viernes, 6 de enero de 2012

Sobre el plebiscito de Puerto Rico

El 2012 será un año de muchas elecciones claves. Obama, Sarkozy y Chávez se juegan su reelección. Habrá una elección sin tanta relevancia en el plano internacional, pero sumamente relevante como reflejo de los valores del mundo moderno: el plebiscito para el estatuto político de Puerto Rico. Se preguntará a los puertorriqueños, en una primera vuelta, si están satisfechos con su estatuto actual. En caso de que gane el “no”, se preguntará en una segunda vuelta, si desean ser el estado número 51 de EE.UU., un estado libre asociado, o una nación independiente.

Éste no será el primer plebiscito de esta naturaleza en Puerto Rico. Como se sabe, Puerto Rico fue una colonia española desde el siglo XVI, hasta 1898. En la guerra entre España y EE.UU., fue ocupada por las tropas norteamericanas, y desde entonces, su estatuto es el de “estado libre asociado”, un eufemismo para una posesión colonial norteamericana. Se han hecho tres plebiscitos sobre esta cuestión, y en los tres, la disputa ha sido entre ser estado libre asociado, y ser el estado 51. Los independentistas obtienen menos del 3% de los votos.

La independencia de Puerto Rico ha sido una causa romántica para la izquierda latinoamericana, pero es obvio que quienes la defienden son más snobs intelectuales, que verdaderos representantes del sentir popular puertorriqueño. Sería ingenuo negar que la anexión de Puerto Rico por parte de los EE.UU. fue un vulgar acto de agresión colonialista y que, por varias décadas, se pretendió una asimilación forzada para abrir paso a la compulsiva americanización. Pero, como bien recordaba John Stuart Mill, hay imperialismos buenos e imperialismos malos. Y, sin pretender negar los abusos cometidos por los ocupantes norteamericanos en un siglo, EE.UU. ha dado más muestras de imperialismo benigno que maligno en la Isla del Encanto. A diferencia de muchísimas otras experiencias coloniales, EE.UU. ha ofrecido a los propios puertorriqueños la posibilidad de pautar su propio destino mediante el voto democrático. Esto es algo que los chinos jamás han hecho en Tíbet, o los rusos en Chechenia.

Por supuesto, el voto democrático no es garantía de felicidad. Quizás, los puertorriqueños son masoquistas en querer mantener el yugo norteamericano. O, quizás, la misma educación colonialista ha adoctrinado a los puertorriqueños para que ellos crean que no están preparados para asumirse como nación independiente. Pero, para los puertorriqueños, es urgente que la decisión que tomen sea lo más racional posible, pues se juegan su destino.

Los movimientos independentistas tienen múltiples motivaciones. Las más elementales son las políticas y económicas. Si, como en la colonización de América por parte de España, se forja un agresivo sistema mercantilista, en el cual las riquezas naturales de las colonias son depredadas, y esto conduce al empobrecimiento brutal del territorio colonial, entonces el movimiento independentista está plenamente justificado. Pero, la pregunta clave es: ¿el estatuto colonial ha traído menos o más pobreza a los puertorriqueños? Ciertamente EE.UU. ha depredado las riquezas de aquellos países en los que ha intervenido militarmente. Irak y Afganistán han quedado económicamente devastados. Pero, a diferencia de esas dos naciones, EE.UU. ha pretendido hacer de Puerto Rico un territorio propio, y no meramente una colonia a la cual se pueda depredar. EE.UU. no siente la obligación de socorrer a los iraquíes o afganos, pero en caso de que Puerto Rico se convierta en el estado 51, sí sentirá la obligación de velar por el bienestar de los puertorriqueños, del mismo modo en que lo hace por los habitantes de Texas, California o Hawaii, estados que, lo mismo que Puerto Rico, también fueron anexados en la expansión territorial norteamericana. El debate es complejo, pero plenitud de estadísticas respaldan la opinión de que las condiciones económicas de Puerto Rico han mejorado significativamente desde 1898, y que su estatuto político no ha sido propiamente generador de pobreza en la isla.

En términos políticos, Puerto Rico tiene un estatuto de colonia y sus habitantes son ciudadanos de segunda de iure, y eso es un claro motivo legítimo para la independencia. Uno de los motivos principales para la independencia hispanoamericana era el hecho de que los nacidos en América no podían ocupar puestos en la administración pública. Pero, EE.UU., a diferencia de casi todas las otras experiencias coloniales, ofrece a Puerto Rico la posibilidad de que sus habitantes se conviertan en ciudadanos de pleno derecho, al mismo nivel que alguien de Ohio, Oregon o Nevada. Por supuesto, es de sospechar que, de facto, continuaría la discriminación, y los ciudadanos de origen puertorriqueño seguirían siendo víctimas. Pero, EE.UU. da muestras de, paulatinamente, superar estos problemas. Y, perfectamente, en un futuro cercano, un nacido en Puerto Rico podría ocupar la Casa Blanca. Hawaii apenas se hizo estado en 1959, y en 2008, ya se elegía como presidente de la nación a un oriundo de ese estado. De hecho, los puertorriqueños ya son residentes legales en EE.UU., un estatuto por el cual morirían muchos de los diez millones de hispanos indocumentados que a gritos piden ser ciudadanos norteamericanos.

