domingo, 7 de abril de 2013

Maduro, Capriles y las dos Coreas




Opino que Roberto Weil ha superado al maestro Pedro León Zapata en talento y agudeza en comentarios políticos en el arte de la caricatura. No me gustó que, en alguna ocasión, Weil sugirió que si los chavistas le ofrecían suficiente dinero, el podría pasarse de bando y poner su pluma al servicio del socialismo del siglo XXI. Pero, supongo que todos en algún momento hemos rendido culto a Mammón, y no estoy libre de pecados como para atreverme a lanzar la primera piedra contra Weil.
 

       Recientemente, Weil publicó esta elocuente caricatura. En un debate (para el cual, valga agregar, Maduro cobardemente ha declinado la invitación de Capriles), Maduro defiende los valores de Corea del Norte, Capriles defiende los valores de Corea del Sur.
            Hay, por supuesto, mucha exageración en todo esto. Comparar a la Venezuela de Chávez con la Corea de Kim Il Sung es un despropósito. Antes de atreverse a establecer comparaciones de este tipo, es necesario documentarse mejor sobre la dantesca situación que se vive en Corea del Norte. En Venezuela no hay campos de concentración con niños esclavizados. En Venezuela no hay impedimentos formales para que un ciudadano común viaje de una región a otra. En Venezuela no ha habido hambrunas. En Venezuela no hay un gasto brutalmente desproporcionado del presupuesto nacional en armamento nuclear. En Venezuela no hay el aislamiento internacional tan atroz que promueve la brutal filosofía norcoreana juche.
            Pero, con todo, sigue siendo motivo de vergüenza que ni Chávez ni Maduro hubieran condenado las terribles condiciones de opresión en Corea del Norte, o ni siquiera hayan protestado por las pruebas subterráneas de armamento nuclear emprendidas por ese país.
            Quizás pueda haber algún paralelismo entre el culto a la personalidad de Kim Il Sung, y el creciente culto a la personalidad de Hugo Chávez, especialmente tras su muerte, y el uso tan rastrero que Maduro hace de eso para lanzar su campaña electoral. Pero, nuevamente, un examen más detallado del asunto, obliga a admitir que el culto a Kim Il Sung es muchísimo más atroz que la apenas naciente religión civil bolivariana-chavista. Hasta ahora, por ejemplo, nadie cree que Hugo Chávez tuvo el poder para controlar el clima, cuestión que los norcoreanos sí llegaron a creer de Kim Il Sung.
 

