domingo, 5 de febrero de 2012

Las siliconas no son tan malignas

El reciente escándalo generado por el hallazgo de que las prótesis mamarias manufacturadas por la compañía francesa PIP generan cáncer, ha colocado nuevamente en evidencia la enorme ambivalencia que la sociedad industrial siente por los senos. La opinión pública suele hacerse eco del moralismo representado por el novelista colombiano Gustavo Bolívar en su obra Sin tetas no hay paraíso, una tragedia moralizante sobre una muchacha obsesionada con aumentar sus senos, la cual, como es de esperar, no tiene un final feliz.

Pero, a la par de que nos rasgamos las vestiduras en contra de los implantes de senos, cada vez crece el número de intervenciones quirúrgicas. Nadie se atreve a defender moralmente los implantes mamarios, pero muchísima gente prefiere que la presentadora de las noticias en la televisión tenga los senos operados.

Defender la moralidad de los implantes mamarios es una empresa casi del mismo calibre que defender la moralidad del cigarrillo. Como los implantes mamarios, el cigarrillo parece a todas luces perjudicial, y por más que el número de fumadores aumente, eso no lo hace más moralmente defendible. Pero, a raíz del reciente escándalo de las prótesis defectuosas, los implantes mamarios han sido satanizados más allá de lo razonable. Por ello, no propongo reivindicar moralmente a los implantes, pero sí propongo analizar el asunto con una lupa más racional, con la finalidad de ser un poco más justos.

La gran objeción a los implantes mamarios es su carácter escandalosamente vanidoso. Los bosques se están deforestando, hay niños en África muriendo de hambre, la delincuencia aumenta en América Latina, pero nada de eso nos interesa tanto como un par de tetas bien puestas. Todo el dinero que circula en la industria de la cirugía estética podría perfectamente emplearse para solventar los verdaderos problemas del mundo.

La crítica a la vanidad, y en especial a la preocupación por la belleza corporal, no es reciente. Ya el libro bíblico de Eclesiastés tiene una gran fijación con ese tema, y hay alguna antigua leyenda judía que sataniza a los cosméticos: según se narra, el demonio Azazel fue el culpable de introducir los cosméticos a las mujeres.

Pero, así como ha habido moralistas rigurosos que desprecian la vanidad, ha habido otros moralistas que más bien la aplauden, pues estiman que es necesaria para el bienestar de la humanidad. En el siglo XVIII, el filósofo Bernard Mandeville opinaba en un polémico poema, La fábula de las abejas, que los vicios privados (como la vanidad), pueden convertirse en virtudes públicas. Si todas las abejas trabajan para satisfacer sus deseos individuales, a la larga, la sociedad de las abejas saldrá beneficiada, pues la vanidad estimulará el trabajo de las abejas.

Un vanidoso hedonista como Voltaire supo aprovechar este argumento. Su poema, El mundano, es una reflexión sobre los placeres del mundo. Allí donde plenitud de religiones e ideologías sociales enfatizan el ascetismo, Voltaire glorificaba el buen vivir y el consumo. En una célebre frase del poema, Voltaire advertía que lo superfluo es necesario.

Si bien Voltaire no desarrolló su argumento, no es difícil expandirlo. La vanidad es necesaria porque sirve de estímulo a la producción económica que, a la larga, generará el excedente de riqueza que servirá para satisfacer las necesidades de la humanidad. En la época de Voltaire, un grupo de economistas, los llamados ‘fisiócratas’, opinaban que la riqueza de un país está en su producción agrícola. Todo lo demás (y, por supuesto, esto incluye los implantes mamarios), es un desgaste. Los defensores de la vanidad, en cambio, sostienen que, para poder alcanzar riqueza plena, es necesario dedicarse a otras actividades comerciales e industriales, que si bien no están dirigidas a satisfacer las necesidades básicas, sirven como activación del aparato económico, y a la larga, esto sí propiciará la satisfacción de las necesidades básicas.

De hecho, en el siglo XX, el modelo económico que sirvió para salir de la crisis económica mundial, inspirado en las teorías de J.M. Keynes, básicamente consistía en activar la economía mediante actividades que no estaban dirigidas exclusivamente a satisfacer las necesidades elementales. Una imagen (quizás demasiado simplista, pero apta para nuestro propósito ilustrativo) recapitula bastante bien la propuesta keynesiana: para salir del atolladero económico, a veces es necesario crear un hueco en la carretera, e inmediatamente buscar taparlo. Un acto aparentemente destructivo como ése, en realidad servirá para activar la economía.

Quizás los implantes mamarios sean parte de ese mecanismo vanidoso que sirve para la activación de la economía. Detrás de cada prótesis hay miles de empleos que, a la vez, abren oportunidades económicas para eventualmente satisfacer las necesidades de los niños hambrientos del África. Como decía Voltaire, la vanidad es necesaria, en buena medida porque, irónicamente, no sólo sirve para satisfacer deseos escandalosos. No propongo que concedamos el Nóbel de la Paz a Pamela Anderson por sus enormes tetas, pero sí propongo que, junto a Mandeville, consideremos que, en ocasiones, los vicios privados pueden convertirse en virtudes públicas.

Pero, mi defensa parcial de los implantes mamarios es más psicológica que económica. Cada vez hay más indicios de que buena parte de nuestra conducta está condicionada por nuestros genes, y la selección de estos genes estuvo a su vez condicionada por las circunstancias bajo las cuales vivieron nuestros ancestros en la sabana africana.

El gusto por los senos grandes, y el poder de éstos para manipular las emociones de tanta gente, no es un mero invento de la sociedad de consumo que estimula la vanidad mediante la publicidad. Todas las épocas y todos los contextos culturales han favorecido los senos grandes; la singularidad de nuestra sociedad consiste sólo en potenciarlos mediante la tecnología, y ofrecer a las mujeres de senos pequeños la posibilidad de competir con las mujeres con senos naturalmente grandes.

Esta universalidad del gusto por los senos grandes es indicio de que, probablemente, los hombres tengamos algunos genes que nos induzcan a ser agradados por el busto de Yuyito. Por supuesto, los senos no son el único objeto de nuestra fascinación sexual genéticamente codificada. El gusto por las bocas rojas, por ejemplo, seguramente tiene una base genética. Y, como ha de esperarse, los genes que codifican ese gusto han persistido debido a alguna ventaja adaptativa. En el caso de las bocas rojas, éstas son indicativas de ovulación. Y, en ese sentido, aquellos hombres que le gustaban las bocas rojas tuvieron más oportunidad de propagar sus genes, pues se apareaban con mujeres que estaban ovulando.