Los independentistas puertorriqueños saben muy bien que las motivaciones políticas y económicas de su movimiento son débiles. Por eso, acuden al nacionalismo cultural. El suyo es el típico argumento del nacionalismo romántico del siglo XIX: los gobiernos deben coincidir con las naciones. Y, Puerto Rico es una nación aparte de EE.UU. Se come mofongo, se baila salsa, se habla español. Todo eso justifica un gobierno aparte. No importa que la independencia traiga desventajas económicas: la preservación de la identidad cultural, protegida por una nación independiente, vale la pena el sacrificio. Al final, para los independistas puertorriqueños, lo relevante no son las ventajas políticas o económicas, sino el cultivo del Volksgeist, el espíritu del pueblo.

De hecho, recientemente me decía un conferencista cubano fiel al régimen de Castro, que si su país hubiese sido anexado por los EE.UU. en 1898 y no hubiera habido revolución o independencia, Cuba tendría un nivel de vida comparable al de Florida. Pero, me agregaba, los cubanos heroicamente han resistido esa oferta diabólica, y han mantenido la integridad de su patria. El razonamiento de los independentistas puertorriqueños es similar.

El gran artífice de esta patrioterismo fue el filósofo J.G. Herder y, de forma más acusada, J.G. Fichte, ambos forjadores del nacionalismo alemán. Estos representantes del romanticismo otorgaban más importancia a la sublimidad de la bandera que a la prosperidad material. Y, no en vano, el máximo materialista del siglo XIX, Karl Marx, deploraba el nacionalismo. Para Marx, lo relevante en la organización política eran las condiciones materiales. La emoción por el himno, la bandera o la identidad cultural son más bien estrategias alienantes para desviar la atención de los verdaderos problemas que enfrentan las clases trabajadoras.

Los puertorriqueños deberían seguir a Marx en este aspecto, y pensar su decisión política en términos materiales, y no en términos de la ideología romántica nacionalista. ¿Obtendrán mayor prosperidad siendo independientes? O, ¿conviene más bien intercambiar la barra y las estrellas en la bandera, por el bienestar?

Naturalmente, hay puertorriqueños preocupados por el impacto cultural de la anexión a EE.UU. Sobre todo la población menos joven que no domina el inglés, siente preocupación frente a la posibilidad de que ellos, en virtud de que son culturalmente más distintos al resto de la población norteamericana, no puedan integrarse satisfactoriamente. En una época, EE.UU. torpemente intentó la asimilación forzada, y causó mucho malestar entre los puertorriqueños. Pero, todo eso es negociable. Es inevitable que, si Puerto Rico se convierte en el estado 51, se americanice culturalmente, mucho más de lo que ya está. Pero, esto puede hacerse de forma lo suficientemente gradual como para que no haya traumas. Al final, Puerto Rico podría ser un Estado que, lo mismo que Texas, conserve cierta identidad cultural separada del resto de los EE.UU., pero políticamente forme parte de la unión.

La americanización, aun si es lo suficientemente gradual como para no causar traumas, inevitablemente propiciará la pérdida de una parte sustancial de la identidad cultural puertorriqueña. Pero, ¿es acaso esto objetable? Contrario a lo que opinaban Herder y los románticos, las identidades culturales no son fijas e inmutables. Su dinámica propicia precisamente el cambio cultural. Quizás, dentro de doscientos años, ya nadie oiga salsa, y los puertorriqueños preferirán el rap. Si la extinción de la salsa es gradual, o sencillamente el mercado propicia su desaparición sin la menor coerción estatal, entonces no habrá nada que lamentar. Así como no lamentamos que la salsa sustituyera al mambo (en buena medida porque no se disparó una sola bala para ello), no deberíamos lamentarnos de que el heavy metal eventualmente sustituya a la salsa, siempre y cuando no se ejerza la coerción.

La añoranza por la conservación del Volksgeist y su materialización política en la nación culturalmente definida, forma parte de una ideología peligrosa. Fue comprensible que los románticos alemanes la invocaran frente a los abusos cometidos por los ejércitos invasores franceses, así como también fue comprensible que los puertorriqueños de 1898 la invocaran frente a la ocupación de las tropas norteamericanas. Pero, un siglo después, el trauma inicial ya ha pasado. Un siglo de industrialización y de mejoras sustantivas en la calidad de vida debería invitar a los puertorriqueños a pensar lo que realmente desean. ¿Parecerse a Hawaii, con su alto nivel de vida y con un presidente oriundo de ese estado? ¿O, parecerse a Cuba o República Dominicana, naciones con un pedazo de tela distinto en el asta, pero empobrecidas? Al final, no soy puertorriqueño, y no participo de esa decisión. Pero, yo como comida, no banderas.

jueves, 5 de enero de 2012

La satanización de McDonald's

Recientemente me quedé sin comida en casa, y tuve que salir a la calle a almorzar. Por ser día festivo, la mayoría de los restaurantes estaban cerrados, y no tuve más remedio que ir a un McDonald’s cercano. No visitaba un templo de los arcos dorados desde hacía más de una década. Espero no volver a hacerlo en por lo menos otra década más.

