He conversado en alguna ocasión con
Eparquio Delgado en mi programa de radio, y ahora he leído su libro Los libros de autoayuda ¡vaya timo! En
esta obra, Delgado se propone combatir el boom
que en las últimas décadas ha prosperado en torno a este género de
literatura. Son muchas las cosas criticables de los libros de autoayuda, pero
Delgado destaca fundamentalmente dos: 1) el grotesco y peligroso simplismo con
que se abordan los problemas emocionales, y sus posibles soluciones; 2) el
excesivo optimismo que estos libros transmiten.
Me interesa especialmente la segunda
crítica. Los libros de autoayuda se acercan peligrosamente a la magia, pues
postulan que toda la clave de nuestro éxito está en nuestro pensamiento. Piensa
en algo bueno, y se te dará. No importa cuán deprimente puede ser la realidad,
sólo es necesario cambiar la actitud. Y, en tanto tú tienes el control de tu
vida, si fracasas, obviamente tú eres el culpable, por no haber tenido
suficiente “buena energía”.
El libro de Delgado me hizo recordar
algunos otros, ya clásicos, que denuncian la tiranía del optimismo. Quizás el
más célebre sea el de Barbara Ehrenreich, una paciente de cáncer que no sólo
tuvo que enfrentarse a esa enfermedad, sino también a toda la expectativa
social de que el paciente con cáncer no tiene derecho a estar deprimido, y que,
en última instancia, se pierde la “batalla” (Susan Sontag célebremente objetaba
el uso de metáforas militares para referirse a esta enfermedad, pero por ahora,
hago caso omiso) porque no se desea lo suficiente la recuperación. El optimismo
sin límites termina por justificar el status
quo; es como una ley del karma, en tanto cada quien tiene lo que se merece.
¿Eres pobre? No has deseado lo suficiente el ser rico. ¿Te discriminan por ser
negro? Ha de ser porque siempre exhibes actitudes acomplejadas. Todo está en tu
mente, todo es cuestión de actitud.
En su libro, Delgado destaca que
esta manera de entender el mundo es muy prominente en el mundo de los negocios.
En ese cruel mundo, unos ganan y otros pierden. Pero, para legitimar los
resultados, el mundo corporativo acude a los libros de autoayuda. Como con los
ratones de ¿Quién se llevó mi queso?,
quien perdió y no tuvo suficientes ventas ha de ser porque no fue emprendedor,
y no sonrió al mundo desde un inicio. No es casual que, las grandes empresas de
mercado multi-nivel, como Amway o Herbalife, persigan un agresivo
adoctrinamiento de sus miembros, a través de la lectura de estos libros basura.
Pero, he detectado en el libro de
Delgado algún sesgo. Ciertamente, este optimismo tiránico domina el mundo de
los negocios, el corazón del capitalismo. Pero, observo que es también
prominente en los regímenes de izquierda. Y, ofrezco a mi país, Venezuela, como
el mejor ejemplo.
Mientras que el presidente de AMWAY
recomienda leer El caballero de la
armadura oxidada y otros libros de autoayuda, Hugo Chávez recomendó leer a
Marx, Lenin, Rousseau, etc. A simple vista, no hay comparación entre ambas
recomendaciones de lectura. Pero, Chávez sí trató de persuadir al pueblo
venezolano de que la burguesía nacional se quejaba injustificadamente, y de que
en Venezuela había muchísimos motivos para ser feliz. En su confrontación
maniqueísta, Chávez insistentemente decía que en la oposición abunda gente
amargada, mientras que en el chavismo la felicidad era constante. Chávez
promovió una pasta dental en la cual se leía el mensaje “Una sonrisa para
Venezuela”, y muy sutilmente, ordenaba al pueblo a sonreír frente a su proyecto
político.
Lamentablemente, Venezuela no es un
país que inspire sonrisas. Las cifras de crimen e inseguridad son
espeluznantes, y ahora, atravesamos una gravísima crisis económica que se ha
materializado en desabastecimiento masivo. Pero, como en el mundo de los
negocios, los políticos socialistas opinan que todo es cuestión de actitud. El
país se despedaza y el crimen aumenta, pero la televisora estatal, VTV, sólo
habla de los supuestos grandes proyectos que el gobierno inaugura.
Todo esto ha alcanzado su paroxismo
con la aparición de un personaje de tiras cómicas, auspiciado por el gobierno:
Cheverito. Este personaje viaja sonriente por Venezuela, descubriendo las
maravillas de este país. Como se sabe, “chévere” es la expresión coloquial
venezolana que denota satisfacción. Cheverito es la personificación del
optimismo.
El mundo de los negocios ha sido
relativamente eficaz en adoctrinar a su gente con los libros de autoayuda. El
régimen socialista de Venezuela, en cambio, no parece triunfar en su propósito
con Cheverito. El pueblo empieza a reconocer que esto es una burla. Más de
veinticinco mil muertes violentas al año, anaqueles vacíos, y corrupción
galopante no es motivo de sonrisa. Y, además, los viajes que Cheverito hace (al
Salto Ángel, a la Gran Sabana, etc.) son costosísimos al venezolano común.