No es tan fácil descubrir cuál es la ventaja adaptativa del gusto por los senos grandes, y de hecho, esto sigue siendo un misterio en la psicología evolucionista. Contrario a lo que se suele creer, los senos grandes no ofrecen mejor lactancia, de forma tal que las crías de aquellos hombres que sentían más placer con mujeres de senos pequeños, recibían la misma alimentación.

Pero, podemos explorar alguna otra ventaja adaptativa del gusto por los senos grandes. Los senos son indicativos de la edad. A medida que las mujeres envejecen, sus senos van cayendo. Una mujer con senos grandes revela mejor su edad que una mujer con senos pequeños. Los hombres que tenían un gusto por los senos grandes tenían así más posibilidades de propagar sus genes. Pues, al buscar aparearse con una mujer con senos grandes no caídos, aseguraban que su compañera sexual era joven, y esto aumentaba las probabilidades de fertilidad. En cambio, los hombres que le gustaban las mujeres con senos pequeños, corrían el riesgo de aparearse con mujeres de más edad, y esto decrecía sus probabilidades de fertilidad. Al final, vinieron a reproducirse más los hombres con el gusto por los senos grandes, y esto ha explicado cómo el gen que codifica ese gusto ha persistido en la especie humana.

Los implantes mamarios son, entonces, artificios que sirven para satisfacer un gusto natural entre los seres humanos. Tenemos algún gen que codifica el gusto por lo dulce (esto fue ventajoso en la sabana africana, dadas las escasas fuentes de comida en ese contexto, y el hecho de que el azúcar es una rica fuente de calorías); la industria del azúcar busca satisfacer ese deseo perenne, ‘engañado’ al paladar. Del mismo modo, las siliconas son el instrumento que busca ‘engañar’ la búsqueda inconsciente de senos grandes.

Si tenemos en cuenta nuestra configuración psicológica genéticamente fijada por las condiciones de la sabana africana, entonces ya las prótesis mamarias no deberían resultar monstruosidades morales. Es natural que busquemos senos grandes (aun si hacen daño), del mismo modo en que es natural que busquemos comer dulces (aun si hacen daño).

Pero, desde hace tiempo, los filósofos han advertido en contra de la falacia naturalista: no es lo mismo describir que prescribir. El hecho de que la selección natural nos haya condicionado con el gusto por los senos grandes no implica que sea moral satisfacer ese gusto a toda costa. La selección natural probablemente también ha favorecido a los violadores y promiscuos (éstos tendrían más oportunidad de propagar sus genes), pero ello no implica que la violación o la promiscuidad sean morales.

Con todo, me parece oportuno reconocer que la moral debe al menos partir de una base de hechos naturales. Y, en ese sentido, es torpe reprochar como escandalosamente inmoral, una práctica quirúrgica que busca satisfacer un deseo que parece proceder de una fuerte determinación genética. Es cierto que no somos esclavos de nuestros genes. Un ambiente en el cual seamos educados con la creencia de que los senos grandes no deben ser un patrón de belleza, quizás aminore el deseo de ver senos grandes. Pero, así como no somos esclavos de nuestros genes, tampoco estamos totalmente liberados de ellos. Por más que nos propongamos ignorar la relevancia del tamaño de los senos, éstos nos seguirán fascinando.

Por ello, me parece torpe pretender que los hombres no tengan interés en el tamaño de los senos de las mujeres, y que se desaconseje toda forma de intervención quirúrgica para colocar implantes mamarios a las mujeres. La fuerza del deseo inscrito en los genes propiciará que, en muchos casos, la gente haga caso omiso de lecciones moralizantes aburridas. Mucho más efectivo es reconocer el poder atractivo de los senos grandes. A partir de ese reconocimiento, se podrá advertir a las mujeres que, si bien los implantes mamarios tienen un gran poder de atracción sexual (y que una educación mojigata sencillamente no hará desaparecer esa atracción), llevan riesgos considerables.

Al final, la concepción de la ética que considero más razonable, es el hedonismo. Lo bueno es placentero, lo malo es doloroso. Los implantes mamarios satisfacen un deseo inscrito en unos genes que seguramente buena parte de la humanidad comparte, y que la selección natural retuvo en las condiciones de la sabana africana. En ese sentido, los implantes mamarios generan mucho placer. Pero, a la vez, estos implantes traen consigo muchos riesgos. Los filósofos que han defendido el hedonismo como opción ética, recomiendan un cálculo de felicidad: sopesemos las ventajas y desventajas de un acto, y así sabremos si es moral o inmoral.

Estos cálculos muchas veces con complejos. En el caso de los implantes mamarios, parece que generan más dolor que placer. Pero, para elaborar una evaluación más justa, como hemos visto, debemos tener presentes dos cosas: primero, que la vanidad privada de las siliconas puede conducir a la virtud pública de la activación económica; y segundo, que las siliconas responden a un deseo profundamente arraigado en la genética humana.

domingo, 29 de enero de 2012

Mi país, para bien o para mal

En 2006, Venezuela y Guatemala de disputaban un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU. En aquella época, Guatemala tenía un gobierno con inclinaciones derechistas, y Venezuela tenía (y sigue teniendo) una fuerte inclinación izquierdista. Por ello, no se trataba de una mera disputa entre dos países. Se trataba más bien de una disputa ideológica. Los intelectuales de derecha favorecían la opción de Guatemala, los de izquierda favorecían la opción de Venezuela.

No conozco cómo vivieron aquella situación los guatemaltecos. Pero, sí conozco de cerca cómo la vivieron los venezolanos. Hubo alguna oposición interna a que Venezuela ocupara ese puesto. El razonamiento era sencillo: según el alegato de los venezolanos que se oponían a que su país integrase el Consejo de Seguridad, Venezuela tenía un gobierno autocrático, y ocupar un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU sería una especie de beneficio inmerecido. El gobierno, naturalmente, se defendió, señalando su supuesto carácter democrático.