            Pero, deseo dirigir la atención a un aspecto del sistema norcoreano que sí está cobrando fuerza en la ideología chavista. Se trata del sistema songbun. Cuando Kim Il Sung asumió el poder, estableció un sistema de castas tripartito. Aquellos campesinos que lucharon junto a él contra los japoneses y contra los surcoreanos, fueron agrupados en una casta superior. Aquellos que habían sido terratenientes, o profesaban el cristianismo, o eran sospechosos de haber tenido vínculos o simpatías con los japoneses o surcoreanos, fueron agrupados en la casta inferior. Una casta intermedia estaba compuesta por aquellos individuos de reputación dudosa.
            Desde entonces, el gobierno lleva un registro detallado de la casta de pertenencia de cada ciudadano norcoreano. Su casta determinará su lugar en la sociedad, y a cuáles beneficios tendrá acceso. Pyonyang está habitada casi en su totalidad por miembros de la casta superior, quienes tienen acceso a las mejores viviendas, hospitales y educación, y ocupan las posiciones burocráticas en el inmenso aparato estatal norcoreano. La casta inferior está condenada a vivir en el campo en condiciones patéticas, y los infames campos de concentración están casi en su totalidad compuestos por miembros de esa casta.
            Estos grupos sociales son ‘castas’, y no ‘clases’ sociales. Los sociólogos nos recuerdan que las ‘castas’ son grupos con estatus adscrito, a saber, una persona nace en una casta, y no tiene posibilidad de salir de ella, a diferencia de la clase social. En Corea del Norte, el sistema songbun postula que, dependiendo de quiénes fueron los ancestros de una persona, esa persona recibirá una ubicación específica en el sistema social. Así, si el abuelo de un joven fue simpatizante de los japoneses hace más de seis décadas, ese joven hoy está condenado a ser un campesino en condiciones paupérrimas, excluido de los escasos beneficios que puede ofrecer el Estado norcoreano. Y, persiste en Corea del Norte una ley de castigo a tres generaciones: no sólo el criminal (en realidad, muchos son meros disidentes políticos) es castigado, sino también sus descendientes por tres generaciones. Eso explica por qué hay niños en los campos de concentración.
            Este sistema de exclusión tiene alguna resonancia con la Venezuela que construyó Chávez. Pero, al menos Chávez trató de mantener un principio de responsabilidad individual en esta exclusión. La infame lista Tascón sólo castigó a la persona que firmó; nunca se pretendió excluir a los familiares de quienes firmaron. Y, en honor a la verdad, Chávez rara vez juzgó o criticó a sus adversarios por su procedencia familiar.
            Pero, los seguidores de Chávez sí tienen más inclinación a culpar a alguien por lo que un familiar haya hecho. Leopoldo López es acusado por los supuestos casos de corrupción de su madre, en los cuales él nunca tuvo nada que ver. Y, esto se está intensificando con Maduro. Su principal ataque ad hominem contra Capriles es que tiene apellido extranjero aristócrata, y según parece, los descendientes de aquellos que tuvieron propiedades, no pueden participar en funciones gubernamentales. Es una versión criolla y light del songbun norcoreano.
            Corea del Norte es, como lo fueron casi todos los sistemas comunistas del siglo XX, un país impregnado de ideología colectivista. El individuo no tiene valor. Y, así, los méritos individuales no cuentan. Una persona es juzgada no por lo que ella haya hecho, sino por lo que su grupo familiar hizo. En Corea del Sur, en cambio, el individualismo tiene mucha más aceptación. Se aceptan los méritos individuales, independientemente del grupo familiar. Y, existe la idea de que el individuo cuenta con un mínimo de libertades que no pueden ser violentadas bajo la excusa de favorecer al colectivo.
            Esta diferencia fundamental no sólo se refleja entre las dos Coreas, sino en los proyectos de Maduro y Capriles. El primero, mucho más avocado al ideal colectivista que presta poca atención a los méritos individuales y está dispuesto a sacrificar libertades para complacer al colectivo; el segundo, más avocado al ideal individualista de la tradición liberal, que busca respetar las libertades elementales, y que estima que, en el respeto de esas libertades, la armonía natural de intereses contribuirá al interés colectivo.
 

sábado, 6 de abril de 2013

Emilio, Laureano, las razas y el racismo



            En un acto de mucha audacia estratégica, un grupo de artistas nacionales se conglomeró en Caracas para ofrecer su apoyo a Henrique Capriles. Creo que fue un muy importante gesto, y si bien sigo pensando que Capriles será derrotado en las venideras elecciones, me parece que el acto en cuestión contribuirá a un ascenso significativo en las encuestas para Capriles.
            Probablemente la parte más interesante de ese acto fue el sainete humorístico protagonizado por Emilio Lovera y Laureano Márquez, una pareja que colabora desde hace décadas. Márquez representó a Francisco de Miranda, y Lovera, a un estudiante que hace preguntas sobre la historia de Venezuela.

 