La comida es nefasta, tanto en sabor como en valor nutricional y riesgo a la salud. La experiencia es desoladora: no me sentí relajado en ningún momento; el ruido de la conglomeración de clientes y las máquinas es estridente. Los empleados sonreían hipócritamente, y su obsesión por cumplir todo rápido y eficientemente me contagiaba: sentía un gran apuro al comer. Me daba cuenta de que lo que en realidad se vende ahí no es comida, sino marketing de juguetes y cosas por el estilo. McDonald’s haría un favor a la humanidad desapareciendo.

Mi desagrado por McDonald’s es compartido por millones de personas (pero, por supuesto, el número de personas que está fascinada con McDonald’s es aún mayor). Pero, me doy cuenta de que esos millones que odian McDonald’s no sólo detestan el restaurante en sí, sino todo lo que simboliza. Para ellos, McDonald’s es el mayor emblema de la modernidad. Y, su desprecio por McDonald’s es un símbolo de su desprecio por la modernidad. En ese caso, yo prefiero moderar mi odio por McDonald’s.

El mayor representante intelectual de la oposición a McDonald’s como símbolo de la sociedad moderna es el sociólogo George Ritzer. Escribió un interesantísimo libro, La macdonalización de la sociedad. Ahí, Ritzer describe con detalle lo alienante que McDonald’s es tanto para los clientes como para los trabajadores. Pero, Rizter pretende ir mucho más allá: su ilustración de la alienación de McDonald’s pretende ser apenas una metáfora sobre el proceso compulsivo mediante el cual la sociedad moderna se parece cada vez más a una franquicia de comida rápida, y los efectos nocivos que esto trae consigo. Es, a grandes rasgos, el mismo malestar que Charles Chaplin expresó por la sociedad industrial en Tiempos Modernos.

McDonald’s es quizás el mayor símbolo del capitalismo corporativista que hace a los pobres más pobres y a los ricos más ricos, pero esa crítica (inspirada fundamentalmente en Marx y su ataque a las desigualdades) no es de la que parte Ritzer. Más bien, Ritzer acude al gran Max Weber y su teoría sobre la racionalización de la sociedad: a medida que la sociedad va tecnificando sus procesos de producción, va desencantando el mundo de lo mágico y religioso, y va tomando a la eficiencia como el supremo valor, los individuos empiezan a sentir un vacío en sus vidas. Weber no era muy dado a hacer valoraciones éticas de los fenómenos que él describía, de forma tal que rara vez nos dijo si la racionalización era buena o mala. Sólo se limitó a decir que en Occidente se estaba dando la racionalización que permite producir con más eficiencia, pero que a la vez, esta eficiencia despoja de libertad a los individuos y puede paradójicamente incurrir en irracionalidades. Para Weber, la institución más emblemática de la racionalización del mundo era la burocracia; para Ritzer, es la macdonalización y la proliferación de franquicias en la sociedad de consumo.

Ritzer es mucho más explícito que Weber en su condena de la racionalización de la sociedad. Y, después de haber leído el libro de Ritzer, creo que McDonald’s ha sido justamente satanizado, pero la macdonalización del mundo ha sido injustamente satanizada. Pues, si bien puede odiar el restaurante, creo que la macdonalización del mundo ha sido una mejora en nuestras condiciones de vida. Y, si bien es urgente corregir muchos de los aspectos negativos que trae consigo la macdonalización, es igualmente urgente reconocer que es preferible el mundo macdonalizado al mundo que existía antes de él; en otras palabras, mi desagrado por McDonald’s no implica un desagrado por la modernidad.

Ritzer destaca cinco grandes características de la macdonalización, cada una de las cuales son a su juicio perjudiciales. Las expondré brevemente, pero a la vez, señalaré que, si bien Ritzer tiene razón en muchas de sus quejas, precisamente esas características han servido como progreso en nuestras condiciones de vida. Así como Ritzer utiliza ejemplos gastronómicos, yo emplearé ejemplos procedentes de la medicina (una actividad nada trivial) para demostrar cuán vital ha resultado la racionalización del mundo en nuestras vidas.

La primera es la eficiencia. McDonald’s está obsesionada con prestar eficientemente su servicio: la mayor producción en el menor tiempo posible. A la larga, la eficiencia se convierte en un fin en sí mismo, y no en un medio para lograr la felicidad. Y, como resultado, obtenemos resultados monstruosos, pero realizados muy eficientemente (como, por ejemplo, los campos de exterminio nazi). La comida de McDonald’s se sirve muy eficientemente en tiempo récord, pero los clientes no reciben un servicio agradable o satisfactorio.

A esto, respondo que ciertamente la eficiencia puede terminar por obsesionar a los empleados, al punto de que pierdan de vista el propósito original de su empresa. Pero, ¿cómo sería un mundo sin eficiencia? Es el mundo de los ineptos, de aquellos que obligan a los demás a perder horas y horas de su tiempo, cuando su labor la pueden hacer en escasos minutos. Ser eficiente o no ha sido decisivo en la medicina: una operación hecha en el tiempo planificado puede ser la diferencia entre la vida y la muerte de un paciente. Un cirujano que, por conversar con sus colegas, tarde siete horas en remover un apéndice, puede convertir su ineficiencia en un arma letal. Gracias a la eficiencia, se han salvado millones de vida.

