miércoles, 21 de agosto de 2013

Las líneas de Nazca y la resurrección de Jesús



En torno a la resurrección de Jesús, hay dos hechos que ameritan una explicación: 1) dos días después de la crucifixión de Jesús, unas mujeres fueron a su sepulcro y lo encontraron vacío; 2) los discípulos tuvieron experiencias de haberse encontrado con Jesús resucitado. Hay motivos para sospechar de la autenticidad del primer hecho, pero por ahora asumamos que, en efecto, hubo una tumba vacía. El segundo hecho sí es admitido por todos los historiadores.
 
            Tradicionalmente, se ha formulado una amplia gama de hipótesis para explicar estos dos hechos. Quizás Jesús sobrevivió a la crucifixión, y se le apareció a los discípulos haciéndoles creer que había resucitado. Quizás los discípulos robaron el cuerpo en una conspiración. Quizás las mujeres fueron a la tumba equivocada. Quizás Jesús tuvo un hermano gemelo y se hizo pasar por él. Quizás los discípulos tuvieron alucinaciones. Quizás las experiencias de los discípulos fueron estrictamente subjetivas, y entendieron la resurrección como una alegoría.
            Todas estas hipótesis enfrentan problemas. Los romanos eran expertos en matar gente, y es poco probable que Jesús bajase vivo de la cruz. Es poco probable que los discípulos hubieran robado el cuerpo, pues estuvieron dispuestos a sufrir el martirio por sus creencias. Si las mujeres fueron a la tumba equivocada, las autoridades judías pudieron haber mostrado el cuerpo de Jesús para desprestigiar al naciente movimiento cristiano. No hay ninguna mención de un hermano gemelo de Jesús. Las alucinaciones colectivas son muy raras. Los relatos sobre la resurrección tienen una semblanza literal, y no parecen ser meras alegorías.
            Frente a estos problemas, los apologistas invocan la hipótesis de la resurrección: Jesús sí resucitó, y eso explica mejor los hechos. Pero, la objeción tradicional a esto es que, aun si las hipótesis naturalistas anteriores son improbables y enfrentan problemas, son menos improbables que la hipótesis que invoca un hecho sobrenatural. Ciertamente no era común que los reos sobreviviesen a la crucifixión, pero, ¿cuán común es que los muertos regresen a la vida? Obviamente, aun si la hipótesis de que Jesús bajó vivo de la cruz es improbable, es menos improbable que la hipótesis de que Jesús murió y resucitó. Cabe acá la explicación que ofrecía David Hume: por definición, un milagro es un evento que, en tanto desafía las leyes de la naturaleza, es improbable. Y, en ese sentido, la explicación naturalista siempre será más probable que la explicación sobrenatural.
            El apologista se defiende, postulando que el alegato de Hume sólo se sostiene si asumimos a priori un prejuicio naturalista. Pero, si aceptamos que Dios existe y que puede revelarse al hombre mediante milagros, entonces la resurrección de Jesús sería la hipótesis más probable para explicar los hechos.     
            Me parece que el argumento del apologista falla, y es fácilmente reducible al absurdo. Consideremos las líneas de Nazca o las pirámides de Egipto. Siempre ha resultado un tanto misterioso cómo estas grandes obras de ingeniería fueron construidas por civilizaciones antiguas que carecían de las tecnologías modernas para realizar estos proyectos de gran envergadura. Los habitantes precolombinos de Perú no conocían la rueda, de forma tal que es difícil explicar cómo trasladaron las piedras para dar forma al mono y otras figuras. Y, además, desde abajo, no son apreciables las figuras (tanto así que estas líneas fueron apenas descubiertas en el siglo XX por un aviador). En el caso de Egipto, es también intrigante que una civilización sin conocimientos muy refinados de física o geometría, y con tecnologías bastante precarias, pudieran construir esas maravillosas pirámides.
 
            Los historiadores han ofrecido hipótesis para explicar cómo se lograron estas grandes obras, pero ninguna ha sido definitiva. Todas enfrentan algún problema que atenta contra su probabilidad, y eso permite la formulación de hipótesis alternativas. Ahora bien, frente a estas pequeñas dificultades, en el siglo XX, el extravagante autor Eric Von Daniken postuló que la mejor explicación respecto al origen de las líneas de Nazca es la siguiente: son obra de antiguos astronautas extraterrestres que las diseñaron para aterrizar en sus visitas a nuestro planeta. Con eso, se ahorra los problemas de explicar cómo una civilización con tecnología tan precaria, pudo construir semejante obra de ingeniería.