            Previsiblemente, los chavistas se sintieron ofendidos porque osaron incorporar una faceta humorística a la representación teatral de Francisco de Miranda. Es tal la dimensión de la religión civil bolivariana en Venezuela, que una mínima referencia humorística a un prócer genera una reacción histérica no muy disimilar del arrebato de ira que produjeron en el mundo musulmán las caricaturas danesas de Mahoma, o Los versos satánicos de Salman Rushdie.
La mayor parte del chavismo ha perdido la capacidad para el sano sentido del humor. Chávez llegó al poder en 1998, y hacia 2002, las parodias de su figura en programas humorísticos habían desaparecido bajo la forma de autocensura. El desdén por el humor político entre los chavistas revela sus inclinaciones autoritarias, pues como siempre se ha sabido, la tolerancia al humor político es un buen indicador del estado de salud democrática de un país. Venezuela no está muy bien en esto.
Pero, con todo, creo que el sainete de Emilio y Laureano es objetable. Laureano, en su papel de Miranda, hace un recuento de la opresión social en la colonia venezolana. Miranda señala las categorías raciales que se empleaban en la sociedad colonial (no muy distintas del apartheid sudafricano), y la terrible exclusión social que eso traía consigo. El personaje de Emilio, para entender la lección, empieza a preguntar a Miranda cómo se ubicarían en esas categorías, varios personajes contemporáneos de la política y el entretenimiento en Venezuela. Coquito sería “negro”, Claudio Fermín sería “pardo”, Capriles sería “blanco de orilla”, etc.
El sainete es aparentemente inocente, pues pareciera promover la armonía racial. Pero, desde hace tiempo, defiendo la idea de que la mejor forma de vencer al racismo es ignorar a las razas. Y, mientras se siga dedicando atención a las razas, aun si es de forma aparentemente inocente, habrá material para el racismo. Sin concebir la existencia de las razas, no hay oportunidad para que existencia del racismo. La raza es una construcción social sin correspondencia en la realidad biológica de los seres humanos. Por ello, debemos ignorarla. Presumiblemente, Emilio y Laureano quisieron burlarse de las categorías raciales del pasado colonial, y lo hicieron de buena fe. Pero, al aplicarlas a los personajes contemporáneos, están oxigenando una forma totalmente arbitraria de segmentar a la humanidad.

 


En la década de los años sesenta, Martin Luther King luchó para que la sociedad norteamericana fuese ‘daltónica’, color-blind. Su célebre discurso, “Tengo un sueño”, imploraba el día en el cual no se dedicase atención al color de piel de la gente. Lamentablemente, la mayor parte del liderazgo afro-americano de EE.UU. ha traicionado el legado de King, pues ahora, mucho más que antes, los mismos afro-americanos desean continuar la conciencia racial en EE.UU. Las estadísticas muestran que, hoy en EE.UU., los que se consideran “negros”, dan más importancia al color de piel de la gente, que los que se consideran “blancos”. Esta actitud promovida por el mismo liderazgo afro-americano, en vez de hacer disipar el racismo, lo potencia.
Emilio y Laureano, por supuesto, no son los únicos en incurrir en este error. Toda aquella institución que dedique atención a quién es negro y quién es blanco termina haciendo lo mismo. Por este mismo motivo me opuse a que se preguntara en el censo venezolano por la raza de los venezolanos. Preguntar cuál es la raza de alguien es darle continuidad a este concepto inventado. Es el mismo motivo por el cual me opongo a los estudios universitarios que enaltecen la ‘negritud’ (el movimiento auspiciado por Aimé Cesaire y Leopold Senghar), o cualquier otra segmentación de la humanidad en función de atributos biológicos arbitrarios, como el color de piel.
Me parece que la ideología más sana es aquella promovida por el Estado francés. Fiel a su tradición laica republicana, Francia no pregunta la raza de sus ciudadanos en su censo. La revolución francesa adelantó una concepción universal del hombre, en la cual el color de piel fuese irrelevante. Ciertamente esto podrá ser, hasta ahora, una mera aspiración ideológica. Pues, como dolorosamente descubrió Frantz Fanon (quien en un principio era entusiasta de esta ideología universalista), el ciudadano común francés seguía prestando atención al color de piel de la gente, aun si el Estado decía otra cosa. Pero, precisamente, en la medida en que el Estado y los líderes de una sociedad tomen la batuta e ignoren las diferencias raciales, las masas eventualmente dejarán de dedicarle atención, y viviremos en una sociedad como la soñada por Martin Luther King, aquella en la cual las diferencias de color de piel pasen desapercibidas. 

viernes, 5 de abril de 2013

El desnalgue de Los Juanes y la moral



            ‘Desnalgue’ es la palabra criolla que habitualmente se emplea, de forma ofensiva, para referirse a una orgía pública. Recientemente, hubo un espectáculo de ese tipo a las orillas del islote de Los Juanes, en Venezuela. Un hombre copuló (en realidad, no parecía estar erecto) con una mujer frente a una audiencia frenética. Miembros de la audiencia grabaron un video del espectáculo, el video fue difundido, y ahora la Guardia Nacional busca a los partícipes para imputarlos.
 