Pero, ése no fue el único razonamiento del gobierno. De hecho, pesó mucho más como argumento que todos los venezolanos tienen el deber nacionalista de respaldar a Venezuela en las causas extranjeras, y quienes no lo hicieran, serían ‘apátridas’. En otras palabras, para los venezolanos no era suficiente buscar motivos ideológicos para respaldar la entrada de su país al Consejo de Seguridad. Antes bien, los ciudadanos deben defender a la nación en el concierto internacional, sea cual sea su ideología política. No se trata de una disputa entre un gobierno de izquierda y un gobierno de derecha, sino de una disputa entre una nación foránea y nuestra nación. Y, es perfectamente natural que cada persona defienda a su nación. Por ello, nos corresponde defender a nuestra nación, aun si no estamos de acuerdo con sus gobernantes.

Esta actitud fue emblemáticamente recapitulada por Stephen Decatur, un capitán norteamericano quien, en pleno fervor patriótico a inicios del siglo XIX, pronunció la infame frase: “mi país, para bien o para mal”. Desde entonces, ésta ha sido la frase que ha servido de fundamento al nacionalismo embrutecedor de la era moderna.

La nación ocupa hoy el lugar que, en siglos anteriores, ocupaba la religión. En épocas pasadas, cambiarse de religión era un gravísimo motivo de censura. Hoy, al menos en los países democráticos, se ha garantizado la suficiente tolerancia y libertad como para que una persona que haya nacido en el seno de una religión, se convierta a otra. En términos generales, en la contemporaneidad las personas tienen la suficiente autonomía como para tomar posturas al margen de las posturas religiosas dominantes en el colectivo.

Pero, ese privilegio no existe frente al nacionalismo. Éste exige suprema lealtad a los ciudadanos. Y, a diferencia de la religión en nuestra época, el ciudadano no cuenta con la suficiente autonomía como para escoger una u otra nacionalidad. Una persona puede seleccionar ser católica, y tiene la perfecta libertad de renunciar a su religión cuando sienta que los dogmas de esa religión son sencillamente inaceptables. Pero, una persona no ha seleccionado ser venezolana, y tampoco tiene la opción de renunciar a su nacionalidad cuando le parece que los alegatos de su gobierno, hechos en nombre de la nación, son inaceptables.

El nacionalismo suprime la libertad de conciencia. En virtud del lugar de nacimiento de las personas, el nacionalismo les exige que acepte un conjunto de creencias, sin contemplación por el fuero autónomo de la conciencia. El nacionalismo no permite que el ciudadano juzgue moralmente a la nación; antes bien, impone sobre el ciudadano la consigna: “mi país, para bien o para mal”. Cuestionar los mitos nacionalistas se convierte así en traición a la patria.

Con esto, la nación desplaza a cualquier otra marca de identidad en el mundo contemporáneo. Las discusiones ideológicas quedan relegadas a un segundo plano. No es tan relevante quién es comunista o capitalista, sino quién se parece culturalmente a nosotros, y quién no. Por ejemplo, durante la Guerra de las Malvinas, una sanguinaria dictadura militar tomó la decisión de invadir un territorio bajo la soberanía de una monarquía parlamentaria. Ambos sistemas de gobierno pueden ser reprochables, pero un mínimo de sensatez debería hacer concluir que es mucho más objetable la dictadura militar que la monarquía parlamentaria. No obstante, durante aquella guerra, se esperaba que todos los países latinoamericanos apoyasen la causa de la dictadura argentina.

El motivo no era tanto un asunto de justicia (muy poca gente conoce los detalles de la disputa territorial de las Malvinas, la cual es bastante compleja), sino de nacionalismo. Es natural que los latinoamericanos apoyen a los argentinos, en virtud de que comparten con nosotros más vínculos culturales. Puede ser que los argentinos estén gobernados por unos gorilas, y que estén equivocados en su reclamo territorial, pero, una vez más: mi país (o mi pueblo), para bien o para mal.

Desde la segunda mitad del siglo XX, los procesos de descolonización han intensificado aún más esta tendencia. En las sociedades democráticas de Occidente, se ha alimentado aquello que ha venido a llamarse la ‘política de la identidad’. En virtud de que el colonialismo apabulló a muchos pueblos nativos con una ideología racista que infundía graves complejos de inferioridad, ahora los descolonizadores pretenden remediar ese daño, exacerbando el orgullo étnico de los pueblos colonizados a toda costa.

Cuando empezó la Guerra Fría, se pensó que el nacionalismo cedería, y que lo relevante en la política sería la ideología. Pero, las brutales experiencias de Yugoslavia, Ruanda y otros casos trágicos, ha revelado que, en el acontecer político, la vinculación ideológica es apenas secundaria frente a la vinculación étnica. Los políticos triunfan, no tanto porque ellos representen las ideas políticas de las masas, sino porque representan su mismo grupo étnico. En el momento en que se desmembraba Yugoslavia, un croata comunista sentía que lo representa mejor un político croata capitalista, que un político serbio comunista. Puede ser que ese político croata fuera un corrupto, pero para el votante croata, el hecho de que compartieran la etnicidad pesaba por encima de todo lo demás.

Hoy, cada vez más nos balcanizamos en América Latina. La violencia de los Balcanes empezó por la exacerbación del nacionalismo. Los ciudadanos de la antigua Yugoslavia habían perdido la capacidad racional de tomar decisiones políticas. De ellos se apoderó la idea de que el destino había fijado la obligación de defender a un grupo de gente, independientemente de su composición ideológica. Los serbios, croatas, eslovenos y bosnios debían defender a sus países a toda costa, para bien o para mal. Todo lo demás es secundario.

La semilla de la balcanización ya está sembrada en los latinoamericanos. Debemos aceptar la grandeza de Bolívar, Martí o San Martín, sin importar si realmente estos personajes son merecedores de elogios o no. Debemos aupar a nuestros equipos de fútbol, sin importar si nos gusta más el estilo de juego de equipos de otras naciones del mundo. Debemos visitar los destinos turísticos de nuestros países primero, sin importar si disfrutamos mucho más yendo Disney World. Poco a poco, se va internalizando más la infame frase, “mi país, para bien o para mal”. Cuando ya la frase haya echado raíces firmes en la conciencia colectiva, no habrá nada para detener a un tirano que exija cometer atropellos en nombre de la patria, y que las masas sientan la obligación de seguirlo. Afortunadamente, aún estamos a tiempo de corregir.

viernes, 27 de enero de 2012

Hiroshima: ¿una monstruosidad moral?

Uno de los lugares comunes del antiamericanismo es la denuncia del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki como monstruosidad moral. Se alega que EE.UU. ha sido sumamente hipócrita en denunciar la carrera armamentística nuclear de otros países (como Irán o Corea del Norte), cuando ellos han sido los únicos en detonar bombas atómicas en la historia de la humanidad. Los ataques a Hiroshima y Nagasaki dejaron ciento cincuenta mil muertos (la abrumadora mayoría civiles), y considerables daños ecológicos. No en vano, comprensiblemente aún nos horrorizamos con las imágenes procedentes de aquel lamentable suceso.

