viernes, 24 de junio de 2016

A propósito del Brexit: en defensa de Cameron

Vivo en Venezuela, y a pesar de que tengo alguna pizca de anglofilia, no conozco mucho los pormenores de la vida política en el Reino Unido, y sólo he visitado ese país, una sola vez, hace más de diez años ya. Sólo puedo opinar a la distancia. Pero, en vista del Brexit, me parece que David Cameron merece una defensa.
            No me contentan los resultados del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Pero, como suele ocurrir, veo mucha hipocresía por parte de la izquierda. Los progres continuamente se oponen a los tratados de libre comercio, y frecuentemente enaltecen el valor de la soberanía. Hasta fechas muy recientes, en la izquierda europea se hablaba de Angela Merkel como la dictadora de Europa, y populistas como Pablo Iglesias coqueteaban con el euroesceptiscismo. Una vez que se ha concretado la salida de un país de la Unión Europea, promovida por un movimiento de derecha, entonces ahora sí, la izquierda viene a decir que la salida de Europa es fatal.

            En medio de todo este drama, la izquierda también reprocha a David Cameron de ser el culpable de la catástrofe. Lo empiezan a pintar como el mamarracho que permitió que los nacionalistas se salieran con la suya. Al parecer, la historia lo juzgará muy duramente.
            Yo, en cambio, simpatizo con Cameron, y lo veo como el Gorbachov de nuestros tiempos. A finales de la década de los ochenta del siglo pasado, había en la URSS una gran discusión entre los políticos y en la opinión pública, sobre la unidad y permanencia de aquel enorme país. Las repúblicas no rusas empezaron a presionar a Moscú para conceder referéndums independentistas. En medio de sus reformas, Gorbachov finalmente accedió. En todos esos referéndums prevaleció la opción independentista, y de la noche a la mañana, la URSS despareció silenciosamente.
            Muchos nostálgicos de la era soviética detestan a Gorbachov. Yo no. El propio Gorbachov quiso mantener la unidad soviética. Pero, prevaleció su criterio democrático. Él supo entender que, si los pueblos no rusos querían decidir su propio destino, un estadista que está comprometido con el cumplimiento de la voluntad popular, debe acceder a hacer esas consultas, aún si prevé que los resultados no le serán favorables.
            A Cameron se le acusa de haberse arriesgado innecesariamente, al acceder a un referéndum sobre la continuidad británica en la Unión Europea. Pero, ¿acaso debe un político convocar sólo aquellas consultas en las que él está seguro de ganar? Ciertamente, la irracionalidad del pueblo británico se ha impuesto. Pero, ¿tenemos autoridad moral para decidir dejar de ser democráticos cuando la mayoría se inclina por una opción que no nos agrada? La democracia exige compromisos, y eso implica aceptar lo que dicte las mayorías, nos guste o no.
            Ciertamente, Cameron no tenía obligación legal de acceder a ese referéndum. Pero, la vocación de un demócrata es oír a la voz de la voluntad popular que se expresa en la opinión pública, y se canaliza a través de distintos partidos políticos que logran hacer presión. Y, si hay un tema no resuelto en la opinión pública, lo verdaderamente democrático es convocar una consulta para decidirlo, aun si no hay obligación legal de hacerlo. Gorbachov tampoco tenía obligación legal de ceder a aquellos referéndums, pero estoy seguro de que la historia lo juzgará positivamente por esa iniciativa.
            Es muy probable que tras la iniciativa de Cameron, yacieran sus propios intereses. Cameron se enfrentaba a muchos problemas internos, y necesitaba alguna fuerza aglutinante. O, en todo caso, pensó que apaciguando a los partidarios del Brexit con un referéndum que él creería que ellos perderían, podría legitimarse más. Pero, a mí me parece que los intereses personales de Cameron son irrelevantes a la hora de juzgar el asunto: él cedió a la voluntad popular, como cualquier demócrata, sean cuales sean sus intereses, debe hacer. En cualquier país democrático, se busca gobernar por consenso. ¿Dónde está el crimen en tratar de apaciguar a una fuerza política para buscar la legitimidad?
            El propio Gorbachov también accedió a aquellos referéndums, obedeciendo parcialmente a sus propios intereses. La URSS estaba en ruinas, y Gorbachov desesperadamente buscaba reformas de liberalismo económico. Él sabía que la vieja guardia comunista no se lo permitiría nunca. Para intentar legitimarse, trató de encontrar aliados en las repúblicas no rusas. Los planes no le salieron como él esperaba. Pero, su intento fue digno. Como Cameron, prevaleció su criterio democrático, y buscó consenso.
            Los trogloditas comunistas repudian a Gorbachov, por no haberse comportado como el dictador al cual estaban acostumbrados los soviéticos, en su patético desfile de déspotas: Lenin, Stalin, Kruschev, Breznhev. Gorbachov resultó molestoso, porque fue el primer líder soviético que decidió dejar de gobernar por vía de la imposición, y creyó más en la posibilidad del consenso democrático. Quienes hoy critican a Cameron, implícitamente le reprochan el no haberse comportado como un dictador, y el no haber reprimido a toda costa un deseo que, al final, resultó ser mayoritario en el electorado británico. La historia, espero, juzgará positivamente a Cameron.    