            Ciertamente, esta conducta está tipificada como un delito en el Código Penal venezolano vigente. Pero, invita a una reflexión crítica. El liberalismo, la postura filosófica desde la cual escribo, es crítico de los llamados “crímenes sin víctima”. El Estado sólo debe intervenir con su coerción si los derechos de alguien han sido vulnerados; en otras palabras, una acción es criminal sólo si hay víctimas. Actos entre adultos que dan consentimiento no deberían ser prohibidos. Es por ello que los liberales nos oponemos a las leyes contra la homosexualidad, la prostitución o el tráfico de drogas. Cabe acá el célebre principio de John Stuart Mill: sólo deben prohibirse aquellas acciones que perjudiquen a los demás.
            En el ‘desnalgue’ en cuestión, los copulantes dieron su consentimiento, y la audiencia estaba fascinada (de hecho, alentaron a los protagonistas). Pero, ocurrió en un espacio público, y quizás hubo alguien que no deseó ver ese espectáculo; en ese caso, su derecho a no presenciar este tipo de espectáculos ha sido vulnerado. Con todo, precisamente el hecho de que ocurrió en un islote alejado de las costas, es elemento de peso para suponer que, quien acude a ese lugar tan remoto (ni siquiera tiene tierra firme), sabe qué esperar. Michel Foucault, por ejemplo, se retiraba al desierto de Nevada a orgías a cielo abierto. El desierto es técnicamente un lugar público, pero precisamente, el hecho de que sea tan remoto, hace plausible pensar que, quien acude, sabe qué esperar.
Algunos alegan que, en Los Juanes, hubo niños que presenciaron el espectáculo (no son visibles en el video). En ese caso, John Stuart Mill habría dado justificación para intervenir, pues los niños no tienen capacidad para elegir ver ese espectáculo, y supuestamente, el observar escenas de sexo tiene un efecto perjudicial sobre los niños. Pero, con todo, quisiera retar esta concepción: algunos sexólogos (la minoría, en realidad), sostienen que la observación de escenas de sexo sin violencia y dominación (eso excluye a buena parte de la pornografía) no es necesariamente perjudicial. En muchas sociedades tribales hay sexo frente a los niños, y no se evidencia un daño psicológico. Y, además, es común que, en las visitas a los zoológicos, veamos a chimpancés copular, y de nuevo, ningún niño ha sufrido daños psicológicos por contemplar estas escenas. ¿Por qué sí ha de causar daño contemplar una escena de copulación entre miembros de una especie que apenas tiene dos por ciento de divergencia genética con los chimpancés? Yo, como medida de cautela, no practico el sexo frente a mi hija pequeña, pero me parece que es un tema abierto a debate.
El sexo en público siempre ha generado angustias intelectuales. Pues, si bien pocos están dispuestos a admitir su moralidad, al mismo tiempo pocos saben precisar dónde está exactamente el daño. Y, esto es especialmente latente en la izquierda.
A inicios del siglo XX, la autora soviética Alexandra Kollontai defendió la idea de que el pudor ante el sexo debe ser sobrepuesto por la revolución. La moral burguesa, heredera de los tiempos victorianos, es mojigata e hipócrita. Una sexualidad verdaderamente libre debería ser tan natural como tomarse un vaso de agua (en realidad Kollontai no empleó estas palabras exactas, pero con frecuencia se le atribuyen). De esa manera, así como no nos escandalizamos por ver en la calla a alguien tomar un vaso de agua, tampoco deberíamos escandalizarnos por ver en un parque público a una pareja copular. Kollontai, presumo, no estaría de acuerdo en que los muchachos de Los Juanes deben ser detenidos.
 