Seguramente, si EE.UU. hubiese sido derrotado en la Segunda Guerra Mundial, Harry Truman hubiese sido enjuiciado como criminal de guerra. Parece que el viejo adagio de que los vencedores escriben la historia, o al menos, imponen la justicia para sus enemigos, pero nunca para ellos mismos, tiene asidero en el caso de Hiroshima y Nagasaki.

Pero, con sesenta años de distancia, y dejando los nacionalismos de lado, evaluemos la situación, e intentemos hacer un juicio moral más objetivo. ¿Fue el bombardeo de Hiroshima realmente una monstruosidad moral? Nuestra respuesta dependerá de cuál doctrina ética sigamos.

En 1945, los EE.UU. tenían tres posibilidades frente a Japón. La primera era sencillamente retirarse del conflicto armado, una vez que las tropas imperiales japonesas fueran expulsadas de los territorios que previamente habían invadido en el Pacífico. Esto habría permitido la continuidad del fascismo japonés, y si bien el imperio japonés habría estado debilitado por su derrota en los teatros de operaciones del Pacífico, seguramente habría tenido la suficiente fortaleza como para rearmarse y lanzar una nueva guerra.

Ni ahora, ni en aquel entonces, esto ha sido visto como una opción sensata. Hay un abrumador consenso de que era necesario que Japón se rindiese y los aliados llegasen hasta Tokio, pues sólo de ese modo, podría asegurarse que el fascismo japonés fuese satisfactoriamente desmantelado. Ahora bien, a partir de la necesidad de que Japón se rindiese, los norteamericanos tenían dos opciones. La primera era organizar una invasión masiva, del mismo modo en que los soviéticos también lo estaban haciendo. La segunda era lanzar la bomba atómica.

Truman justificó la segunda opción, alegando que, de haber seguido la primera opción, el número de bajas hubiese sido demasiado alto. Los asesores militares de Truman habían calculado que la invasión traería consigo cerca de medio millón de muertos. Así, Truman prefirió lanzar la bomba atómica. Su razonamiento era sencillo: la primera opción generaría medio millón de muertos; la segunda opción generaría ciento cincuenta mil muertos. Truman no tuvo reparos en señalar que los ciento cincuenta mil muertos de Hiroshima y Nagasaki salvaron medio millón de vidas.

El razonamiento de Truman ha sido atacado desde varios frentes. Un primer conjunto de críticas proceden de hechos concretos. El segundo conjunto de críticas proceden de formalidades filosóficas. Quienes reprochan a Truman a partir del primer conjunto de críticas, postulan que Japón estaba ya dispuesto a rendirse antes del lanzamiento de la bomba atómica, debido a su debilitamiento en los combates contra los soviéticos. En ese caso, la invasión a Japón hubiese sido menos catastrófica de lo que Truman suponía. Ha habido bastante revisionismo histórico en este asunto, y el debate está abierto.

Pero, la mayoría de la gente no critica la decisión de Truman con datos históricos en la mano. Prefieren, en vez, acudir a argumentos más filosóficos (muchas veces clichés), y menos historiográficos. Según algunos, el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki fue intrínsecamente inmoral, pues actos como éstos no pueden tener justificación bajo ninguna circunstancia. Según este alegato, no importa que el bombardeo haya salvado medio millón de vidas; el hecho de que haya sido tan brutal, lo convierte en monstruoso.

Alegatos como éstos han tenido cierto atractivo, pero no son filosóficamente contundentes. El sentido común dicta que ciento cincuenta mil muertos son preferibles a medio millón de muertos. Si hemos de seguir a los filósofos utilitaristas, éstos nos informan que un acto moral es aquel que genere la máxima cantidad de placer y menor cantidad de sufrimiento. Si no lanzar la bomba atómica habría generado sufrimiento para medio millón de personas, pero lanzarla habría ahorrado el sufrimiento de ese medio millón, a expensas del sufrimiento de ciento cincuenta mil, entonces claramente deberíamos inclinarnos por la segunda opción.

De hecho, continuamente aplicamos este razonamiento utilitarista a muchísimas situaciones. Por ejemplo, los médicos saben muy bien que las campañas de vacunación siempre causarán algunos muertos en la población vacunada. Pero, los médicos razonan: el no vacunar trae consigo un número de muertos aún mayor. Por ende, la decisión no debería ser muy difícil: aun si la aplicación de vacunas es responsables de algunas muertes, es preferible, pues salvará un número mayor de vidas.

Alguna gente alega que sencillamente nunca podremos estar en capacidad para saber qué hubiese ocurrido si no se hubiese lanzado la bomba atómica. Y, en vista de eso, fue una monstruosidad moral lanzar una bomba atómica, creyendo que con eso se salvarían más vidas.

A esto, debe responderse lo siguiente: no es un mero ejercicio de imaginación especulativa el postular qué hubiese pasado si no se hubiese lanzado la bomba atómica. Si tenemos en consideración las variables, podemos hacer una aproximación sobre qué ocurriría bajo algunas circunstancias específicas, aun sin necesidad de someterlas directamente a la experimentación (de hecho, precisamente de esto se ocupan los modelos de simulación científica). Así como las ciencias médicas pueden calcular cuántos muertos puede haber si no se aplica una vacuna, las ciencias militares pudieron calcular cuántos muertos pudo haber si no se lanzaba la bomba atómica. Ciertamente, hacer un cálculo como ése era muy complejo (y, los norteamericanos ni siquiera estaban seguros de cuántos muertos dejaría la bomba atómica). Pero, en principio, puede intentarse hacer el cálculo.

De hecho, una de las grandes lecciones que nos dejaron los filósofos de la Ilustración, en especial el Marqués de Condorcet, es que las decisiones siempre deben tomarse a partir de un cálculo previo de cuáles serían los resultados derivados de cada una de las opciones. Condorcet reconocía que nunca tendremos absoluta seguridad, y que en esos cálculos, sólo podemos manejarnos con probabilidad. Pero, esa probabilidad justifica las decisiones. Los norteamericanos aplicaron ese método probabilístico de Condorcet a la hora de decidir el bombardeo atómico.

