonizadores, pues éstas les ofrecerán las herramientas para su propia liberación.

sábado, 7 de enero de 2012

La independencia del Zulia: ¿una quimera?

En otros lugares he expuesto mi repugnancia por el nacionalismo (acá). Creo que el sentirse ciudadano del mundo contribuye mucho más a la felicidad humana que el proclamar a viva voz: “¡Mi país, para bien o para mal!”. La globalización es, en balance, un proceso positivo, pues contribuye al forjamiento de una aldea global, y derrumba las barreras que los nacionalismos han sembrado en los últimos tres siglos. El nacionalismo reposa sobre la obsesión con la identidad cultural, la cual supone un obstáculo al espíritu cosmopolita que tanto defendieron los filósofos ilustrados en el siglo XVIII, y el cual yo abrazo.

Por eso, el proyecto de independencia zuliana me resulta, en principio, una manifestación más de ese nacionalismo embrutecedor. Los movimientos independentistas suelen hacerse eco de la vieja proclama nacionalista de Herder y los románticos en el siglo XIX: las fronteras políticas deben coincidir con las fronteras culturales; la particularidad del Volksgeist debe manifestarse en el gobierno. Así, si una región es culturalmente distinta al resto de la identidad política, entonces debe promover su separación, para formar un gobierno aparte.

El Zulia cuenta con alguna particularidad cultural respecto al resto de Venezuela, pero no creo que sea suficiente como para legitimar un movimiento secesionista. No obstante, la legitimidad de los movimientos secesionistas no reposa exclusivamente sobre la particularidad del Volksgeist. De hecho, opino que los motivos culturales son los menos relevantes a la hora de inspirar un movimiento de secesión. Son mucho más relevantes los motivos económicos.

Marx sentía repulsión por el nacionalismo romántico promovido por Herder y Fichte, entre otras cosas, porque estimaba que la obsesión con la integridad del Volksgeist era un distractor alienante de los verdaderos intereses de la clase trabajadora, los cuales se traducen en la satisfacción material. Comparto parte de la opinión de Marx. El nacionalismo, si acaso es deseable, debe estar más conducido por la economía y la política, y menos por la identidad cultural. En otro lugar he opinado (acá), por ejemplo, que aun si Puerto Rico es culturalmente ajeno a EE.UU., le conviene convertirse en el estado 51, pues sus ventajas económicas y políticas son sustanciales.

Pues bien, en el caso del Zulia, me inclino a pensar a la inversa: aun si no hay mayor separación cultural entre los zulianos y el resto de los venezolanos, la independencia del Zulia tendría plenitud de justificación política y económica, lo suficiente como para legitimar la causa separatista.

El movimiento separatista zuliano ha crecido especialmente durante el gobierno de Hugo Chávez. No es casual que así sea. Como ningún otro gobierno venezolano, el actual ha retenido sistemáticamente los recursos destinados a la gobernación del Zulia. Hay, obviamente, un trasfondo político: mientras el gobernador sea de un partido opositor a Chávez, habrá recorte en los recursos a la región zuliana. Cuando, en el año 2006, se consideró seriamente la posibilidad de la independencia zuliana, Chávez inmediatamente amenazó que, en caso de que alguien se atreviera a declarar la independencia, enviaría tropas para reprimir el movimiento.

Es irónico que en Venezuela se celebre por todo lo alto el bicentenario de la independencia respecto a España. Pues, muchos de los argumentos que se emplearon para justificar la independencia de Venezuela frente a España, pueden utilizarse para justificar la independencia del Zulia frente a Venezuela. Y, en este sentido, Chávez amenaza hacer con el Zulia exactamente lo mismo que hizo Fernando VII cuando envió las tropas al mando del general Murillo, a fin de reprimir el movimiento independentista en Venezuela.

Las diferencias culturales entre los españoles y los venezolanos no eran tan grandes, y precisamente por eso, la lucha por la independencia fue muy dura. Los promotores de la independencia fueron en su mayoría blancos criollos, culturalmente muy cercanos a los blancos peninsulares. De hecho, plenitud de historiadores han advertido que la guerra de independencia en Venezuela fue en realidad una guerra civil entre gente nacida en Venezuela que quería conformarse como nación aparte, y gente nacida en Venezuela que quería continuar con su gentilicio español.

Entre los independentistas hubo, por supuesto, un aparato propagandístico que exaltaba las diferencias culturales entre los españoles y los americanos. Pero, esta exaltación fueron más un invento, y menos un reflejo natural, de esas supuestas diferencias culturales entre venezolanos y españoles. Las diferencias culturales entre España y Venezuela vinieron a desarrollarse con mayor tesón después, y no antes, de la independencia. Y, al final, los motivos culturales, propios del nacionalismo romántico, no fueron muy persuasivos a la hora de promover la independencia. Fueron más persuasivos los argumentos políticos y económicos.

Los independentistas tenían sobradas razones políticas para justificar su empresa. La Corona española no permitía que los nacidos en América ocuparan cargos públicos. Las posiciones de poder eran ocupadas por los peninsulares. Esto convertía a los criollos en ciudadanos de segunda, y naturalmente, motivó la gesta independentista.