            Los historiadores responden: ciertamente las hipótesis tradicionalmente formuladas tienen algún grado de improbabilidad, pero son menos improbables que la hipótesis de los antiguos astronautas. Pero, Von Daniken fácilmente podría contra-argumentar que esas explicaciones son menos probables, sólo si a priori asumimos el prejuicio de que no hay vida extraterrestre con interés en visitarnos. Si nos abrimos a la posibilidad de la existencia de vida extraterrestre y viajes inter-planetarios, entonces la hipótesis del origen de las líneas de Nazca en los antiguos astronautas es la más probable.
            Los apologistas típicamente acuden a argumentos independientes para intentar probar que Dios existe, y a partir de eso, postular que, una vez aceptada la existencia de Dios, la resurrección de Jesús es la hipótesis más probable para explicar los hechos anteriormente mencionados. Me parece que esos argumentos tienen algún grado de plausibilidad, pero no son lo suficientemente contundentes como para establecer la cadena argumentativa que desemboca en la resurrección de Jesús.
Lo mismo que respecto a la existencia de Dios, ha habido algunos argumentos a favor de la existencia de vida extraterrestre (la célebre ecuación de Drake es uno de esos argumentos). Lo mismo que los apologistas cristianos, Von Daniken podría partir de ese argumento más o menos plausible a favor de la existencia de vida extraterrestre, y establecer una cadena argumentativa que concluye que la visita de antiguos astronautas es la hipótesis más probable para explicar el origen de las líneas de Nazca.
Obviamente, el proceder de Von Daniken sería a todas luces falaz. Pero, precisamente, debería servir como reducción al absurdo de los intentos apologistas por tratar de demostrar que la resurrección de Jesús es la hipótesis más probable para explicar los hechos históricos. Ciertamente operamos bajo un prejuicio al rechazar a priori la existencia de Dios o los extraterrestres como plataforma argumentativa. Pero, es necesario hacerlo así. Pues, esa visión del mundo naturalista (o en ignorancia de la vida extraterrestre) es la que nos permite instrumentar el principio de parsimonia. No es necesario invocar a Dios o los extraterrestres para explicar un fenómeno que es explicable con hipótesis acordes a nuestra experiencia diaria del mundo.
En todo caso, si se llegase a demostrar que Dios o los extraterrestres existen, ciertamente tendríamos que modificar nuestro prejuicio naturalista. Pero, aún en ese caso, no sería suficiente para asumir que la resurrección de Jesús, o la visita de astronautas antiguos, sea la hipótesis más probable.
En el caso de las líneas de Nazca, el descubrimiento de vida extraterrestre (inclusive si es vida inteligente) no probaría nada, pues quedarían aún muchos vacíos explicativos: ¿por qué los extraterrestres escogieron ese momento y ese lugar para visitarnos? ¿Por qué no dejaron un mejor registro de su obra? Si son tan avanzados, ¿por qué no construyeron una pista mejor?
En el caso de la resurrección de Jesús, la demostración de la existencia de Dios tampoco probaría que un judío crucificado en el siglo I regresó a la vida. Pues, igualmente, quedarían muchos vacíos explicativos: ¿por qué Dios esperó tanto para hacernos llegar su revelación a través de la resurrección? ¿Por qué no hace un milagro más espectacular, como curar el SIDA o el cáncer? ¿Por qué no se manifestó en el senado romano o en China, y así aseguraba que su revelación llegara a más gente en el planeta?

sábado, 17 de agosto de 2013

Los house faggots (maricones de casa) chavistas



            La población esclava en el Sur de los EE.UU. en el siglo XIX era sustanciosa. Y, un motivo de tremenda angustia para los esclavistas blancos era que ocurriera lo que pasó en Haití durante el siglo XVIII: una sangrienta rebelión de esclavos que acabara con la vida de los amos blancos. Demográficamente, los esclavos sí podrían lograrlo.