Hasta donde sé, no ha habido
parodias de los libros de auto ayuda; sólo críticas como las de Delgado. En
cambio, ante lo grotesco que resulta el optimismo de Cheverito, sí ha habido
muchas parodias de este personaje. En estas parodias, Cheverito es asaltado por
delincuentes, tiene que pasar horas en colas de supermercados para conseguir
los alimentos básicos. Incluso, parece que el gobierno venezolano empieza a
reconocer que Cheverito se está convirtiendo en su propio Frankenstein
optimista, y se empieza a dar cuenta de que el personaje es contraproducente.
Crece el rumor de que el gobierno prontamente sacará de circulación las tiras
cómicas de Cheverito.
Ciertamente, el optimismo puede
servir como un mecanismo psicológico que nos permite enfrentarnos a situaciones
difíciles. Pero, también, el empeño en creer que todo va bien y que nosotros
tenemos el absoluto poder para cambiar las cosas, puede más bien empeorarlas.
Si racionalmente evaluamos la situación, podremos elegir mejor las estrategias
a seguir para realistamente cumplir propósitos. Los libros de autoayuda nos
hacen crecer en ambiciones que, francamente, nos pueden conducir a la
catástrofe. Pero, este optimismo enfermizo no es exclusivo del mundo
corporativo; también ha sido una estrategia común de los gobiernos. Todo
gobierno, de derecha o izquierda, que pretenda que con tan sólo sonreír frente
al mundo, desaparecerán los problemas, ha de ser duramente criticado. Del mismo
modo en que Delgado reprocha al mundo empresarial, creo que los venezolanos
debemos reprochar a nuestro gobierno por su optimismo irracional.
Interesante reflexión, y más profunda, me parece, que otros análisis sobre temas parecidos. Aunque no estoy en contra del optimismo, ya no soy tan optimista como lo era hace treinta o más años. En todo caso, creo que hay, detrás de lo que expones, una trama de relaciones entre este tipo de optimismo como el del personaje al que aludes, y el tipo de régimen político, o más bien SISTEMA político del país que se trate. En los regímenes democráticos y liberales, sobre todo si impera el estado de derecho y una libertad básica suficiente, se suele hacer toda una labor crítica y autodeprecatoria de los problemas de ese sistema y esa sociedad, al punto que eso mismo se le endilga como reproche a tales sistemas. Por ejemplo: "Si será malo ese gobierno, que todos se quejan; hasta los mismos que son gobierno hablan de los problemas del país, inclusive los causados por ellos mismos, etc". En cambio, de los regímenes de fuerza, o no se dice nada o se dice poco, o se habla inclusive bien. Lo más injusto es que se achaca a “debilidad” del primer sistema no solo producir todas esas quejas y críticas, sino ser incapaz de evitarlas o reprimirlas, mientras que este poder, de represión, se toma como algo que muestra la eficacia de los gobiernos autoritarios. En ese mismo tono, he oído cosas como que “Cuando vivíamos en dictadura, no se oía hablar tanto de crímenes y secuestros”, y se olvida que, aunque hubiese menos crímenes y secuestros entonces (y es verdad que los había menos, y no solo porque éramos una cuarta parte de la población actual), los que hubiera rara vez se publicitaban o salían expuestos en la prensa, por no decir de los escándalos de corrupción desde las alturas del poder. En cuanto a propaganda “optimista”, es mucho lo que se puede acumular en imágenes de publicidad a tal efecto en la Rusia de Stalin y aún la de sus seguidores, así como en la Alemania de Hitler, en la Italia de Mussolini, la China de Mao, la España de Franco, e inclusive, para alcanzar nuestras tierras, la República Dominicana de Trujillo. En todos esos lugares hasta se hacían canciones sobre la “felicidad” reinante. Lo curioso en el caso venezolano es constatar cómo, de un sistema democrático, hemos ido metamorfoseándonos, a la manera de cómo el ser humano se transforma en hombre lobo, en un país autoritario, con libertades cercenadas y sobre todo represión o acallamiento de la crítica de todo tipo. Y justamente es ese optimismo típico de tales regímenes el que viene ahora a anidar entre nosotros. ¿Durará? No sabemos. En realidad, las cosas de este carácter duran hasta que la gente quiera. Pero también depende, en buena parte, del nivel de dignidad con que se estimen y respeten a sí mismos los ciudadanos.
ResponderEliminarSupongo que el sesgo al que te refieres es la omisión de referencias a partidos o gobiernos de izquierda, ya que no son sólo las empresas las que inoculan esa bobada del pensamiento positivo. A mí no me extraña en absoluto, dado que Eparquio Delgado está fuertemente imbuido de sesgos izquierdistas. Una pena, porque estaba deseando leer su libro, pero no lo compré por esto mismo que ahora me corroboras.
ResponderEliminarHola Jose, sí, a ese sesgo me refiero, aunque no creo que sea una falta grave en el libro, el cual, considero, está bien escrito, y además recomiendo.
EliminarEl socialismo y la autoayuda tienen dos cosas en común, se fundamentan en querer cambiar la realidad... El socialismo parte de que existe un realidad social que debe ser cambiada y determina cuales son a criterio personal las vías a tomar para el progreso y determina cual ese progreso. La auto ayuda tiene el mismo fin pero en proporciones menores...
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