miércoles, 15 de junio de 2016

Karim Benzema y el chantaje racial

            En el mundo queda mucho racismo. Pero, también empieza a haber mucho chantaje con el racismo. El racismo se ha vuelto una excusa barata para que una cuerda de sinvergüenzas hagan y deshagan a su antojo, y cuando se les reproche su conducta, inmediatamente salten a chantajear a quienes los reprochan, acusándolos de ser racistas.
            En EE.UU., esto es un vicio especialmente notorio. Nadie puede negar el tremendo sufrimiento de los negros en décadas pasadas, y el valor de la lucha por los derechos civiles, encabezada por gente como Martin Luther King. Pero, esa lucha hoy se ha desvirtuado, y ha dado pie a que surja toda una industria de chantajistas negros que continuamente juegan al victimismo, y extorsionan a los blancos, amenazándolos con acusarlos de racismo. Gente infame como Jesse Jackson y Al Sharpton han perfeccionado estas técnicas.

            En el deporte, esto es aún más evidente. O.J. Simpson, un futbolista negro, mató a su esposa, una blanca. La evidencia en su contra era abrumadora. Pero, el liderazgo negro en EE.UU. movió cielo y tierra para que la opinión pública se inclinara por la idea de que, en realidad, Simpson era víctima de un complot racista de la policía de la ciudad de Los Angeles (la cual, sin duda, era y sigue siendo racista). Al final, el jurado, en su mayoría compuesto por negros, cedió a este chantaje, y declaró inocente a Simpson.
            En el deporte europeo, estos vicios empiezan a aparecer. Karim Benzema, el jugador francés de origen argelino, es un crack. Nadie duda de su calidad futbolística. Pero, Benzema es un enfant terrible: estuvo involucrado con una prostituta menor de edad, y sirvió como intermediario para extorsionar a un compañero de la selección francesa de fútbol. Ante estas conductas, el seleccionador francés, Didier Deschamps, decidió no convocarlo para la Eurocopa 2016. ¿Cuál fue la respuesta de Benzema? La previsible: alegó que él era víctima de racismo, por ser musulmán y de origen argelino.
            Dejemos de lado que el Islam no es una raza, y que de hecho, el aspecto físico de Benzema es bastante europeizado. Lo verdaderamente lamentable acá, es la forma en que Benzema se vale del chantaje y el victimismo, e insólitamente, el modo en que algunos lo apoyan en la propia Francia. Claramente la conducta de Benzema es reprochable. Pero, en vez de asumir su propia responsabilidad, él prefiere refugiarse en el chantaje de siempre: alegar que es víctima de discriminación racial, sin el menor respaldo de evidencia en ese alegato.
            En el fútbol europeo, no nos engañemos, hay racismo. El espectáculo de arrojar plátanos al campo cuando un jugador negro tiene la pelota, es deplorable. Pero, Benzema insulta a las verdaderas víctimas del racismo, en la medida en que trivializa las acusaciones y chantajea con ellas.
La selección francesa de fútbol está compuesta por varios jugadores de origen magrebí y subsahariano. A alguna gente, esto le resulta incómodo. En alguna ocasión, por ejemplo, el intelectual Alain Finkielkraut se quejó de que el equipo francés no era ya azul, blanco y rojo; sino negro, negro y negro. Pero, para los seleccionadores, es muy difícil ser racista. El principal objetivo del entrenador es ganar. Él sabe muy bien que debe colocar a los once mejores, sean del color que sean. Todo entrenador sabe que, para ganar, no se puede dar el lujo de ser racista.
Al final, la irresponsabilidad de Benzema, no hará más que contribuir al ascenso de Marine Le Pen y el Frente Nacional. Parte de la oleada racista de los últimos años en EE.UU., es atribuible al coraje que el pueblo blanco sintió ante la exculpación de O.J. Simpson. Pues bien, el francés promedio, al contemplar la forma tan irresponsable en que gente como Benzema acude al chantaje racial, termina por inclinarse hacia aquel demagogo que promete tener mano dura contra el extranjero que pretenda seguir chantajeando con el victimismo.

Habitualmente, la FIFA ha promovido el lema Say No To Racism (Dile No al racismo). Eso está muy bien. Ya quisiera ver, a la par, el lema, Say No to Racial Blackmail (Dile No al chantaje racial).

sábado, 21 de mayo de 2016

"La resurrección de Cristo": buena película, pero típicamente acrítica



En los últimos años ha habido una explosión de películas apologéticas cristianas. Por lo general, son de pésima calidad, y no tratan sobre los eventos fundacionales del cristianismo, sino sobre las fantasías apocalípticas del siglo XXI. La resurrección de Cristo, dirigida por Kevin Reynolds, tiene la típica calidad hollywoodense (mucho mejor que las mediocres películas apologéticas cristianas), y sí trata sobre los eventos fundacionales del cristianismo. Pero, no es nada del otro mundo.
            Narra la historia de Clavio, un tribuno romano que recibe de Pilato la orden de hacer aparecer el cuerpo de Jesús, para refutar a quienes están proclamando que Jesús ha resucitado. Pilato teme una sublevación, y presiona a Clavio para que cumpla su labor. Clavio empieza a investigar, pero eventualmente se da cuenta de que el sepulcro de Jesús estaba vacío y de que nadie robó el cuerpo. Al final, se encuentra con el propio Jesús resucitado, y se convierte a la naciente religión cristiana.