 
            Frente a esto, desde muy temprano, los esclavistas blancos buscaron maneras de contener a los potenciales rebeldes, acudiendo al viejo método que tanto supieron explotar los romanos: divide et impera, divide y gobierna. Y, así, los esclavistas establecieron una distinción entre dos tipos de esclavos negros: el field nigger, el negro del campo, dedicado a los trabajos duros; y el house nigger, el negro de la casa, dedicado a las labores domésticas más agradables. Naturalmente, frente a este pequeño privilegio, el field nigger no tendría estímulo a arriesgar su relativa comodidad, para aliarse con los field niggers en una rebelión.
            Pero, pronto, la alienación del house nigger alcanzó proporciones monstruosas. Ya no sólo se sentía satisfecho con su posición, sino que además, sentía un genuino respecto y admiración por su amo blanco, y no lo pensaría dos veces antes de delatar a sus colegas esclavos si planificaban una rebelión. El house nigger se convirtió en el adulador por excelencia. Samuel L. Jackson interpreta magistralmente este tipo de personaje en Django.
            Hoy en EE.UU. se sigue empleando el término house nigger de forma metafórica, para referirse a aquellos intelectuales y capitalistas negros que se han convertido en aduladores del poder blanco, y a cambio, han recibido alguna pequeña cuota de poder. Muchos aparecen en FOX News criticando a la comunidad negra (aunque, por supuesto, vale agregar que muchas de las críticas contra la comunidad negra en EE.UU. tienen asidero). Y, así, el poder blanco busca legitimarse sosteniendo que, las críticas contra los negros proceden, no de blancos, sino de los propios negros sensatos.
            Pues bien, algo similar ocurre en Venezuela con los homosexuales. El gobierno de Chávez supuestamente se propuso combatir toda forma de opresión, y eso habría incluido la opresión contra los homosexuales. Pero, a la vez, los sucesores de Chávez (vale admitir que el Comandante fue más cuidadoso) han potenciado las actitudes homofóbicas como ningún otro gobierno lo había hecho en este país. Para escudarse frente a las críticas externas por su homofobia rimbombante, el chavismo acudió al mismo tipo de estrategia del poder blanco en EE.UU.: dar una pequeña cuota de poder a algunos grupos homosexuales que, mediante sus comunicados, trate de legitimar la homofobia chavista.
            Así, en Venezuela empiezan a prosperar los house faggots (maricones de casa), homosexuales que adulan a los homofóbicos, a cambio de una pequeñísima cuota de poder. Homofóbicos como Pedro Carreño alegan que el gobierno respeta la diversidad sexual, pero inmediatamente insulta con epítetos homfóbicos a sus opositores. Los maricones de casa chavistas, lo mismo que los house niggers norteamericanos, saltan a defender al opresor, no al oprimido, y se refugian en su preferencia sexual para intentar legitimar los abusos. Es, por ejemplo, la actitud enteramente reprochable del presidente de la “Fundación venezolana de apoyo a la diversidad sexual”, Luis Meneses, cuando enuncia en su twitter: “Pedro Carreño diputado valiente fuera los corruptos maricones de Primero Justicia”.
            De la misma forma en que el racismo en EE.UU. continuará mientras haya house niggers que sigan el juego, en Venezuela continuará la homofobia mientras haya maricones de casa que busquen legitimar las acciones tan repugnantes del gobierno. Si bien siempre hubo homofobia en este país, me parece que la creciente esfera de influencia militar ha potenciado aún más las actitudes homofóbicas en la población, ahora aunada al intento de legitimación por parte de los aduladores gays.

viernes, 16 de agosto de 2013

Reseña de "Did Jesus Exist?", de Bart Ehrman



           Después de la caída del Muro de Berlín, el ateísmo sufrió un bajón. Los abusos políticos de la URSS contra las instituciones religiosas le dieron al ateísmo un mal nombre. Veinte años después de aquellos sucesos, el ateísmo regresa con vigor entre los intelectuales. Y, muchos de los intelectuales ateos son cuidadosos de no cometer los errores del pasado, al presentar una versión bastante liberal (a diferencia de los soviéticos) del movimiento ateo.