La segunda es la predictibilidad. Ritzer se queja de que las hamburguesas de McDonald’s tengan siempre el mismo sabor. Da lo mismo que sea en New York o en Beijing. El cliente ya sabe de antemano qué va a recibir exactamente cuando haga su pedido. No hay el elemento de misterio o sorpresa que hace encantadora la experiencia gastronómica. Como corolario, Ritzer se lamenta de que McDonald’s acaba con la diversidad gastronómica del mundo. Cada vez es más difícil encontrar comidas auténticamente regionales, pues el fast food se lo ha tragado todo.

A esto respondo que, en la medicina, la predictibilidad es vital. Un médico sabe muy bien cuáles serán los efectos de un medicamento que recete a un paciente. El médico prefiere tener seguridad en vez de misterio encantador a la hora de administrar las drogas. Si no fuera así, el médico estaría jugando a la ruleta rusa con la salud de sus pacientes. Y, es sumamente beneficioso que haya uniformidad en la medicina empleada en New York y aquella empleada en Beijing. De ese modo, si un turista chino se enferma repentinamente en New York, el médico tendrá una buena idea respecto a cuál fue el tratamiento recibido por los médicos chinos, a fin de darle continuidad, y tomar las previsiones con lo contraindicado. Además, la homogenización de la medicina ha permitido suprimir las ‘medicinas alternativas’ de culturas locales, cuyos procedimientos irracionales han matado a muchísimos pacientes. De nuevo, la predictibilidad ha salvado millones de vidas.

La tercera es la cuantificación. Ritzer se lamenta de que en McDonald’s, todo se reduzca a números. La publicidad de McDonald’s hace alarde de cuántos clientes han servido, no de cuán bueno es el servicio. La cantidad ha desplazado a la calidad. McDonald’s ofrece el Big Mac (el ‘Gran Mac’), no el Good Mac (el ‘Buen Mac’). En la experiencia gastronómica hay una dimensión subjetiva que sencillamente no es cuantificable.

La medicina depende urgentemente de datos cuantificables para salvar vidas. Un hematólogo necesita saber cuántos glóbulos blancos hay en el organismo, para diagnosticar dengue hemorrágico. No basta con una observación subjetiva de la cara del paciente. Hay que cuantificar cuántas camas hay en un hospital, a fin de asegurarse de que no haya un colapso de pacientes hospitalizados. Meras palmaditas en la espalda y ‘trato humano’ no es suficiente. Es necesario racionalizar la práctica médica para salvar vidas.

La cuarta es la sustitución del contacto humano por la tecnología. Ritzer se lamenta de que la comida de McDonald’s sea hecha por máquinas, de forma tal que casi no hay contacto con un cocinero humano. Los empleados terminan comportándose como robots, e incluso los clientes sienten que su experiencia gastronómica es análoga a un proceso de ensamblaje en una gran fábrica.

Quizás más que ninguna otra dimensión de la racionalización de la medicina, la proliferación de tecnologías médicas ha salvado dramáticamente millones de vidas. Quizás los pacientes se sientan como máquinas cuando, en vez de ser operados por cirujanos humanos, se empleen robots quirúrgicos, y pasen como ganado a los quirófanos. Pero, la exactitud de estos robots es precisamente lo que previene el error humano, y hace que hoy las cirugías sean muchísimo más exitosas que en el pasado. Una medicina que no utilice tecnología como reemplazo de la labor humana está condenada a curar un número limitadísimo de enfermedades.

La quinta es el control. Ritzer se queja de que McDonald’s se rija por un rígido protocolo, tanto en la producción como en el consumo de sus productos. Los empleados siguen mecánicamente y sin innovación los procedimientos, y los clientes tampoco escapan a ello. Se hace una cola, se hace el pedido, se lleva a la mesa la comida, se termina de comer y se lleva la bandeja a la basura. Todo funciona como una gran máquina. No hay espacio a la creatividad, a la sorpresa.

El control es imprescindible en la medicina. El médico debe ser controlado por un método, el método científico. La innovación muchas veces resulta fatal; es precisamente por ello que, ante cualquier innovación, es necesario primero experimentar con animales. Sea para una fractura, o para una gripe, hay un protocolo médico que seguir. Este protocolo ha sido controlado por el sistema. El rebelde que pretenda escapar de ese control, coloca en riesgo la salud y la vida de sus pacientes. Y, el control que el médico impone sobre la vida del paciente es igualmente necesario: gracias a ese control, se pueden suprimir muchos hábitos nocivos para la salud. Gracias a los controles, una vez más, se han salvado millones de vidas.

Al final, nuestra valoración de la racionalización de la sociedad dependerá en buena medida de cuál actividad seleccionemos como metáfora. Si, como Ritzer, escogemos la gastronomía, entonces la macdonalización puede ser fácilmente deplorada. Pero, si escogemos la medicina, entonces la macdonalización aparece como salvadora de vidas. ¿Qué es más trivial, la gastronomía o la medicina? ¿Es más importante sentir plena satisfacción en un restaurante, o salvar vidas?

