Después
de la caída del Muro de Berlín, el ateísmo sufrió un bajón. Los abusos
políticos de la URSS contra las instituciones religiosas le dieron al ateísmo
un mal nombre. Veinte años después de aquellos sucesos, el ateísmo regresa con
vigor entre los intelectuales. Y, muchos de los intelectuales ateos son
cuidadosos de no cometer los errores del pasado, al presentar una versión
bastante liberal (a diferencia de los soviéticos) del movimiento ateo.
Pero,
me temo que, en algunas esferas, se están cometiendo los mismos errores del
pasado. En la URSS se negó la existencia de Jesús como personaje histórico, sin
estudiar detalladamente el asunto. Y, hoy, nuevamente, un creciente número de
ateos hace lo mismo. Me atrevo a especular que, en el fondo de todo esto, hay
un error básico de razonamiento: puesto que los cristianos creen que Jesús es
Dios, algunos ateos creen que, al negar la existencia de Jesús, niegan la
existencia de Dios. No parecen caer en cuenta de que es perfectamente posible
negar la existencia de Dios y afirmar la existencia de Jesús (en cuyo caso, por
supuesto, Jesús no sería Dios).
Bart
Ehrman no tiene el mismo compromiso con el ateísmo que sí tienen figuras como
Sam Harris o Richard Dawkins. Pero, por muchos años ha hecho una gran labor al
desmontar la versión de la historia del cristianismo, según es narrada por los
apologistas. Eso, no obstante, nunca ha conducido a Ehrman a negar la
existencia de Jesús. Y, en este libro, Ehrman se propone enfrentar a aquellos
que, con diversos grados de credenciales y seriedad (hay todo un espectro que
va desde autores sensacionalistas hasta académicos serios), niegan la
existencia de Jesús.
Ehrman
presenta en primer lugar los argumentos a favor de la existencia de Jesús. Hay
fuentes no cristianas que mencionan a Jesús. No son exactamente contemporáneas
de Jesús, pero se escribieron una generación después de su muerte. De ser
veraces, estas fuentes serían relevantes, pues servirían como testimonio
autónomo de su existencia (es decir, no vendría de gente que habría tenido una
intención propagandística en inventar a Jesús como personaje).
Plinio
el joven, Suetonio y Tácito hacen referencias muy escuetas a Jesús. Éstas no
nos dicen gran cosa, pues ninguno menciona haber sabido algo sobre Jesús, sólo
dan testimonio brevemente de la existencia de cristianos una generación
después. La mención por parte de Josefo
sí sería más significativa, pues Josefo fue un historiador judío que vivió en
Palestina durante la generación posterior a Jesús, y su testimonio respecto a
la existencia histórica de Jesús y sus más cercanos seguidores estaría más
cercana al personaje original.
Josefo
hace dos menciones de Jesús. Como es sabido, hay fuerte sospecha de que la
primera mención sea una interpolación por parte de algún copista cristiano
posterior, pues se refiere a Jesús como algo más que un hombre, el mesías, y
admite que resucitó como cumplimiento de las profecías. Es muy cuestionable que
Josefo, un judío que nunca se convirtió al cristianismo, haya descrito a Jesús
en esos términos.
Ehrman
admite que en ese texto hay interpolaciones, pero rechaza que la totalidad del
pasaje sea un fraude. Sólo habrían sido interpolaciones las referencias a la
resurrección y a Jesús como mesías, pero la llana mención de Jesús es
aceptable. Yo no estoy tan seguro. Ehrman no explica satisfactoriamente por
qué, antes de Eusebio en el siglo IV, ningún autor cristiano hace referencia a
este pasaje de Josefo.

En
todo caso, hay una segunda referencia a Jesús en Josefo. Ehrman no la discute
casi, y me parece que esto es una carencia en el libro. Si bien la segunda
referencia no es tendenciosa, y sólo se limita a hablar de Santiago y de su
hermano, un tal Jesús que era llamado “Cristo”,
sigue habiendo debate respecto a ella. Pues, existe la posibilidad de que, en
el pasaje original, Josefo efectivamente habla de Santiago y Jesús como
hermanos, pero que no se refiriera al Jesús que nos concierne (Jesús y Santiago
eran nombres muy comunes en aquel contexto). En ese caso, el añadido de Josefo,
según el cual, Jesús era llamado el “Cristo”, habría sido una interpolación
posterior. Si un copista interpoló palabras en el primer pasaje, cabe sospechar
que también lo pudo haber hecho en el segundo pasaje.