            Pero, me temo que, en algunas esferas, se están cometiendo los mismos errores del pasado. En la URSS se negó la existencia de Jesús como personaje histórico, sin estudiar detalladamente el asunto. Y, hoy, nuevamente, un creciente número de ateos hace lo mismo. Me atrevo a especular que, en el fondo de todo esto, hay un error básico de razonamiento: puesto que los cristianos creen que Jesús es Dios, algunos ateos creen que, al negar la existencia de Jesús, niegan la existencia de Dios. No parecen caer en cuenta de que es perfectamente posible negar la existencia de Dios y afirmar la existencia de Jesús (en cuyo caso, por supuesto, Jesús no sería Dios).
            Bart Ehrman no tiene el mismo compromiso con el ateísmo que sí tienen figuras como Sam Harris o Richard Dawkins. Pero, por muchos años ha hecho una gran labor al desmontar la versión de la historia del cristianismo, según es narrada por los apologistas. Eso, no obstante, nunca ha conducido a Ehrman a negar la existencia de Jesús. Y, en este libro, Ehrman se propone enfrentar a aquellos que, con diversos grados de credenciales y seriedad (hay todo un espectro que va desde autores sensacionalistas hasta académicos serios), niegan la existencia de Jesús.
            Ehrman presenta en primer lugar los argumentos a favor de la existencia de Jesús. Hay fuentes no cristianas que mencionan a Jesús. No son exactamente contemporáneas de Jesús, pero se escribieron una generación después de su muerte. De ser veraces, estas fuentes serían relevantes, pues servirían como testimonio autónomo de su existencia (es decir, no vendría de gente que habría tenido una intención propagandística en inventar a Jesús como personaje).
            Plinio el joven, Suetonio y Tácito hacen referencias muy escuetas a Jesús. Éstas no nos dicen gran cosa, pues ninguno menciona haber sabido algo sobre Jesús, sólo dan testimonio brevemente de la existencia de cristianos una generación después. La mención por parte de  Josefo sí sería más significativa, pues Josefo fue un historiador judío que vivió en Palestina durante la generación posterior a Jesús, y su testimonio respecto a la existencia histórica de Jesús y sus más cercanos seguidores estaría más cercana al personaje original.
            Josefo hace dos menciones de Jesús. Como es sabido, hay fuerte sospecha de que la primera mención sea una interpolación por parte de algún copista cristiano posterior, pues se refiere a Jesús como algo más que un hombre, el mesías, y admite que resucitó como cumplimiento de las profecías. Es muy cuestionable que Josefo, un judío que nunca se convirtió al cristianismo, haya descrito a Jesús en esos términos.
            Ehrman admite que en ese texto hay interpolaciones, pero rechaza que la totalidad del pasaje sea un fraude. Sólo habrían sido interpolaciones las referencias a la resurrección y a Jesús como mesías, pero la llana mención de Jesús es aceptable. Yo no estoy tan seguro. Ehrman no explica satisfactoriamente por qué, antes de Eusebio en el siglo IV, ningún autor cristiano hace referencia a este pasaje de Josefo.
 
            En todo caso, hay una segunda referencia a Jesús en Josefo. Ehrman no la discute casi, y me parece que esto es una carencia en el libro. Si bien la segunda referencia no es tendenciosa, y sólo se limita a hablar de Santiago y de su hermano, un tal Jesús  que era llamado “Cristo”, sigue habiendo debate respecto a ella. Pues, existe la posibilidad de que, en el pasaje original, Josefo efectivamente habla de Santiago y Jesús como hermanos, pero que no se refiriera al Jesús que nos concierne (Jesús y Santiago eran nombres muy comunes en aquel contexto). En ese caso, el añadido de Josefo, según el cual, Jesús era llamado el “Cristo”, habría sido una interpolación posterior. Si un copista interpoló palabras en el primer pasaje, cabe sospechar que también lo pudo haber hecho en el segundo pasaje.   
            Sea como sea, sí coincido con Ehrman en que a la disputa por los pasajes de Josefo se le ha dado excesiva relevancia. Aun si fuese veraz, el testimonio de Josefo no es prueba contundente de que Jesús existió (pues no alega haber conocido directamente a Jesús); pero, igualmente, si el testimonio de Josefo es forjado, tampoco eso sería prueba de que Jesús no existió.