            Si yo fuera Clavio, habría hecho lo mismo. Clavio hizo bien en indagar, y al final, hizo lo correcto en hacerse cristiano. Si a un tipo lo crucifican y muere, luego aparece vivo ante mí, desaparece repentinamente de las habitaciones, y me aseguro de que eso no es ninguna confusión o truco, yo me tomaría muy en serio su mensaje religioso. Pero, lamentablemente, los datos históricos no coinciden con muchas de las cosas que se asumen en la película.
            En primer lugar, es muy dudoso de que el sepulcro de Jesús estuviera vacío. Pablo, el autor más temprano del Nuevo testamento, no hace ninguna mención del sepulcro vacío, a pesar de que sí habla mucho de la resurrección. Eso es un fuerte indicio de que la tradición de la tumba vacía es bastante posterior. En la película, se asume también que, en concordancia con los evangelios, Jesús fue enterrado en una tumba privada de José de Arimatea. Pero, de nuevo, los historiadores dudan mucho de esto. Ni siquiera podemos estar seguros de que se trate de un personaje real. No hay ninguna evidencia de que existiera la localidad de Arimatea, y además, la forma progresiva en que el personaje de José se va haciendo más cristiano desde el evangelio más temprano (el de Marcos) hasta el evangelio de Juan (el más tardío), hace sospechar que, en realidad, es un personaje inventado para decorar la tradición del sepulcro vacío. Lo más probable, es que Jesús fue enterrado en una fosa común, o devorado por los perros.
            En la película, Clavio encuentra varios cadáveres que son supuestamente Jesús, pero luego logra identificarlos con otros reos ejecutados. Esto reposa también sobre otra asunción errónea. En la película, la investigación de Clavio empieza inmediatamente después de la muerte de Jesús, porque ya hay gente proclamando que Jesús ha resucitado. Pero, esto contradice el propio relato de Hechos de los apóstoles, el cual postula que esa proclamación empezó cincuenta días después de la supuesta resurrección. Para ese momento, si alguien como Clavio hubiese adelantado una investigación, habría tenido muchísima dificultad en identificar cadáveres, pues ya estarían totalmente descompuestos.
            El éxito del cristianismo estuvo en su apertura al mundo gentil. Y, por eso, los autores más tempranos procuraron asegurarse de que se incluyeran a personajes romanos que, de algún modo, reconocieran la grandeza de Jesús. En los evangelios, incluso Pilato es parcialmente exculpado; se narra que él estaba muy reticente a matar a Jesús, y que sólo lo hizo cediendo a la presión de los judíos, que querían matarlo por cometer blasfemia. La película reafirma esta versión. Esto es históricamente muy dudoso. Declararse el mesías (como sucede en el juicio a Jesús en los evangelios) no era ninguna blasfemia para los judíos. Y, tampoco había en los judíos la expectativa de que el mesías sería un personaje que resucitaría. Por ello, Jesús, que probablemente sí se creía el mesías, no anunció su propia resurrección. La película, no obstante, asume ingenuamente que Jesús sí hizo esos anuncios.
            En los evangelios, hay varios militares romanos piadosos. La fe de un centurión hace que Jesús cure milagrosamente a su esclavo. Cuando Jesús muere, otro centurión romano lo reconoce como el hijo de Dios. El primer gentil converso formalmente al cristianismo es Cornelio, un centurión. Esta película da continuidad a esa tradición del centurión romano que se hace cristiano. Y, en la resolución de la trama, los discípulos felizmente lo aceptan como parte de los suyos (en cierto sentido, reemplazando a Judas, para así completar el número doce).
            Pero, de nuevo, históricamente, esta aceptación inmediata de cristianos romanos (especialmente si eran militares) es muy dudosa. En Antioquía, Pedro y Pablo tuvieron una amarga disputa porque Pedro no quería comer con los gentiles. Seguramente, Pedro obedecía a Santiago (el propio hermano de Jesús), quien era el jefe de la temprana comunidad cristiana, y era aún un judío muy piadoso que habría visto en los romanos a personas impuras. Hay firmes razones para pensar que el propio Jesús despreciaba a los romanos, y que no los habría aceptado en su movimiento. En alguna ocasión, Jesús consideró a los gentiles personas tan degradadas como los perros, y su mensaje, en concordancia con la ley de Moisés (la cual Jesús defendía férreamente, al punto de decir que no venía a abolirla, sino a cumplirla), era típicamente nacionalista.