Sea
como sea, sí coincido con Ehrman en que a la disputa por los pasajes de Josefo
se le ha dado excesiva relevancia. Aun si fuese veraz, el testimonio de Josefo
no es prueba contundente de que Jesús existió (pues no alega haber conocido
directamente a Jesús); pero, igualmente, si el testimonio de Josefo es forjado,
tampoco eso sería prueba de que Jesús no existió.
Ehrman
prefiere aceptar la existencia de Jesús, reposando sobre la evidencia de que
varias tradiciones independientes así lo atestan. Ninguna de estas proceden de
testigos oculares de la vida de Jesús, pero sí lo suficientemente cercanos como
para poder confiar al menos en su testimonio respecto a la existencia del
personaje. Los evangelios de Mateo y Lucas dependen del de Marcos, pero también dependen de fuentes
autónomas que nutrieron cada uno de estos textos. Asimismo, dependen de la
hipotética fuente Q. El evangelio de Juan es otra fuente autónoma. Si bien en
los evangelios hay mucha fantasía, Ehrman detecta algunas características que
hacen pensar que reposan sobre un personaje real. Por ejemplo, si bien fueron
escritos en griego, en ocasiones hay frases en arameo, lo cual hace presumir
que se remontan a un personaje que, en efecto, originalmente hablaba arameo.
Con
todo, quien afirma la existencia de Jesús debe enfrentar el problema de que Pablo,
el autor más temprano del Nuevo
Testamento, no dice gran cosa sobre la vida terrenal de Jesús, y lo
presenta más en términos de un personaje mítico. Pablo no habla de las
enseñanzas de Jesús, sus hazañas, sus milagros, su infancia, su familia, etc.
En vista de estas carencias, su perfil de Jesús pareciera ser más el de una
figura bajada del cielo, que el de un hombre que realmente caminó sobre la
Tierra.
Ehrman
ofrece varias respuestas. En primer lugar, sostiene Ehrman, los escritos de
Pablo constan de correspondencia epistolar para tratar problemas muy
específicos, y no cabe esperar que acá se mencionen detalles de la vida de
Jesús. Es previsible que Pablo y su audiencia ya conocían los detalles, y en
función de eso, no habría sido necesario reiterar lo que ya se conocía entre
ellos. Este argumento me parece bastante solvente.
Además,
agrega Ehrman, Pablo sí menciona algunas enseñanzas de Jesús. No las cita
directamente, pero sí se hace eco de varias de ellas, como por ejemplo, su
postura frente al divorcio. Acá yo no estoy tan convencido, pues es plausible
que los evangelistas tomaran de Pablo sus enseñanzas, y las proyectaran sobre
Jesús (y no al revés).
En
todo caso, Ehrman añade que Pablo menciona otros detalles de la vida de Jesús,
lo suficiente como para aceptar que sí creía en él como personaje histórico.
Pablo menciona la crucifixión, nos dice que Jesús era descendiente de David,
que tenía hermanos, que predicó a los judíos, que tuvo doce discípulos, que
celebró la eucaristía, y que conoció al amigo más cercano de Jesús (Pedro), y a
su propio hermano (Santiago). Todos estos detalles terrenales presumen la
existencia de un personaje real.
Además,
desde la época más temprana del cristianismo, hay mención de un tal Santiago
como hermano de Jesús ¿Cómo explicar que un personaje inventado, como Jesús,
tuvo un hermano del cual dan testimonio varias fuentes? Ehrman pasa reseña de
algunas teorías que pretenden resolver este problema. Algunos autores han
propuesto que Santiago no es un personaje real, sino más bien una
representación de un colectivo, como Jacob (Israel) representa la nación de
Israel. Otros han postulado que el título “hermano del Señor” en realidad se
refiere a la pertenencia a una secta, no propiamente a una relación de
parentesco. Y, aún otros postulan que la referencia a Santiago como “hermano”
no denota un parentesco biológico real, sino un parentesco metafórico para
expresar cercanía de ideas. Ehrman satisfactoriamente explica los problemas de
cada una de estas teorías.
Luego
Ehrman continúa con otros argumentos por los cuales él considera que Jesús sí
existió. A juicio de Ehrman, el hecho de que el cristianismo presenta a un
mesías crucificado es evidencia firme de que sí hubo un Jesús histórico. Los
judíos tenían la expectativa de que el mesías fuese un caudillo militarista
triunfante, no un criminal ejecutado de la forma más humillante. Si los
primeros cristianos hubiesen deseado inventar una figura mesiánica, no habrían
contado la historia de un hombre que murió crucificado; antes bien, habrían
inventado a un personaje que cumple las profecías mesiánicas de las escrituras
judías.