Ritzer admite que la macdonalización tiene méritos. Yo admito que tiene desventajas y que debemos hacer todo lo posible por sobreponerlas. Pero, antes de tomar decisiones apresuradas, debemos evaluar muy cuidadosamente si es peor el remedio que la enfermedad. Antes de lamentarnos por la tecnificación del mundo y añorar un mundo preindustrializado, veamos los datos detalladamente, y analicemos si había más felicidad en el siglo XIV que en el siglo XXI. Creo que, en balance, la sociedad industrial supera abrumadoramente a la sociedad preindustrial en la consecución de la felicidad. Pero, por supuesto, eso no implica que nuestra sociedad no pueda mejorar, y en ese sentido, es sano dirigir nuestra atención a los aspectos desagradables de la racionalización del mundo, pero siempre ponderando cuáles son las consecuencias de las decisiones que tomemos respecto a las reformas que pretendamos hacer.

miércoles, 4 de enero de 2012

Los límites de la diversidad

Un querido tío forma parte del contingente de veinticinco mil trabajadores de PDVSA que fueron despedidos en la huelga petrolera del 2003. Como la vasta mayoría de ese contingente, mi tío buscó opciones laborales en el exterior. Al principio, estuvo en España y México, pero finalmente encontró estabilidad en Arabia Saudita.

España y México son naciones culturalmente cercanas a la nuestra, pero Arabia Saudita es bastante ajena. Ni siquiera usan el calendario gregoriano, de forma tal que, sospechaba que el pasado 31 de diciembre sería nostálgico para él y su familia, pues no tendrían oportunidad de celebrar la llegada del año nuevo. Pues bien, resultó que estuvieron la víspera del año nuevo en Bahrein (un destino turístico cercano), y acudieron a una fiesta de año nuevo en el Hard Rock Café, al estilo americano. No era propiamente comer hallacas, pero al menos tuvieron un sabor más familiarizado, procedente de las franquicias norteamericanas. Después de todo, Arabia Saudita y Bahrein han incorporado masivamente franquicias capitalistas norteamericanas que han permitido a los trabajadores extranjeros y la población local, recrear la vida cultural norteamericana en tierras distantes.

¿Es esto bueno o malo? Siempre he tenido el deseo de visitar Arabia Saudita o Bahrein. Pero, si todo aquello ya está lleno de McDonalds y Hard Rock Café, ¿para qué gastar tanto dinero y viajar tantas horas de vuelo, si un viaje más corto y barato (por ejemplo, Aruba) me va a ofrecer lo mismo? Si viajo a Arabia Saudita para estar en un mal todo el día, ¿por qué no sencillamente ir al mall local, el cual seguramente tendrá las mismas tiendas, con los mismos productos y la misma atención? El sentido del turismo es precisamente experimentar algo distinto a lo que estamos habituados. Viajar miles de kilómetros para estar en un sitio virtualmente idéntico al hogar propio es una empresa aburrida y, hasta cierto punto, irracional.

Esto invita a hacernos eco del gran reproche que frecuentemente se lanza contra la globalización: ésta trae consigo una compulsiva homogenización del planeta, y destruye la diversidad cultural que antaño enriquecía a la experiencia humana. Para encontrar nuevamente el sentido del turismo y de muchas otras actividades humanas, es necesario resistir frente al gran monstruo uniformador que se traga todas las expresiones culturales locales, las cuales garantizan la diversidad.

Puedo entender este reproche, y comparto ese malestar por la globalización. Pero, deseo advertir que la valoración de la diversidad se ha convertido en un culto a lo diverso. Y, el culto a lo diverso puede ser tan peligroso como el culto a lo homogéneo. La diversidad es buena, pero debe tener sus límites. Y, lamentablemente, quienes gritan consignas contra la globalización con frecuencia pierden de vista los límites que debe tener la exacerbación de la diversidad.

La oposición entre uniformidad y diversidad tuvo un corolario en la filosofía. En el siglo XVIII, los filósofos ilustrados promovieron el universalismo en varios ámbitos. A partir de sus ideas igualitarias, los ilustrados mantuvieron la firme convicción de que todos los seres humanos pertenecen a una misma especie, la cual perfectamente puede abrazar la racionalidad. Y, en este sentido, ameritaba expandir por el planeta entero un conjunto de instituciones guiadas por el uso de la razón. Este ideal universalista fue políticamente ejecutado por la expansión miliar de la Revolución Francesa.

Los ejércitos franceses fueron brutales, y encontraron resistencia a su paso. Y, así, a la par de la resistencia militar a la Revolución Francesa, hubo una resistencia ideológica a la Ilustración, bajo la forma del Romanticismo y la Contrailustración. Estos movimientos pretendían poner frenos a la racionalidad, exaltando las emociones y la irracionalidad, en palabras de los románticos, la “tormenta y el arrebato”. Y, frente al universalismo ilustrado, los románticos y contrailustrados opusieron la exaltación de lo particular y diverso. Así, los ilustrados promovían un mundo cosmopolita, urbano y progresista; los románticos y contrailustrados promovían un mundo provinciano, feudal y tradicionalista. Los ilustrados soñaban con una Europa centralizada sin barreras nacionales; los románticos más bien promovían una Europa fragmentada en distintos Estados, cada uno con su particularidad cultural, la manifestación política del Volksgeist, el espíritu de cada pueblo.