            Hacia el final de la película, Jesús ordena a sus discípulos a divulgar su mensaje entre todas las naciones, y esto sirve para que Clavio empiece su vocación como misionero. Esa orden de Jesús, efectivamente, tiene base en la escena final del evangelio de Mateo. Pero, de nuevo, es muy históricamente dudosa. ¿Cómo un predicador que era tan nacionalista, de repente quiere que su mensaje vaya a todos los pueblos del mundo? Si ese mensaje universalista era tan claro, ¿por qué el propio hermano de Jesús, Santiago, era tan renuente a aceptar gentiles en la temprana comunidad cristiana?
            En fin, La resurrección de Cristo es entretenida, no es sermoneadora, y tampoco es demasiado mística. Pero, sigue siendo muy complaciente con la historia tradicional del cristianismo. Las películas críticas con la versión tradicional de los orígenes del cristianismo suelen presentar historias igualmente místicas (como La última tentación de Cristo), o tremendamente disparatadas (como El código Da Vinci). Que yo sepa, la única película que se acerca bastante a presentar la versión correcta de los orígenes del cristianismo es la española El discípulo, pero esta película es cinematográficamente muy pobre. Aún estamos a la espera de que Hollywood se tome en serio la crítica neotestamentaria, y haga una película con buena trama, actuaciones y efectos especiales (como, sin duda, lo es La resurrección de Cristo), y a la vez, informe correctamente al público sobre qué fue lo que realmente sucedió con un predicador apocalíptico galileo ejecutado en el siglo I.

sábado, 30 de abril de 2016

La verdadera brujería de Chávez

Recientemente, David Placer, un oscuro periodista venezolano, ha publicado Los brujos de Chávez Placer entrevistó a algunas personas allegadas a Chávez, y a partir de esas conversaciones, ha llegado a la conclusión de que Chávez estaba metido de lleno en la santería cubana. Según Placer, Chávez era un hombre tremendamente supersticioso, que se dejó influir mucho por la hermana de una de sus compañeras sentimentales. Poco a poco, Chávez se fue iniciando en el mundo de la santería, y Fidel Castro vio en esto una oportunidad. Fidel envió a sus propios babalaos para que manipularan a Chávez, y así, Cuba pudiera formar una alianza con Venezuela, y asegurar el petróleo.
            El libro tiene un fuerte tono sensacionalista. La única evidencia que se presenta es anecdótica, y pocas veces procede de fuentes directas. Casi todos los entrevistados admiten que escucharon lo que otra gente les contaba, pero pocos reconocen haber visto ellos mismos algún indicio firme de que, en efecto, Chávez estaba inmerso en ese mundo. Las hipótesis de Placer sobre el rol de Fidel Castro son típicamente conspiranoicas, como tantas otras que se han formulado en torno al líder cubano.

            Además, la forma en que Placer trata la santería cubana es bastante inapropiada. La describe como si se trataran de rituales satánicos, que deliberadamente buscan perjudicar a los demás, y a hacer pactos con fuerzas malignas para conseguir favores. Esto es una caricatura de la religión santera. Ciertamente, hay una variante, el palo mayombe, que sí tiene algunas de esas características de ocultismo, pero ni siquiera esa tradición tiene la perversidad que Placer le atribuye.
            Tras leer el libro de Placer, sólo puedo llegar a la conclusión a la que el filósofo Ludwig Wittgenstein llegó en uno de sus libros: sobre lo que no se puede hablar, es mejor pasar en silencio. Chávez pudo, como pudo no haber tenido brujos. No sabemos, y por ende, es mejor no especular. Todos tenemos algún grado de conductas supersticiosas, de forma tal que no me sorprendería que Chávez, en algún momento, acudiera a hacerse algún trabajo con algún babalao, del mismo modo en que muchos políticos de la oposición acuden a un cura para que los bendiga en sus campañas electorales. En ambos casos, los políticos apelan a poderes mágicos para intentar asegurar su poder. Es algo muy propio de la conducta humana.
            Placer es un poco ambiguo a la hora de juzgar si la brujería es efectiva o no. A lo largo del libro, pareciera presentarse como un racionalista que piensa que las brujerías de Chávez eran supersticiones, propias de una persona ignorante. Pero, en ocasiones, da la impresión de juzgar a esos procedimientos como si fueran perversos. A mí me parece especialmente preocupante que la gente en Venezuela no repudie a Chávez por ser una persona ignorante y fácilmente manipulable por un maquiavélico líder cubano (si acaso ése es en realidad el caso), y en cambio, sí lo repudie por pactar con fuerzas malignas y utilizar ese poder. La triste realidad, es que incluso aquellos venezolanos que se oponen a Chávez, son tan supersticiosos como supuestamente lo fue el Comandante. Por ejemplo, muchos de esos venezolanos opuestos a Chávez opinan que, la exhumación de los restos de Bolívar, produjo el efecto mágico de matar a los que estaban allí presentes.  
Si Chávez efectivamente acudía a estos brujos, no habrá sido el primero, ni tampoco el último jefe de Estado, en hacerlo. Reagan, Miterrand, y tantos otros, también lo hacían. Y, en todo caso, aún si lo hacía, siempre hay un gusto en el periodismo conspiranoico de exagerar estas cosas. Hitler, por ejemplo, pudo haber tenido algún interés en el ocultismo a través de su lugarteniente Himler, pero muchas de las cosas que se han dicho sobre las conexiones entre el nazismo y el ocultismo, son exageradas.
            El libro de Placer tiene un obvio trasfondo político. No está mal escrito, y es entretenido. Pero, no hace más que repetir rumores, y su clara intención es desprestigiar el legado de Chávez. En realidad, eso deja mal parada a la oposición venezolana. Pues, el libro da la impresión de que la única forma de atacar a Chávez es repitiendo cuentos de viejas chismosas.
            Y, así como no conviene especular sobre Chávez y sus supuestas vinculaciones con santeros, sí es mucho más preferible pronunciarnos sobre las supersticiones en las cuales Chávez claramente sí creía, pues lo decía sin tapujos frente a las cámaras. No podemos saber si Chávez realmente creía o no que el exhumar los restos de Bolívar le iba a dar poderes mágicos. Pero, Chávez sí tenía creencias extrañas. Decía, por ejemplo, que el hombre no llegó a la luna. Pensaba que a Bolívar lo asesinaron los gringos. Esto no es propiamente superstición en el sentido que lo entendemos hoy. Pero, etimológicamente superstición viene de “estar encima de”, y posiblemente, haga referencia al exceso de creencias. En ese sentido, creer cosas como ésas sobre la muerte de Bolívar y la llegada del hombre a la luna, son supersticiones.