Así pues, especialmente durante la década de los veinte del siglo XX, buena parte de la izquierda promovió una liberación sexual que llegó a materializarse en promiscuidad y desnudez pública. Se asumía que el capitalismo estaba podrido por una hipócrita moral burguesa, y que la verdadera liberación tendría que ser acompañada por la sexualidad sin complejos.
Pero entonces, algunas décadas después, ocurrió algo inesperado. Los mismos países capitalistas se impregnaron de esta liberación sexual. Surgieron comunas de hippies en el seno de los EE.UU. que practicaban el amor libre, la desnudez pública, etc. Parecía que el sueño de Kollontai se cumpliría. Frente a esto, desde la misma izquierda se dio un nuevo giro. Hebert Marcuse, un gurú de la llamada ‘nueva izquierda’, sostuvo la hipótesis de que en el capitalismo ocurre una “resublimación represiva”. A juicio de Marcuse, la supuesta liberación sexual en el seno de los países capitalistas no es tal. En realidad, es una forma de seguir manteniendo control y represión sobre las masas, dando la apariencia de libertad.
Marcuse postulaba que, mediante la masificación de imágenes sexuales, el capitalismo despoja de erotismo al acto sexual, pues lo convierte en una mercancía más. Y, de esa forma, la promoción del sexo sigue siendo una estrategia de control. Pues, sirve de anzuelo: las masas creen que asisten a una liberación, pero en realidad, muerden la carnada y quedan atrapados en un aparato de control que, al mercantilizar la sexualidad, sigue reprimiendo el potencial erótico de la especie humana. Presumo que Marcuse opinaría que el ‘desnalgue’ de Los Juanes es en realidad una operación encubierta del capitalismo para seguir oprimiendo a los trabajadores.
La hipótesis de Marcuse ciertamente es ingeniosa y considerable, pero como suele ocurrir con los postulados de la izquierda, tiene un tufo de teoría de la conspiración. Marcuse pareciera postular que unos genios malvados han cínicamente diseñado la supuesta liberación sexual, para oprimir aún más. Y, además, bajo la hipótesis de Marcuse, los muchachos de Los Juanes no practican el sexo sin complejos, sino que en realidad son reprimidos.
Creo que un poco de sentido común sería más bienvenido acá. No podemos llamar ‘represión’ a una fiesta donde todos disfrutan y hacen lo que sencillamente el resto de la gente no se atreve a hacer. Podemos discutir si las acciones de Los Juanes son o no inmorales, pero decir que ese espectáculo es represivo resulta demasiado extraño.
Mucho más que Kollontai o Marcuse, me parece que la mejor aproximación intelectual al espectáculo de Los Juanes procedería del sociólogo Norbert Elias. A Elias le interesaba cómo se construye una civilización. Y, así, exploró aquello que él llamó el ‘proceso civilizatorio’, a saber, el conjunto de instituciones necesarias para que un colectivo humano alcance niveles óptimos de prosperidad, seguridad, etc. Presumo que Elias estaría de acuerdo en que, psicológicamente, es cuestionable que el contemplar una escena de sexo público sea perjudicial, incluso para los niños. Pero, Elias considera que, sociológicamente, sí es problemático. Pues, para vivir aptamente en sociedad, debemos renunciar a algunos instintos en la esfera pública. La civilización en buena medida se construye separando la esfera pública de la privada, y eso implica que muchos gestos y funciones fisiológicas deben ser relegadas a lo privado, como cortesía a los demás.
Elias dedicó especial atención a los modales en la mesa. ¿Es inmoral sacarse los mocos mientras se come, o limpiarse los dientes con un cuchillo al terminar de cenar? Estrictamente no, pero el decoro sugeriría que estos actos deben hacerse en privado. Es una forma de manifestar cortesía a los demás, y con eso, cimentar los lazos interpersonales que constituyen la sociedad.
Presumo que Elias sostendría que los muchachos de Los Juanes han violado las más elementales normas de la cortesía. No sé si Elias opinaría que el Estado deba castigar a quienes violen estas normas (ciertamente estaríamos en un Estado totalitario si la policía apresa a quien eructe en la mesa), pero al menos, una sanción moral sí merecen. Y, en mi caso, optaría por balancear la necesidad del proceso civilizatorio de Norbert Elias, con el principio del perjuicio, según John Stuart Mill: no creo que deban existir leyes que prohíban actos sexuales públicos en lugares remotos, pero creo que en el ámbito de la moral, son cuestionables.
 