El culto contemporáneo a la diversidad es en buena medida una herencia del romanticismo. Debe admitirse que la homogenización globalizante del mundo, promovida por las grandes corporaciones trasnacionales, tiene raíces en los ideales universalistas de la Ilustración. Y, en ese sentido, el malestar sentido por el hecho de que la invasión de malls y franquicias hagan que Arabia Saudita se parezca cada vez más a Venezuela (o a China, o a Madagascar, en fin, que el planeta pierda su diversidad), también se remonta a la Ilustración.

Pero, el universalismo de la Ilustración tiene más virtudes que vicios. Y, en función de ello, si bien es comprensible la añoranza por un mundo diverso, no debemos perder de vista que, en muchos casos, la diversidad no es deseable.

¿Es deseable una diversidad moral? Los ilustrados enfáticamente respondían que no, y en esto no se equivocaban. Urge que todos los habitantes del planeta se guíen por un mismo código moral. Sería sumamente lamentable que hubiese múltiples moralidades, de forma tal que algunos países censuren moralmente la violación, pero otros países la avalen. Si asumimos (como debemos) que la especie humana tiene una unidad psico-biológica, entonces debemos asumir que la fórmula para ser feliz (y, esto es precisamente lo que persigue la moral) debe ser la misma para todos los seres humanos. Los derechos humanos no contemplan particularidades culturales, afortunadamente. Sería terrible que, como culto a la diversidad, prescindiéramos de la homogenización de los derechos humanos, y defendiéramos unos derechos para los árabes, otros para los chinos, y otros para los latinoamericanos.

¿Es deseable una diversidad política? Quizás convenga que el poder esté más descentralizado, y en este sentido, la valoración romántica de la fragmentación feudal pueda ser aceptable. Pero, es urgente apreciar que conviene una homogenización ideológica: todos los habitantes del planeta deberían buscar la democracia. El culto a la diversidad puede conducirnos a favorecer sistemas teocráticos, monárquicos, tribales o incluso totalitarios, todo con el fin de hacer frente a la homogenización democrática, y mantener la diversidad de sistemas políticos. Pero, las consecuencias de esta diversidad son mucho peores.

¿Es deseable una diversidad epistemológica? Bajo cualquier parámetro, la ciencia es superior a cualquier otra forma de intentar conocer el mundo. Y, en este sentido, me parece perfectamente legítimo el deseo de que la ciencia imponga una homogenización epistemológica, y aniquile las supersticiones del mundo. Entre un mundo homogenizado lleno de científicos con un mismo método, y un mundo diverso lleno de brujos, exorcistas, chamanes y astrólogos, la primera opción es claramente preferible.

¿Es deseable una diversidad lingüística? Los románticos siempre defendieron la lengua como la manifestación más emblemática de la particularidad cultural de cada pueblo, y los promotores de la diversidad defienden a ultranza la conservación de la diversidad lingüística. Yo no estoy convencido de que incluso la diversidad lingüística sea conveniente. La babelización del mundo impone barreras comunicacionales entre los hombres, y esa precaria comunicación impide nutrirse de las experiencias de otros pueblos, pues éstos sencillamente no cuentan con los medios lingüísticos para hacerlas inteligibles a los demás. No en vano, Leibniz, uno de los grandes de la Ilustración, promovió el artificio de una lengua universal que precisamente sirviera para romper las barreras lingüísticas impuestas por la diversidad.

Aparte de todo esto, podemos seguirnos preguntando si conviene la diversidad en tantas otras actividades humanas que, precisamente debido a su homogenización, han propiciado más bienestar a la humanidad. ¿Es más preferible un único sistema métrico, o múltiples sistemas de medición? ¿Es más preferible una Cruz Roja internacional, o múltiples micro-organizaciones de médicos que no estén suficientemente coordinados entre países? ¿Es preferible unas reglas internacionales del fútbol fijadas por la FIFA, o más bien reglas locales que varían en cada campeonato? ¿Es preferible unas regulaciones estándar en los aeropuertos, o más bien que cada gobierno imponga sus propios criterios de seguridad en los vuelos, de forma tal que en vuelos norteamericanos no se pueda viajar con una ametralladora, pero quizás en vuelos australianos sí esté permitido? ¿Conviene que todos los ciudadanos tengan el mismo trato ante la ley, o más bien, que cada quien recibe un trato distinto en función de su color de piel? ¿Conviene integrar a los miembros de la sociedad en un sistema homogéneo, o más bien mantener su diversidad mediante la segregación?