            Pero, la mayor superstición de Chávez, creo yo, fue pensar que si se controla la economía, como él pretendía hacerlo, no se llegará a crisis y colapsos. Chávez no tenía tapujos en admitir esa creencia. Eso sí es una superstición muy grave. El pensamiento mágico asocia indebidamente fenómenos. Pues bien, Chávez creía que había una asociación entre el socialismo (o al menos, el socialismo como él lo entendía), y el bienestar del pueblo. Hoy, los venezolanos comprobamos que esa asociación es errónea, y lo estamos pagando muy caro. Yo habría preferido mucho más a un gobernante que se sometiera a ramazos y le leyeran las cartas, pero que hubiera entendido que controlar precios y expropiar empresas no tiene las propiedades mágicas que, lamentablemente, Chávez y sus secuaces sí le atribuían. 

jueves, 14 de abril de 2016

Parménides y la idea más absurda en la historia de la humanidad

             En mi libro El posmodernismo ¡vaya timo!, dediqué los primeros capítulos a explorar las raíces históricas del posmodernismo. Sólo identifiqué a un filósofo de la antigüedad, como precursor del posmodernismo: Protágoras, debido a su relativismo. Pero, creo que también pude haber incluido a Parménides. Los posmodernos son infames por decir cosas que nadie entiende (“la nada nadea”), o por decir cosas absurdas (“el hombre ha muerto”, “e=mc2 es machista”, “la guerra del Golfo no tuvo lugar”, etc.). Si bien Parménides escribió un poema que resulta un poco obscuro, en líneas generales se le entiende. Pero, Parménides defendió lo que a mi juicio, es la idea más absurda planteada en la historia de la humanidad. La diferencia con los posmodernos, no obstante, es que Parménides lo hizo argumentando, y no es tan fácil despacharlo. Parménides podrá haber dicho barbaridades, pero no era un charlatán.