De esa manera, las críticas a la decisión norteamericana ya no son tan formidables. Quizás, las investigaciones historiográficas revelen que Japón estaba dispuesto a rendirse, y en ese sentido, la invasión no habría dejado el supuesto medio millón de muertos invocado por los norteamericanos. Pero, a nivel filosófico, el razonamiento utilitarista de Truman es aceptable: si de verdad puede afirmarse con un alto grado de probabilidad que la invasión iba a dejar medio millón de muertos, entonces lo útil (y, por ende, lo moral), fue lanzar la bomba atómica.

Pero, hay un matiz en el razonamiento utilitarista, y para ello, recurramos a la célebre ilustración del problema de los trenes. Supongamos que un tren pierde los frenos y va por una vía, y en esa vía hay cinco personas amarradas, a las cuales el tren arroyará inevitablemente. Supongamos que hay otra vía en la cual hay una sola persona amarrada. Supongamos que el conductor tiene la posibilidad de desviar el tren hacia la vía en la cual está una sola persona amarrada. ¿Es moral desviar el tren? La respuesta parece obvia: sí es moral. Gracias a la acción del conductor, murió una persona, pero se salvaron cinco. Los paralelismos con Truman y la bomba atómica son evidentes: así como no reprochamos al conductor por desviar el tren para matar a una persona pero salvar cinco, tampoco reprochamos a Truman lanzar una bomba atómica para matar a ciento cincuenta mil, pero salvar a medio millón.

Pero, pensemos ahora en una nueva situación: el mismo tren sin frenos va por una vía en la cual están amarradas cinco personas. Pero, esta vez, no hay una vía alterna. No obstante, hay un hombre gordo dentro del tren. Si se lanza al gordo por la borda, su peso podría hacer detener el tren, y con esto, se salvaría la vida de las cinco personas, pero el gordo moriría. ¿Es moral lanzar al gordo? Acá nuestras intuiciones ya no son tan claras, y se hace difícil postular como moral esa acción.

En ambos casos, la acción desemboca en una muerte para salvar a cinco. Pero, parece que hay una distinción entre realizar una acción inofensiva que traerá más efectos buenos que malos; y realizar una acción deliberadamente perjudicial, aun si de ella surgen más efectos buenos que malos. En el primer caso, no se participa directamente en el perjuicio; sencillamente se realiza una acción para buscar buenas consecuencias y que indirectamente, generará algún daño colateral. En cambio, en la segunda acción, se realiza una acción que directamente genera daños, a pesar de que estos daños traerán beneficios aún mayores.

En la Edad Media, Santo Tomás de Aquino se planteó este problema, y trató de resolverlo con su doctrina del ‘efecto doble’. Según esta doctrina, algunas acciones que generen efectos perjudiciales pueden ser morales. Pero, para ello, deben cumplir tres condiciones. Primero, el acto debe ser al menos moralmente neutro, nunca debe buscar deliberadamente generar sufrimiento. Segundo, la intención del acto debe ser buscar las buenas consecuencias; no las malas. Tercero, las buenas consecuencias deben tener más peso que las consecuencias negativas.

Así, algunas acciones tienen efectos dobles, a saber, tanto positivos como negativos. Pero, si cumplen estos requisitos, pueden calificar como moral. El caso de las vacunas es emblemático: la aplicación de vacunas siempre mata a algunas personas, pero salva muchas vidas. En este sentido, las vacunas tienen doble efecto. La aplicación de una vacuna no busca deliberadamente generar sufrimiento; busca generar buenas consecuencias (salvar vidas); y sus consecuencias beneficiosas exceden abrumadoramente a las perjudiciales. Por ello, bajo el razonamiento de Santo Tomás de Aquino, aplicar vacunas es moral, aún si genera algunos muertos.

Puede extenderse este razonamiento a las decisiones militares. Supongamos que un general toma la decisión de bombardear una fábrica de tanques del enemigo, y esto inevitablemente genera muertes de civiles inocentes. El acto en sí no busca deliberadamente hacer mal; sólo busca destruir los tanques. Su objetivo directo tampoco es matar civiles, sino destruir municiones; la muerte de civiles es daño colateral. Los beneficios de esa acción (debilitar al enemigo y ponerle fin a la guerra) sobrepasan los maleficios (la muerte de los civiles). Por ende, la acción es moral.

Pero, en el caso del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, esa decisión militar no parece calificar como moral bajo la doctrina del efecto doble. Pues, aun si sus consecuencias positivas sobrepasaron sus consecuencias negativas (se salvaron más vidas con la bomba), y aún si el fin último eran las buenas consecuencias (la rendición de Japón y el fin de la guerra) y no las malas (la muerte de civiles), el acto sí buscó deliberadamente hacer mal, aun si con esto se perseguía un bien mayor. El bombardeo de Hiroshima se corresponde con el segundo de los casos del tren (el gordo es lanzado para detener el tren), y no con el primero (se desvía el tren, y con eso se mata a una persona pero se salvan a cinco). A diferencia de otros bombardeos, el de Hiroshima sí buscó deliberadamente la muerte de los civiles, y tuvo participación directa en ello. Y, bajo la doctrina de Tomás de Aquino, aun si el bombardeo de Hiroshima deliberadamente buscó la muerte de civiles con la expectativa de un bien mayor, sigue siendo inmoral.

Los ejemplos del tren, y la doctrina del efecto doble de Tomás de Aquino, constituyen críticas a la doctrina utilitarista, según la cual, nuestros juicios morales deben tener en cuenta sólo la utilidad, evaluada a partir del balance de las consecuencias. Para Tomás de Aquino, las consecuencias no son suficientes para juzgar la moralidad de un acto. En el caso de los trenes, ambos escenarios tuvieron las mismas consecuencias: murió una persona, pero se salvaron cinco. Bajo el razonamiento utilitarista, ambos actos deberían ser igualmente morales. Bajo el razonamiento de Tomás de Aquino, aun si ambos tuvieron el mismo resultado, el primero es moral porque no se participó directamente en el mal menor, mientras que el segundo sí es inmoral porque sí se participó directamente en el mal menor.