La fascinación romántica con la diversidad tiene su atractivo. Pero, al final, nos damos cuenta de que esta fascinación por la diversidad no puede llevarnos muy lejos. En aspectos como la gastronomía, la música, la arquitectura o el turismo, la diversidad es bienvenida. Pero, en aspectos mucho más cruciales, como la moral, las leyes o la ciencia, la diversidad es peligrosa. Si bien el universalismo de la Ilustración ha sido corrompido por la macdonalización del mundo, es imperativo no desembocar en el extremo romántico de promover la feudalización del mundo y la aceptación incondicional de la diversidad.

lunes, 2 de enero de 2012

Los mitos de la raza judía y la cultura negra


La base del racismo como ideología es la suposición de que existe una correspondencia entre los rasgos culturales y los rasgos biológicos de las poblaciones. Bajo esta suposición, un niño de piel negra tendrá dificultades es asimilar una educación europea, y un niño de piel clara tendrá dificultades en asimilar una educación africana. El niño negro está biológicamente programado para tocar mejor tambor, mientras que el niño blanco está biológicamente programado para ser un cantante de ópera.
Hoy, para escándalo de muchos, la psicología evolucionista parece confirmar que rasgos conductuales como la homosexualidad, los niveles de inteligencia o incluso las preferencias políticas pueden tener una firme base genética. Pero, no por ello la psicología evolucionista reivindica al racismo. Pues, la psicología evolucionista sólo se limita a postular que existe un gen para la inteligencia; en ningún momento postula que ese gen tenga una correspondencia con el color de la piel o la forma del cráneo (los rasgos tradicionalmente empleados para clasificar a las ‘razas’). Y, más aún, la psicología evolucionista advierte claramente que las particularidades de los rasgos culturales no tienen ningún asentamiento en el código genético de las personas.
Pero, por siglos, la idea de que existe una correspondencia entre los rasgos biológicos y los rasgos culturales sirvió para atropellar, esclavizar y discriminar. Fue precisamente esta idea la que motivó al auge del nazismo o el apartheid. Los nazis opinaban que los judíos tenían algunos rasgos biológicos que les impedían asumir satisfactoriamente la cultura alemana. Los promotores del apartheid opinaban que la gente de color negro nunca podría asimilar satisfactoriamente la cultura de los otros grupos, y por eso, era conveniente mantenerlos separados.
En esta época post-colonial, somos muy sensibles a la discriminación racial. Pero, sorprendentemente, aún no terminamos de aprender la lección del pasado racista, y seguimos aceptando la premisa de que los rasgos biológicos deben tener una correspondencia con los rasgos culturales. A diferencia de los nazis o los promotores del apartheid, no promovemos la discriminación. Pero, en continuidad con esos regímenes, asumimos que los genes de una población determinan sus rasgos culturales.
Esto es especialmente manifiesto en las ideologías supuestamente liberadoras que se han construido en torno a dos grupos que en el pasado han sido oprimidos: los negros y los judíos. En ambos casos, se asume que la cultura coincide con la biología. Y, así, en torno a cada grupo, se ha construido un mito que, en apariencia son nobles, pero que en realidad, parten de la misma premisa de la clásica ideología racista. Son los mitos de la raza judía, y la cultura negra.
Los judíos son un grupo de personas que comparten una serie de características culturales entre sí. Estas características culturales tienen un fuerte componente religioso, pero la religión no es la única marca de identidad entre los judíos. Puede haber perfectamente judíos seculares, en el sentido de que se sienten parte del pueblo de Israel, en tanto comparten algunas tradiciones (hablan hebreo, celebran el Januká, etc.), pero no por ello aceptan las creencias religiosas del judaísmo. Así pues, los judíos no son estrictamente un grupo religioso, sino un grupo étnico.
Ahora bien, ¿son los judíos una raza? Tradicionalmente, los mismos judíos parecían opinar que sí. Los judíos se han considerado descendientes de Abraham, y en ese sentido, tienen un vínculo biológico entre sí que los separa de otros grupos. Así, bajo esta interpretación, ser judío no es sólo sostener un conjunto de prácticas y creencias, sino también contar con alguna característica biológica particular. Es así como Moisés, a pesar de ser criado desde niño como un egipcio, sigue siendo hebreo, pues hay algo intrínseco a su biología que lo convierte en hebreo.
Pero, los judíos siempre aceptaron conversos (no sin la circuncisión, por supuesto, pero si bien un pene circuncidado es un rasgo biológico, no es heredable y, por ende, racial). Y, en este sentido, la noción de ‘descendencia de Abraham’ fue perdiendo un sentido biológico, y se asumió más bien como una descendencia cultural (aunque, nunca del todo, pues se espera que el Mesías sí sea descendiente biológico de Abraham).
La virulenta antipatía hacia los judíos pronto adquirió una dimensión biológica. A partir de la Edad Media, cuando la persecución a los judíos se intensificó, la oposición a los judíos ya no era sólo motivada por sus rasgos culturales (su religión, lenguaje, etc.), sino también por sus rasgos biológicos. Ya no sería motivo de persecución sólo el observar el sabat, sino también el tener una nariz ‘judía’. Y, en este sentido, la conversión al cristianismo no sería suficiente para detener la persecución. Pues, en el paroxismo de la persecución a los judíos, la Alemania nazi, se postulaba que el ser descendiente de judíos convertía a una persona en judía, sin importar cuál era su religión o cultura. La premisa, de nuevo, es que el ser judío es una condición biológica, no meramente cultural. En este sentido, hubo plenitud de víctimas en el Holocausto que no participaban de la vida cultural judía, pero fueron ejecutados por el simple hecho de que sus ancestros sí lo fueron.