            Ehrman prefiere aceptar la existencia de Jesús, reposando sobre la evidencia de que varias tradiciones independientes así lo atestan. Ninguna de estas proceden de testigos oculares de la vida de Jesús, pero sí lo suficientemente cercanos como para poder confiar al menos en su testimonio respecto a la existencia del personaje. Los evangelios de Mateo y Lucas dependen del de Marcos, pero también dependen de fuentes autónomas que nutrieron cada uno de estos textos. Asimismo, dependen de la hipotética fuente Q. El evangelio de Juan es otra fuente autónoma. Si bien en los evangelios hay mucha fantasía, Ehrman detecta algunas características que hacen pensar que reposan sobre un personaje real. Por ejemplo, si bien fueron escritos en griego, en ocasiones hay frases en arameo, lo cual hace presumir que se remontan a un personaje que, en efecto, originalmente hablaba arameo.
            Con todo, quien afirma la existencia de Jesús debe enfrentar el problema de que Pablo, el autor más temprano del Nuevo Testamento, no dice gran cosa sobre la vida terrenal de Jesús, y lo presenta más en términos de un personaje mítico. Pablo no habla de las enseñanzas de Jesús, sus hazañas, sus milagros, su infancia, su familia, etc. En vista de estas carencias, su perfil de Jesús pareciera ser más el de una figura bajada del cielo, que el de un hombre que realmente caminó sobre la Tierra.
Ehrman ofrece varias respuestas. En primer lugar, sostiene Ehrman, los escritos de Pablo constan de correspondencia epistolar para tratar problemas muy específicos, y no cabe esperar que acá se mencionen detalles de la vida de Jesús. Es previsible que Pablo y su audiencia ya conocían los detalles, y en función de eso, no habría sido necesario reiterar lo que ya se conocía entre ellos. Este argumento me parece bastante solvente.
Además, agrega Ehrman, Pablo sí menciona algunas enseñanzas de Jesús. No las cita directamente, pero sí se hace eco de varias de ellas, como por ejemplo, su postura frente al divorcio. Acá yo no estoy tan convencido, pues es plausible que los evangelistas tomaran de Pablo sus enseñanzas, y las proyectaran sobre Jesús (y no al revés).
En todo caso, Ehrman añade que Pablo menciona otros detalles de la vida de Jesús, lo suficiente como para aceptar que sí creía en él como personaje histórico. Pablo menciona la crucifixión, nos dice que Jesús era descendiente de David, que tenía hermanos, que predicó a los judíos, que tuvo doce discípulos, que celebró la eucaristía, y que conoció al amigo más cercano de Jesús (Pedro), y a su propio hermano (Santiago). Todos estos detalles terrenales presumen la existencia de un personaje real.
Además, desde la época más temprana del cristianismo, hay mención de un tal Santiago como hermano de Jesús ¿Cómo explicar que un personaje inventado, como Jesús, tuvo un hermano del cual dan testimonio varias fuentes? Ehrman pasa reseña de algunas teorías que pretenden resolver este problema. Algunos autores han propuesto que Santiago no es un personaje real, sino más bien una representación de un colectivo, como Jacob (Israel) representa la nación de Israel. Otros han postulado que el título “hermano del Señor” en realidad se refiere a la pertenencia a una secta, no propiamente a una relación de parentesco. Y, aún otros postulan que la referencia a Santiago como “hermano” no denota un parentesco biológico real, sino un parentesco metafórico para expresar cercanía de ideas. Ehrman satisfactoriamente explica los problemas de cada una de estas teorías.
Luego Ehrman continúa con otros argumentos por los cuales él considera que Jesús sí existió. A juicio de Ehrman, el hecho de que el cristianismo presenta a un mesías crucificado es evidencia firme de que sí hubo un Jesús histórico. Los judíos tenían la expectativa de que el mesías fuese un caudillo militarista triunfante, no un criminal ejecutado de la forma más humillante. Si los primeros cristianos hubiesen deseado inventar una figura mesiánica, no habrían contado la historia de un hombre que murió crucificado; antes bien, habrían inventado a un personaje que cumple las profecías mesiánicas de las escrituras judías.