Hay, por supuesto, contra-argumentos procedentes de filósofos utilitaristas. Para ellos, es irrelevante si se participa o no directamente en una acción perjudicial, ni siquiera es importante la intención; lo importante son las consecuencias del acto. Y, bajo este estricto razonamiento utilitarista, entonces el bombardeo de Hiroshima sí podría considerarse moral. Es un tema abierto a debate. Pero, precisamente puesto que es un tema abierto a debate, deberíamos conceder que el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki no es una acción que esté al mismo nivel de otros actos claramente inmorales, como el Holocausto nazi. No propongo que alabemos a Truman, pero sí propongo que tomemos más cautela a la hora de juzgarlo, y que apreciemos que enfrentaba una decisión muy difícil con implicaciones éticas, sobre las cuales no existe consenso entre los filósofos.

sábado, 21 de enero de 2012

El mito nacionalista en Venezuela

Entre los estudiosos del nacionalismo, hay un viejo debate: ¿surgió primero la nación, o el Estado? ‘Nación’ es una comunidad de personas que siente un vínculo estrecho entre sí. ‘Estado’ es una entidad que se configura como una forma de organización política. Si bien es un tema debatido, la mayoría de los historiadores estima que el Estado y la nación vinieron a aglutinarse hacia el siglo XVIII. A partir de ese entonces, con el auge de los Estados-nación, el Estado se caracterizaría por intentar buscar la unidad nacional de sus ciudadanos.

El consenso (pero no abrumador) entre los historiadores es que, primero existió el Estado, y luego la nación. En la medida en que los grandes Estados se fueron conformando, se buscó la unidad nacional. Los grandes forjadores de muchas naciones modernas hicieron reformas administrativas para crear una entidad gubernamental de algún territorio. Una vez que lograron eso, entonces procedieron a promover una conciencia de identidad nacional. En este sentido, es célebre la frase de Massimo d’Azeglio, uno de los forjadores de la Italia moderna: “hemos creado Italia; ahora nos corresponde crear a los italianos”. En otras palabras, en el momento en que se creó el Estado italiano, aún sus ciudadanos no se sentían italianos. El nacionalismo se encargó de convencerlos de que, a partir de entonces, serían una nueva nación.

Pero, para crear esa identidad nacional, los forjadores del Estado-nación deben recurrir a algunos mitos. Y, el mito predilecto consiste en promulgar que la nación antecede al Estado. Es decir, para que el nacionalismo italiano prosperara, gente como Massimo d’Azeglio debió convencer a los italianos que ellos ya existían como nación desde hacía mucho tiempo, y que su unidad bajo un mismo Estado fue una consecuencia de un desarrollo natural, el cual propicia que las naciones busquen organizarse en un solo Estado, de forma tal que cada nación corresponda con cada Estado.

Así pues, el historiador que busca la verdad, advierte que primero fue el Estado, y luego la nación. Las naciones son, como señala el historiador Benedict Anderson, apenas ‘comunidades imaginadas’, y las élites que conforman los nuevos Estados quieren convencer a las masas de que esas comunidades no son imaginadas, sino que tienen una existencia real. En cambio, el nacionalista que busca conformar el Estado-nación (y a quien no le interesa mucho buscar la verdad), promueve el mito de que primero fue la nación, y luego el Estado, y pretende convencer de que las naciones no son inventos promovidos por los creadores de los nuevos Estados, sino más bien asociaciones espontáneas que naturalmente buscan su materialización estatal.

Venezuela no ha sido excepción en este proceso. Virtualmente todos los jefes de Estado desde la época de Guzmán Blanco han impregnado a la ciudadanía con símbolos nacionalistas. Algunos han sido más agresivos que otros, pero en general, el nacionalismo venezolano de los actores políticos (pero no siempre de la población) ha tenido bastante vigor. El culto a Bolívar como héroe nacional, la exaltación de la música y la gastronomía nacional, la veneración a los símbolos patrios, entre otros, tienen firme arraigo. También son prominentes el irredentismo respecto al Golfo de Venezuela y el Esequibo.

Pero, ha sido el gobierno de Hugo Chávez el que más ha explotado la conciencia nacionalista. Y, no sólo ha dado continuidad a los mitos nacionalistas anteriores (en especial, el culto a Bolívar), sino que también ha formado nuevos mitos, en especial, en torno a la Guerra de Independencia y el nacimiento de Venezuela como Estado-nación.

En el imaginario nacionalista de Chávez, la Guerra de Independencia de Venezuela enfrentó a venezolanos contra españoles. España había invadido a Venezuela en el siglo XVI, y los venezolanos habían vivido en ocupación extranjera por tres siglos. Bolívar liberó a Venezuela y cuatro naciones más (Colombia, Perú, Bolivia y Ecuador) de la ocupación extranjera. Algunos seguidores de Chávez han planteado incluso que España debe pagar el oro que ‘robó’ a esas naciones. Y, desde antes de Chávez, ha sido frecuente el cliché, según el cual, “Bolívar liberó a cinco naciones”.

Cuando se enuncia que “Bolívar liberó a cinco naciones”, se da por sentado que esas naciones ya existían, y que estaban bajo el yugo extranjero. Pero, eso es precisamente parte del mismo mito nacionalista sobre el cual advierten los historiadores del nacionalismo. Mucho más correcto sería postular que “Bolívar inventó cinco naciones”. En 1810 (el año cuando empiezan las guerras de independencia en América), ninguna de esas naciones existían. Los territorios actuales de Perú, Colombia, Ecuador, Colombia y Venezuela eran territorios ultramarinos del imperio español. Sus habitantes no se sentían venezolanos o colombianos. Se sentían súbitos del rey de España. Y, en ese sentido, no existían esas naciones, pues los habitantes de esos territorios no tenían una identidad nacional formada.

Por supuesto, algunos miembros de la elite criolla ya no se sentían identificados con España (y, vale admitir, tenían buenos motivos para ello). Por motivos fundamentalmente económicos, buscaron crear nuevos Estados, separados ya de España. Y, tras una cruenta guerra, lo lograron. Pero, una vez que crearon esos Estados, necesitaban una nación que aún no existía. Ya desde las guerras independentistas, estas elites habían tratado de convencer a las masas de que éstas nunca habían sido realmente parte de la nación española, sino que siempre fueron venezolanos, pero que habían estado bajo el yugo extranjero. Después de que terminó el conflicto, estas elites buscaron alimentar aún más el mito nacionalista.

Parte de este mito consiste en señalar que la guerra de independencia fue entre venezolanos y españoles. En realidad, fue un conflicto entre gente nacida en la actual Venezuela que se sentían venezolanos, y gente nacida en la actual Venezuela, pero que se sentían españoles súbitos del rey. España envió expediciones para favorecer a los realistas, pero el grueso de los ejércitos realistas estuvo conformado por gente nacida en la misma Venezuela.