Ehrman
advierte que Jesús no cumple las
profecías mesiánicas del Antiguo
testamento. Los cristianos, frente al fracaso de Jesús, trataron de buscar
pasajes en las escrituras judías que hicieran referencia a un supuesto mesías
humillado. Y, así, interpretaron las canciones del siervo sufriente del libro
de Isaías, como supuesta confirmación
de que Jesús cumplía las profecías mesiánicas. Pero, Ehrman es muy claro en
señalar que esos pasajes no son
referencias mesiánicas. De hecho, en el Antiguo
testamento no hay ninguna figura mesiánica que sufra una humillación. Y,
precisamente por eso, es muy probable que Jesús sí existió. Pues, si Jesús
hubiese sido una figura inventada, para los primeros cristianos habría sido
mucho más fácil crear un personaje que sí cumple las profecías mesiánicas. A mi
juicio, éste es el argumento más contundente a favor de la existencia de Jesús,
y me persuade lo suficiente como para afirmar categóricamente que Jesús sí
existió.
Ehrman
también se propone desmontar los argumentos tradicionales contra la existencia de Jesús. Quizás el más interesante sea aquel
que alega que no hay ni evidencia arqueológica para la existencia de Nazaret en
el siglo I, ni mención de ese pueblo por parte de los documentos judíos de la
época, y que por ende, Jesús es un personaje mitológico. Ehrman postula que, en
primer lugar, el hecho de que los judíos tenían expectativa de que el mesías
procediese de Belén, hace la existencia de Nazaret y de Jesús muy probable,
pues, ¿por qué inventarían una situación embarazosa? (es el mismo tipo de
razonamiento respecto a la crucifixión). Si no hay rastros de Nazaret, quizás
sea debido a que se habría tratado de una aldea muy pequeña e insignificante.
Además, añade Ehrman, sí hay evidencia arqueológica de la existencia de Nazaret
en el siglo I: recientemente se encontró una casa que se remonta a ese período
en la zona de Nazaret. Y, en todo caso, que no exista Nazaret no implica que
Jesús es un personaje inventado. Quizás Barack Obama no es de donde dice ser,
pero no por ello no es un personaje real.
Otros
autores que niegan la existencia de Jesús apelan a la poca fiabilidad de los
evangelios. Ehrman admite que, efectivamente, los evangelios son poco
confiables, pero algo de confiabilidad queda en aquellas historias que pasan
los criterios tradicionales en la metodología historiográfica (atestación en
varias fuentes, plausibilidad con el contexto, ausencia de motivo propagandístico,
etc.). Y, al aplicar estos criterios, podemos admitir que, detrás del ropaje
legendario de los evangelios, hay un personaje real.
Ehrman
también admite, por ejemplo, que en los evangelios hay mucha paráfrasis del Antiguo testamento, y que muchos de los
episodios de la vida de Jesús están modelados sobre la vida de Moisés y Elías.
Pero, de nuevo, no todas las historias son
de esa naturaleza, y al final, sí queda una base de genuinidad histórica.
Un
argumento muy común entre aquellos que niegan la existencia de Jesús consiste
en señalar las semejanzas entre mitos mediterráneos (e incluso, de otras
latitudes) sobre dioses que mueren y renacen (en buena medida como
representación metafórica de los ciclos vegetativos), y Jesús. Supuestamente,
hay cercanos paralelismos entre Jesús y figuras como Osiris, Adonis o Dionisio.
Y, bajo esta teoría, Jesús habría sido la versión judía de este arquetipo, en
cuyo caso, Jesús habría sido un personaje ficticio.
Ehrman,
nuevamente, desmonta estos argumentos. En primer lugar, los paralelismos entre
Jesús y esos dioses no son tan evidentes. Y, si acaso hay algunos escuetos
paralelismos, eso a lo sumo sería evidencia de que algunos detalles de la vida
de Jesús fueron modelados a partir de esos dioses mediterráneos, pero no que
Jesús no existió.
Además,
no es tan evidente que exista el arquetipo del dios que muere y renace, al
menos no en el mismo sentido en que lo hace Jesús. Algunos de estos dioses
mueren y van al inframundo (Osiris, Adonis), otros desaparecen sin morir y regresan,
otros mueren y ascienden al cielo o algún lugar similar (Hércules), pero
ninguno muere y regresa a una vida cotidiana con el cuerpo original, como es el
caso de Jesús.