Ehrman advierte que Jesús no cumple las profecías mesiánicas del Antiguo testamento. Los cristianos, frente al fracaso de Jesús, trataron de buscar pasajes en las escrituras judías que hicieran referencia a un supuesto mesías humillado. Y, así, interpretaron las canciones del siervo sufriente del libro de Isaías, como supuesta confirmación de que Jesús cumplía las profecías mesiánicas. Pero, Ehrman es muy claro en señalar que esos pasajes no son referencias mesiánicas. De hecho, en el Antiguo testamento no hay ninguna figura mesiánica que sufra una humillación. Y, precisamente por eso, es muy probable que Jesús sí existió. Pues, si Jesús hubiese sido una figura inventada, para los primeros cristianos habría sido mucho más fácil crear un personaje que sí cumple las profecías mesiánicas. A mi juicio, éste es el argumento más contundente a favor de la existencia de Jesús, y me persuade lo suficiente como para afirmar categóricamente que Jesús sí existió.
Ehrman también se propone desmontar los argumentos tradicionales contra la existencia de Jesús. Quizás el más interesante sea aquel que alega que no hay ni evidencia arqueológica para la existencia de Nazaret en el siglo I, ni mención de ese pueblo por parte de los documentos judíos de la época, y que por ende, Jesús es un personaje mitológico. Ehrman postula que, en primer lugar, el hecho de que los judíos tenían expectativa de que el mesías procediese de Belén, hace la existencia de Nazaret y de Jesús muy probable, pues, ¿por qué inventarían una situación embarazosa? (es el mismo tipo de razonamiento respecto a la crucifixión). Si no hay rastros de Nazaret, quizás sea debido a que se habría tratado de una aldea muy pequeña e insignificante. Además, añade Ehrman, sí hay evidencia arqueológica de la existencia de Nazaret en el siglo I: recientemente se encontró una casa que se remonta a ese período en la zona de Nazaret. Y, en todo caso, que no exista Nazaret no implica que Jesús es un personaje inventado. Quizás Barack Obama no es de donde dice ser, pero no por ello no es un personaje real.
    Otros autores que niegan la existencia de Jesús apelan a la poca fiabilidad de los evangelios. Ehrman admite que, efectivamente, los evangelios son poco confiables, pero algo de confiabilidad queda en aquellas historias que pasan los criterios tradicionales en la metodología historiográfica (atestación en varias fuentes, plausibilidad con el contexto, ausencia de motivo propagandístico, etc.). Y, al aplicar estos criterios, podemos admitir que, detrás del ropaje legendario de los evangelios, hay un personaje real.
Ehrman también admite, por ejemplo, que en los evangelios hay mucha paráfrasis del Antiguo testamento, y que muchos de los episodios de la vida de Jesús están modelados sobre la vida de Moisés y Elías. Pero, de nuevo, no todas las historias son de esa naturaleza, y al final, sí queda una base de genuinidad histórica.
Un argumento muy común entre aquellos que niegan la existencia de Jesús consiste en señalar las semejanzas entre mitos mediterráneos (e incluso, de otras latitudes) sobre dioses que mueren y renacen (en buena medida como representación metafórica de los ciclos vegetativos), y Jesús. Supuestamente, hay cercanos paralelismos entre Jesús y figuras como Osiris, Adonis o Dionisio. Y, bajo esta teoría, Jesús habría sido la versión judía de este arquetipo, en cuyo caso, Jesús habría sido un personaje ficticio.
Ehrman, nuevamente, desmonta estos argumentos. En primer lugar, los paralelismos entre Jesús y esos dioses no son tan evidentes. Y, si acaso hay algunos escuetos paralelismos, eso a lo sumo sería evidencia de que algunos detalles de la vida de Jesús fueron modelados a partir de esos dioses mediterráneos, pero no que Jesús no existió.
Además, no es tan evidente que exista el arquetipo del dios que muere y renace, al menos no en el mismo sentido en que lo hace Jesús. Algunos de estos dioses mueren y van al inframundo (Osiris, Adonis), otros desaparecen sin morir y regresan, otros mueren y ascienden al cielo o algún lugar similar (Hércules), pero ninguno muere y regresa a una vida cotidiana con el cuerpo original, como es el caso de Jesús.