lunes, 1 de abril de 2013

Corea del Norte, la bomba y la guerra justa



            La reciente escalada de tensiones entre las dos Coreas ha traído nuevamente a la palestra las implicaciones morales del armamentismo nuclear. Hay fundamentalmente tres posturas éticas en torno a la guerra. La primera, el pacifismo, postula que nunca es moral participar en una guerra. La segunda, la doctrina de la guerra justa, postula que si se dan algunas circunstancias, entonces sí es moral entrar en una contienda armada. Y, la tercera, el realismo, postula que la moral sencillamente no aplica a la guerra.

 

            Yo me inclino por la segunda opción, a saber, la doctrina de la guerra justa. Esta doctrina postula que una acción armada tiene justificación sólo si está guiada por una causa justa, fundamentalmente la defensa propia. Pero, si un aliado es agredido injustamente, hay justificación moral para acudir en su defensa. Así, si Corea del Norte agrede a Corea del Sur o Japón, EE.UU. tendría justificación para intervenir a favor de sus aliados.
            Ahora bien, la doctrina de la guerra justa también estipula que, en las acciones militares, debe prevalecer un criterio de discriminación entre combatientes y civiles. Acciones como el bombardeo a Dresden, Hiroshima o Nagasaki no son aceptados por la doctrina de la guerra justa, pues fueron acciones deliberadas contra poblaciones civiles. La doctrina de la guerra justa permite bajas civiles, siempre y cuando sean daño colateral y proporcionado de objetivos militares, y nunca objetivos directos.
            Este requisito se complica con el armamento nuclear. Las armas nucleares tienen un inmenso poder destructivo. En función de eso, muchos teóricos de la guerra justa postulan que nunca está justificado emplearlas. Otros, no obstante, postulan que sí se pueden usar armas nucleares, siempre y cuando no estén dirigidas a poblaciones civiles. El filósofo Paul Ramsey, por ejemplo, opinaba que sería permitido usar armas nucleares para atacar instalaciones militares del enemigo, pero de nuevo, no estaría permitido usarlas contra poblaciones civiles. Esta postura resulta un poco ingenua, pues es previsible que ningún ataque nuclear respetaría el criterio de proporcionalidad; las bajas colaterales serían demasiado numerosas, aun si el objeto del ataque no es propiamente una población civil.
            Ahora bien, ¿cómo responder frente a un ataque nuclear contra poblaciones civiles? Si, supongamos, Corea del Norte lanza un misil nuclear contra Tokio o Seúl, ¿cuál debería ser la reacción de EE.UU.? En rigor, EE.UU. no tendría justificación para retribuir con un ataque nuclear contra Pyongyang, pues vale insistir, la doctrina de la guerra justa prohíbe ataques indiscriminados contra poblaciones civiles. Pero, esta respuesta parece demasiado ingenua. Pues, si no hay retribución nuclear contra civiles, Corea del Norte seguramente atacará aún otra ciudad surcoreana o japonesa. Si EE.UU. se limita a atacar objetivos estrictamente militares, Corea del Norte sacará provecho de eso, y volverá a atacar con armamento nuclear a los civiles surcoreanos y japoneses.
            Con esto, regresamos a un viejo debate en filosofía, aquel entre deontologistas y consecuencialistas. Los deontologistas postulan que hay acciones intrínsecamente inmorales, como por ejemplo, atacar deliberadamente a civiles. Los consecuencialistas, en cambio, postulan que es menester calcular las consecuencias de las acciones, a fin de juzgarlas moralmente. Si EE.UU. retribuye con un ataque nuclear a poblaciones civiles norcoreanas, Corea del Norte no osará volver a atacar (quedará disuadida frente a tanta destrucción). En cambio, si EE.UU. se propone cumplir intrínsecamente las reglas de la guerra justa, permitirá que Corea del Norte vuelva a atacar civiles varias veces con armamento nuclear (en tanto EE.UU. no retribuiría, no habría disuasión para frenar a los norcoreanos), y el daño será mucho mayor.
