Dice
la patética canción de Un Solo Pueblo que, “cuando Bolívar nació/ Venezuela
pegó un grito/ diciendo que había nacido/ un segundo Jesucristo”. Vale
preguntarse si, más bien, Bolívar debería ser comparado con Judas, en vista de
su traición a Miranda.
Como
en muchas religiones, el culto a Bolívar quiere limar las asperezas entre sus
santos. Del mismo modo en que la tradición cristiana quiso presentar a Pedro y
Pablo como grandes amigos y colaboradores (cuando, en realidad, se odiaban), el
culto nacionalista en Venezuela quiere presentar a Miranda como el precursor
con sus ideas, y a Bolívar como el héroe que concretó esas ideas. Cualquier
persona mediamente culta en Venezuela sabe que ambos personajes se terminaron
odiando, y que Bolívar traicionó a Miranda. La imaginación popular, no
obstante, sigue creyendo que el par fue algo así como el dúo dinámico.
Tras
algunos intentos fallidos (y, por lo demás, tácticamente demenciales) de
invadir Venezuela y organizar una rebelión en contra del imperio español,
Miranda se retiró a Londres, y desistió de sus proyectos. Pero, en vista de que
en 1810 se formó en Caracas una junta que declaraba la independencia de
Venezuela, Bolívar viajó a Inglaterra a solicitar apoyo británico, y aprovechó
la ocasión para entrevistarse con Miranda y pedirle que volviese a
Venezuela a dirigir la naciente república.
Miranda
había hecho renombre con sus aventuras militares en EE.UU. y Francia, así como
con sus recorridos por salones y cortes reales europeas. Había cosechado varias
destacadas victorias militares para la Francia revolucionaria, y
presumiblemente Bolívar veía en Miranda a un hombre experimentado, ideal para
ejercer el liderazgo en Venezuela.
El
culto bolivariano quiere hacer creer que la guerra de independencia fue entre
España y Venezuela. Pero, en realidad, fue una guerra civil entre partidarios
del rey, y partidarios de la república. Por ello, cuando Miranda llegó, la
república no controlaba todo el territorio venezolano, y pronto, hubo de
enfrentarse a focos realistas en todo el país.
En
aquel caos, la relación entre Miranda y Bolívar se empezó a deteriorar. Bolívar
empezó a cuestionar algunas de las decisiones militares de Miranda, y éste,
bastante mayor, empezó a ver en Bolívar a un jovencito altanero indisciplinado.
El punto crítico ocurrió en julio de 1812 cuando Bolívar, encargado de
resguardar el fortín de Puerto Cabello, permitió que los prisioneros realistas
tomaran el control. Bolívar desesperadamente pidió refuerzos a Miranda, pero éstos
no llegaron (quizás porque el mensaje no llegó a tiempo).
Bolívar
tuvo que escapar y refugiarse en sus propiedades de Caracas. Las cartas que
escribió en aquellos días indican que se encontraba en un estado mental muy
alterado. Le escribía a Miranda (en un estilo típicamente adulador de los
militares venezolanos, que perdura hasta nuestros días) tratando de justificar
su fracaso, y sin admitir su responsabilidad. Miranda nunca respondió.
No
me agradan mucho las especulaciones psicológicas, pero creo que, en este caso,
podemos hacer alguna. En sus años posteriores, Bolívar demostró ser un tipo muy
narcisista, al punto de que él mismo propició el enfermizo culto a su persona que
perdura hasta nuestros días. Y, como bien nos recuerdan los psicólogos, cuando
un narcisista se siente fracasado, se vuelve muy peligroso. Así pues, ante su
fracaso en Puerto Cabello, Bolívar jamás admitió su responsabilidad. Trató de
justificarse ante Miranda, pero en vista de que éste no hacía más que
ignorarlo, cabe presumir que en la mente de Bolívar se empezó a formar la idea
de que el verdadero responsable de aquella catástrofe había sido el propio
Miranda, pues no había enviado los refuerzos.