            Parménides defiende dos ideas absurdas hasta más no poder. La primera: sólo existe un ente en el universo. La cucaracha, el ordenador y Messi, son todos la misma cosa. Algunos filósofos hindúes, siguiendo la escuela de advaida vendanta, opina algo parecido: todos formamos parte de lo mismo. Pero los hindúes hablaban más en términos de una unión mística, en el sentido de que todos participamos de una misma fuerza universal, el brahman.  En cambio, Parménides decía que no hay separación entre las cosas: todos somos literalmente un solo objeto. Parménides añade otra idea, aún más absurda: todos somos lo mismo, porque nunca nada ha cambiado, ni cambiará. Siempre ha habido una sola cosa en todo el universo, y seguirá siendo así.
            ¿Cómo llega Parménides a semejante desfachatez? Dice Parménides algo muy lógico y elemental: lo que es, es; y lo que no es, no es. Esto quiere decir que la nada no existe. Sólo existe, aquello que está. Y, si eso es así, entonces una cosa no puede venir de otra, ni tampoco se puede transformar en otra. Pues, si se transforma en otra, esa cosa antigua habrá dejado de existir, y pasará a formar parte de la nada. Pero, precisamente, la nada no existe. Por ende, nada puede ir hacia la nada. Y, del mismo modo, nada puede venir de la nada. Si una cosa empieza a existir, debió haber habido un momento en que esa cosa no la había. Pero, de nuevo, si la nada no existe, entonces nunca debió haber habido un momento en que esa cosa no estaba.
            Además, dice Parménides, no puede haber separación entre una y otra cosa. Pues, esa separación implica que hay un vacío entre los entes. Pero, el vacío, en tanto nada, no existe, porque de nuevo, lo que no es, no es. Por ende, al no haber vacío, sólo puede haber un ente. Es un ente que siempre ha sido el mismo, y no cambia.
            Ante estas ideas, la primera reacción es exclamar: what the fuck! En principio, es muy fácil refutar todo esto: basta con mover mi brazo, para afirmar que sí hay cambios y movimientos. Y, basta tomar dos piedras y mantenerlas separadas, para comprobar que son dos cosas distintas. Sentido común, puro y sencillo. Pero, Parménides decía que los sentidos no valen. En cierto modo, Parménides se anticipó a Descartes, pues su filosofía plantea la posibilidad de que algún genio maligno nos engañe y manipule nuestros sentidos, y así, sólo podemos confiar en nuestro pensamiento. Lo importante es el pensamiento, y si el pensamiento nos conduce a la idea de que los movimientos no ocurren, hay que aceptarlo.
            Yo no sé bien cómo refutar a Parménides. Pero, al menos creo que su filosofía lleva en sí misma una contradicción, y eso sería suficiente para rechazarla. Parménides, para defender todas estas cosas, debe acudir al pensamiento. Pero, el pensamiento es en sí mismo cambio (antes no pensaba tal cosa, ahora sí), y en cierto sentido, separación de entes (una idea está separada de la otra). El mero hecho de pensar, es ya refutación de lo que Parménides defiende.
            Hay también otra cosa que, me parece, Parménides pasa de largo. Parménides debió haber separado dos niveles de “ser” (o existir) de las cosas. Algo puede no existir en la realidad, pero sí puede existir a nivel conceptual. Cuando Parménides sugiere que la nada no existe, el mero hecho de que ya podamos hablar de ella, opino, implica que, al menos a nivel conceptual, la nada sí existe.
            En fin, a diferencia de Derrida, Baudrillard o Deleuze, tengo respeto por Parménides. Quizás, sus ideas vinieron de alguna embriaguez o algún consumo de droga, pues tal como él mismo lo relata en su poema, sus ideas le vinieron en un viaje místico. Planteó la idea más absurda en la historia de la humanidad. Pero, lo mismo que las paradojas de su discípulo Zenón, ¡ofreció un enorme reto, y obliga a pensar! 

lunes, 11 de abril de 2016

El Papa Francisco y los papeles de Panamá

            El Papa Francisco, uno de los grandes populistas de nuestra era, sabe muy bien reconocer el momento preciso para comentar sobre asuntos de interés internacional, y así ganar seguidores. Y, dadas sus convicciones ideológicas, cada vez que algún grupo poderoso hace o dice algo objetable a los ojos de la izquierda, Francisco inmediatamente capitaliza su popularidad, condenando (a veces incluso con nombre y apellido, como en el caso de Donald Trump) a los malos de la película.
            Sería de esperar, entonces, que con el escándalo de los papeles de Panamá, Francisco repudie la forma en que muchos políticos y magnates han evadido impuestos, colocando sus fortunas en paraísos fiscales. Con todo, Francisco no ha dicho ni pío sobre los papeles de Panamá. En realidad, su silencio no debería resultar tan enigmático. Pues, Francisco sabe muy bien que, si pronuncia una condena, estaría escupiendo hacia arriba: ¡uno de esos paraísos fiscales es, precisamente, el propio Vaticano!