            Este debate sigue sin resolverse. Michael Walzer, uno de los más elocuentes exponentes de la doctrina de la guerra justa, considera que en situaciones de “emergencia suprema”, las reglas morales de la guerra pueden suspenderse, siempre y cuando tengan el objetivo de ahorrar sufrimientos futuros. Walzer advierte, no obstante, que esta suspensión de las reglas de la guerra sólo puede invocarse en situaciones críticas, frente a una amenaza brutal. Walzer tenía en mente la amenaza nazi, y por ello, justificó el bombardeo de civiles alemanes durante las fases iniciales de la Segunda Guerra Mundial, como medida desesperada de Inglaterra para contener a los nazis. Bajo esta línea argumentativa, para evitar más ataques nucleares norcoreanos, sería necesario suspender la prohibición de atacar civiles, y se procedería a atacar ciudades norcoreanas con armamento nuclear. Con todo, hay teóricos que postulan que la justicia debe prevalecer aun si caen los cielos, y nunca se debe lanzar un ataque nuclear, sin importar si se ha sido víctima de ataques nucleares.
            Supongamos, por ahora, que los deontologistas tienen razón, y que nunca está permitido emplear armas nucleares. Pero, ¿estaría al menos permitida la amenaza? EE.UU. ha amenazado a Corea del Norte: si usa armas nucleares contra Corea del Sur o Japón, habrá retribución con armamento nuclear. En opinión de muchos historiadores, las mutuas amenazas entre EE.UU. y la URSS durante la Guerra Fría, permitieron efectivamente el balance y el mantenimiento de una tensa calma entre ambas potencias. Si una parte dejaba de amenazar, la otra tendría el camino libre para atacar. Así pues, quizás un deontologista podría postular que el uso de las armas nucleares es inmoral, pero amenazar con usarlas no lo es.
            Paul Ramsey estaba en desacuerdo. A su juicio, amenazar con cometer un acto inmoral aun sin consumarlo, sigue siendo inmoral. Aun si un ladrón no llega a robar un banco, la planificación de su delito sigue siendo moralmente objetable. Pero, de nuevo, la postura de Ramsey tiene aires de ingenuidad. Todo pareciera indicar que, si no se amenaza a un enemigo con potencial nuclear, éste se verá mucho más libre para atacar con armas nucleares. Si EE.UU. dejaba de amenazar a la URSS con armas nucleares, habría probabilidades de que la URSS atacara, o viceversa.
            El peligro, no obstante, está en que la mera amenaza no es suficiente. Llegado el momento crítico, el enemigo buscará poner a prueba la amenaza. EE.UU. ha amenazado a Corea del Norte con retribuir, en caso de que los norcoreanos ataquen con misiles nucleares a Corea del Sur o Japón. Pero, si consumado el ataque norcoreano, EE.UU. no cumple su amenaza, Corea del Norte comprenderá que EE.UU. no es más que un gran bluf, un tigre de papel que tomó todos los pasos para lanzar un ataque nuclear, pero que no tiene la osadía de completarlo. Con este descubrimiento, Corea del Norte seguiría atacando con misiles nucleares, pues comprendería que las amenazas nucleares de los norteamericanos son vacías.

 

            El mundo necesita urgentemente de un desarme nuclear multilateral (coincido en que es hipócrita oponerse al armamento nuclear iraní o norcoreano, pero no oponerse al israelí o norteamericano, a pesar de que a diferencia de los segundos, los primeros han dado señales explícitas de desear utilizar armas nucleares sin ser agredidos previamente), y no hay forma fácil de lograrlo. Pero, me temo que, por el momento, sigue siendo necesario amenazar con retribuir, y en caso de que haya un ataque nuclear norcoreano, consumar la amenaza de retribución.