El
narcisista, además, no tiene paciencia para otros más grandes que él. Si bien
fue el propio Bolívar quien invitó a Miranda a Caracas, a la larga, su
narcicismo venció a la admiración por Miranda. Si, desde el Monte Sacro, Bolívar
ya tenía la idea de liberar a América, en su mente no cabía la idea de que
hubiera alguien por encima de él en ese proyecto. Esto, aunado al
acontecimiento en Puerto Cabello, se convirtió en una combinación explosiva.
Cuando
las tropas del realista Monteverde se acercaban a Caracas (en parte debido al
ímpetu que los realistas obtuvieron tras apoderarse del fortín de Puerto
Cabello), Miranda supo comprender que todo estaba perdido, y que era necesario
capitular y marchar al exilio, para acaso plantearse una nueva estrategia. Para
ello, se aseguró de recoger tesoros en Caracas, a fin de financiar nuevas
expediciones en un futuro. Así pues, Miranda se dirigió al puerto de La Guaria,
en espera de un barco que zarparía al exilio.
Éste
fue el momento clave para la venganza de Bolívar. En un intento por
congraciarse con Monteverde, dos funcionarios de la república, Peña y Las Casas,
plantearon a Bolívar arrestar a Miranda y entregarlo al caudillo español.
Bolívar accedió, pero a diferencia de los otros dos conspiradores, no pareció
tener motivaciones pragmáticas: Bolívar no tenía ningún interés en congraciarse
con Monteverde. La motivación de Bolívar pareció ser puramente personal, y
derivaba de su odio a Miranda. Veía a Miranda como un traidor (quien, además,
como tantos dictadores latinoamericanos del siglo XX, salía corriendo con los
tesoros públicos), y propuso, no entregarlo a Monteverde, sino fusilarlo
sumariamente. Peña y Las Casas, que sí querían sacar provecho a la
conspiración, objetaron el plan de Bolívar, y al final, prevalecieron en
entregar a Miranda, el 31 de julio de 1812.
Aquel
acontecimiento, pues, fue un capricho narcisista de Bolívar, en parte
manipulado por Peña y Las Casas. Podemos discutir si la decisión de Miranda fue
o no la correcta, pero de ningún modo podría considerarse una traición.
Miranda, que tenía mucha más experiencia militar, conocía bien cuándo sería
prudente replegarse y reorganizar. Quizás aún había alguna oportunidad para
vencer al enemigo, pero a lo sumo, se puede acusar a Miranda de un error de
cálculo militar, nunca de traición. El verdadero traidor, en cambio, fue
Bolívar. Entregando a Miranda, se quitaba de encima el peso de la culpa por la
derrota en Puerto Cabello, y allanaba el camino para, ahora sí, plantearse como
el gran caudillo en su proyecto de independencia.
Dos
años después, en 1814, a Bolívar le tocaría vivir en carne propia algo muy parecido
a lo que le sucedió a Miranda. Después de haber reconquistado Caracas, Bolívar
ordenó la evacuación de la ciudad, pues se acercaban las hordas de Boves a
arrasar con todo. Bolívar había acusado a Miranda de no haber luchado hasta el
final, pero él mismo ahora era el “traidor” que, como Miranda, recogía los
tesoros de las iglesias, y se los llevaba hacia el oriente del país huyendo. En
esa evacuación, encomendó los tesoros a un pirata italiano, Bianchi, para
poderlos evacuar, pero éste, en una maniobra, llegó a un acuerdo, y marchó con
parte de las riquezas.
Como
había hecho Bolívar con Miranda, dos caudillos, Ribas y Piar, hacían ahora con
Bolívar: en Carúpano lo arrestaron, acusándolo de robar los tesoros de la
nación, y traicionar la patria. Pero, a diferencia de lo que Bolívar hizo con
Miranda, Ribas y Piar no lo entregaron al enemigo. Bianchi eventualmente
amenazó con bombardear Carúpano si no se liberaba a Bolívar, y así, nuevamente el Libertador quedaría libre. Bolívar, en vez de reconocer que el tratamiento que Piar le dio
fue mucho más benevolente que el que él mismo le dio a Miranda, tres años
después, en una nueva artimaña, hizo fusilar a Piar, en buena medida porque
temía su popularidad. Una vez más, el narcisismo del Libertador lo conducía a
cometer otro grave error moral.