Y, muy importante también, Ehrman destaca que, en la creencia cristiana original, Jesús no era considerado un dios. Los evangelios sinópticos (los más tempranos) ciertamente no lo representan así. En ese caso, no puede equipararse a Jesús con los dioses mediterráneos que mueren y renacen, ¡precisamente porque Jesús no era un dios! Quizás este contraargumento de Ehrman no tenga tanto peso, pues recurriría a un truco semántico. Ciertamente en los evangelios más tempranos, Jesús nunca es llamado ‘Dios’, y nunca es atribuido con las características que el monoteísmo convencional reserva a Dios. Pero, Jesús sí tiene suficientes poderes como para pensar que es algo más que un humano (del mismo modo en que Hércules tampoco es llamado propiamente un ‘dios’, pero sus características sí lo acercan a ese concepto).
Ehrman también considera las teorías de G.A. Wells, según las cuales, sí habría habido un personaje histórico llamado Jesús, pero éste habría vivido un siglo antes de Pablo. Bajo esta teoría, Pablo habría construido a Jesús como un recurso literario, una personificación de la sabiduría, del mismo modo en que se hizo en algunos textos del Antiguo testamento (en especial, Proverbios). Ehrman admite que, en algún pasaje, Pablo habla de Jesús como la personificación de la sabiduría, pero no es suficiente como para sustentar las teorías de Wells. Pues, en el contexto en el que Pablo presenta a Jesús como la personificación de la sabiduría, lo hace para explicar por qué Jesús fue crucificado.
También es problemática la teoría de Wells, según la cual, en la invención de Pablo, Jesús se le apareció más de un siglo después de su muerte. Ehrman opina que, en aquel contexto apocalíptico, las apariciones habrían sido significativas sólo si hubiesen ocurrido inmediatamente después de la muerte del aparecido. En esto, no me parece que el argumento de Ehrman sea tan contundente. En el mundo católico, las apariciones marianas tienen una prominente dimensión apocalíptica, pero la persona que se aparece (la virgen María) habría vivido hace veinte siglos.
Ehrman también hace una revisión crítica de las teorías de Earl Doherty, según las cuales, Jesús fue crucificado en el cielo. Esto habría sido parte de una ideología platónica que, en detrimento del mundo terrenal, presenta los eventos como sucesos en una esfera celestial, y además, toda esta mitología habría formado parte de una religión mistérica.
Contra esto, Ehrman señala que no hay evidencia de que los judíos asimilaran las religiones mistéricas, y además, reitera que en I Tesalonicenses 2: 14-16 Pablo habla de la crucifixión de Cristo como un evento terrenal, en el cual los judíos tuvieron participación. Nada de esto es conciliable con la idea de que Cristo fue crucificado en el cielo. Wells y Doherty han sugerido que esos pasajes en I Tesalonicenses son interpolaciones, pero Ehrman ve esto como un recurso desesperado (una hipótesis ad hoc) por ajustar su teoría: invocar como interpolaciones aquellos pasajes que no encajen con las teorías preconcebidas. En los manuscritos más antiguos del Nuevo testamento, está presenta esa cita de I Tesalonicenses, de forma tal que no hay motivo suficiente para suponer que se trata de una interpolación.
 Después de acumular argumentos a favor de la existencia de Jesús, Ehrman dedica los últimos capítulos del libro a presentar una reconstrucción muy breve de la vida de Jesús. Si bien Ehrman acepta la existencia de Jesús como personaje real, está dispuesto a admitir que muchas historias en los evangelios son ficticias. El retrato que Ehrman hace de Jesús es el de un predicador apocalíptico que sí se creía el mesías (pero no el ‘Hijo del hombre’) en espera de la llegada del reino de Dios. Ehrman ofrece varios argumentos para respaldar este retrato, pero enfatiza dos: 1) los textos seguramente más antiguos en los evangelios tienen una firme prédica apocalíptica; 2) el maestro de Jesús, Juan el Bautista, fue un predicador apocalíptico, y sus propios discípulos también, en vista de lo cual, es presumible que Jesús tenía él mismo la expectativa del inminente fin del mundo.
Así, el libro de Ehrman resulta muy solvente, y al final, ofrece una recomendación muy similar a la que yo he hecho al inicio de esta reseña: no conviene confundir la cuestión histórica de si Jesús existió o no, con la cuestión metafísica de si Dios existe o no. Se puede ser ateo y aceptar la existencia histórica de Jesús.