Hoy sabemos que esas teorías nazis sobre los judíos como grupo racial aparte, con características biológicas específicas, no tenían el menor fundamento. Los judíos han preservado su identidad cultural, pero no por ello no se han cruzado con las poblaciones locales en los territorios donde se han asentado. Es sencillamente imposible descifrar si alguien es o no judío con un mero examen biológico. Quizás encontremos algunos genes que tengan frecuencias más altas en las poblaciones judías, pero eso no es suficiente para postular que existe una raza judía. A simple vista podemos corroborar que un falasha de Etiopía, un ashkenazi de Polonia, un sefardí de España o un kaifeng de China (todos ellos reconocidos como ‘judíos’), no tienen en común unos rasgos biológicos que los distingan del resto de la humanidad. Los rasgos en común que les permiten distinguirse del resto de la humanidad, son estrictamente culturales, no biológicos. Y, a nivel más profundo, en la genética, corroboraremos que probablemente existe más variabilidad genética entre dos askenazis, que entre un askenazi y un wayúu.
Con todo, son los mismos rabinos quienes se empeñan en sostener que los judíos sí son una raza, y que la identidad judía no es meramente cultural, sino también biológica. Pues, se ha reiterado que judío es aquel quien sea hijo de vientre judío. Así, un joven que jamás haya pisado una sinagoga, no hable ni jota de hebreo, y no tenga el menor interés en la vida cultural judía, podría ser judío sin que él se entere de ello (si su abuela materna era judía, por ejemplo), y para vivir auténticamente, debe asumir la vida cultural judía. Con esto, los rabinos repiten el mismo razonamiento nazi: los rasgos culturales tienen una asociación con los rasgos biológicos.
Esta forma de razonar incurre en el vicio del esencialismo: asumir que la identidad de cada persona está asentada sobre una esencia, constituida por unos rasgos inmutables. Para los rabinos y los nazis, un judío siempre será un judío, no importa cómo viva. Ni siquiera importa si esa persona se convierte en el Papa: su identidad judía está inscrita en su sangre, y nunca podrá deshacerse de ella. Su conducta es meramente accidental, su verdadera identidad radica en su esencia biológica. Los anglófonos expresan muy bien esta idea: Once Jew, always Jew.
El peligroso razonamiento esencialista en torno a los judíos se ha proyectado también sobre las personas de piel negra, pero a la inversa. Así como se habla de una ‘raza judía’, hoy también se habla de una ‘cultura negra’. Los principales promotores de este mito han sido los forjadores del movimiento de la négritude, en especial Leopold Senghor. Este presidente de Senegal opinaba que todas las personas de piel negra comparten en el mundo una afiliación cultural que deben rescatar. Si bien Senghor era lo suficientemente sensato como para reconocer las ventajas de la civilización occidental, hacía un llamado a la gente de piel negra a “asimilarse, pero no ser asimilados” a la civilización europea. Con esto, Senghor exhortaba a la gente de piel negra a asentarse su identidad sobre la cultura africana. La implicación de esto es que la gente de piel negra sólo puede vivir auténticamente asumiendo la cultura africana, y que la persona de piel negra que se asimile por completo a los valores culturales de Occidente, está alejada de su esencia.
Como los nazis y los rabinos, Senghor participa del mismo vicio esencialista que vincula a los rasgos biológicos con los rasgos culturales. Del mismo modo en que para los judíos, un falasha y un askenazí comparten rasgos biológicos distintivos, para Senghor y los promotores de la négritude, un cantante británico de ópera de piel negra, y un panadero congoleño de piel negra, comparten la misma cultura. No importa que no coincidan en sus profesiones, idiomas, religiones, educación, gustos musicales, gastronomía, etc. El hecho de que ambos tienen el mismo color de piel implica que ambos forman parte de un mismo grupo cultural. Y, así, el cantante de ópera británico de piel negra, nunca dejará de pertenecer a la cultura africana negra, no importa cuán imbuido esté de la cultura británica. Once African, always African.
La raza judía es un mito, como también lo es la cultura negra. El ser judío se define por rasgos culturales, no biológicos. Puede haber judíos con narices grandes y narices pequeñas. A la inversa, el ser negro se define (muy problemáticamente) por rasgos biológicos, no por rasgos culturales. Puede haber negros que les guste el jazz, como puede haber negros que prefieran la música country. Ni los judíos son una raza, ni los negros son una cultura. Ambos mitos proceden del razonamiento esencialista que ha servido de plataforma al racismo por tanto tiempo. Es hora de ir admitiendo que la cultura no necesariamente debe coincidir con la biología, y que personajes como Sammy David (un negro convertido en judío), o Eminem (un blanco fascinado con la música de origen africano) pueden vivir tan sana o tan auténticamente como cualquier otra persona.