            El investigador Gerald Posner lo explica muy acertadamente en su libro God’s Bankers (Los banqueros de Dios). Originalmente, la Iglesia Católica recaudaba fondos con donaciones de caridad, venta de indulgencias, y cobro de impuestos. Pero, la Iglesia se negaba rotundamente a hacer negocios financieros, pues prohibía la usura. No obstante, con la Reforma y la Contrarreforma, se les acabó el negocio de las indulgencias. Y, cuando en 1870, los nacionalistas italianos entraron en Roma y abolieron los Estados papales, ya la Iglesia tampoco tenía la posibilidad de recaudar impuestos.
            La actitud de la Iglesia frente a la actividad financiera tuvo que cambiar. En 1929, Mussolini firmó los tratados de Letrán, concediendo soberanía al Vaticano como Estado, y ofreciéndole una millonaria suma en compensación por la confiscación de propiedades en las décadas anteriores. La curia del Vaticano comprendió que, ahora, había que bailar al son del capitalismo. Y así, con ese nuevo capital, entró al mundo de las finanzas. En 1942, creó su propio banco (el “Instituto para las obras de la religión”, un nombre con un tufo de hipocresía, como muchas de las cosas en el catolicismo).
            Yo no satanizo estos acontecimientos. La Iglesia empezó a acumular patrimonio de la forma más civilizada posible: el libre comercio. En vez de continuar su absurda oposición a la usura, vender papeles fraudulentos (como las indulgencias), o depredar a los campesinos romanos con impuestos, la Iglesia produciría riqueza en transacciones libres que, históricamente, han sido las verdaderas productoras de riqueza en la civilización.
            Pero, la Iglesia pronto desvirtuó su iniciativa capitalista. Tal como lo narra Gerald Posner en su libro, el Vaticano empezó a meterse en negocios turbios. Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial, invirtió en compañías aseguradoras alemanas, y con esto creó una gran fortuna. Cuando los familiares de los asegurados judíos víctimas del Holocausto, acudieron a cobrar sus pólizas, el Vaticano les exigió sus certificados de muerte (¡como si en Auschwitz hubieran dado esos certificados!), y así, no tuvo que pagar nada.
            Quizás el escándalo más conocido del Banco Vaticano es el del cardenal Marcinkus y el Banco Ambrosiano. El Vaticano invirtió en ese banco, pero se vino a pique por su manejo tan arriesgado de las finanzas. Uno de los responsables de aquello, el banquero Roberto Calvi, lo “suicidaron” en Londres, presumiblemente sus acreedores fueron los responsables (se ha especulado mucho sobre una supuesta conspiración masónica, pero en realidad, basta con la corrupción financiera como para propiciar un crimen como éste).
            La justicia italiana quiso imputar al cardenal Marcinkus por su responsabilidad en el colapso del Banco Ambrosiano, pero el Vaticano lo protegió a capa y espada, invocando su soberanía. La corte suprema italiana admitió la soberanía del Vaticano, y la policía italiana nunca pudo apresar al cardenal.
            El retrato que se hace en El padrino III de la corrupción bancaria del Vaticano es quizás exagerado, y es probable que la muerte de Juan Pablo I no tuviera nada que ver con estos asuntos turbios. Pero sí es un hecho que el Banco Vaticano es a todas luces una entidad offshore, que recibe enormes cantidades de clientes, sin hacer preguntas. Eso ha permitido que los mafiosos laven sus fortunas en el Vaticano. También ha permitido que gente no necesariamente mafiosa, pero sí deseosa de evadir impuestos, deposite sus riquezas en el Vaticano. Después de todo, no es tan difícil: basta cruzar una calle de Roma, sin ningún puesto fronterizo, para estar offshore, a salvo de los impuestos del Estado italiano.
            Posner nos recuerda que, apenas en 2010, tras una década de circulación del euro, y con alguna presión de Bruselas, el papa Benedicto XVI accedió a implementar algunas legislaciones que regulan la actividad bancaria del Vaticano: limitación de depósitos, etc. Las décadas anteriores de funcionamiento como un perfecto paraíso fiscal, no obstante, permitieron al Vaticano acumular una enorme riqueza, y muchas veces incluso participaron en inversiones cuestionables bajo la propia moral católica, como lo son empresas fabricantes de armas y anticonceptivos. El Vaticano sigue siendo refugio de capitales ilícitos.

            A pesar de sus devastadoras críticas al Vaticano, Posner considera que el Papa Francisco es un genuino reformista, y que ha empezado a tomar los pasos adecuados para poner en orden las finanzas. Ha hecho limpieza de las manzanas podridas en la curia, y ha traído a laicos para corregir los desastres de gestiones anteriores. Yo no soy tan optimista: veo a Francisco mucho más como un populista muy hábil en su maquinaria de relaciones públicas, pero no realmente alguien interesado en cambiar las cosas de verdad.

Pero, aún en el caso de que Francisco sí sea un reformador genuino, en su libro, Posner ha lanzado un reto que, me temo, Francisco muy probablemente no cumplirá. Posner exige al Vaticano, no solamente reformar sus instituciones financieras para el futuro, sino también permitir la apertura de los archivos de documentos de la Segunda Guerra Mundial, para analizar cómo se hicieron muchos negocios turbios en aquel entonces. Francisco se ha negado a hacer esto. “Paco” podrá ser muy simpático, pero sigue siendo la cabeza de una institución que guarda celosamente sus secretos y es muy renuente a reconocer sus faltas, la misma institución que pidió perdón a Galileo con casi cuatro siglos de retraso, y abrió los expedientes del juicio a los templarios siete siglos después.

domingo, 10 de abril de 2016

"Ordet", Kierkegaard y lo absurdo de la fe

            La idea de que leer muchos libros puede volver loco al lector, es un viejo tropo literario. Ya en el bíblico libro de Hechos de los apóstoles, por ejemplo, el romano Festo le dice a Pablo: “estás loco, Pablo; las muchas lecturas te hacen perder la cabeza” (26:24). Y, por supuesto, la obra maestra de Cervantes, Don Quijote, narra las aventuras de un hidalgo que ha enloquecido, porque ha leído demasiados libros de caballería. Yo dudo de que un libro pueda volver loco a alguien; pero, al menos puedo admitir el lema del conservador Richard Weaver, “las ideas tienen consecuencias”.
            En el cine, una de las películas que más célebremente ha explorado esta idea del lector que se vuelve loco por tanto leer, es Ordet, de Carl Theodor Dreyer, estrenada en 1955, y basada en una obra teatral de Kaj Munk. Narra la historia de Morten y sus tres hijos: Mikkel, un hombre sensato sin fe; Anders, un jovencito enamorado de una muchacha; y Johannes, quien ha enloquecido leyendo las obras del filósofo Soren Kierkegaard.