En el Zulia, hemos vivido algo someramente parecido. Los zulianos no somos ciudadanos de segunda frente a los oriundos de Caracas. Pero, la centralización del poder en Caracas durante la historia republicana venezolana (y, especialmente en la última década), ha propiciado que los zulianos estemos en desventaja en el ejercicio del poder, y no tengamos el mismo acceso a las posiciones privilegiadas, a diferencia de los actores políticos procedentes de la región central. No hay un decreto que prohíba a un zuliano ser presidente de Venezuela, pero un dato recurrente en muchas encuestas desde hace varias décadas es que cualquier político oriundo del Zulia (independientemente de su ideología) tiene pocas posibilidades de convertirse en presidente.

Quizás el argumento de mayor peso en la promoción de la independencia venezolana fue el agresivo sistema mercantilista de la Corona: las riquezas de las colonias eran depredadas para alimentar a la metrópolis, y se había impuesto un monopolio comercial que no permitía el desarrollo económico local. En otras palabras: las colonias aportaban riquezas, pero recibían muchísimo menos en el reparto. Las colonias hispanoamericanas servían de sustento al parasitismo de las regiones de la Península Ibérica, y a los caprichos de la Corona. Para asegurar el desarrollo económico de Venezuela, se alegaba, era necesario romper con España

Pues bien, los zulianos hemos vivido muy de cerca una situación similar. El saqueo del petróleo zuliano por parte del régimen de Caracas ha sido seguramente más agresivo que el saqueo del oro venezolano por parte de la Corona española. El Zulia sirve de sustento para el parasitismo de las otras regiones de Venezuela, y para los caprichos de los gobiernos de turno.

Hoy, los opositores a la independencia zuliana alegan que Venezuela necesita urgentemente el petróleo zuliano para sobrevivir, y que la independencia zuliana ahogaría al resto de Venezuela. Pero, ése era exactamente uno de los argumentos de los realistas: la independencia de las colonias hispanoamericanas ahogaría al resto de las regiones de España. También se alega que el Zulia nunca ha sido independiente, y nunca ha existido como nación; pero, vale recordar que Venezuela tampoco había sido independiente hasta 1810, y tampoco había existido como nación. Así como Venezuela empezó a existir como nación gracias a su ruptura con España, el Zulia perfectamente podría empezar a existir como nación gracias a su ruptura con Venezuela.

El gobierno de Chávez recurrentemente ha acusado a los independentistas zulianos de recibir el apoyo de EE.UU., el cual estaría muy interesado en quebrantar la unidad nacional de Venezuela para atacarla más eficazmente. Estos alegatos son muy plausibles. Pero, vale recordar que en la independencia venezolana tuvo participación militar y financiera Gran Bretaña y tenuemente los EE.UU., precisamente como estrategia para debilitar a España en las rivalidades imperiales.

Algunos opositores a la independencia zuliana han elaborado una objeción más filosófica, a partir de la paradoja sorites. Esta antigua paradoja pregunta, ¿a partir de cuántos granos de arenas estamos en presencia de un ‘montón’? Pues bien, la objeción es la siguiente: ¿dónde ponemos límites a las aspiraciones independentistas? Hoy, el Zulia puede independizarse. Pero, si lo logra, mañana la Costa Oriental querrá independizarse del Zulia. Y, pasado mañana, Lagunillas querrá independizarse de la Costa Oriental. Así seguiremos hasta quedar en ciudades-Estados.

Si bien esta objeción es filosóficamente interesante, vale advertir que, perfectamente, Fernando VII la pudo haber invocado para reprimir a los independentistas venezolanos: hoy el imperio español se rompe, mañana Venezuela, después la provincia de Maracaibo, y al final, quedaríamos sólo con las ciudades como entidades políticas.

En todo caso, a diferencia de otras regiones separatistas en la geopolítica contemporánea (como, quizás, el País Vasco), el Zulia es lo suficientemente grande y rico como para sostenerse por cuenta propia. Panamá y El Salvador tendrían más o menos su misma extensión territorial y población.

Por último, algunos objetores más cosmopolitas añaden que, en una época de integración global y conformación de grandes bloques económicos y políticos, el separatismo zuliano es un anacronismo. En la unión está la fuerza. Pero, de nuevo, este argumento perfectamente pudo haber sido empleado por Fernando VII frente a la independencia venezolana: en la unión del imperio español estaba la fuerza, y frente al crecimiento del imperio británico y norteamericano, le convenía más a las colonias hispanoamericanas conservar la unidad en un gran bloque dirigido desde Madrid.

Con todo, esta última objeción me parece bastante razonable: conviene abrir las fronteras políticas, no cerrarlas, y por eso, la globalización es bienvenida. Pero, si ello implica que las riquezas de una región son depredadas por otra, y se da una relación de parasitismo, entonces es urgente tomar algunos correctivos. La queja de los zulianos es muy similar a la queja de los vascos y catalanes. Si bien en esos casos, hay un nacionalismo romántico lingüístico más preponderante, el argumento que más persuade es que ésas son las regiones más ricas de España, y su riqueza es depredada por el centralismo español para dirigirlas a otras regiones. Algunos grupos moderados en Cataluña y el País Vasco hacen una propuesta elemental: un régimen de autonomía fiscal. En otras palabras: que lo que se produce en esas regiones, ahí se quede.

Mi deseo para el Zulia no es tan extremo: no propongo un sistema de autonomía fiscal como el de esas regiones españolas. Pero, sí considero urgente que el gobierno nacional reconsidere la depredación de riquezas y su mezquindad en la asignación de recursos al Zulia. Pues, lo mismo que en el régimen colonial español, esto podría convertirse en una bomba de tiempo que podría estallar aupada por una propaganda nacionalista zuliana, y nos conduzca a una guerra mucho más violenta que la que vivió Venezuela en sus orígenes como nación.