Las elites criollas pronto se dieron cuenta de que sus proyectos de nación aún estaban muy crudos, y que sería necesario una masiva inyección de mitos nacionalistas para asegurar la estabilidad de los nuevos Estados. El mito nacionalista tenía que explotar la idea de que, en virtud de que la nación antecedía al Estado, siempre fue distinta de España. Y, puesto que Venezuela en cierto sentido ya existía antes de que llegaran los españoles como invasores extranjeros, Venezuela es heredera de una nación precolombina. Se promovió algo así como si Bolívar y Guaicaipuro hubieran sido parte de un mismo equipo.

Así, la propaganda nacionalista desde la misma época de la guerra de independencia promulgó que se trataba de una suerte de venganza que los venezolanos harían a los españoles, por aquello que los españoles habían hecho a los venezolanos tres siglos antes. Sin ambigüedades, así lo expresaba Bolívar en su Carta de Jamaica: “los mejicanos serán libres porque han abrazado el partido de la patria, con la resolución de vengar a sus antepasados o seguirlos al sepulcro. Ya ellos dicen con Raynal: llegó el tiempo, en fin, de pagar a los españoles suplicios con suplicios y de ahogar esa raza de exterminadores en su sangre o en el mar”.

Ni Bolívar, ni la mayor parte de los miembros de las elites criollas independentistas eran descendientes de los habitantes precolombinos. Casi todos ellos eran descendientes de españoles. En realidad, ellos eran descendientes de los ‘invasores’, no de los ‘invadidos’. Pero, en su mito nacionalista, presentaban a las nuevas naciones como descendientes de los precolombinos, y se presentaban a ellos mismos como los líderes de un pueblo invadido que expulsaría a los invasores (a pesar de que, vale insistir, ellos mismos eran los descendientes de los invasores). Vale recordar la anécdota de Felipe González, cuando un periodista americano le reprochó que sus ancestros habían matado a los indios de América, y el presidente español le respondió: “en realidad fueron tus ancestros; los míos se quedaron en España”.

Es ridículo llevar un registro de quién fue descendiente de quién en América. Aun en el caso de que eso fuera posible (lo cual es muy dudoso), no serviría de gran cosa. Pero, sí conviene mantener presente que los gobiernos nacionales de América son mayormente descendientes culturales de Occidente, y que las naciones ‘liberadas’ (en realidad, creadas) por Bolívar no existieron desde antes como pueblos precolombinos. Aun Evo Morales, es mucho más un criollo que un indio, como acertadamente ha advertido Álvaro Vargas Llosa. Quizás los mitos de la nación mexicana como sucesora de los aztecas, o de la nación peruana como sucesora de los incas, sirva algún propósito social de unidad. Pero, para quienes buscan la verdad histórica, todo esto debe ser denunciado como una gran mentira.

miércoles, 18 de enero de 2012

Lincoln y Milosevic, nacionalistas


Los filósofos postmodernistas han querido divulgar la idea de que la objetividad científica no existe. Todo depende del punto de vista desde el cual se planteen los asuntos. Así, los grupos dominantes buscan imponer las teorías que les permitan mantener sus posiciones de poder. En continuación de Nietzsche, estos filósofos promueven el método ‘genealógico’, a saber, buscar los orígenes de una creencia, y desenmascarar los intereses que subyacen tras ella.
Este método se ha aplicado a las ciencias. La mayor parte de las veces, los postmodernistas que aplican este método terminan por decir tonterías. La ciencia, alegan, ha sido conducida por hombres blancos europeos heterosexuales, y sus teorías favorecen sus posiciones de poder. Los postmodernistas no caen en cuenta que explicar los orígenes de una creencia no implica refutarla, y que, por más que se emplee dinero o poder para imponer una teoría, si ésta no coincide con los hechos del mundo, difícilmente podrá ser aceptada. La verdad no está en venta.
Pero, por supuesto, hay matices. Algunos representantes de la antipsiquiatría, por ejemplo, han oportunamente señalado cómo muchas supuestas enfermedades mentales, en realidad han sido inventos para controlar a los personajes marginales de la sociedad. Si bien me he opuesto a los postmodernistas y su desdén por la búsqueda de la objetividad, sí he de admitir que, en el caso de la historiografía, hay bastante oportunidad para que, las narrativas e interpretaciones sobre hechos del pasado, sean condicionadas por los intereses de quienes escriben las crónicas. La vieja teoría, según la cual, los vencedores escriben la historia, tiene algo de plausibilidad. Por supuesto, los vencedores escriben la historia dentro de un límite: ningún historiador tiene el poder de mentir deliberadamente y ganar credibilidad, pero sí tiene el poder de omitir o reinterpretar algunos hechos, a fin de favorecer a su partido.
Los casos de Abraham Lincoln y Slobodan Milosevic son emblemáticos en este aspecto. A simple vista, no hay comparación viable entre ambos personajes. El primero es considerado un héroe nacional, el segundo es considerado un criminal de guerra. El primero tiene monumentos en la capital de su nación; el segundo murió en una cárcel, esperando ser enjuiciado por sus atrocidades. Pero, precisamente, la diferencia en el destino de ambos se debe, al menos parcialmente, al hecho de que el primero fue victorioso en sus campañas militares, mientras que el segundo fue derrotado.
Abraham Lincoln es hoy alabado como el emancipador de los esclavos en EE.UU., y un celoso defensor de la libertad y la democracia. Si bien Lincoln, en efecto, emancipó a los esclavos, no fue un abolicionista. Hacia mediados del siglo XIX, había en EE.UU. un intenso debate sobre el lugar de la esclavitud en aquella nación. Algunas personas de firmes convicciones morales, opinaban que existía el deber ético intrínseco de emancipar a los esclavos. Otras, desde una perspectiva más utilitarista, opinaban que era favorable para la sociedad industrial emancipar a los esclavos, y abrir paso a un nuevo sistema productivo. Ambos grupos formaban parte de la ideología ‘abolicionista’, la cual pretendía poner fin inmediato a la esclavitud.
Lincoln no pertenecía a ninguno de estos grupos. De hecho, aceptaba la inferioridad racial de los esclavos. Lincoln defendía la idea de que los nuevos territorios anexados a los EE.UU. tras la guerra con México, no debían aceptar la esclavitud. Pero, en aquellos estados en los que ya existía la esclavitud, ésta debía mantenerse. Con todo, esto no satisfizo a los estados esclavistas. Según el razonamiento de sus representantes, la negativa a aceptar la esclavitud en los nuevos territorios eventualmente presionaría a los estados esclavistas a emancipar a los esclavos, y sus economías colapsarían.
Los estados esclavistas del sur decidieron, pacíficamente, declarar su independencia, y conformar una nueva nación, los Estados Confederados. Según su razonamiento, ellos tenían el derecho a separarse de la unión americana, en virtud de un principio que serviría como antecesor de la ‘auto-determinación de los pueblos’. Lincoln no aceptó esa secesión, y envió tropas para reprimir el movimiento secesionista. Empezó así una brutal guerra.
Muchos historiadores señalan que ésta fue una de las primeras guerras industriales. Y, quizás debido a sus dimensiones, se cometieron atrocidades sin precedentes en la historia americana. Lincoln suspendió el habeas corpus, el derecho a un debido preciso, con la excusa de mantener la seguridad nacional en tiempos de emergencia. Hubo así miles de desaparecidos. Hubo atrocidades de parte y parte, pero los ejércitos del norte, en clara ventaja numérica, excedieron en crímenes a los ejércitos del sur. Probablemente las atrocidades más conocidas de los ejércitos de los yankees fueron los campos de concentración en pésimas condiciones, en los cuales recluían a los prisioneros de guerra.