            Johaness se cree Jesús, y continuamente da sermones reprochando a sus oyentes por no tener suficiente fe. Anders está enamorado de Anne, pero Morten no aprueba esa unión, porque Anne es hija de Peter, un predicador que, a juicio de Morten, enseña una versión errónea del cristianismo. No obstante, al enterarse de que Peter también desaprueba de la unión, también porque considera que Morten no profesa la verdadera fe, ahora Morten se empeña en que sí se logre la unión, en buena medida como una forma de oponerse a su rival. La película explora genialmente lo absurdo que puede resultar el concepto del honor.
            Inger, la esposa de Mikkel, muere dando a luz. Todos están naturalmente muy tristes, pero lo asumen con resignación. Nadie cree que pueda venir un milagro, ni siquiera el cura del pueblo, quien discute con un médico racionalista sobre la posibilidad de los milagros, pero convenientemente acepta que hoy ya los milagros no ocurren.
            No obstante, incluso en el momento más inoportuno (el funeral de Inger), Johaness sigue reprochando a los demás su falta de fe. La única persona que, aparentemente, tiene aún esperanzas de que Inger regrese a la vida a través de un milagro, es su pequeña hija. Conmovido por la fe de la pequeña, Johaness realiza un milagro: Inger vuelve a la vida.
            En la película, hay mención de Kierkgaard una sola vez. Pero, toda la película está guiada por su filosofía. La idea central de la filosofía de Kierkegaard es que, para poder vivir auténticamente, el hombre debe decidirse a abrazar la fe en Dios, incluso si eso implica hacer cosas absurdas. Hacia el final de su vida, Kierkegaard también dedicó varios de sus escritos a criticar la institucionalidad del cristianismo en Dinamarca, y Ordet expresa nítidamente esta idea: la película manifiesta crítica en contra del sectarismo de cristianismos rivales (el de Morten y el de Peter), a favor de una fe sencilla pero genuina, representada por Johaness y la niña.
            Nadie espera que Inger vuelva a la vida, y todos consideran que Johaness está loco. Pero, la moraleja de la película es que la fe mueve montañas. El creer una cosa tan absurda como que un estudiante danés sea Cristo, y que es posible el milagro de resucitar a una mujer, al final sí valdrá la pena.
            Ordet ha sido elogiada por todos los entendidos de la historia del cine, y sin duda, es profundamente emotiva. Cinematográficamente, es una obra maestra. Pero, su mensaje filosófico me parece muy reprochable, por los mismos motivos que reprocho la filosofía de Kierkegaard.
            El libro más famoso de Kierkegaard, Temor y temblor, es una exploración de la psicología de Abraham (el personaje bíblico), cuando supuestamente Dios le ordenó sacrificar a su hijo querido, Isaac. Kierkegaard presenta a Abraham como un héroe, un “caballero de la fe” que, para vivir más auténticamente, está dispuesto a hacer una cosa absurda. Abraham sabía que era una monstruosidad moral matar a su hijo en un sacrificio, pero según Kierkegaard, cuando se decidió a hacerlo, hizo una “suspensión teleológica de la ética”. Es decir, dejó de lado la ética, a favor de algo más grande, a saber, la fe en Dios.
            Ordet propone algo parecido: hay que tener fe en Dios, y a veces, eso implica hacer cosas absurdas. El problema, no obstante, es que Ordet presenta una versión muy inofensiva y rosa de la fe. Poco se pierde cuando se cree que Johaness puede resucitar a Inger, y al final, la fe es retribuida. Kierkegaard, en cambio, tiene más méritos al entender que la fe puede tener una dimensión más monstruosa: la fe no es solamente creer tonterías, sino también hacer cosas brutalmente inmorales, como intentar matar al propio hijo. Lo lamentable de Kierkegaard, no obstante, es que en vez de reprochar a Abraham por disponerse a cometer semejante barbaridad, lo elogia. El mismo razonamiento pudo usar el yijadista que eligió inmolarse: el mártir oyó una voz que le dijo que se hiciera estallar, y en vez de deliberar si esa voz era una alucinación, dio el salto de fe.

            Tanto en Temor y temblor como en Ordet, ocurre el milagro: Dios interviene para evitar el sacrificio de Isaac, y Johaness resucita a Inger, respectivamente. Pero, no nos engañemos: éstas son fantasías. Este tipo de cosas no ocurren en la vida real. La fe, me temo, consiste la mayor parte de las veces en tener expectativa de cosas que no ocurrirán. En muchos casos, esto puede ser muy perjudicial, pues puede conducirnos a tomar decisiones desastrosas que empeorarán nuestra situación. Los problemas se resuelven aplicando la racionalidad, no creyendo en cosas para las cuales no hay evidencia. En la película, Johaness mejora su condición cuando todos terminan teniendo fe en él; en la vida real, no obstante, alguien como Johaness estaría mucho mejor con un tratamiento psiquiátrico. Para tratar a enfermos mentales, sería mejor guiarnos por lo que dicen los médicos, y no por lo que se narra en una película. Seguirle la corriente a quien se crea Jesús (o peor aún, tomarse en serio sus proclamas absurdas), puede prolongar el sufrimiento de todos aún más. La racionalidad da más frutos que la fe.