Y,
muy importante también, Ehrman destaca que, en la creencia cristiana original, Jesús
no era considerado un dios. Los
evangelios sinópticos (los más tempranos) ciertamente no lo representan así. En
ese caso, no puede equipararse a Jesús con los dioses mediterráneos que mueren
y renacen, ¡precisamente porque Jesús no era un dios! Quizás este
contraargumento de Ehrman no tenga tanto peso, pues recurriría a un truco
semántico. Ciertamente en los evangelios más tempranos, Jesús nunca es llamado ‘Dios’,
y nunca es atribuido con las características que el monoteísmo convencional
reserva a Dios. Pero, Jesús sí tiene suficientes poderes como para pensar que
es algo más que un humano (del mismo modo en que Hércules tampoco es llamado
propiamente un ‘dios’, pero sus características sí lo acercan a ese concepto).
Ehrman
también considera las teorías de G.A. Wells, según las cuales, sí habría habido
un personaje histórico llamado Jesús, pero éste habría vivido un siglo antes de
Pablo. Bajo esta teoría, Pablo habría construido a Jesús como un recurso
literario, una personificación de la sabiduría, del mismo modo en que se hizo
en algunos textos del Antiguo testamento (en
especial, Proverbios). Ehrman admite
que, en algún pasaje, Pablo habla de Jesús como la personificación de la
sabiduría, pero no es suficiente como para sustentar las teorías de Wells. Pues,
en el contexto en el que Pablo presenta a Jesús como la personificación de la
sabiduría, lo hace para explicar por qué Jesús fue crucificado.
También
es problemática la teoría de Wells, según la cual, en la invención de Pablo,
Jesús se le apareció más de un siglo después de su muerte. Ehrman opina que, en
aquel contexto apocalíptico, las apariciones habrían sido significativas sólo si
hubiesen ocurrido inmediatamente después de la muerte del aparecido. En esto,
no me parece que el argumento de Ehrman sea tan contundente. En el mundo
católico, las apariciones marianas tienen una prominente dimensión
apocalíptica, pero la persona que se aparece (la virgen María) habría vivido
hace veinte siglos.
Ehrman
también hace una revisión crítica de las teorías de Earl Doherty, según las
cuales, Jesús fue crucificado en el cielo. Esto habría sido parte de una
ideología platónica que, en detrimento del mundo terrenal, presenta los eventos
como sucesos en una esfera celestial, y además, toda esta mitología habría formado
parte de una religión mistérica.
Contra
esto, Ehrman señala que no hay evidencia de que los judíos asimilaran las
religiones mistéricas, y además, reitera que en I Tesalonicenses 2: 14-16 Pablo habla de la crucifixión de Cristo
como un evento terrenal, en el cual los judíos tuvieron participación. Nada de
esto es conciliable con la idea de que Cristo fue crucificado en el cielo. Wells
y Doherty han sugerido que esos pasajes en I
Tesalonicenses son interpolaciones, pero Ehrman ve esto como un recurso desesperado
(una hipótesis ad hoc) por ajustar su
teoría: invocar como interpolaciones aquellos pasajes que no encajen con las
teorías preconcebidas. En los manuscritos más antiguos del Nuevo testamento, está presenta esa cita de I Tesalonicenses, de forma tal que no hay motivo suficiente para
suponer que se trata de una interpolación.
Después de acumular argumentos a favor de la
existencia de Jesús, Ehrman dedica los últimos capítulos del libro a presentar
una reconstrucción muy breve de la vida de Jesús. Si bien Ehrman acepta la
existencia de Jesús como personaje real, está dispuesto a admitir que muchas
historias en los evangelios son ficticias. El retrato que Ehrman hace de Jesús
es el de un predicador apocalíptico que sí se creía el mesías (pero no el ‘Hijo del hombre’) en espera de la
llegada del reino de Dios. Ehrman ofrece varios argumentos para respaldar este
retrato, pero enfatiza dos: 1) los textos seguramente más antiguos en los
evangelios tienen una firme prédica apocalíptica; 2) el maestro de Jesús, Juan
el Bautista, fue un predicador apocalíptico, y sus propios discípulos también,
en vista de lo cual, es presumible que Jesús tenía él mismo la expectativa del
inminente fin del mundo.
Así,
el libro de Ehrman resulta muy solvente, y al final, ofrece una recomendación
muy similar a la que yo he hecho al inicio de esta reseña: no conviene
confundir la cuestión histórica de si Jesús existió o no, con la cuestión
metafísica de si Dios existe o no. Se puede ser ateo y aceptar la existencia
histórica de Jesús.