Al final, los Estados Confederados nunca fueron reconocidos por ninguna nación, y su desventaja numérica y falta de apoyo internacional propició su derrota. Desde entonces, los estados que conformaron la confederación han sufrido el castigo de los historiadores, quienes habitualmente los representan como esclavistas atrasados influidos por fanáticos religiosos que sometieron a EE.UU. a una brutal guerra.
Pero, urge hacerse la pregunta elemental: ¿había justificación para que Lincoln reprimiera de forma tan brutal el movimiento secesionista? Si invocamos el principio de auto-determinación de los pueblos, la respuesta debería ser obviamente negativa. La abrumadora mayoría de los ciudadanos de los estados esclavistas favorecían la secesión. Si, en virtud de ese principio, hoy aceptamos que los ciudadanos de Quebec, el Sahara Occidental o Puerto Rico tienen derecho a someter a consulta pública si se separan o no de los Estados en los cuales se inscriben, y estos Estados deben obedecer la voluntad de esos ciudadanos; entonces deberíamos admitir que los Estados Confederados tenían el mismo derecho para separarse de la unión americana. Hay, por supuesto, una complicación: los esclavos en los estados del Sur no tenían representación y no se tomaba en cuenta su opinión respecto a la secesión, pero por ahora, dejemos este problema de lado.
Ahora bien, si como debemos, estamos dispuestos a privilegiar a los derechos individuales por encima de los derechos grupales, entonces la justificación para la secesión confederada se debilita. Pues, aun si tenían el derecho de separarse de la unión, practicaban la esclavitud. Y, si bien Lincoln tenía el deber de respetar la autodeterminación de los Estados Confederados, tenía a la vez la obligación mayor de respetar los derechos individuales, y liberar a los esclavos. Por ello, vale advertir que la auto-determinación de los pueblos debe tener sus límites, y si un derecho grupal es incompatible con un derecho individual, entonces debe favorecerse el segundo. En este sentido, elocuentemente, el filósofo Allen Buchanan opina que, si los Estados Confederados no hubieran sido esclavistas, entonces sí habrían estados justificados en su secesión. Pero, el hecho de que eran esclavistas concedía justificación moral para que Lincoln, en consecución de los derechos individuales de los esclavos, reprimiera la secesión.
No obstante, hay suficiente espacio para opinar que había disposición de métodos mucho menos violentos para poner fin a la esclavitud. Thomas Di Lorenzo opina, de forma muy plausible, que las presiones industriales y morales procedentes del norte, eventualmente obligarían a los estados sureños a emancipar a los esclavos, sin necesidad de derramar tanta sangre. De hecho, en Cuba y Brasil, la emancipación llegó de ese modo.
En todo caso, la evidencia apunta a que la motivación fundamental de Lincoln, y de la mayor parte de quienes participaron en los ejércitos del Norte, fue el nacionalismo. En las primeras décadas después de la guerra, Lincoln no fue recordado tanto por haber emancipado a los esclavos, sino por haber ‘preservado la unión’ de la nación. Probablemente, aun si los Estados Confederados no hubieran sido esclavistas, Lincoln habría reprimido la secesión con brutalidad. Esto, por supuesto, no despoja de justificación su represión de la secesión, pero sí debería advertirnos de que la reverencia a Lincoln no es tanto un honor al abolicionismo, sino al nacionalismo. Y, este nacionalismo, el cual generalmente conduce a brutales guerras, va en detrimento del principio de autodeterminación de los pueblos.
Slobodan Milosevic ha sido quizás el nacionalista más sanguinario de las últimas décadas, y como Lincoln, quiso preservar la unidad de su nación a toda costa. A diferencia de los Estados Confederados, la opción por la secesión no era abrumadoramente popular entre los ciudadanos de Croacia y Bosnia. En esas regiones, había ciudadanos serbios que temían que un gobierno croata y bosnio los oprimiera. Así pues, Milosevic quiso preservar la unión de Yugoslavia del mismo modo en que Lincoln buscó preservar la unión de los EE.UU. Y, para ello, lo mismo que Lincoln, usó la fuerza, la cual condujo a atrocidades de todo tipo.
Hoy, suele invocarse que la diferencia crucial entre Lincoln y Milosevic es, que el primero buscó la libertad de los esclavos norteamericanos, mientras que el segundo buscó oprimir a las minorías étnicas de Yugoslavia. En ese sentido, las secesiones bosnia, eslovena y croata sí estuvieron justificadas, pero no así la secesión confederada.
Pero, la revisión histórica permite pensar que la motivación de peso en la acción militar de Lincoln no fue el abolicionismo, sino el nacionalismo. Y, el nacionalismo no puede ser una justificación moral para tantas atrocidades, especialmente si ese nacionalismo impide el ejercicio del derecho de auto-determinación de un pueblo. Lamentablemente, la historiografía ha querido hacer una distinción arbitraria, entre el buen nacionalismo de Lincoln, y el mal nacionalismo de Milosevic. En realidad, ambos fueron igualmente perniciosos. La obsesión caprichosa con preservar la unidad política de un territorio condujo a cientos de miles de muertos en ambos casos. El culto a la nación lleva a los hombres a hacer cosas terribles.